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El llamado voto vergüenza
En estas épocas encuestológicas, en esta extrema rapidez
de la información, ya que no tanto de la explicación, asistimos
al fenómeno de la subida al púlpito político de las
encuestas, y su consiguiente voto vergüenza que tendremos que intentar
explicar un poco.
Para tratar de entender el voto vergüenza hemos de adoptar un concepto:
llamémoslo la mano invisible; una especie, pues, de sutil impulso
que opera no solamente en la clase política y dirigente en general,
sino también, desgraciadamente, en el pueblo y la sociedad, sea
en tiempo electoral o no. Y dicho impulso proviene de los medios de comunicación,
mediante la influencia mediática y su discurso establecido sobre
la población; dicho discurso, en general, y para mal o para bien,
es algo benévolamente disidente con el gobierno de turno, sobre
todo cuando el gobierno ya lleva un tiempo en el poder, y pierde los días
o meses de gracia que todos los medios otorgan a cada novicio gubernamental,
precisamente por estar en los primeros días o meses de gobierno.
Este discurso, un discurso de características exasperantemente
morales, entonces, impulsa las relaciones sociales, en sus aspectos políticos,
de la ciudadanía. Y será interesante, más bien a
ojo de buen cubero, ver en qué consiste, a grandes rasgos, el influjo,
el impulso invisible hacia la estandarización de la opinión
pública respecto a la política.
Los medios de comunicación, en efecto y para ganar las simpatías
progres, establecen un discurso correcto, más o menos disidente
con los gobiernos, ya que no así con los sistemas; y ello, por
más que le pese a la cacareada imparcialidad de los medios, es
cuestión de reflexión. Es casi lógico, teniendo en
cuenta la ortodoxia casi maquiavélica del pensamiento político
en su práctica, que la clase política, en virtud de ostentar
la simpatía con el electorado, tienda a ejercer, sobre todo en
épocas de elecciones, este discurso, este corpus político
intelectual. Lo que ya es menos lógico es que sea creíble
por los electorados. Pero esto último requiere un poco más
de profundización.
La mano invisible no solamente está en el ámbito electoral
y en sus encuestas, sino también, y por desgracia, en la interacción
cotidiana; ello puede verse, en efecto, en la calle, en el trato diario.
Cuando los encuestadores preguntan, y con las urnas sobrevolando en el
cielo electoral, todos adoptan una posición de cómoda barricada,
todos escuchan, concientemente o no, las voces, las alucinaciones, digamos,
del sistema mediático y su pensamiento estereotipado. Esto es fácilmente
comprobable en los resultados concretos de las elecciones, que, ante el
mero y cada vez más fallido vaticinio encuestador, siempre tienden
a ser más conservadoras que los deseos del discurso establecido.
Pero lo triste, ahora sí llegando al punto, es que la gente opte
por mentir a favor del discurso llamado progre en las encuestas, y que
no tenga la madurez cívica para expresar sus simpatías comiciales,
si así desea hacerlo. Sin embargo, para desgracia de la buena salud
de los sistemas democráticos, el electorado, entre sus encuestadores
y el discurso plácidamente establecido, miente en el pie de urna,
y ello es fácilmente comprobable en los resultados; tanto es así
que éstos, muchas veces, cambian de manos.
Así tenemos una preocupante, llamémosla así, minusvalía
del pensamiento libre expresado. La pregunta es si este desorden de la
verdad del deseo político popular también se traslada a
las urnas; es decir, si el discurso establecido del que hablamos, y que
es impuesto por los medios, con el guiño de la clase política,
también se traslada al voto, a las urnas y no solamente al papeleo
encuestológico. Intentemos, por fin, ver algo de este último
punto.
Así, entonces, el llamado voto vergüenza debería ser
llamado como voto temor. Un temor irracional; fantasmas que no existen.
Pero son fantasmas firmemente imbricados en el diálogo de a pie
de la gente, en la intención electoral influida por la mano invisible
mediática. Del voto vergüenza, además de este temor
que se refiere meramente a la intención- es decir, al hecho de
mentir, por puro pudor progre, acerca del verdadero voto-podemos extraer
un hecho todavía más peligroso, y es la parte capital de
este artículo; es decir, lo que se refiere al voto realizado, al
voto efectivo. Es éste entonces el fantasma principal de la mano
invisible, del discurso cuya acechanza intangible quieren proponer los
medios. El hecho de que la mentira de la encuesta se traslade a una mentira
de la praxis electoral; en fin, a que también exista una urna vergüenza,
digamos.
Se trata, así, del riesgo de que la manipulación discursiva,
el ideario político de a pie, pase del boca de urna a la urna misma.
El triste hecho, finalmente, de que exista la posibilidad de que hayan
votos no tanto del ciudadano sino, y aunque subrepticiamente, de los medios
y su discurso establecido
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