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Herencia del poder, de Claudio Herrera. Datalle.
El rol de la prensa y de la critica artística en la
normalización del campo artístico.
por Claudio Herrera
art. publicado el 02/11/09
El campo del arte chileno no evita hoy una base
ideológica mercantil y pequeño-burguesa que determina ciertamente sus formas de
comunicación. Hay efectos a la vista. Las actuales escuelas de arte pueden ser
un ejemplo de esto. Proliferan según las leyes constructivas del
neoliberalismo, es decir, de un conservadurismo económico que se instala sobre
las desregularizaciones de las finanzas globales. Ya se conocen suficientemente
los efectos de esta ideología hoy en curso y agudizada a cotas casi
estructurales en el proceso de los últimos 30 años.
Dice Bourdieu: “los campos son mercados para capitales
específicos” Sin embargo las disposiciones ideológicas que los han hecho
validarse de manera tan terminante hablan de un proceso sin conciencia que rota
impecable sobre la planicie simbólica que es el campo artístico chileno. ¿Que
ocurre para que éste exprese su falta de fines, su adscripción al automatismo
del mercado, o su impecable ingenuidad política? Un estudio sobre la prensa
escrita y sus modos de penetración ideológica puede sernos útil para leer el
enquistamiento de un conservadurismo ideológico sobre el arte, su ironía, su
comunicación. A primeras, la “prensa cultural” en Chile trata de la misma forma
al todo y las partes. Este interés por homogeneizar los movimientos del campo
expresa el aire de complicidad que envuelve al arte y la política, a los mundos
dominantes de la economía y de la cultura. Es una pretensión de sentidos
intencionada desde el mainstream internacional y la prensa escrita es un
dispositivo de reproducción local de este mismo. Por lo pronto, de la prensa,
como del periodismo cultural que allí dentro actúa se puede ya “anticipar
empíricamente” una intención de empobrecer o reducir los materiales estéticos
comunicados. Es que no hay otra; son las determinaciones para el mercado del
trabajo periodístico que la editorialidad criolla asigna como “temas
artísticos”. Es este un asunto ya largamente estudiado que involucra como tipos
ideales a la prensa de corte conservador y que en Chile se cumple
hegemónicamente. Esta reducción significante se funda en el programa “de
clasificar y organizar a los consumidores para adueñarse de ellos sin
desperdicio” (Adorno-Horkheimer).
Los capitales que hace funcionar –por ejemplo- el
diario El Mercurio y sus agentes periodísticos en el suplemento Artes y Letras
son pertinentes de abordar en tanto critica de una intencionalidad ideológica
que operaria empobreciendo el comportamiento periodístico –en las notas sobre
arte, de la “critica del arte” y del decoracionismo–, sobre la cultura
artística. Este suplemento cultural que acompaña los días domingos al diario El
Mercurio desde hace ya una treintena de años es un activador de la
fetichización ideológica del campo artístico. Y lo reproduce en tanto influye
seleccionando sobre las preferencias academicistas que el mismo campo
autogenera en el mercado. En este sentido, las expectativas gustativas del lector
se cumplirían en la misma descodificación política efectuada previamente por el
suplemento, es decir, la intencionalidad comunicativa del arte se haría
efectiva al momento de compartir elementos comunes con el repertorio social mas
amplio que lee, pero no descifra.[1] La dominación simbólica se ha constituido en sombra dominical sobre los
catálogos de la industria cultural. Artes y Letras es un órgano que ha
monopolizado resistiendo. Resiste según las posiciones corporativas a las
cuales debe su existencia aun hoy. Resiste para que la información sobre artes
visuales considere mínimas distinciones teóricas o de contenido; y hacer de los
textos un compendio de notas que raya a veces en los estereotipos más básicos y
anodinos de la hegemonía cultural capitalista reformista. Eso si, las artes
visuales deben parecer siempre una función de la alta cultura, “de una
comunidad de lectores, donde el conocimiento es un proceso de negociación entre
sus miembros”.[2] No es extraño entonces el reforzamiento de una cultura artística mediocre y que
en términos adornianos no es más que “la consagración de las
semejanzas”, de la uniformidad ideológica y también formal. Los artistas que
buscan ser anotados en este dispositivo aparecerán reducidos y administrados
para posteriores operaciones de insignificancia y complicidad ideológicas. La
prensa cultural produce en el campo del arte a sus funcionarios de la
tergiversación, y les cumple oficiándolos de imagen, de símbolo, de “personajes
de la cultura”. Para que esto ocurra, es necesario operar sobre artistas y
pseudo-artistas en un presentable estado de alineación política, situación no
difícil hoy, pues el campo del arte debe sus movimientos más oficiosos a la
deslizante operatividad del neoliberalismo militante y a la colonización de la
mirada que este mismo implica. Dice Debord: “la vacua discusión sobre el
espectáculo, es decir, sobre lo que hacen los propietarios del mundo, lo
organiza, pues, el espectáculo mismo”[3]
Los comentarios semanales que escribe Waldemar Sommer
son de una calidad ciertamente deficiente; ilusorios y substancialistas afectan
negativamente la comprensión de la escena plástica. Él acomoda sus reseñas a
una definición ideológica de base, reductiva y cosificada, efecto de su
dependencia mediata e inmediata en la dominación social y económica que
vehicula el diario. Es necesario dejar en claro que “la obra de arte tiene su
verdad, pero esa verdad ni se agota en la mimesis ni en la forma sensible; la
forma de la obra se despliega libremente y en su propio lenguaje intraducible”[4] El critico de arte debe saber
de esta irreductibilidad, del “misterio inagotable” que encierra cada obra, y
por lo mismo, debe ser cuidadoso, –en su propia y comprensible ignorancia
fenomenológica– de saber inscribir palabras, que muchas veces, poco o nada
dicen, y que solo atestiguan una soberbia incomprensión respecto de las obras
expuestas. De tal modo, lo que únicamente se comunica es el esquematismo de
unos clichés por muchos otros ya enteramente definidos, y por eso mismo,
reconocidos como tales. La manera de “enjuiciar” los trabajos artísticos debe
prometer un significar de la palabra. Si embargo, la parcialidad escolástica
domina hoy el destino de estas reflexiones periodísticas sobre las artes
visuales, en las cuales muchas veces se escribe por escribir, como si la
impunidad política que sobre este comentarista aloja le diera la autoridad de
ser lo negligente e ignorante que muestra ser. No obstante, no siempre es así
este actuar, pues cuando el artista “criticado” tiene una legitimación social
“incuestionable” y no merece reparos desde el poder socio-cultural, la
“critica” se hará a lo menos de manera ordenada, con la doxa que el
conservadurismo editorial ha instalado sobre toda escritura, perpetuando así el
imaginario de una cultura artística objetiva. Estas “diferencias” también dejan
en evidencia los status sociales del arte que intenciona Artes y Letras.
Sommer aprovecha a la perfección el estado calamitoso de la “critica del arte”
(critica del arte inexistente diría yo) que hay en el país para resumir semana
a semana el estado de los prejuicios conservadores sobre las artes plásticas
contemporáneas.
Todo es un asunto doblemente perverso, pues es desde
el diario El Mercurio y sus suplementos de fin de semana donde el decoracionismo
inmobiliario hace parte también del kitsch manifiesto que pesa sobre las
mismas estéticas mercuriales. Vivienda y Decoración seria el documento donde el
fetichismo a masificar habla como la conciencia gustativa que posa sobre los
nuevos profesionales que pretenden decorar sus espacios de habitar. Artes y
Letras aparece un día después para habilitar el “discurso intelectual” sobre el reduccionismo de masa del día anterior. Doble dominio autocrático
entonces de la “mercancía hecha cultura”.
Resumiendo, no hay en este país (Chile) una crítica del arte
periódica en papel impreso que pueda ser descrita como tal, pues no existen los
medios de prensa adecuados para que esto allí aloje.[5] Esto es algo casi
incomprensible que delata, si o si, materialmente, la circulación reflexiva del
arte actual en este país. Así las cosas, la miserable prensa del arte es primeramente
herramienta para la dominación cultural; no pareciera mostrar otra finalidad.
El mercado reduce y cosifica allí “donde las diferencias son acuñadas y difundidas
artificialmente”[6] En un justo examen analítico de la “critica del arte” no debe estar exenta la
manipulación ideológica que sobre ella se instala en tanto forma instrumental
que propone una “visión del arte” a una sociedad anonadada de tantos mensajes
político-mercantiles. El arte, ¿qué seria en estas condiciones estructurales de
comunicación?[7] Muchas de sus diversas prácticas han sido coherentemente imbricadas para una
ficción sobre el concepto de alta cultura, un registro seudo sofisticado que provee
de las garantías pequeño burguesas del gusto dominante y del afianzamiento en
la segmentación conservadora de las clases.[8]
Por eso también el sector mas fetichista del campo
artístico se encuentra en una situación de subordinación ideológica y operativa
al diario El Mercurio y sus suplementos de fin de semana y que expresan su
“política plástica” con un paradigmático acento sobre el kitsch darwinista.[9] Así sus suplementos editoriales acumulan sobre la inviolable ignorancia
política de los artistas la necesaria salud en pos de la domesticación
cultural.[10] Pues se ha hecho casi un rito religioso para muchos leer Artes y Letras y
confesar desde los comentarios allí escritos la ilusión social necesaria que
les demarca ser hoy artistas, militantes, y personajes públicos de la
dominación. Con esto y nuevamente la alta y la baja cultura se suspenden en el
aire para estallar conjuntamente hacia la pura comunicación.[11] El arte es hoy más que nunca
una desmedida e insignificante comunicación.[12]
Notas
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