Originalidad y vanguardia en la crítica
en prensa de los años veinte.
por Guadalupe
Álvarez
de Araya
art. publicado el 05_06_05 |
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Grupo Montparnasse.
Tomado de memoriachilena.cl |
En esta oportunidad quisiera
comentar las relaciones entre el origen y la originalidad en el proceso
de inclusión de las vanguardias en América Latina, al interior
de la progresiva dilatación del concepto de Arte en la segunda
mitad del siglo XIX. Como es evidente dada la extensión del
problema me limitaré a bosquejar algunos puntos que me parecen
ineludibles a la hora de tratar estas cuestiones. Antes de proseguir,
quisiera recordar que los artistas que verificaron el giro hacia la vanguardia
no eran, precisamente, ignorantes de la circunstancia europea; gracias
a las estadías de rigor en Europa y a la labor difusora de las
revistas de arte y literatura, conocían los aspectos formales más
destacados y difundidos del arte de la vanguardia, en especial de la Escuela
de París. El caso anómalo del Muralismo Mexicano, anómalo
por ser una vanguardia "oficial", no obsta para examinar este
proceso desde la perspectiva que a continuación exponemos.
1.
Es de todos sabido que
la dilatación del concepto de arte consisitió en un proceso
complejo, modelado por la acelerada fragmentación disciplinar experimentada
por las humanidades. Así por ejemplo, el proceso de conversión
en "arte" de las huellas materiales de civilizaciones pretéritas,
la mayor parte de ellas destinadas originariamente a cumplir funciones
utilitarias o sacras, tuvo por escenario no sólo la expansión
en tanto profundización de la función social y cognoscitiva
de los museos, sino muy especialmente, la relativa cercanía de
los instrumentales con que operan la Historia del Arte y la Arqueología.
Otro tanto puede decirse del Arte Primitivo, del Arte Paleolítico,
del Arte Prehispánico y del Arte Naïf. El caso extremo lo
constituyó, sin duda, la inclusión del Arte Infantil o Arte
de los Niños y el Arte de los Enfermos Mentales.
Quizás más
atractivo -y productivo- sea destacar la cercanía que, a su vez,
se vislumbró entre todos estos nuevos tipos de arte y que vino
a constituirse en uno de los fundamentos del mito de la América
Exótica. Una de las ideas que se vio refrendada por este marco,
fue aquél de la acronía con que podía observarse
al artista en cuanto ser creador: uno de los "mitos de la vanguardia",
parafraseando a R. Krauss, es el de la pretensión de la ausencia
de toda distancia entre el "artista" del paleolítico
y el artista de la vanguardia, es decir, que desde la perspectiva del
arte, era posible "saltarse", por así decirlo, la miríada
de siglos que los separan y, en un vuelco ontológico in extremis,
considerarlos como uno en el arte... uno, por cuanto ambos debían
batírselas con el arduo trabajo -a veces descorazonador- de develar
la identidad del arte en torno a sus recursos y posibilidades.
Esta cuestión,
así planteada, velozmente, tuvo como escenario, a su vez, el más
amplio proceso de consolidación de la clase media consumidora en
el período de entreguerras, por una parte, y desde las artes visuales,
el proceso de estilización del cubismo y de la Escuela de París,
practicada por el Art Déco. De hecho, la simbología del
poder puesta en marcha por el Art Déco, resultaba apropiada por
cuanto apelaba a modelos regios y sacros tomados de las grandes civilizaciones
del pasado remoto, o bien, de pueblos que a la sazón, se encontraban
en lo que aún se pensaba como momentos iniciales del pretendido
desarrollo civiliza torio, actualizándolos de manera tal que no
presentaban cercanía alguna con los actuales detentores del poder
y de las formas del poder del presente, asegurando, no obstante, la satisfacción
psicológica del relativo ascenso social de los consumidores. Los
medios masivos de comunicación, por su parte, impusieron no sólo
los modelos masculinos y femeninos apropiados a la modernidad industrial,
sino que además actualizaron dicha simbología al hacer circular
sus objetos. Por otra parte, no debemos olvidar el hecho de que hay una
notable diferencia entre el tratamiento que la teoría y la historia
del arte ha hecho de la vanguardia europea -incluidas las aproximaciones
más o menos interesadas políticamente- y el modo como ella
concretamente se despliega. Sabemos, por ejemplo, que si bien el mercado
del arte se ha fragmentado en un sinnúmero de marchands y galerías
y que la noción de una exposición organizada exclusivamente
en torno a la obra de un artista está operando desde el XIX, por
otro lado, sabemos que ello no constituye auténtica norma sino
hasta la década del treinta. Así mismo, sabemos que muchas
de esas exposiciones se presentaban en un "formato" que no difería
mucho de la tradicional exposición académica, y por lo tanto,
ofrecía vivamente lo que en la práctica se verificaba en
la producción: una acusada superposición estilística.
Resumiendo, es mi opinión
que los principales ejes del proceso de inclusión/recepción
de la Vanguardia (y esto es válido no sólo para América
Latina), se organizan en torno a las siguientes cuestiones: a) la relativa
ambigüedad del léxico vanguardista, por ejemplo las ideas
de "razón plástica" y/o "espíritu
nuevo"; b) la relativa identificación, por parte de los receptores (1), de la Vanguardia con lo que se ha denominado
"opción constructiva" (2),
en función del consabido ideal industrializante de la época;
y, c) la labor difusora de la Escuela de París y de una suerte
de cosmopolitismo por sobre las fronteras de la historia, por parte del
Art Déco.
Ahora bien, es evidente
que este aspecto de la cuestión tenía uno de sus puntos
de partida en el acelerado proceso de expansión del imaginario
que venía desplegándose en Europa desde el último
tercio del siglo XIX; mismo que puede pensarse como la agudización
del profundo malestar que, con respecto a su origen cultural, venía
experimentando Europa desde fines del siglo XVIII. En efecto, la búsqueda
de la identidad cultural europea impregna el proceso de fragmentación
disciplinar y modela los diversos momentos de expansión de imaginario
del siglo XIX. Pareciera entonces, que el problema del origen cultural
es un problema "estructural" de la Modernidad (3).
Ya se ha dicho -y es uno de los presupuestos sine qua non de cualquier
reflexión sobre la vanguardia- que ellas actualizaron la figura
del genio romántico; pero quisiera, más bien, que observáramos
la problemática de la identidad desde este otro lugar común,
aquel de la relativa identidad entre el Arte -como problema- y la sensibilidad
individual del artista que, por extensión, sugiere el límite
entre la sensibilidad artística del artista en cuanto individuo
y aquella del pueblo a que pertenece.
Si por una parte, razonamientos
de esta índole pueden encontrarse como subyaciendo a la tesis de
que América Latina sólo ingresa a la Modernidad a mediados
del siglo XX, por otra no es posible desconocer el hecho de que el problema
del origen cultural se presentó para las artes continentales a
lo largo de todo el siglo XIX, exacerbándose a partir de la teorización
que elaborara la crítica a mediados del siglo XX. En el caso de
las Artes Visuales, específicamente, este aspecto se presentó
con cierto énfasis en la segunda mitad del siglo XIX, y lo hizo
a través de la relativa urgencia con que nuestros países
reclamaban el desarrollo de los géneros pictóricos. La Historia
del Arte, por su parte, construyó, desde fines de los años
veinte, las respectivas historias nacionales de arte considerando tres
momentos fundamentales: arte colonial, arte republicano y arte moderno,
entendiendo a este último como arte de la vanguardia. Si por una
parte, la incipiente crítica asalariada de los años veinte
-a diferencia de la crítica que recibe festivamente la producción
local de vanguardia y que eran en su mayoría artistas, narradores,
poetas o artistas visuales- toma sus instrumentales de la crítica
europea de difusión (tal es el caso de Fromentin) y en menor medida
de la jerga académica, quienes inician la práctica de la
historia del arte (4), están más
bien modelados por el formalismo. De hecho, uno de los aspectos en torno
a los cuales se unen ambas tradiciones, es precisamente el hecho de que
el formalismo puso de relieve los recursos pictóricos, entendidos
de sobremanera como tratamiento del pigmento en el proceso de construcción
de las imágenes icónicas (5).
Como sea, la cuestión de las estrategias expresivas en el manejo
de los pigmentos, a su vez, encontraba eco en la reciente tradición
inclusiva, en la esfera del arte, de las producciones "primitivas",
cuestión que, como se ve, no era demasiado distante de la índole
de las reflexiones sobre el arte nacional que nutría a la recientemente
estrenada crítica asalariada.
2.
Al revisar la producción
crítica de la década del veinte, asombra encontrar un sinnúmero
de referencias relativas a la idea de "originalidad". Allí,
el término no está usado exclusivamente en el sentido de
"estilo personal" o "maniera", que es el sentido por
extensión de la problemática del origen y de lo original,
tal y como lo asentó en el imaginario occidental la teorización
del arte de raigambre neoplatónica entre los siglos XVI y XVII,
cuya convergencia en la unicidad de la obra supuso uno de los centros
de la teorización del arte de raigambre filosófica en el
primer tercio del siglo XX, sino en el sentido de si hay o no hay coincidencia
con la "experiencia" local, por una parte, o si había
o no había coincidencia con lo que hasta hace poco solía
llamarse "conciencia artística". La originalidad es entendida
por críticos celebrantes y opositores como "sinceridad"
y de hecho, ese concepto, que se popularizó en América Latina
a partir de la defensa de la subjetividad del artista por parte de los
escritores modernistas y parnasianos, buscaba precisamente establecer
el vínculo entre la sensibilidad individual del artista y la sensibilidad
del artista. En este sentido, la acusación en contra de los artistas
que estaban trabajando al interior del marco genérico de la vanguardia,
puede interpretarse como un declarar que dichos artistas no reconocían
el orden preindustrial de nuestros países ni tampoco la índole
relativamente premoderna (en el sentido de la Modernidad en cuanto modernización)
de nuestras sociedades y que, en consecuencia, no se justificaban las
transformaciones que sus obras evidenciaban. Por su parte, los críticos
que felicitaban la incipiente vanguardia local, lo hacían desde
la conciencia de actuar en un orden relativamente modernizado.
En efecto, una manera
de pensar esta disputa podría ser la de considerarla desde el punto
de vista de la índole utópico/ideológica de los imaginarios;
más aún, desde la perspectiva espúrea de los imaginarios,
tal y como se verificó con sus procesos de expansión a fines
del XIX y primera mitad del XX. Ello permite considerar la condición
culta de los artistas de la incipiente vanguardia, no sólo desde
la perspectiva del carácter eurocéntrico de sus formaciones,
sino como debatiéndose entre el efectivo orden preindustrial de
sus sociedades y la índole relativamente modernizada de sus ciudades
y de su experiencia en general; como se sabe, se trata de sociedades que
han ingresado oblicuamente al capitalismo, que han experimentado la modernización
a través de las transformaciones urbanas que irán acrecentándose
a lo largo del XX, y que, por otra parte, mantienen un estrecho vínculo
con Europa a través de los medios masivos de comunicación
y en particular a través de la obligada estancia en París.
Pero también, debemos tener en cuenta que esta crítica celebrante,
no está ajena -porque no puede estarlo- de la idea de la identidad
entendida desde la perspectiva romántica del pueblo. Así,
no es sólo la influencia Art Déco -poblado de danzantes
helénicas, músicos de cabaret, marinos fugaces, obreros
atlantes, etc.- o las transformaciones de lo que solía llamarse
"los temas" del arte, que venían experimentándose
desde mediados del siglo XIX y que supusieron la relativa inversión
de la jerarquía temática para poblarse de asuntos tradicionalmente
menores -la lavandera, la planchadora, el obrero, el campesino, la joven
que peina sus cabellos o se asea-, lo que intervino en la reinterpretación
de lo local, sino la insistencia en la identificación contemplativa
de la cotidianeidad con la naturaleza -e incluso una segunda naturaleza,
esta vez de carácter urbana- y que se había interpretado
ya en el XIX, como raza.
Por su parte, los críticos
opositores no sólo estaban formados dentro de la tradición
académica y mimética en cuyo interior se debatió
la identidad nacional a lo largo del XIX, sino que entendían el
concepto de arte como íntimamente ligado a un circuito específico
de circulación de obra. Y dicho circuito, en un contexto en el
que aún no se ha verificado el proceso de ascenso social que caracteriza
a los sectores más modernos de América Latina a lo largo
del siglo XX, suponía la relativa pertenencia del artista a los
circuitos de poder. Por otra parte, las únicas ampliaciones de
ese estrecho círculo lo experimentaron los medios masivos de comunicación
(prensa y revistas) y, en un grado muy inferior, la fotografía.
En efecto, constituye ya lugar común la fragilidad del sistema
artístico latinoamericano cuya situación pareciera estar
revirtiéndose en la última década y que se expresaba
no sólo en la reducida crítica sino también en el
reducido espacio exhibitivo. Ello nos permite comprender la relativa asincronía
o "desfase" entre la producción de vanguardia local y
la producción europea, y sobre todo, nos permite suponer una proximidad
relativa con la tradición del arte latinoamericano decimonónico
puesto que ambos se enfrentan a la dificultad de constituir "lenguaje",
razón por la cual, la demanda decimonónica por la inclusión
de los géneros de la pintura en la academia cobró ese carácter
urgente por todos conocido. De hecho, los artistas del XIX confiaban en
que era la pintura de historia la que podría, por fin, hacer aparecer
un arte "original" en el doble sentido de arte local, y de arte
en cuanto estilo personal. Puede entenderse, entonces que uno de los términos
más caros a esa crítica opositora fuera el de escuela.
3.
El debate por la originalidad
llevado adelante por la crítica en prensa, tuvo también
su centro en el problema de la unicidad de la obra. No lo hizo en el sentido
universal del "uno" en tanto "único" -si bien
era un aspecto implícito en el debate-, sino en cuanto a si era
posible que un artista, cuya experiencia estética había
sido modelada en las peculiares condiciones locales, podía expresarse
a sí mismo mediante la poética de la vanguardia. La cuestión
de la falta de originalidad fue asumida por la crítica opositora
como falta de sinceridad y, habitualmente, como copia en el sentido de
moda y, por ende, como la incapacidad del artista para reflexionar acerca
de sus condiciones de producción. Por su parte, la crítica
celebrante sostuvo que la vía de la mimesis arrojaba al artista
hacia una inevitable falta de originalidad, en la que la copia constituía
no sólo el momento descriptivo -amén del acomodaticio apego
a la tradición-, sino también la incapacidad del artista
para acortar la distancia entre la sensibilidad artística y su
propia sensibilidad en cuanto individuo.
Como es de suponer, las
reflexiones en cuanto a la originalidad desde la perspectiva de la copia,
tuvieron su epicentro en la por entonces denominada "factura"
de la obra. El dominio de la pintura como la más "alta"
de las artes visuales, llevaba aparejado el problema del manejo de los
pigmentos. Si bien es un hecho que un cierto regionalismo pictórico
entendido fundamentalmente como figurativismo, imbricado como estaba tanto
en las tradiciones del indigenismo como del costumbrismo, fue la forma
dominante de la producción pictórica de la década
de los treintas, terminando de tejer las urdimbres acerca de la identidad
latinoamericana desde la perspectiva de lo exótico, refrendando
el lugar común que ya se vislumbra en el siglo XV, según
el cual el dibujo es el lugar del concepto y la pintura aquél de
la intuición, ello no hace sino refrendar la raigambre decimonónica
de los alegatos que unos y otros hicieron sobre el poder comunicante del
manejo de los pigmentos en la década del veinte. Si para los opositores
allí se encarnaban no sólo la pericia en sentido académico,
sino también la sensibilidad individual, para los celebrantes se
trataba de un momento poético y religante en el que el artista
ingresaba idealmente en las altas esferas autonómicas del arte,
en las que se consolaba su alma desarraigada. No olvidemos que la ambición
de futuro de las vanguardias lleva aparejada su evidente problematicidad
-e incluso rechazo- con las condiciones del presente. Desde este punto
de vista, es que nuevamente se refrenda el carácter utópico
de la vanguardia, si bien cabe pensarlas desde la perspectiva de proyectos
meramente utópicos, en la medida en que si bien esas vanguardias
se presentaban como una demanda de actualización, no estaba claro,
tal y como alegaba la crítica opositora, que dicha actualización
fuera coincidente con los grados de modernización locales. Sin
embargo, esos artistas en efecto estaban sometidos a un proceso de modelización
estética articulado no sólo ni exclusivamente por la vanguardia
o la incipiente modernización urbana, sino principalmente por los
medios de comunicación masiva y en especial por los objetos que
conforman nuestra vida cotidiana: la lámpara, el pisapapeles, la
vajilla, el vestuario, etc... Como sea, no estaba claro -como tampoco
lo está hoy- que dicha inclusión fuera entendida como "apropiación",
en el sentido activo de articulación en un proyecto, incluso cuando
consideramos las coyunturas específicas. La recurrida figura del
"artista como precursor" lo demuestra. Más bien parece,
como de hecho lo hace el rótulo de "precursores", que
la inclusión de la vanguardia en América Latina recoge mucho
más del pasado local, que lo que los defensores de la ruptura radical
pretenden.
Guadalupe
Álvarez de Araya
NOTAS ___________________
1. Por receptores estoy entendiendo fundamentalmente al "humilde
ciudadano" que asiste, eventualmente, a las exposiciones y que
por lo tanto, no necesariamente cuenta con una formación "académica"
en cuanto a las artes.
2. Véase el ya clásico, Descrédito
de las vanguardias de Victoria Combalía.
3. Hago referencia aquí a la periodización
canónica, según la cual la Modernidad corresponde al período
transcurrido entre la segunda mitad del siglo XVIII y la Segunda Guerra
Mundial.
4. Como se sabe, hay historias del arte construidas en
el siglo XIX, en general, en el último tercio; sin embargo, optamos
por diferenciarlas de aquéllas que comienzan a construirse desde
fines de la década del veinte, merced a los instrumentales que
ellas utiliza, en especial, el Formalismo.
5. Entiendo aquí por imágenes icónicas
aquellas que tienen un sustantivo componente narrativo. En lo que respecta
a los recursos pictóricos, debemos recordar que el Formalismo
coincide no sólo con el proceso de destrucción del espacio
plástico tridimensional, sino muy especialmente con la revalorización
del Barroco.
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