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El Barroquismo del Padre Ausente
Lecturas de Madres y huachos.
Alegoría del mestizaje chileno de Sonia Montecino
Síntesis:
En este artículo comentamos el libro Madres y huachos
de Sonia Montecino. Donde se dan rupturas de distinto orden. En este
análisis, intentamos demostrar cómo estas rupturas se
generan desde un argumento, el de la existencia de una identidad cultural
barroca, basándose en una apertura a la intertextualidad y la
teoría literaria, y desde una identidad de género: la
de «ser mujer que escribe», hasta llegar a un tipo de texto
que definimos como barroco, tanto porque habla del barroquismo latinoamericano,
como porque sus formas textuales, recargadas de un «barroquismo
textual» lo asocian con la literatura, y en el que la metáfora
-bella y estridente- ocupa el lugar que en algún momento ocupó
el «dato empírico».
Summary:
In this article we commented the book "Mothers and huachos"
of Sonia Montecino, where they happen ruptures of difrentes types. In
this analysis, we tried to demonstrate how these ruptures are generated
from an argument,
the one of the existence of a cultural identity barroca, being based
on an
opening to the intertextualidad and the literary theory, and from an
identity of sort: the one of "ser mujer que escribe", until
arriving at a
type of text which we defined as baroque, as much because it speaks
of the Latin American baroque style, like because his textual forms,
recharged of a "barroquismo textual" they associate it with
the Literature, and in which the metaphor - beautiful and estridente-
occupies the place that at some moment occupied the information "
objective".
INTRODUCCIÓN
Cuando el psicoanalista Jacques Lacan suspende su propia Escuela, cometiendo
casi un parricidio voluntario, anuncia su cometido desde su condición
de gran padre perverso y polimorfo, y así consciente y cruel; da
cuenta icónicamente del papel del padre en la cultura occidental
como sostén simbólico de la ley, pilar del sentido, epicentro
de la estabilidad y la integración del sistema social. Lacan, el
inanalizable según Roudinesco (1993), es el que no tuvo padre en
un sentido conceptual, cometiendo la originalidad de mezclar más
allá de lo que se creía posible distintas disciplinar y
teorías; tuvo que refundar el freudismo para crearse a sí
mismo. Por ello, es el único padre posible capaz de asesinar ritualmente
su propia escuela, dejando en la orfandad incluso a aquellos que aseguran
ser más lacanianos que Lacan.
Desde un intento de pensar lo latinoamericano, en las distintas formas
de pensamiento situado que ensayamos, nos preguntamos ¿Qué
ocurre cuando esta figura totémica está ausente? ¿
Cuándo el padre es una ausencia que no del todo suscita añoranza?,
Y peor aún ¿Qué ocurre con un sistema cultural cuando
este se define desde esta condición de orfandad? Tanto o más
que el padre violento, el padre como huella aislada, como ausencia, es
aún más dañino; esta carencia de presencialidad ocasiona
el desmembramiento de la personalidad, en definitiva de sufrimiento intrapsíquico;
en esta situación, la presencia vive en el plano de la subconciencia
pero no se materializa en el gesto del abrazo, el padre que ignora es
más cruel que el padre que conscientemente daña. El daño
de ignorar es negar mezquinamente un trozo de vida, una parte de la estructura
psíquica diseñada para soportar temporales, remedio para
el desamor o para el exceso de éste y, en general, para todas las
formas de dolor.
El libro de la antropóloga Chilena Sonia Montecino Madres y huachos.
Alegorías del mestizaje chileno, se estructura desde esa carencia
que de dolorosa, pasa a ser ritual y luego festiva. Montecino demuestra
que la ausencia del padre no es una carencia, sino una ausencia legitimada,
una forma de hacer cultura, como en el sistema avuncular (1) , particularmente donde la figura del padre la ocupa el hermano de la
madre. El sistema cultural latinoamericano resuelve en el rito una vivencia
que llega a no ser carencia y, por ello, no llega a ser dolor sino diferencia,
especificidad.
Tal ejercicio teórico requiere de la transgresión textual,
para hacernos olvidar el pecado de negar al padre, negarlo más
de tres veces, sin dejar que ningún gallo cante. Tal pecado sólo
puede hacerse desde un texto heterodoxo, desarraigado de los géneros
y, por ello, luminoso en su libertad expresiva
Este libro es, sin duda, un nicho de transgresiones, y toda lectura interpretativa
del mismo debe llegar en algún momento a la enumeración
de las irreverencias ideológica de género, la científica,
y por sobre todo, la más importante para este estudio, la transgresión
tipológica...
Gozosa es la transgresión a la cual nos convida Sonia Montecino
con este libro: travesía en nuestras máscaras, por nuestros
ladinos disfraces de mestizos.
El texto, que viola públicamente una de las leyes primordiales,
según la autora, de nuestra cultura, la palabra (como encubridora
de la experiencia y el rito que le están disociados), no provoca
en forma ininterrumpida un gesto de asombro, de temor incluso,
ante las figuras reconocibles que éste desentraña. Sorpresa
y euforia contenida de quien es atrapado en su propia bufonada, demonio
feliz sin lugar a dudas, descubierto en la comedia festiva que ayuda
a levantar como escenario (Santa Cruz, 13: 1991).
En este análisis, intentamos demostrar cómo estas rupturas
se generan desde un argumento, el de la existencia de una identidad cultural
barroca, basándose en una apertura a la intertextualidad y la teoría
literaria, y desde una identidad de género: la de ser mujer
que escribe, hasta llegar a un tipo de texto que definimos como
barroco, tanto porque habla del barroquismo latinoamericano, como porque
sus formas textuales, recargadas de un barroquismo textual
lo asocian con la literatura, y en el que la metáfora -bella y
estridente- ocupa el lugar que en algún momento ocupó el
dato empírico.
Desde el subtítulo del libro, como primera estrategia paratextual,
se habla justamente de una alegoría del mestizaje chileno.
Sabemos que una alegoría no es en ninguna forma una descripción
objetiva; por el contrario es una recreación creativa, un hecho
semiótico que mantiene el vínculo entre significado y significante
de forma mimética, no pudiendo nunca confundirse lo alegorizado
con la alegoría misma El texto de Montecino no es Chile en ninguna
de sus esferas, y ninguno de los valores que nos propone tienen pies ni
caminan. El texto es un mundo propio que se gesta en la conjunción
de las condicionantes de la autora empírica, combinadas creativamente
por la autora textual, y de allí la barroca alegoría
de las obsesiones de Montecino.
Se trata de textos disímiles (2) ,
lo cual se explica, como tratamos más adelante, desde el origen
de los mismos; no obstante, los hilos conductores son básicamente
macroestructurales, se definen desde temas: la mujer y la maternidad,
la huerfanía expresada en el huacherío, la síntesis
ritual, la oralidad, el poder.
Su hipótesis esencial es la primacía que tendría
la condición de hijo ilegítimo o huacho en la
identidad cultural de nuestro país, ello desde una lectura que
se apoya en términos argumentales en fuentes sociológicas,
antropológicas e históricas, y recurre, a nivel del estilo
- en el plano de las metáforas utilizadas y de las citas que afianzan
la textualidad- a las formalidades de la literatura, la que se constituye
en una fuente básica; por ello, lo literario es tanto un sostén
intertextual como expresivo.
El texto ha sido leído como un alegato desde el género
sexual. Nosotros creemos que, sin dejar de serlo, es ante todo un experimento
textual que busca llenar vacíos, que no sólo se remiten
al tema del género sexual, sino que guardan relación con
la expresión misma en un contexto de redemocratización.
Por ello, más que demostrar un argumento respecto de lo femenino
-que de paso lo hace-, este texto es una experimento que abre la ruta
nuevas formas expresivas.
El costo de transgredir
Una frase clandestina escuchada hace unos años ...todo estaba
bien en la antropología chilena hasta que apareció Sonia
Mortecino es la evidencia de la significación pragmática
de la autora en general y de este libro en particular. Esta frase no tiene
las connotaciones agresivas que pareciera, y en realidad ni siquiera quien
la dijo pensaba que todo estuviese tan bien en la antropología
chilena antes de Montecino; más bien refleja el desconcierto frente
a la capacidad de una pluma para subvertir el orden, mostrar caminos,
generar modos de expresión y alterar los tipos de discurso. De
esta forma, el texto representa -en términos de una comunidad científica
en Chile-, un límite, un paradigma, y una frontera, que se puede
cruzar o descruzar pero nunca dejar de reconocer.
Madres y Huachos es, en opinión de algunos, el primer texto donde
verdaderamente se ve la audacia de la teoría dentro de la antropología
de nuestro país. No obstante, para ello el texto debe romper con
una premisa básica, que la antropología chilena aprendió
de sus maestros europeos: la reflexión antropológica teórica
es el fruto esforzado de años interminables de trabajo de campo;
así entendido, el esfuerzo teórico de la antropología
en su función de acumuladora de verdades, es posterior
a un proceso sistemático de búsqueda de información
empírica. La data es posible de encontrar a través de la
experiencia de nuestros sentidos, los que no mienten, desde el principio
positivista y neopositivista de isomorfia entre lenguaje pensamiento y
realidad. Por lo tanto, el texto de Montecino, se sale del margen. Visto
así, este libro es antropología, pero no la antropología
-insistimos- que enseñaron los maestros europeos, Metraux, Titiev,
Stuchlik, entre otros y que sus discípulos latinoamericanos digirieron
con sumisión, en ocasiones inteligencia y, por sobre todo, con
disciplina.
En realidad, las cosas no andan tan bien antes de Sonia Montecino, porque
el texto antropológico chileno aún no adquiría ningún
tipo de impronta propia. El efecto del pensamiento antropológico
chileno, luego de la época dorada que va desde el 20 al 40
con maestros como Latcham o Guevara, da paso a una fuerte repetitividad
respecto de las formas textuales de la antropología, propia de
los países centrales; más aún si consideramos el
contexto de dictadura militar en que debe funcionar el Departamento de
Antropología de la Universidad de Chile, y la represión
sufrida por la Carrera de Antropología de la Universidad de Concepción.
Poco podía esperarse de la década de los ochenta, sin embargo,
se obtiene mucho; en ese contexto se generan las tres obras fundacionales
de la Antropología Poética Chilena: El umbral roto de Juan
Carlos Olivares, Crónicas de la Otra Ciudad de Carlos Piña,
y Madres y Huachos de Sonia Montecino.
El género y a metalengua de Madres y Huachos
Desde una mirada tipológica poco profunda, el texto es un ensayo,
así nos lo dice su autora y así es leído; no obstante,
cabe inmediatamente la pregunta ¿De qué tipo de ensayo se
trata?, ¿Es un ensayo antropológico, un ensayo literario,
un ensayo histórico o un ensayo sociológico? Nuestra hipótesis
sostiene que se trata de un ensayo antropológico poético
y ello se demuestra en una visión de conjunto del mismo. Las preguntas
anteriores no son solamente importantes para nosotros en este capítulo,
ya se la plantea la propia autora en el inicio del libro y la respuesta
la intenta dar ella misma desde el principio, pero a decir verdad, no
nos deja del todo satisfechos...
... se trata de un ensayo es decir de una tradición escritural
que más que en la rigurosidad se posa en la libertad de asociar
ideas sobre un objeto (Montecino, 14:1991).
Luego agrega justamente el dato respecto de su valoración de lo
intertextual, lo cual nos da luces para entender su esencia tipológica...
...escritura que se vale de otras, escritura que toma lenguajes
y metáforas para constituirse (Montecinos, 15:1991).
Queda pues la pregunta por la tradición que da sentido al texto
en términos de género y la continuidad que intenta generar.
Para nosotros, ello se explica por el carácter transgresor del
mismo. Se trata, en definitiva, de un nuevo tipo de ensayo que se abre
desde la intertextualidad y la metalengua a un nuevo tipo de género
textual.
En lo que respeta al plano concreto de la metalengua de este texto, es
difícil hablar de un texto que ya ha tomado un carácter
canónico en el ambiente intelectual chileno. No obstante,
la transgresión que significa en el canon antropológico
tradicional para nuestro país, al incluir tanta referencia literaria
y -por sobre todo- al no significar en sí mismo una sistematización
de una experiencia de campo prolongada, representa así una nueva
forma de hacer antropología.
La utilización del lenguaje, que proviene del ámbito del
arte y la literatura, no es nueva en las ciencias sociales latinoamericana.
Como hemos visto en capítulos anteriores, se trata justamente de
retomar una línea que proviene del romanticismo sudamericano a
nivel literario y que representa la base primero del ensayismo y, luego
del propio texto con pretensiones científico social. Mas la novedad
del libro de Montecino, es el abierto recurso a la analogía estética
como modo de articular el texto y darle un sentido; dice todo cuidando
el estilo, pero además el argumento racional se define desde categorías
originadas en lo estético, particularmente en lo estético
literario.
El eje metalingüístico se juega de la siguiente forma: el
proyecto ecuménico del barroco determina, desde el primado del
rito y de la oralidad, la aparición de una identidad mestiza que
se juega en la polaridad hombre/ mujer, blanco/ negro, y dialécticamente
se resuelve en la polaridad esencial de nuestra identidad como país,
la de la madre y su(s) huacho(s).
Concretamente en la metalengua de este texto, vemos diversas intencionalidades
en su emica, una es ideológica, la del género sexual, la
otra es teórica, no obstante, para nosotros, la teórica
rebasa y supera ampliamente a la ideológica. Si se trata de un
texto de agitación, ello se hace desde una originalidad teórica
que sobrepasa la meta valórica. Pero existe un tercer factor metaligüístico
implícito y que es la licencia de la metáfora, la posibilidad
implícita de recurrir a la metaforización de los conceptos
para elaborar el texto. Justamente, este factor de la metalengua, el cual
aunque está centrado en la reflexión analítica, no
obstante, recurre a un lenguaje lleno de belleza y barroquismo que define
el tipo textual; ello no constituye argumento sino una práctica
textual permanente que representa un hecho fundante también de
la emica del libro.
Respecto del pensamiento de Sonia Montecino y específicamente
respecto de la metalengua del libro aquí analizado, existe un texto
externo que resulta fundamenta. Se trata del discurso de aceptación
del Premio Academia Chilena de la Lengua, donde la metalengua a nivel
teórico e ideológico quedan bastante claras...
... la oralidad es la forma en que ethos latinoamericano ha transmitido
su historia y su resistencia frente a la expansión del texto. la
oralidad es también el lenguaje, que apropiado por las mujeres,
desencadena un habla que se resiste a una cierta economía por que
sus tiempos nos son los de la producción en serie sino los tiempos
artesanales de la elaboración de alimentos, del hilado, del arrullo
maternal, de la dilapidación festiva (...) claves de comprensión
en donde tradición oral y tradición escrito, roto y palabra
se han conjuntado para proponer una escritura de bordes, de sitios fronterizos
(Montecino, 1992)
Como ya afirmamos, en el plano de la ideología, estos textos se
definen metalingüísticamente desde la opción de género;
el género, y no otra cosa, es el punto articulatorio de las orientaciones
de valor presentes; más aún, en el plano pragmático
el texto tiene un intención ideológica: la de pensar el
tema de la identidad cultural chilena desde lo femenino, y así
lo lograr, al menos en lo que respecta a la presentación de un
esquema coherente consigo mismo. Esta Teoría del Huacherio
conlleva asumir un desarraigo fundamental, que pone en la madre, es decir,
en lo femenino el acento y allí encuentra su fuente explicativa;
no obstante, es una metalengua plenamente situada, comprometida con su
contexto social inmediato y mediato; es parte del esfuerzo de una intelectualidad
que responde al proyecto refundacional de la dictadura militar, pero es
también un pensamiento definido desde el género femenino.
Por ello, no sólo es antropología o literatura es también
ideología. En este sentido, vemos una metalengua militante.
Violentando el secreto profesional
En lo que respecta a las bases de la metalengua, reconocemos dos fuentes
metalingüísticas fundamentales, que se nos presentan básicamente
como fuentes teóricas; ellas están fundadas en el aporte
de dos importantes pensadores chilenos: Jorge Guzmán desde el ámbito
de la teoría y crítica literaria, y Pedro Morandé
desde el ámbito de la teoría sociológica. Ni siquiera
las fuentes antropológicas o las teóricas del género
tiene una influencia tan decisiva en la metalengua autojustificante, en
la emica implícita y explícita del texto.
Guzmán aporta, básicamente, un elemento en la metalengua
que se fundamenta en la pregunta por el mestizaje. Su posición
entre lo blanco y lo negro que tiñe tanto la escritura como la
lectura de textos, resulta un factor primordial. En Montecino resulta
patente, a nivel de su metalengua, su voluntad de escribir desde lo mestizo,
pero también de invitar a leer desde allí, con ello lo mestizo
clave hermenéutica, constituyéndose en una dimensión
emic fundamental. Así como Guzmán hace, por ejemplo, una
lectura mestiza de Vallejo, Montecino propone una lectura mestiza de nuestra
identidad. Con ello, la clave ideológica del género se ve
complementada con este nuevo elemento emic, esto es la voluntad de leer
y, por tanto, escribir desde la mezcla.
Otro aspecto de su emic es el fundamento que existe en Morandé,
desde una perspectiva teórica. Podríamos hacer un largo
ensayo respecto del aporte de este autor a toda la obra de Montecino,
no obstante, si nuestra interrogante es tipológica, y particularmente
en este nivel, metalingüística, debemos afirmar que el tema
del proyecto ecuménico del barroco es una aspecto esencial, no
solamente a nivel teórico, sino como argumento justificante que
da sentido a la exposición. Si Guzmán invita a pensar a
leer y a escribir a Montecino desde lo mestizo, Morandé le explica
cómo se produce este mestizaje desde su teoría del sincretismo
generado desde este proyecto ecuménico.
Volviendo a Guzmán, la influencia reconocida de este autor en
la metalengua, se define para nosotros en una invitación a la transgresión.
Guzmán abre la pauta y el texto de Montecino entra, de manera violenta
y bulliciosa.(3)
Si nuestra mirada es un tanto superficial, el texto de Guzmán
apenas intenta proponer un nuevo camino para la crítica literaria...
... la importación ingenua y crítica de métodos
de análisis literario producidos en otras culturas, determina siempre
un efecto ocultante de la propia realidad cultural (Guzmán, 13:
1991).
Esta desnaturalización del método sistemático de
lectura, es combatida por Guzmán desde procedimientos semióticos
culturalmente situados. Desde categorías como hombre /mujer y por
sobre todo blanco/ negro, Guzmán logra conocer la poesía
de Vallejo, asumiendo lo que Bajtín entiende como una pluralidad
de voces que intercalan dentro del marco de su propia coherencia originada
en su contexto cultural e histórico.
Montecino retoma esta polaridad blanco/ negro y hombre/ mujer, como una
clave hermenéutica...
... los análisis sobre la mujer en nuestro territorio podrían
ser aún más fecundos si profundizáramos en el espacio
de los símbolos que rodean su constitución como sujeto (...)
En este sentido el ícono mariano muestra, por ahora, sólo
el vértice de un iceberg que flota en la superficie del cuerpo
social mestizo (Montecino, 33:1991).
El aporte de Guzmán es inmenso en la elaboración no solamente
de una hermenéutica en el plano metodológico, sino en la
invitación interdisciplinar, lo cual abarca la posibilidad de leer
desde polaridades, bajo la forma de pares binario, lo que decanta en la
polaridad madre y huachos, factor fundamental del texto...
Jorge Guzmán, aporta el enfoque desde la madre, el otro
polo de nuestra construcción social de las diferencias genéricas.
(Montecino, 55:1991).
Más aún, la invitación de Guzmán no es solamente
la invitación a un método, sino por sobre todo es la apertura
a un nuevo modo de interdisciplina; la metalengua del texto lo afirma
a cada momento. Sería admisible la inclusión de sociólogos
como Morandé y Cousiño en su discurso, no obstante, al introducir
el pensamiento de Guzmán, rompe los límites, transgrede
alevosamente lo que es la formalidad del texto antropológico chileno.
Se permite extraer no sólo una referencia anecdótica para
la elaboración de su discurso, utilizando a un humanista que como
especialista es más bien ajeno las ciencias sociales, sino que
lo ubica en el epicentro de su argumentación. Con ello, la transgresión
se completa, y la metalengua da lugar a un texto que no es el antropológico
chileno de la década de los 80, es otra cosa, un híbrido
expresivo y textual (4) .
Para nosotros, la inclusión de Guzmán abre la puerta para
la constitución de un nuevo tipo textual, el cual desde la voz
antropológica, se sumerge en la interdisciplinar y sigue un camino
propio en el cual la fidelidad a las macroestructura textuales de la antropología
dejan de importar. Lo que importa ya no es hacer o no texto antropológico,
lo que realmente interesa es contar lo que se quiere, y hacerlo como se
quiere, para demostrar el argumento en una lógica que une la recargada
belleza de la expresión con la demostración del argumento.
El barroco como base de la metalengua
Hemos situado al concepto de barroco como un factor determinante, no solamente
porque corresponda a la categoría de Morandé, sino porque
desde esta perspectiva abre el camino para la innovación textual
en Montecino, como si se dijese: América Latina es barroca entonces
barroco es este texto que creemos, situado en este suelo y, por ello,
definido desde este barroquismo esencial.
Como planteamos en un capítulo anterior, el concepto de Barroco
Latinoamericano es de antigua data en nuestro continente respecto
de su uso por parte de nuestra intelectualidad; está presente en
la obra de Alejo Carpentier y Pedro Morandé (de una punta a la
otra del siglo, y desde el arte hacia las ciencias sociales), y aún
antes que ellos desde conceptos como los de barroco popular americano,
fundamentales en la obra y metalengua del poeta chileno Pablo de Rokha.
Por ello, la inclusión metalingüística del concepto
de barroco en este texto supera lo teórico para constituirse en
el elemento esencial de la metalengua. Si el tema es lo femenino en la
identidad mestiza, en el barroco sale hasta por los poros, barroco en
una lectura histórica, barroco en una lectura sociológica,
y, por que no decirlo, asumiendo una postura barroca al momento de realizar
la escritura, con una belleza dentro de la cual no deja indiferente lo
recargado del estilo, la vehemencia, se ve apuntalada por un modo de escritura
pesado, como puede ser pesado todo texto donde la belleza se comprime,
y que el lector descomprime, para llegar a inundarlo desde las primeras
páginas.
Desde nuestra lectura de este libro de Montecino, podemos decir el concepto
de barroco es una categoría de doble registro, ya que se presenta
desde un doble origen: en estética literaria y en las ciencias
sociales latinoamericanas. Su aparición en la cultura latinoamericana
es anterior en la literatura y su metalengua, que en la teoría
social; no obstante, para poder llegar a constituirse una teoría
sociológica del barroco americano, como la de Morandé, tiene
antes que existir una metalengua literaria como la de Alejo Carpentier.
Esta metalengua literaria, nos da algunas pistas para responder a la
pregunta ya planteada por el itinerario del concepto de barroco, mostrándonos
de manera prototípica cómo el concepto de barroco inunda
la escritura, desde la literatura hasta las formas escritúrales
más recónditas, siendo Madres y Huachos una
expresión de ello.
Las mismas sorpresas vividas por Carpentier, son las del etnólogo
en un contexto donde lo que la literatura antropológica clásica
describe como la alteridad radical, es decir la absoluta
diferencia respecto de lo occidental y la literatura surrealista
definida como la escritura de lo inconsciente, se transforma en realidad
nítida e identificable, identificable en la propia biografía
y en la vivencia de la experiencia colectiva. Respondamos a la pregunta
por el barroquismo de la escritura de Montecino con otra pregunta ¿Por
qué el contexto histórico cultural que determina el surgimiento
del realismo mágico no podría determinar un
tipo de escritura antropológica? Sobre todo si ésta se abre
a una visión que entiende la identidad latinoamericana como barroca
y que asume sin tapujos la posibilidad de la influencia de la teoría
literaria a nivel del argumento, y de la intertextualidad .
Por otra parte, si entendemos por racionalidad, según el uso que
Morandé hace de las categorías webereanas, como el conjunto
de valores que definen acción social en un contexto específico,
entonces este concepto puede ser extrapolado más allá de
los límites de la modernidad y del mundo occidental, hacia el universo
axiológico que define la conducta del hombre precolombino latinoamericano.
Entonces debemos decir que esta racionalidad se mueve dentro de los límites
de las sociedades arcaicas y, por lo tanto, lo substancial de ésta
es el ámbito de lo dramático sacrificial.
El drama como exacerbación de la expresión de los significados
y el sacrificio como inmolación socialmente compartida, como ofrenda
dentro de la estructura social dan, para Morandé, como resultado
una cultura en la cual el dolor da sentido a lo social y el quiebre continuo
no es más que un eslabón dentro de una continuidad de hechos
de carácter dialéctico, en el cual desde la persistente
hecatombe surge el replanteamiento, al que dentro de nuestra racionalidad
damos el nombre de porvenir, queda la pregunta ¿Cómo se
vive entonces el par binario sacrificio-género?
Esta lectura de la temporalidad se funde, para Montecino, en aquello
que por nuestra parte denominamos el tiempo de lo femenino
en el que las labores diarias y los procesos biológicos se ven
aunados en una temporalidad, que se expresa por la oralidad y que se diferencia
radicalmente de la cronología de la producción capitalista.
Desde las citas a Tamara Kamenszain (5) ,
Montecino hace una fecunda síntesis con el pensamiento de Morandé,
para explicar en un lenguaje lleno de bellas metáforas el modo
en que el tiempo pasa a leerse de manera distinta y, por ello, genera
un orden social sumergido, que opera realmente, pero bajo la forma de
mecanismos poderosos e invisibles.
Por otra parte, Montecino afirma desde Morandé la injerencia de
lo cosmocéntrico en la identidad latinoamericana, es decir, tiene
una concepción del cosmos en la cual el centro es la propia cultura,
particularmente en el caso de las altas culturas como los incas, mayas
y aztecas, siendo también el centro del universo. Esta faceta,
propio de las culturas precolombinas, no solamente determina la existencia
de una realidad mental específica, la cual podía traducirse,
por ejemplo, en un tipo de religión puntual, sino que tiene que
ver con fenómenos como la estructura social, o con modos particulares
de vincularse con la naturaleza en el plano ecológicocultural.
El cosmocentrismo define un vínculo con la organización
social y con la relación tecnoambiental; y ese vínculo se
da fundamentalmente en el plano de los valores, quedando esto expresado
en la presencia del sacrificio en todas las esferas de la vida de estas
sociedades, desde lo mítico hasta lo material, lo cual se proyectaría
en nuestra sociedad en la actualidad.
Para el esquema de Morandé, esta contraposición entre lo
europeo y las culturas precolombinas, más que significar una ruptura
o un quiebre, en el sentido de apocalipsis absoluto, más bien significa
un encuentro de carácter dialógico, en tanto significa que
por parte del español y por parte del indígena precolombino
tiene que existir un pensarse mutuamente, en tanto conlleva la necesidad
de idear categorías que permitan, dentro de los límites
de la propia cultura, dar cuenta de este otro cultural tan extraño
y, al mismo, tiempo tan presente.
En Montecino, la mujer es la radicalmente otra; su diferencia
al ser genérica e involucrar aspectos biológicos y psico-culturales,
determina un segundo nivel de alteridad. Ello pone a la mujer en un papel
nuevo distintivo en el que, desde lo doméstico, subordina aunque
también provee de otros mecanismos. El papel de la mujer, y también
sus ejes de poder, se define desde la conquista misma. Para Montecino,
la madre violada, la distinta que por la consumación sexual, por
puro efecto de la pulsión más rotunda, llega a convertirse
en la compañera y en la compañía; no obstante, la
acompaña la invisibilidad y el poder de estar en todo lo cotidiano
y, por lo tanto, en aquello que Foucault denomina como la microfísica,
y que sencillamente podríamos llamar la cotidianidad, que como
sumatoria de las partes es el todo más significativo de la existencia.
La intertextualidad para la belleza en la reflexión
La propia autora nos confiesa su modo de entender el ensayo; según
ella, es una escritura que se vale de otras escrituras. Entonces, evidentemente,
el nivel intertextual pasa a tener un papel preponderante al momento de
definir la identidad del texto. Este proceso de intertextualización,
responde por una parte a la necesidad argumentativa que guarda relación
con la demostración de las hipótesis conceptuales; sin embargo,
es un recurso narrativo que da forma al texto, ya que lo nutre de la apertura
interdisciplinaria, para sacarlo de los límites estrechos del canon
del texto científico social. Es así como la intertextualidad
presente se percibe a cinco niveles: una intertextualidad respecto del
texto científico social sociológico y antropológico,
con un recurso permanente a la cita, incluso de textos etnohistóricos
como radicalización de la intertextualidad; aquí no solamente
la autora se nutre de la lectura socio-antropológica, sino de las
fuentes del texto pretérito, jugando tanto con la fuente conceptual
como con la fuente de la fuente conceptual...
venida la noche el Inca señaló, salieron los
indios apercibidos de sus armas con grandes fierros y amenazas de vengar
las injurias pasadas con degollar los españoles. (comentarios reales
del Inca Garcilaso de la vega). (Montecino, 78: 1991)
Una intertextualidad desde el texto literario, planteada como cita directa:
...Doña Isabel quería,
suyo y lo mismo la parda,
y el Bernardo entre las dos
como un junquillo temblaba (Gabriela Mistral, Poema de Chile)
o respecto del texto literario popular
...crece el hombre malamente
arrastrando su cadena
por eso no causa pena ver morir a un inocente (canción de
angelito)
(Montecino, 92: 1991)
Con esto, Montecino le proporciona un rasgo definitorio a la identidad
textual, ya que se expresa no solamente por medio de la vinculación
de argumentos ajenos, sino de sensibilidades propias en la combinación
de la cita ajena y la metáfora propia, donde el argumento toma
realmente vida.
Una intertextualidad desde el vocabulario de género donde es posible
encontrar permanentemente el recurso a palabras como: hilar, bordar, tejer,
lo que resulta en una transposición entre la autora empírica
y la autora textual, y es un contenido estilístico que rápidamente
toma un contenido ideológico, demostrando, o intentando demostrar,
como el género se toma la escritura. Una intertextualidad
que es extraída de las etnocategorías del mundo popular
chileno e indígena latinoamericano,...
¡la Tencha nos decía que Allende no servía!
(Montecino, 1991: 103)...
en su calidad de ñusta (princesa)
tiene dominio sobre súbditos y soldados (Montecino, 74: 1991).
Con ello, la recuperación del habla pasa a ser un tipo de recurso
etnográfico, casi un atisbo de fuente empírica, que remite
a lo más directo que el tiempo puede tener un escucha y cita directa
respecto del lenguaje del actor.
Por último, destacemos del texto un recurso permanente de tipo
intertextual: el epígrafe, que no posee un carácter complementario
sino que representa un recurso textual de primer orden, ya sea por la
metáforas que contiene como por las ideas que expresa de manera
implícita o explícita. Se trata de un tipo de intertextualidad,
en el sentido más tradicional planeado por Genette (6) , donde existe la presencia física de un texto dentro de otro.
Es el caso de epígrafes de poesía como la de Paz o Mistral
a la cual recurre constantemente Montecino; el texto citado orienta la
lectura, la determina, tiene un rol prevaricador para el lector que se
debe guiar por la insinuación que el epígrafe le entrega.
Los textos en sí son simples, el modo en que orientan la lectura
del texto que preceden es lo complejo. El siguiente extracto es prueba
de ello...
en el patio un pájaro pía,
como el centavo en su alcancía.
Un poco de aire su plumaje
se desvanece en un viraje.
Tal vez no hay pájaro ni soy
ese patio en donde estoy.
(Octavio Paz, Identidad)
Este texto, que representa el epígrafe fundamental del libro,
es en sí un factor intertextual determinante en la caracterización
del lector modelo. Si lo que existe en el libro es la pregunta por la
identidad, y el libro está escrito por una antropóloga,
ninguno de los antecedentes anteriores, posibles de encontrar en la contratapa,
deberán hacernos esperar un sesudo estudio sobre cultura nacional
al estilo de la antropología psicológica o un estudio antropológico
político. Este epígrafe, sacado de Paz, ya nos induce a
un texto mucho más subjetivo y polisémico, en el que lo
interdisciplinar fundamentado en la metáfora constituyen sus pilares.
Este tipo de epígrafes se repite en el texto, y en una caracterización
general, los podríamos clasificar en dos tipos: el primero está
compuesto por aquellos que rescatan la dimensión poética
del libro invitándonos a una reflexión más intuitiva
que analítica, como es el caso de los epígrafes de textos
de Gabriela Mistral o de Octavio paz, como el que acabamos de citar. Un
segundo tipo de epígrafe tiene el objetivo de centrar la lectura
del texto en la problemática del género, específicamente
en el terreno de lo femenino, es el caso de las citas epigráficas
a Tamara Kamenszain o los cantos en quiché y castellano con que
se inicia el capitulo titulado La virgen Madre emblema de un destino,
pero quizás el más significativo de estos epígrafes
de género es el que dice...A Cristián, por haber nacido,
en él no sólo se expresa el vínculo emotivo que la
autora evidentemente tiene con su hijo, sino que nos orienta la lectura
posterior, desde allí, en la primera página del libro el
lector, tendrá que partir del hecho que esta leyendo la obra de
una mujer que escribe, es una escritura situada. Por lo tanto, esta intertextualidad
determina tanto al autor modelo como al autor empírico, ello es
de tal intensidad en la obra toda de Montecino que la última frase
del discurso de agradecimiento por el ortorgamiento del premio Academia
Chilena de la Lengua 1992, es nuevamente la misma...a Cristián,
por haber nacido.
Respecto de los paratextos, representados por los títulos y subtítulos,
vemos en ellos el recurso permanente a la intertextualidad, desde el título
mismo se utiliza una palabra española y una voz indígena
huacho, con lo cual desde este recurso intertextual esperamos
un texto que deambule por las diferentes formas culturales que componen
el sistema étnico social latinoamericano.
Los subtítulos, en tanto, van desde la descripción casi
técnica, por ejemplo...Mujer e identidad latinoamericana:
reversión de los paradigmas eurocéntricos (Montecino,
1991: 22) hasta la metáfora abierta...Virgen madre: emblema
de un destino (Montecino,1991: 61). La variedad de modos de titular
y subtitular probablemente tengan que ver con el modo de construcción
de libro que la autora reconoce, en tanto éste responde a lo dicho
en la elaboración de la obra diversos espacios(Montecino,1991:15)
es decir, conferencias clases, ponencias charlas, artículos científicos,
textos de difusión y comentarios etc. Por ello, aunque suponemos
un retocado de los textos para la conformación del libro, ellos
de todas formas responden a la lógica de textualidades un tanto
disímiles, respondiendo los títulos, como vimos, a una intención
de orientar pragmáticamente la lectura hacia un argumento caro
y preciso, y en otros casos quiere llevar al lector a una perspectiva
más amplia en su lectura donde el tema es más vago por tanto
el texto es leído de manera más polisémica.
Temas y tipos barrocos
El modo estético que va dando identidad al texto, si asume lo barroco
como categoría analítica, también se vale de este
concepto en otro sentido, no solamente para interpretar la realidad sino
para relatarla, con lo cual lo estético es una forma de hacer discurso
más que un recurso ocasional de tipo narrativo o una simple categoría
de análisis.
Las macroestructuras presentes en este texto poco se distinguen de su
intertextualidad y, por otra parte, cuesta diferenciarlas de sus superestructuras;
en verdad los temas abordados se entretejen con los tipos de enunciados
a los que se recurre y ambos se enlazan en los argumentos que se defienden
y sustentan, no obstante, podemos establecer algunas diferencias.
A nivel macroestructural, los temas son los propios del argumento, con
algunos más destacados que otros. Sorprende, como primera cosa,
que el tema género esté supeditado al tema de la identidad
cultural, por lo que el texto aborda a nivel de macroestructuras textuales,
fundamentalmente interrogantes respecto de la identidad cultural chilena,
más que el tema del género como factor único o aislable.
No vemos aquí el tema de la dicotomía hombre/ mujer como
una macroestructura huérfana de contexto, por el contrario, ella
responde a una lógica cultural que nos es develada, desde temas
puntuales que son los del género, pero más que eso son los
de la cultura como pregunta con mayúscula.
De estas macroestructura, en primer lugar podemos mencionar que el mestizaje
desde el eje barroco como analogía estética que se constituye
en el texto en un eje teórico...
si bien el barroco define una época cultural, será
en Latinoamérica donde se desplegará, otorgando especificidad
a todo el territorio (Montecino, 38: 1991)
Por otra parte, otra macroestructura fundamental presente, como tema
que simultáneamente se nos presenta como sustento de un argumento:
es el del sincretismo definido desde el rito...
somos una cultura ritual cuyo nudo es el mestizaje acaecido
durante la conquista y colonización (Montecino, 1991: 37)
También podemos mencionar al género como tema medular,
aunque, insistimos, no como única macroestructura de los textos,...
ser mujer y ser hombre, pertenecer al género masculino
o femenino, definir las identidades desde esos parámetros, nos
obliga a realizar un gesto que pasa por una mirada universal, pero que
se detiene en lo particular (Montecino, 21: 1991).
Por esto, se nos presenta como macroestructura, no por eso menos recurrente,
el abandono del huacho y la presencia materna preeminente...
la noción de huacho que se desprende de este modelo
de identidad, de ser hijo o hija ilegítimos, gravitaría
en nuestras sociedades -por lo menos los datos para Chile así parecen
indicarlo- hasta nuestros días. El problema de la legitimidad bastardaatraviesa
el orden social chileno transformando en una marca definitoria del sujeto
en la historia nacional (Montecino, 1991: 43)
En un cuarto punto macroestructural, vemos a la maternidad asociada a
lo mariano como centro de la identidad ritual, presente como un aspecto
temático fundamental...
nuestra hipótesis es que la alegría mariana
se ha erigido en un relato fundante de nuestro continente, fundación
expresada en categorías más cercanas a lo numinoso que a
la racionalidad formal, al mito que a la historia (Montecino, 28,
1991)...
entonces se podría decir que el carácter
inmortal de la divinidad materna mestiza, satura el suelo de la conquista
(Montecino, 82: 1991)
A nivel de las superestructuras, entendidas éstas como tipos textuales,
creemos innecesario y estéril elaborar una tipología de
las mismas para los fines de este capítulo; ellas se encuentran
de una u otra forma identificadas en el nivel intertextual y macroestructura.
No por eso deja de ser importante para este análisis- el
papel que la metáfora como recurso tiene en el texto, a nivel de
las superestructuras; tanto los argumentos originales como el procesamiento
de las fuentes intertextuales, por medio de la elaboración teórica,
se definen desde metáforas que enriquecen el texto y le dan esa
identidad barroca recargada, pero estéticamente pertinente. Frases
como...la china, la mestiza, la pobre, continuó siendo ese
Obscuro objeto del deseo (Montecino, 1991: 50). o ... iluminar
destellos mestizos que hoy semeja una fractura (Montecino, 1991:
59) son demostración del modo en que la metáfora es el pilar
que define la identidad textual del libro. Más allá de la
pertinencia y solidez de las ideas propuestas, como ya vimos, se trata
de una escritura que se vale de otras escrituras y el procesamiento requiere
de la metáfora como recurso estético, pero que supera el
nivel de la herramienta textual para ser aquello que le da identidad en
el contexto del ensayismo chileno.
¿Quién escribe y para quién?
Para nosotros, es evidente el tipo de autor modelo frente al cual nos
encontramos, él (ella) es un ensayista enciclopédico, que
pasa raudamente desde la teoría literaria a la teoría sociológica,
en vuelos rasantes donde historia, antropología, sociología
y teoría del género aportan poderosamente. Sin embargo,
queda la pregunta fundamental respecto de qué es lo propio de este
autor modelo; es una feminista furibunda que arremete con todas las herramientas
de su inteligencia y de su cultura, pero también es una delicada
ensayista científica social con un vocabulario exquisito, que quiere
aportar no sólo desde la reflexión del género sino
desde las interrogantes más amplias respecto de nuestra identidad
sincrética y mestiza.
En resumen, más allá del marcado tinte ideológico
feminista de la autora, el autor modelo presente es el de un especialista
en estudios culturales, cuya identidad muy particular se define por su
preocupación por el estilo, en el sentido de la búsqueda
empedernida de la belleza en la expresión. No es gratuito, por
cierto, el premio Academia Chilena de la Lengua que este libro obtuvo.
Existe en el texto un cierta elegancia profunda que supera a la metalengua
misma, casi como diría Kant como si la belleza del estilo nos hiciese
distraernos de los argumentos planteados.
Por ello, la identidad de la autora modelo es también la de una
literata, muy culta, pero literata, que desde el pluralismo inter y transdisciplinario
de la ciencia antropológica que le permite ir y venir desde y hacia
otras disciplinas; elabora un texto de reconocida belleza, es por ello
más que un texto de teoría, una primera muestra de un tipo
textual emergente, el ensayo antropológico poético, donde
no sólo importa decir cosas cuerdas, sino también decirlas
bien, siendo coherentes con una suerte de barroquismo, bien entendido,
es decir un cuidado por la forma, que no la frena pero la pule.
En cuanto al lector modelo, él supera a la comunidad antropológica,
aunque evidentemente no responde a la búsqueda de una lectura masiva.
Este lector debe superar el plano técnico para llegar a la búsqueda
interdisciplinaria; no es el practicante de una disciplina sino un lector
instruido, un raro espécimen, que no obstante parece abundar en
Chile, si lo consideramos en función de la recepción y de
la reedición de la obra. Nuevamente nos vemos frente a un lector
cuyo universo es el de la intelectualidad de clase media chilena, la que
se interroga por el género y por la identidad cultural, la que
lee a Morandé, a Cousiño, a Kirwood, a Salazar y a Guzmán.
Un tipo de intelectual pluralista con intereses amplios y con un bagaje
de lecturas que le permiten llenar de significados los significantes que
el texto utiliza, pero también es un lector con un habitus de clase,
el cual necesita de la formación universitaria para comprender,
y del desconcierto propio de la pequeña burguesía de los
80. Alguien que además esté dispuesto a dejarse seducir
por el argumento; alguien que no busca sólo evidencia empírica
sacada del terreno, sino que esté dispuesto a seguir el hilvanado
del texto, a recorrer los trazos y la textura; alguien que es capaz de
hacer la travesía, solamente escoltado por la seducción
del estilo. Un lector que se hace preguntas sobre sí mismo y sobre
su medio y que para responderlas no tiene miedo a realizar los cruces
ni a dejar que otros los hagan.
Una demostración de ello, es el uso del concepto de barroco latinoamericano
creado originalmente por autores como Carpentier y re-utilizado por Morandé.
La llegada de esta analogía al texto de Montecino, es una travesía
aquí; va desde la metalengua del real maravilloso pasa con Morandé
hacia la sociología y recala en el puerto del texto antropológico
literario.
Por todo lo anterior, este tremendo camino da cuenta de un lector capaz
de aceptar las aventura. No obstante, nos preguntamos quién le
dice a la señora Montecino que ello era posible, ¿Quién
la autoriza para sacar categorías de campos y subcampos culturales
tan distintos y mezclarlos en su obra de artesanía? La audacia
teórica es en este libro, en mucha medida, la audacia de la mezcla
inaudita, y Montecino supone un lector modelo que la autoriza que le da
el permiso tolerante y maravillado.
Un habitus para dar razón de las esperanzas
En su materialidad, la escritura misma no difiere del estilo del ensayo
histórico social, Tomás Lago podría haber escrito
un texto que en su apariencia, aunque no en sus argumentos macroestructurales,
se semejase al de Montecino. No obstante, no son sólo los argumentos
lo que difieren, la libertad se une al plano de la formalidad en la presentación
de los argumentos. Se debe escribir bellamente, pero el argumento debe
estar bien formulado. Es así el habitus que este texto genera,
obliga a plantear argumentos cuyas bases sean sólidas y que también
su estructura lógica resulte verosímil. Esta credibilidad,
unida a la estética de la expresión, representa la base
del habitus cuyos límites están en dos vértices,
la argumentación del ensayo sociológico y la creación
ensayística literaria, un ángulo necesita del otro para
poder existir.
Toda lectura del texto de Montecino, y de los que en el futuro seguirán
su huella al interior de la Antropología Poética Chilena,
deberá atenerse a estos dos primados, el cuidado en el estilo,
que aventure experiencias y experimentos textuales desde la metáfora,
pero también que fundamente lógicamente sus afirmaciones.
La belleza en la expresión deberá estar unida a la coherencia
en el pensamiento.
La generación de ideología, en este caso ideología
de género, resulta en un factor que define; los valores son claros,
no dan cabida a la duda, no obstante este ensayo y todos aquellos que
caben al interior de nuestra Antropología Poética no responden
necesariamente a esta lógica de clara base axiológica. En
definitiva, no es necesario ser feminista, ni teórico del género
para adscribirse a este tipo textual, más bien la búsqueda
estética en el plano del estilo y la coherencia argumentativa son
el núcleo duro que nos proporcionan la gramática mínima
de este habitus creativo.
Respecto del epicentro barroco, creemos que él representa el ángulo
de juego o movimiento, que aunque no se mantiene en textos ensayísticos
de autores posteriores. No obstante representa el epicentro de la perspectiva
interdisciplinaria, tanto a nivel del argumento como a nivel de los tipos
textuales utilizados. Para Montecino, América Latina es barroca;
desde las tesis del Proyecto Ecuménico del Barroco de Pedro Morandé,
ello no sólo se sustenta en una reflexión teórico-sociológica,
sino que posee reminiscencias implícitas en el barroquismo literario
y metalingüístico de autores como Carpentier, y en el barroco
colonial latinoamericano, frecuentemente mencionado por la autora. Por
ello el barroco es un período de la cultura europea y latinoamericana;
un tipo ideal teórico sociológico, una analogía estética
y un modo de encarar la escritura del texto.
El carácter recargado y al mismo intenso de la estética
barroca atraviesa la comprensión de la identidad chilena y latinoamericana,
pero supera el plano del argumento. Por este motivo, el habitus es barroco
en su originalidad, dado aunque no se usen las categorías de Morandé,
ni se mencione el barroco como corrientemente estética, se sigue
elaborando desde 1991 -año en que se publica el libro- un tipo
de ensayo recargado en su estilo, preocupado tanto de la coherencia analítica
del argumento como de la forma estética de lo dicho, en el que
la metáfora no sólo es una licencia, sino una exigencia
del estilo de creación que Montecino inaugura. Del barroquismo
radical, de la metáfora y la opción interdisciplinaria quedan
como huella ensayos posteriores, tanto de la autora como de otras y otros
que la seguirán.
Este habitus de creación tiene como punto de articulación
el mismo eje descubierto en su metalengua, el barroco, el permiso para
la forma recargada, que hecha mano del argumento racional traído
desde diferentes disciplinas. Pero también se surte de la cita
al poema, el poema como epígrafe que define sentido, y sobre todo
de la metáfora. Parece que la autora más que convencer racionalmente,
lo que desea es seducir con la forma expresiva, y para muchos lectores
lo logra. Esa combinación de la metáfora, no grandilocuente,
sino de gran elocuencia (7).
Nunca antes la antropología chilena se había visto inundada
de tantas transgresiones textuales; ni siquiera por el experimentalismo
etnográfico de Carlos Piña se había dado licencia
hasta ese momento para conjugar una poética barroca elocuente,
con una argumentación sólida en lo teórico y clara
en lo ideológico. Es el punto de partida. La antropología
chilena ya no podía ser la misma; desde aquí en adelante,
la cita a disciplinas humanistas ajenas hasta ese momento, como la estética,
la teología, la teoría literaria, la historia del arte y,
por sobre todo, el recurso a la metáfora desdoblada se permiten
licencia; ya no es sólo necesario decir verdad sino que debe hacerse
bellamente.
No se aprende en una Escuela de Antropología a escribir como lo
hace Montecino, lo que sí se logra es la simple constatación
de los límites del método, la más humana de las ciencias
o la más científica de las humanidades; se nos configura
en un espacio de delimitación, que, no obstante, debemos considerar
en la pragmática de los textos de la Antropología Poética
Chilena y, por ello, en el reconocimiento de sus habitus de creación
textual.
Tanto la etnografía, como modo de registro de información,
como la antropología teórica en tanto manera de sistematizar
esa información, se nos presentan colapsadas en el estilo formativo
entregado por la Universidad de Chile en las décadas de los 70
y 80. Si surgen de esa institución grandes antropólogos,
no es por su formación, más bien corresponde a aquello que
Bourdieu entiende como la elección de los elegidos, altos puntajes
en la PAA (Prueba de Aptitud Académica) venidos por lo general
de colegios pagados; generan la identidad de una juventud, comúnmente,
de sensibilidad de izquierda, al menos en sus periodos de estudiantes;
ello define el perfil de Montecino como del resto de los autores esenciales
de la Antropología Poética Chilena.
Pero no es la condición solamente de antropólogo lo que
define la inclusión en el corpus de esta corriente a uno u otro
autor, no obstante creemos que tanto en Montecino, como en otros autores,
ello es un factor determinante de la pragmática. La paradoja es
que lo opera por rechazo, al menos en Montecino es claro. Tenemos la certeza
de que la autora no lee a Guzmán, ni a Morandé como parte
de su formación en la Universidad de Chile; tampoco asiste a cátedras
de antropología del género, ni menos aún considera
en su formación metodológica la posibilidad de un barroquismo
literario como el que aquí identificamos en su libro. Es, no obstante,
el contraste respecto de la precariedad de la antropología estructural
funcionalista y sus categorías positivistas a nivel metodológico,
perfil en ese momento del Departamento de Antropología de la Universidad
de Chile, lo que promueven la generación de un texto por parte
de una antropóloga tan distinto a su formación original.
Se actúa por reacción, un tanto por rechazo; lo que se
mantiene es la macroestructura textual, el gran tema marco de toda antropología;
la pregunta por la identidad desde la consideración de la diversidad
determina este carácter pionero del texto que genera una antropología
absolutamente otra que nunca será antropología
para muchos de los practicantes de la disciplina en nuestro país.
Hay demasiada libertad en este texto como para que ella sea digerida por
tan disímiles generaciones y estilos antropológicos.
NOTAS
1 Para Lévi-Strauss, el avunculado parte del análisis desde
el átomo del parentesco, con cuatro elementos y por tanto relación
entre cuatro términos, relaciones de oposición -actitudes
positivas frente a negativas-. Nuestro autor demuestra que no hay conexiones
entre el sistema de parentesco y el de actitudes, siendo lo importante
un hombre/ hermano de la madre, que da esposa a otro. Según Lévi-Strauss,
la relación es positiva si el avunculado es patrilineal. Además
el avunculado se da tanto en sociedades matrilineales como patrilineales.
Así demuestra que no existe relación entre sistema de filiación
y actitudes.
2 En lo formal el texto se no presenta dividido en cinco capítulos:
Punto de vista, Madres y Huachos, La Virgen madre. emblema de un destino,
La política maternal y la palabra disociada de las
prácticas,Tematización del mestizaje en Chile.
3 Sintomáticamente el texto Contra el secreto
profesional. Lectura mestiza de Cesar Vallejo es publicado por Guzmán
en la editorial Universitaria en el año 1991, el mismo en que aparece
la primera edición de Madres y Huachos, Montecino dispondrá
de una serie de artículos previos de este autor para recibir su
aporte y procesarlo.
4 No podemos olvidar que en este contexto la influencia
de autores como Walter Mignolo, Néstor Gracia Canclini o Jorge
Larraín aún no es determinante en el medio chileno. A finales
de los 80 circulan tímidamente algunos textos de Canclini
sobre cultura popular, Mignolo es considerado un teórico de la
literatura exclusivamente y Larraín es un sociólogo brillante
pero remoto en su exilio inglés.
5
SE INTERNA SIGILOSA
Se interna sigilosa la sujeta
en su revés, y una ficción fabrica
cuando se sueña. Diurna, de memoria,
si narra esa película la dobla
al viejo idioma original. (Escucha
un verbo infantil el que descifra
una suma que es cifra de durmientes
delirios conjugados en pasado.)
¿Quién, por boca habla de los sueños
cuando hacia ellos la vigilia va o
cuando lo envuelto con ellos en esa
pantalla de la sabana se escribe?
Tamara Kamenszain
6 Gerard Genette define a la transtextualidad (trascendencia
textual del texto) a nivel general como... todo lo que pone al texto
en relación manifiesta o secreta a un texto como otros textos
(Genette, 1989). Esta búsqueda de categorías para sistematizar
la presencia de un texto sobre otro, puede convertirse en una clave para
liberar a la ciencia de la literatura de sus intentos maniqueos respecto
de la originalidad. Parece que todo texto puede ser un de un architexto
o hipertexto, el cual, conocido o no, define el curso de la palipsesto
aparente originalidad en creación textual.
7 Ha treinta épocas, ha treinta épocas,
tu ilusión temblaba en los ELEMENTOS del orbe. ERES anterior
a la materia,hoy, iluminas el capullo irremediable de sus consecuencias,
sus resultados conclusiones: el automovil A LA LUNA, la pálida
locomotora hija de metales grises, la hulla y las aguas eximias y egregias,
los aeroplanos errantes, y las oscuras multitudes, las oscuras multitudes,
las oscuras multitudes revolucionarias conmoviendo LA SOCIEDAD con su
ideal grandilocuente.
ORACIÓN A LA BELLEZA
Pablo de Rokha
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