|
La potencialidad mágica de la fotografía y
la literatura en Juan Rulfo
Pedro Maino Swinburn
Universidad de Chile
Artículo publicado el 19/08/2009
Cuesta explicar el escaso interés que ha suscitado en
teóricos y críticos la relación entre literatura y fotografía. El vínculo entre
ambas disciplinas, que coexisten habitualmente y cuyos frutos han enriquecido
el panorama artístico occidental desde mediados del siglo XIX, ha sido abordado
de manera fragmentaria y con un soporte más intuitivo que racional. La
abrumadora presencia de la fotografía en nuestra vida cotidiana parece impedir
la distancia indispensable para la observación y reflexión científica, por lo
que sólo parece posible aproximarse a ella desde un punto de vista
poético. Perspectiva que parecen compartir Bazin, Ansón, Benjamin,
Barthes y Sontag, quienes someten a la fotografía a un análisis abiertamente
subjetivo, en Barthes [1] y Sontag; fragmentario, en el caso de Benjamin y
Bazin; y vacilante, en el de Ansón. Y las pretensiones de este artículo no van
mucho más allá. Con unas cuantas intuiciones como linternas, emprendo la
exploración de Comala en búsqueda de una foto y un relato.
Ansón establece dos categorías a partir de los modos de
representación por medio de la imagen que expresa Arago en su discurso de 1839.
La primera es la literatura de la realidad, la cual estaría fuertemente
asociada a la noción de la fotografía como verdad, como “consagración del
positivismo y el ideal científico de la imagen” (Ansón, 23). Y la segunda es la
literatura de la duda, vinculada a la idea de fotografía como información
parcial, como punto de vista que refleja la visión relativa, ambigua e
incompleta que caracteriza a la Modernidad. La novela experimental de Zola y el Nouveau Roman de Robbe Grillet representan de forma
paradigmática a la literatura de la realidad, en la medida en que pretenden un
mismo proyecto de asedio a la realidad, “una mirada que nombra y describe sin
comprometerse, sin adjetivar, con un propósito analítico y testimonial” (27).
Tanto Zola como Robbe - Grillet reconocen como principio la importancia del
ver, por lo que la descripción cumple siempre un rol esencial, aunque sea
posible detectar importantes diferenciar en el uso de la descripción en uno y
en otro. La literatura parece querer buscar la esencial objetividad de la
fotografía a través de un lenguaje “sencillo, preciso, sucinto”, que construya
una textualidad “fría, serena y desapasionada” (Ansón, 28). Pretenden una
distancia imposible, que los libere de toda “la mugre espiritual que le añade
la percepción” (Bazin, 29) para crear una literatura que se constituya “en
prueba de realidad, en el documento irrefutable que son las imágenes para los
ojos del espectador” (Ansón, 32). Esta conjunción entre literatura y fotografía
fue atacada desde un inicio por Baudelaire en “El Salón de 1859”:
“En estos días deplorables se ha producido
una industria nueva que ha contribuido no poco a confirmar a la
estupidez en su fe... de que el arte es y no puede ser más que la
reproducción exacta de la naturaleza... Un Dios vengativo ha hecho caso a las
peticiones de esta multitud. Daguerre fue su mesías” (Benjamin, 52)
Fotografía y literatura se encuentran, pero los
resultados de ese vínculo son pobres en la medida en que tanto Zola como Robbe
– Grillet se acercan a la fotografía de manera superficial. Se busca con cierta
desmesura alcanzar los mismos resultados de la fotografía, sin considerar las
características esenciales de los distintos lenguajes expresivos. Creyeron
poder igualar el potencial de credibilidad del cual goza la fotografía por
medio de una cierta descripción óptica de los fenómenos que acabó por
demostrarse insuficiente.
La literatura de la duda, por el contrario, niega la
“creencia primitiva en la verdad visual de las cosas”, considerando a la fotografía
como un punto de vista relativo, “como una ficción que se pretende verdadera”,
pero que miente, “miente siempre, miente por instinto, miente porque su
naturaleza no le permite hacer otra cosa” (Ansón, 34). Tal postura es
ejemplificada a través de las concepciones acerca de la ficción que expresara
Henry James en 1884. “La novela deja de ser un espejo en el que las cosas se
reflejan con fidelidad y abandona su condición de prueba fotográfica para
convertirse en “ilusión de realidad” (Ansón, 33). La sospecha se cierne sobre
la fotografía y la literatura, el ingenuo entusiasmo positivista cae en
descrédito y parte de los escritores comprenden que su rol no consiste tanto en
esclarecer, sino en avivar la opacidad, la heterogeneidad, la diferencia. “La cámara
atomiza, controla y opaca la realidad” (Sontag, 32).
La noción literaria de “antefixe”, acuñada por Denis
Roche fija un punto de contacto entre la literatura y la fotografía, en cuanto
la literatura se apropia de uno de los procedimientos esenciales de la
fotografía: el encuadre, para componer textos fragmentarios, narraciones
calidoscópicas que reflejan, en el fondo, la ruptura del sujeto moderno. El
reemplazo de la metáfora por la imagen literaria está asociado a la búsqueda
ultraísta de nuevas metáforas, que acabó en una combinación delirante de
opuestos. Pero la imagen literaria disponía de una mayor elasticidad,
enriqueciendo el lenguaje literario. La literatura y la fotografía comparten un
mismo potencial de credibilidad, se emparentan en la desconfianza, colaboran en
una nueva interpretación del concepto de realidad. Ni uno ni otro pueden
revelar completamente lo real, en tanto los representantes de la literatura de
la duda niegan tajantemente la identidad ontológica entre modelo y retrato.
Ambas posturas, de la realidad o de la duda, dialogan
con lo visual, pero lo hacen desde posiciones abiertamente antagónicas. Si bien
la apropiación narrativa de lo visual que logra la literatura de la duda supone
un enriquecimiento mayor para la literatura, en la medida en que su
desacralización de la fotografía le permite leer más profundamente su lenguaje,
discrepo con la noción de la fotografía que esta última tendencia defiende. Es
cierto que la fotografía y la literatura comparten muchos elementos, sin embargo,
considerándolo desde el punto de vista del receptor, se encuentran en
categorías distintas. Tal como afirma Bazin, existe un “poder irracional de la
fotografía que nos obliga a creer en ella” (Bazin, 28) y que es una de sus
características esenciales.
Bazin abre su capítulo destinado a la “Ontología de la
imagen fotográfica” con una alusión al “complejo” de la momia. El origen de las
artes plásticas estaría cifrado, a los ojos del autor, en la necesidad
imperiosa de escapar a la inexorabilidad del tiempo, de salvar al ser por las
apariencias. El arte, aún circunscrito en la esfera religiosa, libra una lucha
cuerpo a cuerpo con la muerte y el olvido. La identidad ontológica entre
modelo y retrato permite creer en esa realidad. Sin embargo, a medida que la
civilización occidental evoluciona, el arte va perdiendo progresivamente sus
funciones mágicas, sublimando sus necesidades y anhelando la sustitución de la
realidad por un universo ideal y autónomo. La pintura, a partir del
descubrimiento de la perspectiva, tiende a inclinarse por una de las dos
aspiraciones que la han animado desde el comienzo: la psicológica, que consiste
en el afán de reemplazar el mundo exterior por su doble; quedando relegada a un
segundo plano la aspiración estética que buscaba “la expresión de realidades
espirituales donde el modelo queda trascendido por el simbolismo de las formas”
(Bazin, 25). Tal obsesión por la semejanza se ve redimida a mediados del siglo
XIX con la invención de la fotografía, en la medida en que satisface
definitivamente y en su esencia misma la obsesión del realismo (26). La
esencial objetividad de la fotografía radica en la ausencia del hombre: “por
vez primera una imagen del mundo exterior se forma automáticamente sin
intervención creadora por parte del hombre, según un determinismo riguroso”
(28). Esta génesis automática es la que incrementa el potencial de credibilidad
de la fotografía por sobre todas las otras artes, generando aquel poder
irracional del cual ya habíamos hablado. La fotografía renueva la creencia en
la identidad ontológica entre modelo y retrato, en cuanto “la existencia del
objeto fotográfico participa (...) de la existencia del modelo como una huella
digital” (29 – 30), “se beneficia con una transfusión de realidad de la cosa a
su reproducción” (28). Cosa muy similar piensa Barthes, al afirmar la
adherencia del referente:
“la Fotografía lleva siempre su referente
consigo, estando marcados ambos por la misma inmovilidad amorosa o
fúnebre, en el seno mismo del mundo en movimiento: están pegados el uno al
otro, miembro a miembro, como el condenado encadenado a un cadáver en
ciertos suplicios” (Barthes, 33)
En la misma línea podemos ubicar las reflexiones de
Sontag, quien señala que “las imágenes fotográficas no parecen tanto afirmaciones
sobre el mundo cuanto fragmentos que lo constituyen, miniaturas de realidad que
cualquiera puede hacer o adquirir” (Sontag, 14). La fotografía no busca
sustituir la realidad, sino unirse a ella.
De este modo, la fotografía libera a la pintura
occidental de su obsesión realista, recuperando su autonomía estética, pero
además, y este es un asunto clave, supone la renovación de los poderes mágicos
del arte. Se trata de un arte que surge a partir de la experimentación
científica, pero que se abre camino rápidamente entre la magia, el encanto y la
sugestiones religiosas. “la técnica más exacta puede conferir a sus productos
un valor mágico que una imagen pintada ya nunca tendrá para nosotros”
(Benjamin, 26). El “complejo” de la momia del cual habla Bazin al inicio de su
capítulo vuelve a emerger con la fotografía, por cuanto ésta vence al tiempo,
suprimiéndolo. La fotografía y la muerte fortalecen un vínculo que había
comenzado a desvanecerse con el arte:
“por viviente que nos esforcemos en concebirla
(y esta pasión por “sacar vivo” no puede ser más que la denegación
mítica de un malestar de muerte), la Foto es como un teatro primitivo, como
un Cuadro Viviente, la figuración del aspecto inmóvil y pintarrajeado
bajo el cual a los muertos” (Barthes, 72)
Mirada desde este punto de vista, la fotografía extiende
sus posibilidades, establece una relación más profunda con la realidad. No se
limita a reproducir superficies, a calcar apariencias, sino que además es capaz
de dar cuenta de elementos que son imperceptibles para el ojo humano: “la
naturaleza que habla a la cámara es distinta de la que habla al ojo; distinta
sobre todo porque, gracias a ella, un espacio constituido inconscientemente
sustituye al espacio constituido por la conciencia humana” (Benjamin, 26). Este
inconsciente óptico del cual habla Benjamin es aquello que los representantes
de la literatura de la realidad ignoraban, y los defensores de la sospecha no
supieron apreciar. Y, precisamente, como apunta Bazin, “las virtualidades
estéticas de la fotografía residen en su poder de revelarnos lo real” (Bazin,
29), pero esta vez se trata de un concepto de realidad que no excluye el
misterio, la subjetividad, la ensoñación y la magia. “Las fotografías, que por
sí solas son incapaces de explicar nada, son inagotables invitaciones a la
deducción, la especulación y la fantasía” (Sontag, 33).
Junto con el uso que hacen los aparatos represivos del
estado y los medios de comunicación masivos de la fotografía, como objetos
simbólicos e informativos, existe un uso muy difundido, que Susan Sontag define
como talismánico, por cuanto “expresan una actitud sentimental e
implícitamente mágica: son tentativas de alcanzar o poseer otra realidad”
(Sontag, 26). Y es en ese uso talismánico que se hace de la fotografía donde
encontramos más vínculos con la literatura, en la medida en la información en
ellas contenida tiene un valor del mismo orden que el de la ficción.
La fotografía y la literatura se rozan en el campo de la
objetividad sin alcanzar grandes resultados, flirtean por el camino de la duda
y la sospecha, pero esa misma desconfianza los aleja. Sólo en la extensa área
de la ensoñación y la magia, es donde prosperan y se extienden sus vínculos.
II
Marcela Orellana [1] postula
que existen tres momentos claves en la relación literatura y fotografía a lo
largo del desarrollo cultural latinoamericano: Del Romanticismo al Realismo y
fotografía sobre mapuches en el siglo XIX, Martín Chambi y el indigenismo en
Perú y Juan Rulfo escritor y fotógrafo y el surrealismo en México. En el
primero de ellos, fue posible apreciar cómo la fotografía intenta imitar al
arte, ignorando aún sus capacidades. Los mapuches son representados, en algunas
ocasiones, contra un fondo ficticio, que contribuía a darle a la imagen un aire
pintoresco. Benjamin habla de esta impostura al referirse a los distintos
elementos que fueron sumándose al estudio del fotógrafo: “Si al principio bastó
con apoyos para la cabeza o para las rodillas, pronto aparecieron “otros
accesorios, como sucedía en cuadros famosos y que, por tanto, debían ser
artísticos” (Benjamin, 35). Lo que se buscaba era que la imagen retratada se
aproximase lo más posible a la idea preconcebida del fotógrafo, que por lo
general era la de un mundo pintoresco y exótico. Salvador Sanfuentes, uno de
los primeros escritores chilenos en abordar el tema mapuche en su obra,
coincide con los fotógrafos de la época en encubrir lo mapuche. Si bien el sólo
hecho de hacer visible aquello que la institucionalidad se esfuerza por borrar,
le da un inmenso valor a sus textos, éstos siguen padeciendo de una ceguera
total, en la medida en que no reconoce al otro como tal. De esta forma,
fotógrafos y escritores comparten un tema y una manera de aproximarse, pero que
nada tiene que ver con las características propias de sus lenguajes expresivos.
Martín Chambi, por su parte, comparte con el movimiento
indigenista peruano unos mismos planteamientos éticos y políticos, pero difiere
esencialmente en la forma de llevar a cabo esas ideas. Si bien ambos tienen
como protagonistas de sus obras a los indígenas, existe una voluntad estética
en Chambi que no está presente ni en Alegría ni en Mariátegui. Por lo demás, el
carácter heterogéneo de la literatura indigenista señalada por Cornejo Polar, en
cuanto es una escritura de mestizos sobre tema indígena, no es posible hacerla
extensiva a la obra de Chambi, porque él es un indigena. Lamentablemente los
hallazgos de Chambi no pudieron ser incorporados por la estética indigenista,
que continuó privilegiando la violencia del impacto por sobre la revelación de
un mundo quechua intacto y fuerte. Lo que la fotografía logra expresar, en
tanto “acicate de la conciencia” no es apropiado por la literatura, mientras
que la fotografía sólo busca enmarcarse en el relato ético y político que le
provee la novela indigenista, pero nada más.
A diferencia de los dos momentos anteriores, Juan Rulfo
y el surrealismo mexicano sí entran en un nivel de relación susceptible de ser
analizado. Así como la irrupción de la fotografía supuso la redención de la
pintura, en cuanto la libera de la obsesión de realidad que la aquejaba desde
la invención de la perspectiva, la literatura también se desprende de ese
pesado lastre gracias a la fotografía. Y lo más interesante es que explora
nuevos caminos amparada en los descubrimientos que la fotografía le revela. Lo
que seduce a los escritores no es la esencial objetividad, sino la
fragmentación de la mirada que ofrece el encuadre, sumada al carácter mágico,
al poder irracional que la foto ejerce sobre el espectador en tanto objeto
talismánico. La literatura pretende emular esa fascinación potencial de la
fotografía, de la cual hablaba Sontag, abriéndose hacia la representación de
universos de ensoñación.
Es por eso que el surrealismo ve desde un principio a la
fotografía como una ruta de exploración muy provechosa, en cuanto la distinción
lógica entre lo imaginario y lo real tiende a desaparecer, y “toda imagen debe
ser sentida como objeto y todo objeto como imagen. La fotografía representaba
por tanto una técnica privilegiada de la creación surrealista, ya que da origen
a una imagen que participa de la naturaleza: crea una alucinación verdadera”
(Bazin, 30). Y tanto para Benjamin como para Sontag, la fotografía “fue la
única columna realmente importante que surrealismo ha sido capaz de movilizar”
(Benjamin, 40), su “único triunfo cabal” (Sontag, 62). La poesía, mientras
tanto, intenta infructuosamente, por medio de la escritura automática, lograr
la eficacia mecánica de la imagen sobre nuestro espíritu, alcanzando apenas
algunos destellos. Pero la ficción en prosa si consigue posicionarse, sobre
todo en el descubrimiento abundante de temáticas con las cuales enriqueció el
imaginario surrealista.
Juan Rulfo inicia sus publicaciones cuando el
surrealismo europeo había terminado y los trasnochados surrealistas mexicanos
deambulaban entre la soledad y la política, por lo que no nos es posible hablar
de Rulfo como un militante. Sin embargo, su escasa producción narrativa
contiene rasgos propios de la vanguardia de Breton, que habiéndose macerado en
el espíritu de este mexicano taciturno afloran de manera extraordinariamente
inquietante en un medio poblado de un telurismo acérrimo.
III
El tardío conocimiento de Juan Rulfo como fotógrafo
dificulta la apreciación de su fotografía, en la medida en que se ve asediada
por la trascendencia de su narrativa. Lo más habitual es que se la inscriba
dentro de ella, como si se tratase de una simple variante, sin considerar el
cambio en el régimen de representación, tal y como se señala en su página
oficial: “las fotografías de Rulfo expresan el mismo mensaje de su obra escrita
y representan, tal vez, la imagen de todo aquello que no escribió”
(www.clubcultura.com). Pero existen críticos que
afirman lo contrario, “Rulfo´s literary and photographic works seem to run in
parallel tracks” (Russek, 15). Atender a las
discontinuidades entre ambas manifestaciones nos podrá revelar elementos
significativos que la primera perspectiva mencionada oculta y que además,
permitirá dar cuenta del carácter complejo y en ocasiones contradictorio de
Rulfo. Sin embargo, el objetivo del presente artículo no consiste en zanjar
este asunto, sino más bien en aproximarse a la apropiación narrativa de lo
visual que Rulfo lleva adelante en su novela Pedro Páramo (1955).
¿Qué elementos propios de la fotografía son incorporados
por Rulfo durante la composición de Pedro Páramo? ¿Qué valor adquieren
en el marco de los procedimientos creativos del autor? Tales preguntas abren
ciertas brechas difíciles de cerrar en un trabajo de estas características,
pero al menos cumplen el rol de iluminar zonas de interrelación entre la
fotografía y la literatura en Rulfo a partir de las cuales podremos ensayar
respuestas tentativas.
Rulfo como escritor alcanzó una notoriedad continental
producto, principalmente, del carácter vanguardista de su narrativa. Los
escritores mexicanos de la primera mitad del siglo XX habían explotado con
pocas variantes las temáticas propias de la revolución y las transformaciones
posteriores de la economía y sociedad mexicana. Y Rulfo vuelve a penetrar en
ellas, pero a través de una óptica y de un lenguaje radicalmente nuevos. La
atmósfera infernal de Comala era presentada por medio de una encadenación de
fragmentos ambivalentes que rompían con los modos tradicionales de
representación de la realidad en la novelística hispanoamericana. Rulfo logra
transformar la lenta agonía de un género y de una temática en un nuevo espacio
de regeneración y vitalidad creativa. Carlos Fuentes habrá de servirse de esta
nueva plataforma construida por Rulfo y Agustín Yáñez para consolidar una nueva
novela en Latinoamérica.
Pero a diferencia de su narrativa, la fotografía de
Rulfo no ofrece mayores innovaciones. Rulfo en tanto Operator (Barthes),
permanece dentro de los cánones habituales. Donde sí podemos encontrar rasgos
vanguardistas es en el Rulfo Spectator. Hay ciertas nociones acerca de
la fotografía que es posible inferir a partir de la lectura de Pedro Páramo y que revelan una apreciación de avanzada que se asocia estrechamente con sus
ideas acerca del arte narrativo. Ideas e intuiciones que no quiso o no pudo
llevar adelante en su labor como fotógrafo, pero que alcanzó con total éxito
como escritor.
Dan Russek, en su artículo Rulfo, photography, and
the visión of emptiness, se detiene en una de las escenas iniciales de
Pedro Páramo, poco apreciada por la crítica, para profundizar en el fuerte
significado simbólico que ejerce la fotografía en la novela. Pero lo que
resulta más interesante es una suerte de analogía que se establece entre la
fotografía y la novela. En clara oposición al carácter objetivo que se suele
atribuir a la imagen fotográfica, la foto de su madre que Juan Preciado llevaba
en el bolsillo de su camisa adquiere múltiples significaciones que abren
deliberadamente sus potencialidades expresivas. Talismán, elemento profético,
salvoconducto, herencia simbólica, material embrujado, la foto de Preciado
anticipa los caminos que habrá de seguir la novela. Fotografía y novela se
ubican en un mismo plano, adoptan un mismo carácter ambiguo y contradictorio
que hace posible la representación del mundo mítico rulfiano. La foto que lleva
Preciado es un elemento externo al pueblo, pero que da las claves para la
interpretación de ese mundo ensoñación.
“By carring a
photograph to Comala, Juan Preciado brings with him a specimen of a
visual culture that is foreign to the town. The picture introduces a new
economy of representations in a place where not even “traditional” visual
media like painting or engraving seem to have any role” (Russek, 20)
La fotografía entra en escena,
incorporando una nueva dimensión, que exige la activación de una mentalidad
mágica para su cabal comprensión. El carácter mítico de Comala se anuncia a
través de la valoración que se hace de la fotografía de la madre de Preciado.
Así como a él le permitirá asegurar la presencia de su madre, en la medida en
el referente se encuentra adherido a la foto, y el reconocimiento potencial de
su padre, para el lector representa una primera aproximación, un talismán que
le permitirá avanzar en ese mundo de fantasmas y murmullos. Y la fotografía es,
por cierto, un elemento extraño en medio de Comala, pero su poder alucinatorio
se encuentra fuertemente vinculado a las creencias de sus habitantes. Cabe
recordar que el complejo de la “momia” que Bazin establecía como origen de las
artes plásticas se reactiva en la fotografía al reconquistar la identidad
ontológica entre modelo y retrato.
Una vez que tomamos la foto de la madre de
Preciado como clave interpretativa del texto, éste se embiste de un carácter
mágico y nos obliga a creer en él. Y la narración adopta una potencialidad
expresiva similar a la de la fotografía, en cuanto revela aquello que existe
bajo y sobre la realidad. Rulfo parece aconsejarnos que leamos su novela con la
misma actitud con que vemos una fotografía, que creamos en ese mundo
fantasmagórico con la misma fuerza irracional con la que creemos en la
fotografía de un antepasado. Así como la fotografía tiene un uso talismánico,
que nos aproxima a la muerte y a la fantasía, la literatura alcanza la misma
condición. Sólo de esa forma podemos explicarnos el espacio privilegiado que
ocupa Comala dentro de nuestro imaginario, la asombrosa vitalidad de sus
personajes.
Pero en lo que aún no penetramos es en los
procedimientos propios de la fotografía que Rulfo habría incluido dentro de su
narrativa. El encuadre y el juego de la luz y la sombra, son elementos propios
de la fotografía y que se encuentran en las fotos tomadas por Rulfo, pero que
no representan ninguna sorpresa. Donde sí alcanzan una significación novedosa
es en Pedro Páramo. Rulfo lleva adelante una apropiación narrativa de lo
visual que es poco habitual en la novela latinoamericana del período y que
enriquece su lenguaje notablemente. En el juego de alucinación y realidad que
se lleva adelante en Pedro Páramo producto de la ruptura de la frontera
que separa la vigilia y el sueño, la vida y la muerte, la óptica visual que
adopta el narrador al momento de describir imágenes tales como el repentino
ingreso de un personaje enigmático dentro de una habitación o la fragmentación
visual que sufre un personaje al ser atravesado por la luz y la sombra ayuda a
incrementar la densidad lúgubre y misteriosa Comala.
En Pedro Páramo es donde fotografía y novela
comparten un espacio privilegiado y fortalecen ambos sus potencialidades
expresivas. Y ese lugar está muy lejos de la objetividad y la técnica, de la
conceptualización positivista y burguesa del arte. Rulfo nos propone un
universo mágico a partir de una nueva visión de la realidad que la fotografía
le revela.
NOTAS
[1] Dicta el seminario
"Literatura y Fotografía en Latinoamérica" en el postgrado de
literatura de la Universidad de Chile y de la Universidad de Santiago.
BIBLIOGRAFÍA
Ansón, Antonio. Literatura y fotografía: Novelas como
álbumes. Madrid, Mestizo, 2000.
Barthes, Roland: La cámara lúcida. Nota sobre fotografía.
Barcelona, Paidos, 1989.
Bazin, André. ¿Qué es el cine? Madrid, Rialp, 1966.
Benjamin, Walter. Pequeña historia de la fotografía.
Madrid, Paidós, 1980.
Sontag, Susan. Sobre la fotografía. Buenos Aires,
Edhasa, 1981.
Russek, Dan. “Rulfo, photography, anda the visión of emptiness” en Revista
de Literatura latinoamericana. Vol. 37, N° 2 (Noviembre 2008).
http://www.clubcultura.com/clubliteratura/clubescritores/juanrulfo/rulfofotografo.htm
|