Ricardo
Cuadros
Amsterdam,
18 de julio de 2003

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En
memoria de Robero Bolaño
¿Qué hace importante
a un escritor? Su manera inigualable de expresar la realidad y sus fantasmas.
Es el caso de Roberto Bolaño, que acaba de morir en Barcelona, a los 50
años. En sus novelas, cuentos, poemas, artículos y entrevistas,
Bolaño construyó una obra perfectamente actual, a la vez que entroncada
en la literatura universal.
De manera divertida y provocadora,
Roberto Bolaño hizo de sí mismo una figura literaria en la que confluían
un lector lúcido, un satírico a la manera de Quevedo, un sujeto
consciente de sus limitaciones, un escritor de tiempo completo. Recuerdo haber
conversado en Barcelona, a comienzos de los ochenta, con un poeta que se contó
entre sus amigos, el chileno Bruno Montané, que me dijo de él: "Roberto
es un hombre obra". Montané sabía de qué estaba hablando.
Otro escritor, el también chileno Alberto Fuguet, publicó unas líneas
a la muerte de Bolaño que sintetizan el sentir de muchos: "Lo admiré
tanto como lo temí. Un personaje genial, tanto por su genio como por su
mal genio". Entre aquel cuasi secreto "hombre obra" de hace veinte
años y el personaje admirado y temido del 2003, se construyó la
personalidad y la escritura de Roberto Bolaño.
En la
mirada de Bolaño, expresada en síntesis enorme en su novela Los
Detectives Salvajes - me permito retomar en este párrafo lo dicho en otro
lugar -, los latinoamericanos que nacimos en los años cincuenta estamos
todos marcados por el sino trágico de las utopías traicionadas.
Éramos demasiado pequeños cuando se estaban gestando los proyectos
de transformación radical del mundo y cuando llegamos a la edad de participar
descubrimos que teníamos que movernos entre escombros y cadáveres.
No obstante, seguimos soñando, y este deambular entre el sueño y
la pesadilla creo que corresponde plenamente a la transición (latinoamericana)
entre las fuerzas de nuestras culturas locales y las de la globalización
de las comunicaciones y del capital transnacional, la transición entre
modernidad y posmodernidad.
La popularidad que ha alcanzado
la obra de Bolaño es una señal de que esta mirada, trágica
aun cuando a menudo nos haga reír o sonreír, corresponde a los síntomas
de una época. Hemos dejado atrás, de manera bastante brutal, un
tiempo en que creíamos posible la felicidad y vivimos este comienzo de
siglo semi acogotados por la violencia y la mentira, por el atropello cotidiano
del sentido común y el diálogo, en Nueva York, Kabul y Bogotá,
en Ramala y Monrovia, aquí mismo donde escribo y usted lee. Roberto Bolaño,
sin haber escrito una sola línea de "literatura política",
es uno de los autores políticamente más certeros del cambio de siglo,
cerca de otros como el colombiano Fernando Vallejo y el argentino Ricardo Piglia.
Bolaño apostó por la representación del desastre y su novela
Nocturno de Chile o sus cuentos del volumen Putas Asesinas, nos hacen sentir,
cada vez que entramos en sus páginas, que el mundo se nos está viniendo
abajo y que todos hemos aportado con un pequeño empujón para este
derrumbe.
En noviembre del año pasado, la Universidad
de Poitiers organizó un coloquio sobre su trabajo, en el que participamos
unos quince académicos y escritores de varios países. Las ponencias
de ese coloquio están por publicarse y serán una referencia en el
estudio de su obra. Roberto Bolaño estaba invitado a ese coloquio, cómo
no, pero se disculpó a última hora por motivos de salud. Nunca me
lo imaginé muy bien, la verdad, allí en la sala oyéndonos
hablar en términos académicos de sus personajes, de las filiaciones
literarias y filosóficas de su obra, de la estructura interna de alguna
de sus novelas o cuentos, de los alcances de su escritura en la narrativa y la
sociedad latinoamericanas. Bolaño sabía mucho de literatura pero
su formación no era universitaria sino puramente individual, callejera,
de conversación con amigos y reflexión profunda. Tal como me cuesta
un poco imaginarlo en aquellas reuniones de Poitiers, creo, también, que
hubiera sido fabuloso tenerlo allí, con su cigarrillo y su cara de desconfianza.
Estoy seguro que nos hubiéramos divertido de lo lindo.
Roberto
Bolaño sabía que su enfermedad hepática era grave, por lo
menos desde mediados de los noventa, cuando comenzó a ser reconocido como
un escritor notable. Trabajaba contra el tiempo y cuando terminó Los Detectives
Salvajes, en 1998, en una de sus cartas me hablaba de su cansancio, después
de tamaño esfuerzo. "Terminé mi novela. 720 páginas.
Un verdadero infierno. Y tras la corrección, algo por lo menos he aprendido:
NUNCA MÁS escribiré un libro tan extenso". Como sabemos hoy,
se recuperó pronto del agotamiento y ese nunca más (en mayúsculas
en la carta) pasó al olvido: la novela que dejó inconclusa al fallecer,
titulada 2666, iba ya por las 1000 páginas. Creo que Roberto tenía
conciencia de que su cuerpo no lo acompañaría hasta donde su mente
creativa se proponía llegar, y cada día de su vida se convirtió
en horas de lucha para completar su obra. Poco antes de ingresar al hospital por
última vez, le entregó a su editor, Jorge Herralde, el volumen de
cuentos El Gaucho Insufrible, que saldrá al mercado el próximo mes.
La figura de Roberto Bolaño ha entrado, con apenas 50
años de edad, en la región misteriosa de los escritores que mueren
demasiado pronto, como Reinaldo Arenas o George Perec. Es extraño pensar
que no envejecerá con nosotros, si es que llegamos a viejos. En estos días
he vuelto a releer algunos poemas suyos y me detengo en las últimas líneas
de uno titulado Resurrección: "La poesía entra en el sueño/
como un buzo muerto/ en el ojo de Dios". |