Ludismo especular en “Un pacto con el diablo” de Juan José Arreola

por Luis Quintana Tejera
Artículo publicado el 03/06/2009

El relato aparece planteado en un marco de aparente irrealidad que se resuelve al final con la explicación onírica presentada por el focalizador interno fijo, es decir el narrador personaje que al contar la historia explica y perfila sus verdaderos sentimientos. Cual nuevo Fausto y perseguido por la pobreza que no lo autoriza ni siquiera a asistir al cine con su mujer, el personaje se encuentra frente a la pantalla la cual parece funcionar como un espejo que refleja sus propias necesidades e inquietudes. A su lado, el curioso Mefistófeles observa la proyección con marcado interés.

En el plano intertextual el tema de Fausto se ha repetido a través de la historia literaria de manera insistente y siempre renovada. El mito fáustico que abarca un extenso recorrido legendario, desde el libro popular impreso por Spies en 1587, la adaptación de Widmann en 1599, la insolente y paródica propuesta de Cristopher Marlowe en el Renacimiento inglés, las visiones alemanas de Pfizer (1674) de Meynendem (1725), de Stranitzky (1715) y del propio Bäverle en 1817, pasando por el magistral Goethe y sin olvidar la propuesta de Maximiliam Klinger (1791) arribando en el siglo XX a Thomas Mann —sólo por mencionar algunos de los múltiples planteamientos en torno al acendrado valor inter textual de este tema—, ha representado el ideal de búsqueda personal que se vuelve colectivo gracias al trabajo del símbolo y ha planteado también un paradigma antropológico en donde hunden sus raíces los complicados enfoques que nos muestran a un hombre entregado a la búsqueda científica insaciable, al mismo tiempo que halla en el camino engañosamente metafísico de la magia una respuesta aleatoria, momentánea y fugaz.

Aquí también los elementos que actualizan la lejana propuesta se parecen bastante. No hay un deseo de conocimiento, pero sí está —supuestamente— la magia y ese intenso afán de superar las contrariedades de esta vida por un acto fortuito que nos vuelva ricos de un momento al otro. El problema radica en cuánto habrá que pagar para alcanzar tal cosa.

Es dado observar el carácter lúdico del presente relato que nos conduce al espacio (real o figurado, esto lo sabremos después) del cine y de la proyección de una película. El personaje ha llegado tarde y se atreve a preguntarle a su vecino de butaca —“un hombre de aspecto distinguido”— qué ha ocurrido en la pantalla. Por ende, se trata de dos solitarios que dialogarán brevemente en el lugar silencioso y obscuro. El contenido de esa plática lo resumimos así:

Resultan así claramente presentados los temas que se ofrecen en el desarrollo de esta historia. Nos sigue pareciendo curiosa la forma de relacionar la diégesis con la metadiégesis. Al conocer la historia proyectada en la pantalla accedemos a la metadiégesis y nos movemos lentamente en el marco de una diégesis que paulatinamente será explicada hasta sus últimas consecuencias. En un conocido juego de espejos —bien podríamos denominarlo “ludismo especular”—el recién llegado comienza a identificarse con el personaje virtual, ve en él sus propias carencias y sin darse cuenta al principio que está sentado junto al mismo demonio, el diálogo entablado con él los conducirá al peligroso terreno de la seducción. Porque, no podía ser menos, Mefistófeles anda de cacería y no va a desaprovechar la oportunidad que se le ofrece.

El personaje, en primer lugar cae en la propia trampa de sus aspiraciones cercenadas en la obscura cotidianidad de la pobreza. Y dice:

Hice un esfuerzo para comprender lo que serían esos años, y vi la imagen de Paulina, sonriente, con un traje nuevo y rodeada de cosas hermosas. Esta imagen dio origen a otros pensamientos. (Arreola, 1985: 123)

Es ésta la proyección ya mencionada y el pobre hombre —vencido diariamente por la necesidad— se imagina un mundo en donde tales carencias no existieran ya. El objeto de su amor es Paulina; por ella lo daría todo. A Daniel Brown le sucede lo mismo y él también tiene mujer a quien adora, y él también lo ha dado todo por ella. Insistimos, si las películas proyectan la vida de los hombres, ésta en particular parece expresar la existencia de nuestro anónimo focalizador. Las identidades se suceden poco a poco y sólo falta plasmar la identidad final en donde el narrador del cuento pactaría él también con el demonio pensativo en esa tarde.

Para poder observar las características del proceso que conduce —a la manera griega— a la anagnórisis, al reconocimiento por parte de la voz que habla de su propia condición, es importante plantear aquí algunos momentos de ese mismo proceso:

La estrecha relación que existe entre nuestro personaje y la obsesiva fijación con la historia que aquí aparece proyectada se refleja nuevamente cuando al abandonar la sala mira por última vez a la pantalla: “Daniel Brown confesaba llorando  a su mujer el pacto que había hecho con el diablo.” (Arreola, 1985: 125) El protagonista parece no comprender a Daniel y llega a creer en este instante que la mejor solución radica en pactar  convenientemente con la potencia infernal. Lo que sigue incluye una serie de variaciones en torno al mismo tema de la pobreza que conducen al demonio a la propuesta concreta: “Me gustaría proponerle un negocio, hacerle una compra…” (Arreola, 1985: 126) El aludido no entiende a qué se refiere su interlocutor; se suceden las aclaraciones del caso y he ahí el momento del pacto. No perdamos de vista el carácter paródico que este encuentro propiciado entre un inocente y un corruptor conlleva. Además, la búsqueda por parte de uno y otro resulta curiosamente antropocéntrica; porque son, por un lado, las necesidades de un hombre sumido en la miseria de cada día; y por el otro, la búsqueda del tesoro de un alma para ensanchar las arcas del infierno. Uno y otro tienen sus motivos para mostrar así su mejor empeño; uno y otro desean alcanzar un triunfo en el marco de esa misma tarea; lo diverso radicará en que esas motivaciones se adueñan de territorios metafísicos completamente contrarios.

Inclusive llama la atención de qué manera el nuevo Daniel Brown le pone condiciones al inocente Mefistófeles: quiere terminar la película y luego estará en sus manos. A partir de esta solicitud, regresan a la sala, lo cual representa para nosotros, lectores, el retorno a la realidad virtual proyectada en la pantalla. Allí nos enteramos de la suerte corrida por el señor Brown. Todo había regresado al comienzo y vivía en la misma casita campesina de sus inicios: han elegido la paz de la conciencia en lugar de las bolsas llenas. Aquella reflexión de la mujer: “Tu alma vale más que todo eso…” (Arreola, 1985: 129), nos permite asumir qué es lo que ha sucedido. Y nuestro personaje sale del cine en medio del tumulto  y escapa de este demonio cazador de almas.

El regreso a la casa se produce y su esposa parece estar de acuerdo con las opiniones de su igual del celuloide. Lo curioso, lo único interesante, parece que todo ha sido un sueño. El protagonista le narra a su mujer lo vivido en la virtualidad onírica y ella al oírlo se ríe intensamente. El relato concluye así:

Sin embargo, cuando yo me acostaba, pude ver cómo ella, sigilosamente, trazaba con un poco de ceniza la señal de la cruz sobre el umbral de la puerta. (Arreola, 1985: 130)

Hay entonces una reticencia implícita que conduce al lector a una duda. ¿Soñó? ¿Realmente lo vivió? Es mejor dejar que este carácter dubitativo prevalezca. El mundo quizás pueda seguir viviendo sin esos Mefistófeles que cada día lo recorren. El hombre, inmerso en su problemática de cada momento continuará  esperando también un acto de magia que lo ubique más allá de esos mismos problemas. Faltaría saber si vale la pena la donación de nuestra alma en bien de la obtención de otros recursos nada significativos en el marco de esta misma propuesta.

En fin, es el eterno drama fáustico resuelto de diferente manera por cada uno de los autores que lo retomaron; a diferencia de Arreola, casi todos ellos aceptan el pacto, pero luego condenan o salvan al personaje. Por ejemplo, en C. Marlowe Fausto se pierde en medio de los remordimientos que su conciencia reformista y cristiana le hace vivir; En W. Goethe, Fausto se salva y se justifican sus acciones amparados en el concepto de realización universal que el panteísmo ofrece; en Arreola, el personaje ni siquiera intenta el pacto y en un marco evidentemente católico renuncia antes de involucrarse.
Son las acciones humanas retomadas por diversos medios y que la literatura valora en un marco menos comprometido quizás, pero sí altamente representativo de la condición humana y sus aspiraciones y metas.

 

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