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Pinochet
Ida y Vuelta, Lagos Presidente
INFORME
DESDE CHILE, marzo de 2000
Las imágenes
de Augusto Pinochet en el aeropuerto de Santiago el viernes 3 de marzo de 2000,
levantándose de la silla de ruedas y echando a andar para recibir el saludo
de sus parientes, amigos más cercanos y altos mandos de las Fuerzas Armadas,
después de haber sido liberado en Londres por supuesta incapacidad física
y mental para enfrentar un juicio, produjeron desconcierto no sólo en Chile
sino en el mundo entero: ¿Engañó a los médicos ingleses?
¿Le inyectaron alguna droga enfervorizadora antes de aterrizar? ¿Llegó
a Santiago un clon del ex dictador?
Para trasladarlo al Hospital
Militar, donde se había desplegado un operativo militar con francotiradores
en los techos cercanos y agentes de civil mezclados con sus simpatizantes, el
ejército utilizó los mismos helicópteros que aterraban a
la población durante las noches de la dictadura y, en un gesto altamente
simbólico, sobrevolaron la casa de gobierno, La Moneda. Pudieron elegir
una ruta lateral pero no, el rumor de los helicópteros Puma y su sombra
pasaron por encima del lugar donde el bombardeo del 11 de septiembre de 1973 partió
en pedazos la historia de Chile, el mismo lugar que años después
ocuparía el dictador autoproclamado Presidente de la República,
el mismo donde hoy gobiernan los presidentes elegidos por voto popular.
Augusto
Pinochet es el símbolo vivo de las profundas divisiones que afectan a la
sociedad chilena. En las recientes elecciones presidenciales, el candidato de
la derecha Joaquín Lavín se distanció estratégicamente
del ex dictador, en ese momento preso en Londres, pero los partidos que conforman
esta derecha, la Unión Democrática Independiente (UDI) y Renovación
Nacional (RN) son doctrinariamente pinochetistas y así quedó demostrado
en la recepción del viernes 3 en el aeropuerto: las únicas figuras
políticas que allí se encontraban eran connotados UDI y RN, además
de los ex militares y funcionarios de la dictadura que hoy ocupan sillones en
el Senado como `senadores designados', es decir no elegidos por votos sino enviados
al Congreso en representación de las Fuerzas Armadas.
En
enero recién pasado Joaquín Lavín estuvo cerca de ganar las
elecciones presidenciales, en gran medida porque logró engañar a
ciertos sectores medios y populares que lo imaginaron no sólo distanciado
de Pinochet sino además de los partidos políticos. La fabulosa máquina
publicitaria que lo empinó hasta muy cerca del sillón presidencial
logró escamotear el hecho que, para gobernar, Lavín sólo
habría contado con la UDI y RN, donde se encuentra representado el pinochetismo
más radical. Con su presencia Augusto Pinochet vuelve a poner las cosas
en lugar: en este país hay fuerzas sociales, económicas, religiosas,
políticas y militares que se sienten herederas de la dictadura que él
representa y quisieran hacer un Chile a su imagen y semejanza. Y hay fuerzas sociales,
económicas y políticas que desde 1990 están transformando
el país en una sociedad que no teme mirarse al espejo, orientada a una
constante mejoría de sus servicios básicos (salud, educación,
justicia, vivienda), dispuesta a recuperar sus libertades para ordenar y desordenar
responsablemente la propia vida, es decir vivir en democracia. Bien vale la pena
revisar esta historia un poco más en detalle.
Pinochet
Preso en Londres
¿Quién hubiera imaginado en
Chile, a fines de 1998, que Augusto Pinochet sería detenido por Scotland
Yard? Se lo pregunté entonces a muchas personas y salvo algunos abogados
cercanos a los casos judiciales que se estaban llevando en España, todos
me han dicho que el día anterior a los hechos habrían respondido
sin titubeos: "los ingleses jamás van a detener a Pinochet para entregárselo
a la justicia española". Esto porque no era secreto que Pinochet había
sido aliado del régimen de la señora Thatcher en la Guerra de las
Malvinas, lo que según las propias palabras de la Dama de Hierro "ayudó
a salvar muchas vidas inglesas", sin mencionar, claro, la pérdida
de muchas vidas argentinas. Y porque tampoco era secreto que el Senador Vitalicio
cargo que le corresponde, de acuerdo a la Constitución de 1980, por
haber sido Presidente de la República durante más de seis años
había estado antes en Inglaterra sin problemas y que mantenía buenas
relaciones de negocios con la industria bélica británica. Es decir,
Augusto Pinochet tenía juicios abiertos en España, pero no corría
peligro en Gran Bretaña.
En los días inmediatamente
posteriores al 16 de octubre de 1998 los temores en Chile eran muchos, siendo
el más grave un `golpe blanco' incitado por la derecha más dura
y las Fuerzas Armadas, que dejaría en el poder al presidente demócrata
cristiano Eduardo Frei Ruiz-Tagle siempre y cuando los socialistas salieran del
gobierno. La lógica que operaba en este escenario era que el arresto de
Pinochet en Londres se habría debido a una conspiración del socialismo
internacional y que sus representantes en Chile serían parte de esa conspiración:
por lo tanto, para enfrentar "la agresión europea" sería
fundamental alejar a los "traidores" de las cúpulas de poder:
pero la alianza de gobierno resistió bien el embate, se alineó en
torno a la defensa de "la soberanía nacional" con beneficios
que revisaremos de inmediato y logró evitar la confrontación
directa con la derecha y las FF.AA. Otro temor, de no menor envergadura, era que
la derecha, apoyada de manera encubierta por las Fuerzas Armadas, hiciera ingobernable
el país mediante atentados terroristas, inasistencia de sus representantes
al Congreso, hostigamiento a las empresas y representantes de España y
Gran Bretaña, etc. En este escenario, ante la ingobernabilidad, las Fuerzas
Armadas habrían tenido que sacrificarse nuevamente, como en 1973, para
poner el país en orden. Pero la verdad fue que salvo la quema de banderas
inglesas o españolas frente a las embajadas, la histeria de algunos piquetes
de pinochetistas y la amenaza no cumplida de un renacimiento de la extrema derecha,
nada grave sucedió en los primeros meses de su ausencia y lentamente el
personaje Pinochet comenzó a perder notoriedad nacional, a medida que se
acercaban las elecciones presidenciales de noviembre de 1999.
Soberanía
Nacional y Negocios
La superación de la crisis inicial
desatada el mismo día del arresto de Pinochet en Londres se explica, en
primer lugar, porque el gobierno de la Concertación, con connotados funcionarios
socialistas al frente de la Cancillería, salió sin vacilaciones
en defensa del general, en nombre del estado chileno. La frase "aquí
se están defendiendo principios, no personas", hecha pública
por el Canciller José Miguel Insulza (PS) resume bien la posición
del gobierno en aquel momento: se trataba de poner la razón de estado por
encima de la posición ideológica de los funcionarios. La persona
era obviamente el ex dictador, quien durante su régimen persiguió
con saña a los socialistas y a toda la clase política hoy en el
poder, y los principios eran los de un estado soberano que se resiste a aceptar
la intervención jurídica y política de otros estados (Inglaterra,
España) en sus asuntos internos.
La defensa de "la
soberanía nacional" en el caso Pinochet fue durante ese período
el puente que unió los territorios enemigos de la derecha política
apoyada por las Fuerzas Armadas y del gobierno, por cuanto invocaba un valor más
abstracto y superior que las instituciones, cual es la identidad jurídica,
política y militar del estado-nación. Pero lo cierto es que varias
de las causas que todavía hoy enfrenta el ex dictador en España
y otros países europeos trascienden el orden jurídico nacional:
España lo acusa de la muerte y desaparición de a lo menos once ciudadanos
españoles entre ellos el funcionario de las Naciones Unidas Carmelo
Soria y los sacerdotes Joan Alsina y Antonio Llidó y de violar los
tratados internacionales contra la tortura firmados por el mismo Augusto Pinochet
en 1988. Hay más acusaciones pero bastaría con las señaladas
para dejar en evidencia que el recurso de "la soberanía nacional"
sólo tuvo valor en el frente interno: defender a la persona de Augusto
Pinochet con el argumento de los principios de soberanía hizo posible en
tanto ponía del mismo lado al gobierno, la oposición y las Fuerzas
Armadas mantener en pie el delicado equilibrio conseguido a comienzos de
los noventa, cuando la Concertación debió negociar arduamente y
en secreto con las Fuerzas Armadas y los círculos de poder cercanos a Pinochet,
todavía General en Jefe del Ejército, para que la transición
a la democracia fuera viable, más allá de la legitimidad conseguida
mediante el voto popular. Pero la invocación a la soberanía abrió
a la vez un interesante capítulo en la vida nacional, cual fue la posibilidad
política de juzgar al ex dictador en Chile, con leyes chilenas, cosa que
hasta entonces era bastante remota. La derecha se jugó todas sus cartas
asegurando que, de haber crímenes, estos deberían ser vistos por
los tribunales chilenos y no en el extranjero, y la centro izquierda concertacionista
aprovechó la coyuntura para enfatizar que el gran tema de la soberanía
se resolvería con Pinochet de regreso y puesto en manos de estos mismos
tribunales. Hoy marzo de 2000 el tema de la soberanía nacional ha desaparecido
de la agenda política el ex dictador está de regreso
pero el proceso judicial en su contra ha sido hábilmente trabajado por
los abogados querellantes, de manera que ya no tiene vuelta atrás: de haber
crímenes donde esté involucrado, Augusto Pinochet pagará
por ellos. Pero juzgar a una figura como esta no es cosa de todos los días
ni pura cuestión de leyes. El proceso político judicial recién
se ha iniciado y lo que está en juego es mucho. Volveré sobre este
punto más adelante en estas páginas.
En segundo
lugar, para entender cómo se superó la crisis desatada por la detención
de Pinochet en Londres, hay que considerar el volumen de las inversiones españolas
en Chile. Hay grandes capitales españoles presentes en el sector telefónico,
en las sanitarias, en la banca, etc. Se trata, casi en un cien por ciento, de
empresas que operan en el sector privado, de manera que sus relaciones de negocios
con Chile pasan por las cúpulas nacionales del poder económico,
casi todas ellas ligadas a la derecha. La situación de Pinochet obligó
a este sector a desdoblarse: política y jurídicamente debía
impugnar a España por su pretensión de hacer justicia, pero no estaba
en condiciones de alterar sus relaciones de negocios con ese país. Sería
demasiada ingenuidad creer, por ejemplo, que la ruptura de las relaciones diplomáticas
que como medida de presión solicitaron al gobierno algunos parlamentarios
de derecha no fuera a poner en problemas los grandes negocios. La derecha
se vio obligada a sostener dos juegos paralelos: uno político que consistía
en hacer público su rechazo al enjuiciamiento de Pinochet en España
y otro, más privado, que consistía en mantener y desarrollar las
buenas relaciones comerciales con los inversionistas españoles y europeos
en general. Dadas las circunstancias, esta derecha que se hizo rica en dinero
y fuerte en política al amparo del régimen pinochetista no tuvo
otro camino que alinearse con el gobierno y recurrir al mismo gran principio de
la soberanía nacional, y en consecuencia asumir la responsabilidad política
de ver hoy a su hombre fuerte de ayer convertido en un perseguido de la justicia.
El Precio Político de Pinochet
El
distanciamiento estratégico de la figura de Augusto Pinochet, utilizado
por la derecha para luchar por la presidencia de la república, es una cuenta
política que este sector de la sociedad chilena está todavía
por pagar. Tal distanciamiento funcionó bien durante la campaña
electoral pero ahora que Chile inicia su tercer gobierno de la alianza concertacionista
con un socialista al mando y con la agravante de la presencia del ex dictador
en territorio nacional, la derecha no podrá seguir negando sus relaciones
con el pinochetismo. Ahora deberá hacer oposición política
y sus divisiones internas aparecerán claras. Porque hay gente de derecha
que vivió y vive todavía al amparo de Pinochet y hay gente del mismo
sector que aspira a convertirse en una fuerza política liberal y democrática.
El pinochetismo duro está representado por figuras como Alberto Cardemil,
hoy presidente de Renovación Nacional, quien fuera Ministro del Interior
del régimen pinochetista cuando este, en 1988, perdió el plebiscito
que abriría el camino hacia las elecciones presidenciales que ganó
la Concertación en 1990, con Patricio Alwyn (DC) como candidato triunfante.
En la retina popular, Alberto Cardemil es el hombre que atrasó hasta lo
imposible la entrega de los cómputos oficiales que daban a Augusto Pinochet
como perdedor en el plebiscito, el hombre que negoció hasta el último
momento la posibilidad de desconocer aquel triunfo de la oposición a la
dictadura.
La derecha más liberal y democrática,
por su parte, está representada por un hombre joven, Andrés Allamand
(RN), hoy alejado de la arena política pero igualmente gravitante como
alternativa al pinochetismo. En las parlamentarias de diciembre de 1997 Allamand
perdió su lugar en la Cámara de Diputados y con su derrota abortó
el proceso de liberalización de la derecha que lideraba. Poco después
Allamand se fue a vivir a Estados Unidos, donde trabaja hasta hoy en el Banco
Interamericano de Desarrollo (BID) y su partido quedó en manos del ala
más conservadora, con Alberto Cardemil en la presidencia. Pero Allamand
estuvo presente en la campaña electoral apoyando a Joaquín Lavín
especialmente al Lavín distanciado de Pinochet y en una entrevista
reciente (El Sábado de El Mercurio, 26 de febrero de 2000) anuncia su regreso
a Chile y la política a fines de este año, hace duras críticas
a su sector y nuevamente se perfila como la figura que podría orientar
a la derecha chilena hacia una alternativa liberal.
La derecha
chilena estuvo por llegar a La Moneda, escondida en la panza del caballito de
Troya llamado Joaquín Lavín, pero se quedó en la acera de
enfrente y ahora está a la vista de todos y deberá enfrentar sus
dichos y promesas, por ejemplo que está de acuerdo en que se juzgue a Augusto
Pinochet en Chile. Sin duda a las fuerzas de derecha les convenía más
que Pinochet se quedara en Europa, incluso que muriera allí, para evitar
la disyuntiva de defenderlo y quedar así ancladas en lo peor de su pasado
o verlo sometido a juicio por crímenes de los que fueron cómplices.
¿Cómo harán ahora para equilibrar su afección y dependencia
del pinochetismo con el enjuicimiento de su figura emblemática? El precio
político que deberá pagar la derecha por Pinochet es muy alto. Figuras
como la de Andrés Allamand, incluso la del mismo Joaquín Lavín
quien durante la campaña presidencial llamó al ex dictador
`figura del pasado' y consecuentemente no acudió a recibirlo al aeropuerto
el viernes 3 de febrero podrían encabezar una transformación
profunda, un desvío desde la derecha ligada a las Fuerzas Armadas y la
Constitución de 1980 hacia una tendencia política interesada en
hacer buenos y grandes negocios en un país plenamente democrático.
Para la derecha el regreso de Pinochet a Chile marca un punto de no retorno: o
asume su crisis de identidad y renueva radicalmente su proyecto político
o se va con él a la tumba.
Palacio y Calle para
la Izquierda
Entretanto la izquierda chilena enfrenta un
panorama bastante más favorable. Ha reforzado sus posiciones al punto de
llevar a un socialista a la Presidencia de la República, Ricardo Lagos,
está firmemente instalada en el aparato estatal a través del PS
y el PPD, y hasta la hora no ha sufrido ningún descalabro que ponga en
peligro su proyecto político de alianza con la DC que dura ya once años.
Pero la izquierda chilena tiene un pariente hoy un tanto venido a menos, que no
deja de hacerse oír: el Partido Comunista.
El eje histórico
comunista socialista, que potenció a la izquierda chilena entre la década
de los treinta y el golpe de estado de 1973, había comenzado a desintegrarse
durante los años del gobierno de la Unidad Popular. Salvador Allende (PS)
fue desbordado desde la izquierda por el ala de su partido favorable a una insurrección
armada, liderada por Carlos Altamirano. Los comunistas, entretanto, cerraron filas
en torno a la vía institucional propiciada por Salvador Allende. Se conformó
así un panorama de despeñadero: el MIR y el socialismo de Altamirano
se preparaban con todo para una guerra civil, mientras el comunismo y Allende
insistían en sacar adelante el proyecto de una revolución por la
vía democrática. Ni lo uno ni lo otro: lo que resultó fue
uno de los gobiernos de facto más desgraciados en cuanto a derechos humanos
y más exitosos en su propósito de convertir a Chile en una sociedad
de mercado y consumo.
Para la izquierda chilena los años
de la dictadura fueron una dura escuela. El socialismo, dividido, derrotado, inició
un largo proceso de autocrítica que lo condujo a una posición cercana
a la socialdemocracia. El comunismo, en un giro inesperado si recordamos su rol
durante la Unidad Popular, optó por la resistencia armada y la movilización
popular clandestina, aliándose en varios momentos con el MIR (Movimiento
de Izquierda Revolucionaria). El eje histórico de la izquierda no volvería
ya a reeditarse y cuando se vislumbró la posibilidad de derrotar a la dictadura
mediante el voto popular, en 1988, las nuevas fuerzas gravitantes fueron las del
Partido Socialista, el Partido por la Democracia (fundado en 1988 entre otros
por Ricardo Lagos para aglutinar a los militantes de izquierda todavía
recelosos del socialismo histórico, liberales de izquierda, cristianos
de izquierda y minorías), el Partido Radical y la Democracia Cristiana.
Los comunistas quedaron fuera de la nueva alianza por sus diferencias irreconciliables
con la DC y no menos por sus diferencias con el PS, que abandonaba sus posiciones
de izquierda marxista para entrar en la tercera vía. Los comunistas, además,
quedaron fuera de toda posibilidad de tener representación parlamentaria,
como efecto del sistema binominal instituido en la Constitución de 1980.
Junto con el MIR y otras fuerzas como el Frente Patriótico Manuel Rodríguez
(FPMR) pasaron a formar la izquierda extra parlamentaria, con gran presencia en
algunos sectores como el profesorado público, las organizaciones de defensa
de los derechos humanos, las organizaciones de familiares de detenidos desaparecidos
y los estudiantes universitarios.
La impecable jugarreta institucional
que permitió a Pinochet moverse desde la Presidencia de la República
a la Comadancia en Jefe del Ejército y desde allí al Senado en calidad
de senador vitalicio, indicaba que el ex dictador era intocable en Chile. Esta
probable impunidad es la que animó a los comunistas y sectores socialistas
desde el gobierno y creando tensiones en la alianza concertacionista
a dar su apoyo al juez Baltasar Garzón y a las instancias británicas
para que Pinochet fuera juzgado en España. Pero al asumir esta estrategia,
la izquierda fomentó a su pesar la desmovilización de la sociedad
civil. Esto porque al aceptar que la suerte del ex dictador se decidiera en Europa,
con leyes europeas, dejó a la mayoría de los chilenos viviendo la
historia en las pantallas de televisión.
En el camino
que se recorría para traer a Pinochet de vuelta a Chile o hacer todo lo
necesario para que fuera a dar a los juzgados españoles, estaban las elecciones
presidenciales de diciembre de 1999. Y allí quedó claro que la postura
del gobierno y el socialismo oficial no aceptar la juridicción española,
traer a Pinochet de regreso a Chile era la preferida por la población:
la candidata del Partido Comunista, Gladys Marín, apenas rozó el
3% de la votación después que las últimas encuestas le otorgaban
un potente 7%. Esta magra votación no sólo se debe, por cierto,
a la posición comunista de promoción de la duda sobre la capacidad
de las instituciones chilenas para juzgar al ex dictador. También influyeron
en ella los enormes logros sociales y económicos alcanzados por los gobiernos
de la Concertación en sus diez años al mando del país y la
falta de un programa de gobierno comunista adecuado a la sociedad chilena del
cambio de siglo.
No obstante, sin el desvelo combativo del
PC y la tenacidad de las agrupaciones pro derechos humanos y de familiares de
detenidos desaparecidos, la batalla por la justicia en Chile habría tenido
mucho menos fuerza y quizás ninguna eficacia. La atención del mundo
sobre Chile y el caso Pinochet se debe, en gran medida, a que estas fuerzas de
izquierda extra parlamentaria se jugaron todas las cartas que tenían a
la mano, incluida la de entregar al ex dictador a un país extranjero, para
que se hiciera justicia. Ahora que Augusto Pinochet está de regreso y se
ha puesto en marcha una amplia maquinaria judicial y política para llevarlo
a los tribunales, quizás estas mujeres y hombres vean por fin satisfecha
su necesidad de reparación por las humillaciones, tortura y muerte sin
sepultura que sufrieron sus seres queridos. Sólo si Chile logra juzgar
a Pinochet antes que se muera de viejo, se habrá cerrado el siglo XX para
este país del fin del mundo. Es probable que entonces el PC desaparezca
definitivamente de la escena política y que la izquierda que logre mantenerse
a la izquierda del PS y el PPD invente nuevas formas de militancia y lucha política,
pero especular sobre esto nos llevaría demasiado lejos de la contingencia.
Lo cierto es que a la sombra de Augusto Pinochet la izquierda chilena quedó
dividida entre una sólida formación de funcionarios(as) estatales
que circula por los pasillos de La Moneda y el Congreso y un sector de ciudadanos
vociferantes que ha conseguido poner en jaque la impunidad del ex dictador, desde
la calle y por la sola fuerza de sus denuncias. Sectores complementarios, sin
duda, ya que la sola denuncia sería ineficaz sin gente de izquierda que
la respaldara en el gobierno y, este gobierno con componentes de izquierda haría
mucho menos, si algo, de faltar la denuncia permanente.
Justicia
Chilena y Derechos Humanos
La detención de Pinochet
en Londres provocó igualmente un serio remezón en la justicia chilena.
Durante la dictadura, el Poder Judicial fue ampliamente intervenido por las Fuerzas
Armadas, a través de la Junta Militar que operaba como Poder Legislativo
y Poder Ejecutivo a la vez. El 23 de septiembre de 1973, mientras en las cárceles
morían y eran torturadas cientos de personas, el Presidente de la Corte
Suprema, Enrique Urrutia Manzano, declaraba en el Palacio de Tribunales y ante
la Junta Militar en pleno, su "complacencia por el pronunciamiento militar
y el cambio de gobierno". Miles de recursos de amparo presentados en Tribunales
para proteger a los detenidos por motivos políticos fueron rechazados sin
mayor trámite y la Justicia Militar se hizo cargo, a su conveniencia, de
resolver tanto los casos de militares involucrados en violaciones a los derechos
humanos como los de aquellos acusados de atentar contra el estado.
Los
crímenes cometidos por militares o agentes de seguridad del régimen
pinochetista forman una larga y siniestra lista. Centenares de estos crímenes
permanecen hasta hoy en la penumbra legal como casos de "detenidos desaparecidos",
pero otros no pudieron ser archivados por su notoriedad, por la valentía
de algunos jueces o por haberse cometido en el extranjero. Entre los casos emblemáticos
están el asesinato del ex General en Jefe del Ejército Carlos Prats
y su esposa en septiembre de 1974 en Buenos Aires Prats fue quien entregó
el mando del ejército a Pinochet en 1973, el atentado contra la vida
de Bernardo Leighton (DC) y su esposa en Roma en octubre de 1975 y el asesinato
de Orlando Letelier (PS) y de su secretaria norteamericana, en Washington, en
septiembre de 1976. En todos estos hechos los tribunales de los países
respectivos han probado la participación de agentes de los servicios de
seguridad chilenos y han dictado sentencias. El general Manuel Contreras conocido
como el "Mamo", uno de los colaboradores más directos de
Augusto Pinochet, director de la DINA en los años en que se cometieron
estos crímenes, cumple hoy pena de presidio en Chile por el caso Letelier
e Italia ha solicitado su extradición para que cumpla allí veinte
años más de cárcel por el atentado contra Bernardo Leighton
y su esposa.
Estos asesinatos y atentados cometidos en otros
países consiguieron el efecto político que pretendían sus
autores intelectuales, cual era evitar a cualquier costo que los chilenos en el
exilio se unificaran en un posible gobierno paralelo, que apoyado por las democracias
del mundo pudiera poner en jaque al gobierno de facto liderado por Pinochet. Pero
la arrogancia de los militares chilenos que simplemente mandaron a matar a quienes
desde el extranjero representaran un peligro, no quedó totalmente impune.
Incluso, la condena del general (r) Manuel Contreras por el asesinato de Orlando
Letelier podría llevar a pensar que también aquí en Chile
la justicia ha cumplido con su tarea, pero lo cierto es que los crímenes
cometidos en territorio nacional por la dictadura han sido mucho más difíciles
de juzgar. No hay que ser un lince para deducir que Augusto Pinochet entregó
a uno de sus colaboradores más cercanos a cambio de que dejaran en paz
al resto de su gente involucrada en hechos de sangre. La condena y presidio de
Manuel Contreras funcionó como señal hacia el extranjero de que
en Chile imperaba la justicia y, en el frente interior, dejó las cosas
en el orden que mejor convenía al ex dictador y sus colaboradores civiles
y militares: Manuel Contreras y un par de militares de menor rango como el coronel
(r) Pedro Espinoza a cambio de la libertad de todos los otros asesinos y torturadores.
La detención de Pinochet en Londres, su ausencia del
país, echó por los suelos este precario equilibrio, dejó
a la justicia con las manos un poco más libres y ahí están
los hechos para probarlo: durante 1999 la justicia chilena ha encausado a seis
ex altos mandos del ejército por casos relacionadas con violaciones a los
derechos humanos durante la dictadura: el general (r) Sergio Arellano Stark por
el caso Caravana de la Muerte de octubre y noviembre de 1973; el general (r) Ramses
Alvarez Scoglia y teniente general (r) Humberto Gordon por el asesinato del sindicalista
Tucapel Jiménez en 1982; los generales (r) Hugo Salas Wenzel y Humberto
Leiva Gutiérrez, el teniente coronel (r) Kranz Bauer Donoso y el comandante
(r) Iván Cifuentes Martínez por la Operación Albania o Matanza
de Corpus Christi del año 1987. Por su parte las querellas presentadas
contra la persona de Augusto Pinochet Ugarte suman, al día de hoy, más
de setenta.
La Piedra de Toque
El
Poder Judicial chileno está demostrando una fortaleza e independencia que
parecía irrecuperable. Aprovechando algunos resquicios de interpretación
de la Ley de Amnistía de 1978 está llevando a los Tribunales, como
hemos visto, a algunos ex militares y agentes de seguridad responsables de los
crímenes cometidos durante la dictadura. "Si me tocan a un sólo
hombre se acaba el Estado de Derecho" amenazó en algún momento
Augusto Pinochet, cuando ya había entregado el poder político pero
todavía era General en Jefe del Ejército. Aquellos hombres intocables
eran los ex generales y agentes que hoy están en la cárcel o procesados,
y quien pretendía protegerlos es un hombre que estuvo bajo arresto domiciliario
durante 503 días en Londres y que hoy está de regreso en Chile no
por haber sido probada su inocencia sino, muy lejos de eso, por una poco clara
incapacidad para enfrentar un juicio.
Lo más importante,
en este renacimiento de la justicia, es que abre la posibilidad de reparar el
daño que causó a toda la sociedad chilena haber vivido por casi
dos décadas bajo un régimen que no respetó los derechos civiles
y penales de sus adversarios. El mismo Augusto Pinochet, en 1995, en la celebración
castrence anual del golpe de estado, refiriéndose a las violaciones a los
derechos humanos que él y sus incondicionales justifican como precio por
haber "salvado a Chile del comunismo", hacía un llamado público
a la amnesia: "Es mejor quedarse callado y olvidar", declaraba. Lo cierto
es que cualquier ciudadano medianamente instruido sabe que el silencio y el olvido
son la peor receta para resolver los dolores y las contradicciones: lo silenciado
tiñe todos los lenguajes y lo supuestamente olvidado sigue presente como
fantasma que aparece en los momentos menos apropiados. La siquis individual y
colectiva que apuesta por el silencio y el olvido sobre todo cuando se trata
de violencias con resultado de muerte se condena a vivir sobresaltada para
siempre. Juzgar a los culpables de torturar, asesinar y hacer desaparecer a centenares
sino miles de chilenos es un acto de reparación social y saneamiento mental
que está asumiendo el Poder Judicial a nombre de todos los ciudadanos,
en tanto institución fundamental del estado-nación.
Ahora
bien, ¿hasta dónde podrá llegar la justicia chilena? Lo correcto
es que llegue al juicio de Augusto Pinochet, en tanto jefe máximo de todos
los militares hoy inculpados. Mientras estuvo preso en Londres, el único
procedimiento que correspondía para hacer justicia en Chile era solicitar
su extradición. El juez Juan Guzmán, a cargo de las querellas criminales
contra el ex dictador le envió a Virginia Waters un exhorto con setenta
preguntas sobre su responsabilidad en los casos que se están ventilando
en Chile. El exhorto fue devuelto en blanco, aduciendo razones de salud que habrían
impedido su contestación. Basado en esta no respuesta, el juez declaró
públicamente que seguiría avanzando en los trámites legales
conducentes a solicitar su desafuero parlamentario, requisito indispensable para
tramitar su extradición. Esta solicitud de desafuero es una diligencia
estrictamente legal, que debe decidir la Corte de Apelaciones y, en caso de apelación,
la Corte Suprema.
La reaparición de Pinochet en Chile
acortó el camino y los ojos quedaron inmediatamente puestos en el juez
Guzmán. ¿Le daría tregua? Ninguna. En un gesto que señala
la firmeza del Poder Judicial, el juez Guzmán presentó a los tribunales
la solicitud de desafuero apenas tres días después de la bullada
recepción a Pinochet en el aeropuerto. Por su parte, el Consejo de Defensa
del Estado se ha hecho también parte en el proceso, por considerar que
las causas que enfrenta el ex Presidente de la República le incumben a
toda la nación. Entretanto los equipos de abogados del pinochetismo afinan
los detalles de la defensa. La batalla legal será larga y dura.
Ante
este panorama, es conveniente recordar, y no se trata de un asunto menor, que
una eventual condena a Pinochet desataría una crisis en el poder ejecutivo.
En la Cámara Alta, la derecha cuenta con una serie importante de senadores
designados por las Fuerzas Armadas y de Orden, los que al perder el respaldo efectivo
de Augusto Pinochet, verían seriamente cuestionada su legitimidad. Desde
un punto de vista puramente político, esto podría redundar en un
fortalecimiento de la democracia, pero ya estamos acostumbrados a que la democracia
en Chile cuando se trata de Augusto Pinochet pese menos que "las
razones de estado" o los equilibrios políticos que hacen gobernable
al país. En rigor, discutir la legitimidad de la derecha parlamentaria
no solamente afectaría al poder legislativo sino al estado-nación
en su conjunto, porque estos parlamentarios representan los intereses políticos,
económicos y morales de un amplio sector de la ciudadanía. Augusto
Pinochet sigue siendo la piedra de toque de la justicia y, por extensión,
de la gobernabilidad del país. Los jueces chilenos saben que, a mediano
y largo plazo, llevar a Augusto Pinochet a los Tribunales es necesario para redemocratizar
a Chile, pero también saben que, en lo inmediato, este juicio acarrearía
una seria crisis institucional. La pregunta, imposible de responder en este momento,
pero que debe ser planteada porque de ella depende la salud moral y política
de toda la nación, es si estos jueces están en condiciones de asumir
un riesgo de tal envergadura.
Las señales a favor del
riesgo de hacer justicia no son pocas: la petición de desafuero está
en marcha, el gobierno y la oposición han reafirmado su respeto a las decisiones
del Poder Judicial, las Fuerzas Armadas no han hecho hasta ahora ninguna demostración
inconstitucional de su insatisfacción o desacuerdo por el encausamiento
de sus ex altos mandos. Por ahora abogados y jueces pueden seguir adelante con
su trabajo, pero a medida que el cerco se vaya cerrando en torno al ex dictador
el caso se irá haciendo más delicado. El juicio a Pinochet es la
incógnita clave que pende sobre el proyecto de identidad nacional que se
puso en marcha con el triunfo electoral de Ricardo Lagos.
Chile
a partir del 11 de marzo de 2000
Concluyo este informe
después del largo fin de semana, entre el 11 y el 12 de marzo de 2000,
en que se ha celebrado en todo el país el cambio de mando que instaló
oficialmente en La Moneda a Ricardo Lagos. El nuevo Presidente de la República
y sus equipos de trabajo han dado señales de voluntad de renovar la vida
cívica. El sábado 11 Lagos recibió la banda presidencial
en el Congreso que funciona en Valparaíso, de inmediato voló a Concepción
(800 kms. Al sur de la capital) para hacer su primer discurso como presidente
en provincias, regresó en la tarde a Santiago y celebró oficialmente
su investidura en La Moneda. El domingo asistió al Te Deum en la Catedral
Metropolitana donde recibió el respaldo de todas las iglesias acreditadas
en Chile, desde la Católica a la Ortodoxa, y a eso de las dos de la tarde,
mientras sostenía reuniones de trabajo con los mandatarios y altos funcionarios
extranjeros que llegaron al país para saludarlo, se iniciaron las fiestas
populares de celebración. Cada provincia tuvo su propia fiesta y en el
Parque Forestal de Santiago hubo rock, títeres, cafés literarios,
música folclórica, teatro al aire libre, malabaristas y música
de cámara hasta entrada la noche, cuando el nuevo presidente subió
al escenario principal frente al Museo de Bellas Artes para hablar a una multitud
estimada en más de 200.000 personas.
El discurso presidencial
estuvo centrado en enfatizar las promesas y proyectos ya delineados durante la
campaña presidencial, de manera que se enmarca en lo estrictamente esperable.
Lo interesante de este cambio de mando fue de otro orden, más simbólico
y por lo mismo más profundo.
Lo primero que merece atención
es la ausencia de Augusto Pinochet en la ceremonia de cambio de mando presidencial,
el sábado 11 en el Congreso. Por su condición de senador vitalicio,
el ex dictador tenía pleno derecho a estar allí, ocupando un sillón
entre sus pares. Pero se abstuvo de asistir y su ausencia significa que Pinochet
está en Chile pero retirado en una casa de campo, lejos de la vida política.
¿Intentará volver al Congreso la próxima semana, el próximo
mes? Se lo va a pensar dos veces, porque su reaparición sólo atentaría
en su contra: si tiene salud física y mental para legizlar la tendrá
también para enfrentar un juicio. Las escenas del viernes 3 de marzo en
el aeropuerto con el ex dictador sonriente, triunfal, que pegaron tan fuerte en
el imaginario colectivo, quedan así compensadas apenas 8 días más
tarde con su ausencia en el Congreso: está de vuelta, sí, pero su
propia gente lo ha puesto en cuarentena.
El apartamiento de
Augusto Pinochet de la vida cívica quedó también señalado
en el video de repaso histórico que se vio en la celebración pupular
frente al Museo de Bellas Artes. Allí se ofrecieron imágenes de
un presidente de los años treinta, el radical Pedro Aguirre Cerda, luego
de Eduardo Frei Montalva (1964-1970) y Salvador Allende (1970-1973). Se dejó
oír la voz de Allende en su último discurso en La Moneda, cuando
vaticina que "más temprano que tarde, se abrirán las grandes
alamedas" y se vio el vuelo rasante del Hawker Hunter que bombardeó
el palacio de gobierno. No apareció ninguna imagen del período dictatorial,
ni menos del autoproclamado presidente Augusto Pinochet. Sobre el humo de La Moneda
en llamas surgieron las figuras de los presidentes de la Concertación,
Patricio Alwyn (1990-1994) y Eduardo Frei Ruiz-Tagle (1994-2000). Sencillamente
Pinochet fue dejado fuera de la cita con la historia de Chile o, pero todavía,
sólo enunciado en aquel vuelo rasante del avión de guerra y su secuela
de destrucción.
Hay otro detalle no menor, en esta serie
simbólica. La canción nacional de Chile, como la de casi todos los
países del mundo, es originalmente una marcha militar. No obstante, los
presentes en la celebración del 12 de marzo y millones de chilenos
a través de la televisión entonaron por primera vez el himno
con un arreglo musical distinto. Menos marcial, más valseado. Podría
parecer una broma, pero no lo es. El himno que nos liga desde la infancia a la
patria, que se escucha indistintamente en un entierro, un partido de fútbol
o la inauguración de un puente carretero, posee una enorme carga simbólica.
Ricardo Lagos y sus colaboradores lamentablemente no conozco aún
el nombre del músico que hizo el nuevo arreglo se han atrevido a
desplazar esta melodía desde la marcha hacia la danza, desde la guerra
hacia la celebración. Sin duda, una forma amena de avanzar en la desmilitarización
de una sociedad que hasta ahora ha vivido arrastrando el miedo a "lo que
puedan hacer los militares" si los ciudadanos se alegran demasiado y se salen
de la fila.
Por último, como signo de recuperación
de las tradiciones ciudadanas que quedaron interrumpidas en los años setenta,
y no menos como alegoría de la transparencia del nuevo gobierno, está
la reapertura de La Moneda al paso de los transeúntes. El sólido
edificio construido por el italiano Joaquín Toesca a mediados del XVIII
y reconstruido después del bombardeo de 1973 ocupa una cuadra
entera en pleno barrio cívico de Santiago, y sus puertas de madera dan
a la Plaza de la Constitución por el norte y a la Alameda Bernardo O´Higgins
por el sur. Sus patios interiores son de piedra, con una pileta de agua y naranjos
para refrescar el ambiente. Permaneció cerrado al público durante
veintisiete años pero desde hoy los habitantes de Chile podrán cruzar
nuevamente esa zona de Santiago por el corazón del palacio de gobierno.
"La idea es favorecer el acercamiento entre los símbolos del poder
político y la gente común", han señalado los voceros
de la presidencia, y así será sin duda, con todos los riesgos que
tal acercamiento implica.
En un país como Chile, donde
la figura del Presidente de la República acumula una enorme cuota de poder
político, hay que entender todos estos símbolos y gestos de apertura
popular como indicadores del sello personal del presidente Ricardo Lagos, un hombre
de clase media, de sólida formación universitaria como abogado y
economista, dirigente político desde sus años de estudiante, socialista
de la tercera vía. La llamada transición chilena a la democracia
se inició con los dos gobiernos anteriores de la Concertación, liderados
por la Democracia Cristiana, en circunstancias mucho más duras y negociadas
que las actuales. Con Ricardo Lagos se produce una forma de continuidad, por cuanto
la alianza de gobierno es la misma, pero también una clara orientación
renovadora, casi una refundación del proyecto concertacionista. Habrá
que ver cómo se aprovecha este vistoso impulso inicial. En cualquier caso,
por lo pronto se puede asegurar que este país del fin del mundo está
más cerca que ayer de un destino liberado de la figura tutelar de Augusto
Pinochet, reeditando formas de convivencia nacional que lo ligan a su historia
democrática y republicana. |