Guillermo
García
art. publicado el 09/04/04

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MATRIX:
REVELACIONES
En su reseña crítica de Matrix: Revoluciones publicada
en Axxon el 12/11/03, Ricardo Goldberger escribió que "cualquier
película, adecuadamente forzada, es capaz de ofrecer material para
la especulación, para la filosofada, para la interpretación
esotérica. De la misma manera, los cabos sueltos quedan siempre
en cualquier película, a veces a propósito, o a veces, por
simples errores de continuidad. Lo que ocurre con Matrix es que tiene
la mayor densidad de sentencias por unidad de diálogo. Por eso,
especular, filosofar, interpretar... es casi inevitable".
No podemos no acordar. Lejos de nosotros, entonces, cualquier tipo de
pretensión filosófica, especulación teológica
o mero divague esotérico. La película -a Dios gracias-,
es mucho menos (o mucho más, según se miren las cosas) que
todo eso. Sin embargo, y en tanto signo cultural de sesgo masivo, resulta
innegable que Matrix utiliza -si bien que a su manera- elementos provenientes
de la mitología y el simbolismo en función de la historia
que narra.
En otras palabras, ¿qué encierra este film que tanto atrae
a multitudes de fanáticos cuando, en rigor de verdad, su enrevesada
trama representa todo lo contrario de la captación inmediata y
cómoda que la industria les impone a sus productos? Creemos que
su indiscutible fascinación radica en el hecho de que nos recuenta,
de un modo inusual, el arquetípico drama de la caída, redención
y posterior regeneración del cosmos. Hecho este que debe ser oscura
aunque efectivamente percibido por el público. He aquí la
causa de su éxito. Matrix: la cosmogonía.
Ahora bien, una pregunta que se impone en lo tocante a la historia es
la siguiente: ¿los Wachowski brothers la concibieron íntegra
de entrada o se fueron percatando de las posibilidades de lo que tenían
en sus manos durante el lapso que medió de la primera parte a estas
dos últimas? Ciertas divergencias y 'vueltas de tuerca' entre lo
que vimos hace unos años y lo que en el 2003 nos asombró
permitirían pensar lo segundo.
Al respecto, nos atreveríamos a arriesgar que la gran diferencia
-el gran abismo- existente entre la primera película y estas dos
últimas gravita en un punto que hace a la concepción central
de la historia. Teníamos en un inicio dos mundos, uno real, dominado
por las máquinas y donde los hombres se habían transformado
en 'productos' de consumo de aquéllas -inversión ya de por
sí genial del esquema de nuestra sociedad tecno-mercantilizada-,
y otro virtual, generado por las primeras a fin de mantener a esos humanos
cultivados en un trance 'narcotizado'.
En este punto, por ejemplo, resaltaba el tema del sueño vs. la
vigilia, dentro del cual cobraba significado paradójico el nombre
'Morfeo'. Él era quien 'despertaba' y hacía despertar a
los demás. El mensaje que le mandaba a Neo al principio de la historia
-que siguiera al conejo- aludía a otro sueño: el de Alicia
en el País de las Maravillas, quien también perseguía
a dicho animalejo hasta las puertas del 'otro mundo'. Luego Morfeo se
irá transformando en una especie de 'gurú' new age en la
segunda parte para terminar, al final, en una suerte de figura sin espesor
ni destino. No sabemos si juzgarlo, como quieren algunos, a manera de
Juan el Bautista en relación a Neo-Cristo, aunque su función
profética es innegable.
Retomemos el punto de las dos realidades, la 'real' y la 'virtual' (el
uso de comillas ya nos prepara para lo que se viene). Ese esquema paralelo
-y en el fondo bastante simple- donde los personajes 'despiertos' iban
y venían de uno a otro mundo, se complica sobremanera a partir
de Recargado.
En efecto, ahora nos percatamos de que la Matriz se halla habitada no
sólo por los dobles de los humanos vegetativos ('cultivados' por
las máquinas y sumidos en trance onírico), sino también
por otras entidades propias de ese mundo eventual y, presumiblemente,
sin realidad exterior a él. A partir de aquí, los planos
paralelos de la primera película amenazan con tornarse inclusivos.
Hay 'programas' que se 'apoderan' de otros programas en desuso y los mantienen
cautivos. Hay 'pasajes' (un pasadizo indefinido y franqueado de puertas,
un tren subterráneo sin origen ni fin -¿cíclico?-),
perturbadores 'no lugares' que comunican de forma inmediata distintos
y distantes puntos de la Matriz.
El Señor Smith, por su parte, se ha convertido en un virus pandémico
que no cesa de copiarse dentro del sistema y amenaza con tomarlo (¿metáfora
de la descontrolada reproducción idéntica de las mercancías,
como predijeron los cerebros mayores de la Escuela de Frankfurt?).
La Pitonisa revela que también ella misma constituye un programa.
No hablemos del Merovingio, quien colecciona, además de objetos
de arte, otros programas, ya sean en desuso, como el Cerrajero, o sofisticadísimos,
como esos dos extravagantes y afantasmados hermanitos punky, él
mismo y su ondulante esposa Perséfone (¿comparación
indirecta de la figura del elegante francés con Hades, regente
del inframundo y, transitivamente, de la propia Matriz, su dominio, con
el Infierno? ).
Por último, como si todo lo anterior fuera poco, hace su irrupción
El Arquitecto y su tan mentado discurso. Ahí parece (¿¡!?)
estar la clave. El sistema inclusivo (por lo demás semejante al
modus operandi de todo hipertexto) presenta distintos niveles de virtualidad:
1) nivel virtual incluido: la Matriz; 2) niveles virtuales incluyentes:
Sión y las máquinas. Sí: lo que creíamos real
podría ser también virtual.
¿Y el Arquitecto? ¿es asimismo virtual? Hasta ahí
no lo sabemos pero uno ya no confía en nada ni en nadie. La paranoia,
signo capital de nuestra cultura, a estas alturas también nos ha
hecho prisioneros.
En tal caso, intentamos responder algunos de los interrogantes: las películas
debieran llamarse Matrices, en plural. Sión no es parte de la Matriz
1 (la de la primera película) sino que, junto a la Ciudad de las
Máquinas conforma un segundo nivel de ¿virtualidad? estrechamente
ligado la 'existencia' del primero (puede decirse que Sión es a
partir de los 'fallos' de la Matriz). El Arquitecto se halla por encima
de ambos. Creó la Matriz pero ya no la controla. Necesita de Neo
y de la destrucción total de Sión para reiniciarla periódicamente
(se nos informa que antes del Neo que conocemos hubo otros cinco y, por
lo tanto, otras cinco Matrices). Aquí toma cuerpo y se explica
la contrafigura de La Pitonisa. Ella expone que mientras El Arquitecto
busca mantener las ecuaciones invariables su función consiste en
desequilibrarlas. Otra clave.
Y arribamos así al punto medular de Recargado y Revoluciones.
Coincidimos en casi todo con la interpretación 'simbólico-religiosa'
que Andrés Fernández de Basoa, amigo y frecuentador incansable
de la CF, nos propone a partir de las funciones cumplidas por los personajes
principales en la historia. Efectivamente, sus nombres y acciones no parecen
ser para nada inocentes. Sin embargo, nos resistimos a declarar que este
sea un film religioso.
Muy por el contrario, Matrix es gnosticismo puro. Los Wachowski utilizaron
los esquemas del pensamiento gnóstico de principios de la era cristiana
y los cruzaron con la CF más sofisticada. Genial. Peligroso. Quizá
blasfemo. Pero así es y por ahí debiéramos leerlo.
El Arquitecto encarna al Demiurgo creador del mundo imperfecto en el
que estamos 'prisioneros' y al que, por una no tan inesperada 'coincidencia',
los gnósticos también denominaban 'matriz'. Además
la figuraban semejante a una cárcel y sostenían que, por
todos los medios a su alcance, los hombres debían liberarse de
ella con la ayuda de un maestro iniciado (un Morfeo) que los 'despertara',
es decir, los hiciera tomar conciencia de su condición de pobres
seres arrojados en un orbe definitivamente defectuoso y maligno.
Si el Arquitecto constituye el principio masculino (paternal) de la creación,
la Pitonisa representa su principio femenino (materno: el hecho de que
suela aparecer en la cocina, horneando masitas y rodeada de niños
compone una burda señal de ese rasgo). Ambos no se contraponen
sino que se complementan. Por algo se encuentran -convergen- en el final
que es una suerte de nuevo inicio. Él es un matemático,
representa la Inteligencia creadora, pura e infalible (el Nous gnóstico).
Ella, en cambio, se mueve en base a la intuición y viene a figurar
la Sabiduría (Sophia). En términos orientales: el Yang y
el Ying, respectivamente. Él supone la estabilidad inmutable de
la ecuación, ella entraña el factor desestabilizante.
Neo cumple el rol de Salvador y su relación con Cristo resulta
evidente: la crucifixión final, el postrero resplandor de luz con
forma central de cruz, el dar su vida por la salvación del 'mundo',
denotan signos irrecusables. En el tramo final es además el ciego
que ve, figuración tradicional del sabio, de aquél que posee
la 'luz interior'. Neo: nuevo, no asociado al sentido de 'moderno', sino
al de 'nuevo mundo' o 'nueva creación' en tanto 'vehículo'
para acceder a ella.
No por nada la nave que lo conduce a la Ciudad de las Máquinas
y, después, al 'Cielo', lleva por nombre Logos. Otro vocablo griego,
otro término clave del gnosticismo, cuya traducción es 'La
Palabra', 'El Verbo'. Así, el Logos conduce a la salvación
y a la contemplación del supramundo. Recordemos a Trinity (¿tres?,
¿Trinidad?) al descubrir el 'cielo verdadero' -el sol y la luna,
la límpida bóveda estrellada- negado a la visión
(al conocimiento) de los hombres. Recordemos su mirada extasiada y sus
palabras.
Nos seduce la comparación de Smith con el Anticristo. La Pitonisa
explica que es el 'doble negativo' de Neo y, en efecto, al vencerlo y
'tomarlo' la fusión de los opuestos determina su desaparición
(¿se puede explicar de otra manera la conflagración final?).
Smith, a nuestro modo de ver, figura la reproducción seriada de
lo idéntico, ese perturbador rasgo del orbe global y postindustrial,
de ahí su vinculación con los últimos estadios de
la tecnificación y, por ende, del mal absoluto. Smith, Príncipe
de este Mundo, amo indiscutible aunque efímero de una ciudad colosal
figurada como Babilonia.
El Apocalipsis gnóstico según los hermanos Wachowski: la
lucha de los ángeles bueno y malo para salvar o perder al mundo.
La Luz versus la Tiniebla. Dualismo puro.
Llegamos así al desenlace. Confesamos que nos descolocó.
Muchos interpretaron que ese lugar tan idílico del final era la
Verdadera Realidad. No creemos que así sea. Primero, porque si
ahí se hallan metidos El Arquitecto, La Pitonisa y la pequeña
Sati, que son sendos programas, el lugar debe ser, a su vez, un ámbito
virtual a fin de que los contenga sin problemas. Segundo, porque el carácter
virtual (no humano) del Arquitecto queda allí especificado por
la respuesta que le da a la Pitonisa cuando ésta lo interroga acerca
de si va a cumplir su parte del trato, permitiendo 'salir' (¿de
la nueva Matriz?) a quienes así lo deseen. Él responde algo
como: "Por supuesto, ¿acaso pensás que soy un hombre?".
En consecuencia, se suma un tercero, y por ahora último, nivel
de virtualidad: el de la Matriz regenerada. El sistema se reinicia pero
no al modo del Arquitecto sino al de la Pitonisa. Renace el ciclo, entonces,
a la manera de una Edad de Oro. Esto permite pensar que las condiciones
de vida de Sión, que como se dijo puede ser también virtual
pero a otro nivel, deberán por fuerza ser distintas a partir de
ahora. Sión representa el lugar sagrado oculto en los tiempos finales
de un ciclo, los tiempos de penuria (la expresión es nada menos
que de Hölderlin). Como sea, en la Ciudad subterránea perdura
una 'reserva' ante el avance incontrolado del orden tecnocrático.
Un comentario final que refuerza la idea de reinstauración de
la Matriz con la de recomienzo del tiempo en el marco de una Edad de Oro.
Aquí cobra importancia fundamental el personaje de Sati, de indudable
origen indio. En efecto, ¿para qué se introduce a esta nena
en la última parte de la trilogía? ¿qué función
cumple en la historia? ¿por qué se la liga a La Pitonisa?
Ella significa, por su reaparición en el final, el umbral de un
nuevo tiempo.
De hecho, la palabra sánscrita satya tiene la misma raíz
que la latina Saturno quien, recordemos, era el regente de la Edad de
Oro. Satya Yuga es la designación india de esa primera (y perfecta)
etapa de la humanidad. Satya loka es, en el sistema planetario indio,
el lugar correspondiente a la órbita de Saturno. Además,
en la tradición india la doctrina de los ciclos cósmicos
encuentra justamente una de sus manifestaciones más acabadas. Así,
al Kali Yuga, nuestra Edad, la de Hierro, la de la oscuridad, habrá
de seguirle, al final del tiempo, una suerte de 'reinstalación'
(y usamos esta palabra con toda nuestra mala intención, tal cual
ocurre en la película con ese notabilísimo recurso del doble
pasaje del gatito negro) de una nueva Edad de Oro. Sati viene a personificar,
por ende, ese naciente orden de cosas ligado a una preponderancia de la
Pitonisa, Sophia, ya que no del Arquitecto.
Así es como la Matriz se reinicia. ¿De qué manera?
Muy simple: conjugando armoniosamente (¿?) a la Naturaleza (visibles
por vez primera, los signos naturales abundan en ese final: pastito verde
-muy verde-, aguas cristalinas y un cielo de amanecer soleado ornado de
vistosas nubes rojizas) con una tecnología medida y controlada
(los esbeltos y para nada agresivos rascacielos que se observan a lo lejos
así lo sugieren). He aquí el modelo de mundo ideal regido
por la Pitonisa.
Paradoja irresoluble del producto: film hipertecnológico que advierte
acerca de los riesgos de la tecnología en exceso. Paradoja que
en el final se profundiza. El elegido 'pacta'. Si las máquinas
necesitaban de los hombres para sobrevivir, ahora necesitan de Neo para
destruir a Smith, quien se ha tornado incontrolable. Ello a cambio de
respetar a Sión y a los humanos. Neo cumple con su parte, las máquinas
con la suya. Mensaje final: el entendimiento y pacífica convivencia
entre humanos y artefactos es posible porque la tecnocracia también
tiene su costado bueno.
La Edad de Oro según los Hermanos Wachowski (o según la
mentalidad del americano promedio y, por ende, de Hollywood, que incansable
la alimenta): paisaje idílico, de cielos luminosos, con mucho verde,
nada de papeles ni latas de gaseosas ni sucios callejones a la vista,
soñados rascacielos de fondo donde, seguramente, las expensas serán
bajísimas y... Matrix: Restaurada.
El progreso no tiene por qué tener un abrupto final catastrófico.
La técnica y sus productos, aquellos que facilitan nuestra existencia
y nos hacen tan pero tan felices, sí pueden convivir con la Naturaleza
sin molestarse recíprocamente. Apocalipsis devino en Utopía
y el Sr. Heidegger se revuelve (de risa) en su tumba.
Sin embargo resta una pregunta fundamental: ¿Y la Realidad? ¿Qué
cosa habrá sido de la Realidad? Después de Nietzsche, la
muerte de Dios y el consecuente colapso de la Modernidad, la respuesta
no puede ser sino una: de la Realidad como tal ya no queda nada. |