Chile: androcentrismo y androcracia

por Jaime Vieyra-Poseck
Artículo publicado el 30/04/2004

La palabra “androcentrismo” que, como sabemos, significa “todo centrado en el ser humano hombre”, carece de antónimo. Este único dato ya nos indica que existe un desfase en el tratamiento entre lo femenino y lo masculino. Otro ejemplo de esta asimetría sexual en el idioma, es el genérico “hombre”. Se abusa demasiadas veces de él al limitarlo sólo a la esfera masculina. Estos dos ejemplos, hay muchos más, reproducen y perpetuan el androcentrismo en el idioma y, como también sabemos, éste es el que en gran medida determina el pensamiento, y, por lo tanto, tiene una importancia crucial en nuestro sistema mental simbólico.

El androcentrismo ha sido verificado en prácticamente todas las sociedades, tanto originarias como contemporáneas, hasta ahora estudiadas por la Antropología Social y su hija, la Antropología de la Mujer, con algunas importantísimas excepciones. Esta realidad casi universal se plasma en una situación social de supremacía del ser humano hombre: la androcracia; término que tampoco posee un antónimo.

Las excepciones -sociedades que no son androcráticas- tienen una trascendencia total, ya que la existencia de ellas echa abajo el determinismo reduccionista de la tesis biológica, basada en datos paleantológicos, etológicos -extrapolados a la conducta humana-, antropológicos e históricos. Este postulado explica las causas de la discriminación de la mujer (y por efecto dominó de loshomosexuales) y su inferioridad social por la existencia de un comportamiento innato en el ser humano hombre que estaría radicado en un componente genético. Muchos biologistas llegan a plantear que la hormona masculina testosterona impulsaría al hombre a ser más agresivo, permitiéndole la supremacía sobre la mujer que carece de esta hormona. La causa biológica haría que la inferioridad de la mujer sea una Verdad Universal irreversible por pertenecer a la condición humana, presentándose, por lo tanto, en todo el planeta y en todas las épocas; lo mismo que verdades universales como por ejemplo tener relaciones sexuales, dormir o comer.

Si así fuese, refuta la Antropología de la Mujer y ambientalistas en general, que basan sus argumentos en el estudio de la naturaleza y el desarrollo de los rasgos sociales humanos, no habría excepciones. Y las hay. Por lo tanto, la discriminación contra la mujer ( y homosexualess) no es innata en el ser humano ni es una Verdad Universal: se han encontrado en Africa algunas sociedades originarias donde la mujer u homosexuales tienen una posición social de supremacía con relación al hombre. El desafío, dicen los socialantropólogos y ambientalistas en general, es encontrar una explicación acertada de por qué algunos seres humanos hombres son agresivos y opresores contra la mujer y homosexuales (y contra su propio sexo), y otros, la mayoría, no. (Si la razón fuese biológica, serían todos agresores y opresores contra la mujer y homosexuales y no habría excepciones.)

Fuera de estos potentes argumentos irrefutables, los socialantropólogos y ambientalistas en general, postulan que el volumen de discriminación sexual varía según la sociedad y la época: la discriminación que sufre la mujer chilena y los homosexuales de ese país no es la misma que padecen las mujeres y homosexuales en Uganda; y la de este país es también diferente a la que se da en EEUU. Lo mismo sucede con la época: en la sociedad clásica grecorromana, la mujer tenía casi el mismo status social que un esclavo, y lo homosexuales tenían gran prestigio social; en la Edad Media, la mujer dejó de ser casi una esclava y pasó a tener un rol de importancia social por participar activamente en la producción doméstica del alimento;y los homosexuales quedaron fuera de la categoría de lo “normal” por la religión católica perdiendo totalmente su prestigio social. O sea, los socialantropólogos y ambientalistas en general, postulan que la discriminación contra la mujer y homosexuales es histórica: cambia según el tiempo y el lugar, y, por ello, es reversible. Esto quiere decir que el factor sociocultural es más relevante que el genético, sin negar que la contribución de este último está presente en todas las conductas humanas, pero en ninguna la define plenamente; los genes nunca operan en el vacío, siempre hay un ambiente que determina poderosamente el comportamiento; las dos dimensiones, genéticas y ambientales, son importantes y no tienen porque excluirse mutuamente; pero la genética por si sola no explica por qué existe la discriminación del hombre contra la mujer y contra los homosexuales. Esta es una de las más importantes conclusiones a que ha llegado la Antropología Social y su hija: la Antropología de la Mujer.

En efecto, si sólo elegimos dos países del ámbito sociocultural contemporáneo, ya podemos verificar esta tesis. Algunos datos comparativos entre Chile y Suecia, por ejemplo con respecto a la relación asimétrica entre hombres y mujeres.

En los items de empleo y participación política -se considera el número de escaños en el Parlamento- en Chile los indicadores son de un 36 y un 8,9 por ciento (año 2001), en Suecia de un 48 y un 44 por ciento, respectivamente (año 2001). Respecto a los sueldos, la desigualdad se mantiene también, pues el ingreso medio de las mujeres representa en Chile, el 63 por ciento y en Suecia, el 82 por ciento al de los hombres (año 2000 y 2001, respectivamente). Es decir, el sueldo de una mujer, por un mismo trabajo con relación a un hombre, es menos un 37 por ciento en Chile y menos un 18 por ciento en Suecia.

Con respecto a un estudio comparativo entre homosexuales suecos y chilenos, lamentablemente no contamos con ninguno. Y el hecho que no exista interés científico por este importante grupo social demuestra una discriminación ya que estaría infravalorado.

Como vemos, la discriminación contra la mujer es distinta en estos dos países. En los dos existe en todas las variables analizadas, pero hay grandes diferencias en su intensidad. Teniendo como base el grado de discriminación sexual que padecen las mujeres y basándonos en este somero y pequeñísimo cuadro comparativo, vemos que en Suecia el androcentrismo y la androcracia, en las variables analizadas, es mucho menor que en Chile, lo que echa abajo la tesis biologista ya que entonces la discriminación del hombre contra la mujer (y creemos firmenente contra los homosexuales) sería en todas partes igual. La experiencia sueca nos muestra, al compararlo con el caso chileno, que contiene elementos positivos, partiendo de la base que la discriminación contra la mujer es negativa, toda vez que ha logrado disminuirla considerablemente en los ámbitos examinados. Y nos indica, además, lo que nos dice el antropólogo social C. Geertz: “Los problemas…son universales; las soluciones, siendo humanas, son diversas”.

El androcentrismo y la androcracia han reproducido y perpetuado por milenios la posición social de inferioridad de la mujer y de homosexuales. La eliminación de esta injusta y antidemocrática asimetría entre hombres y mujeres, y de éstos contra hombres y mujeres homosexuales, sólo será posible cuando se replanteen en su totalidad los sistemas socioculturales opresores. Eso ya comenzó a principios del siglo XX, y se ha transformado en una revolución imparable en la casi totalidad del planeta.

Sin ningún género de dudas, el siglo XX será recordado por su más importante revolución social: el movimiento de liberación de la mujer y de homosexuales. Después de haber sufrido una discriminación milenaria, esta subordinación de la mujer con relación al hombre, y de la heterosexualidad contra la bi-y homosexualidad, comienza a padecer grandes derrotas por la rebeldía organizada de las propias mujeres y homosexuales. Ésta, la más importante revolución social del siglo XX, anima al optimismo frente a las amenazas de la civilización actual. Los gobiernos democráticos del mundo, presionados por el potente movimiento de liberación de la mujer y de homosexuales, están mostrando, voluntaria e involuntariamente, sensibilidad social y de género y voluntad política para desencadenar acciones encaminadas a continuar corrigiendo, cambiando y eliminando el panorama represivo y discriminatorio actual contra la mujer y homosexuales. El caso chileno al respecto no es una excepción. Enhorabuena.

Este cambio social grandioso minimiza cada día más la expresión cultural patriarcal y predispone las condiciones y mecanismos para potenciar la igualdad entre mujeres y hombres y homosexuales. Es importante consignar, que esta igualdad de género no quiere decir necesariamente que las características específicas de la mujer (y del hombre no agresor ni opresor)y de homosexuales vayan a perderse y nos convirtamos en una sociedad totalmente androginista. Cuando se habla de igualdad entre hombres y mujeres y homosexuales, quiere decir igualdad de oportunidades sociales reales, independientemente del sexo biológico con el que se ha nacido, y tanto en la esfera pública como en la privada. De lo que se trata, es de crear una sociedad donde se respeten y se acepten las particularidades de la mujer (y del hombre no agresor ni opresor) y homosexuales, sin que éstas determinen posiciones socioculturales represivas y discriminatorias para ninguna esfera sexual, especialmente en la femenina y la bi-y homosexual que es la discriminada. Por lo tanto, la igualdad sexual no supone el final de la diversidad ni de ningún tipo de reducción arbitraria de la especificidad de la mujer y de homosexuales.

En suma, hombre y mujer homosexuales o no, son diferentes, pero esta diferencia no tiene porque asignarle posiciones sociales de desigualdad a la mujer y a homosexuales ni convertir al hombre heterosexual en un ente opresor y agresor.

El nivel de desarrollo de un país ya no se mide únicamente en sus cifras micro y macro económicas, la situación social de la mujer y de homosexuales, en cuanto a la disminución de los niveles de discriminación que padecen, es una variable de primer orden y una de las más importantes. Esta variable muestra con exactitud cómo estamos por casa en cuanto a los derechos humanos de las mujeres y bi-y homosexuales, y el grado de democratización y desarrollo social que ha alcanzado la sociedad. Porque, las mujeres representan más del 50 por ciento de la población en casi la totalidad de los países y los homosexuales el 10%.

Para finalizar, una pregunta inquietante tomando datos chilenos:
¿Cómo se llamaría una sociedad donde los hombres, que son el 49,5 por ciento de la población, tuvieran una representación en el Parlamento de sólo el 8,9 por ciento, como lo tienen las mujeres que son el 50,5 por ciento de la población? Y qué pasa con los homosexuales que representan un 10% de la población y no tienen, en la grandísima mayoría de los países, ninguna representación?

Pónganle nombre, si es que existe alguno adecuado en nuestro idioma, estentóreamente androcéntrico, a esa antidemocrática e injusta sociedad.


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