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El Humanismo Universalista frente al avance del antihumanismo

por Dario Ergas Benmayor
Artículo publicado el 06/11/2026

Dario Ergas, Parque de Estudio y Reflexión Punta de Vacas, septiembre 2026

 accion-oportuna

INDICE

  1. Introducción
  2. La concepción de ser humano.
  3. El antihumanismo y aclaraciones sobre el Humanismo Universalista
  4. Humanización: el proyecto humano hacia la libertad.
  5. La noviolencia activa: un cambio interno de sentido y un cambio social simultáneo.
  6. Algunas direcciones prácticas para apoyar frentes de acción desde el Documento Humanista
  7. Conclusiones 
  1. Introducción

Está surgiendo un nuevo mundo mientras se desmoronan instituciones y creencias que cumplieron ya su ciclo histórico. Es un momento en que se caen los esquemas psicológicos, reli­giosos y filosóficos que han justificado la discriminación y las distintas formas de violencia. En esta desorientación comienza a surgir en todas las latitudes la pregunta por el sentido de la existencia; poco a poco se experimenta la necesidad de tomar contacto con nuestra fuerza inter­na, con el impulso de nuestra intención profunda e imaginar junto a otros el mundo querido. Esto ya está sucediendo en conversaciones familiares, cafés, bares, en el deporte y en los juegos digitales de los jóvenes; está sucediendo en la ciencia, el arte y en el encuentro de las culturas obligado por las migraciones masivas que recorren la tierra.

Frente a la creciente deshumanización, el proyecto de la humanización del mundo es un in­tento, que más allá de los resultados coyunturales, nos invita a colaborar con un sentido mayor. Este momento nos llama al diálogo entre la multiplicidad de puntos de vista, para comprender y compartir los fundamentos de lo humano, la posibilidad del desarrollo de la conciencia y de la paz mental, para construir una sociedad cálidamente humana. También es momento para abrir­se a las distintas experiencias de lo trascendente, abriendo el futuro más allá de los límites que impone el cuerpo a la intención.

En esta desestructuración de creencias, instituciones, relaciones sociales y personales, el antihumanismo ha tomado protagonismo, posicionándose como alternativa a la crisis. Es el mo­mento de enfrentarlo; y esto requerirá fundamentar lo humano desde nuestra existencia con­creta, transformarnos a nosotros mismos para alejarnos del resentimiento y la venganza, dialo­gar y unir a la diversidad de humanistas del mundo.

  1. La concepción de ser humano

La pregunta “qué es el ser humano”, es incorrecta porque lleva implícita la respuesta de que es “algo”, es decir algún tipo de objeto; aunque fuera un objeto espiritual, estamos en el campo de la objetivación de lo humano. Para no presuponer que lo humano es una “cosa”, material o mental, tenemos que preguntarnos desde la existencia, es decir quiénes somos y más precisa­mente quién soy.

Las teorías enuncian, por ejemplo, al ser humano como un animal inteligente o social, un ser vivo en el lenguaje, un ser cuya naturaleza violenta debe regularse por medio de una moral, un ser cuya voluntad de poder lo convierte en opresor u oprimido, un ser cuya libertad se expre­sa en su deseo de posesión; de todas ellas derivan ideologías y modelos sociales, sin compren­der cuál es la especificidad de lo humano, en relación a lo inerte o a la vida en general.  Si me lo pregunto a mí mismo, descubriré que las respuestas que me doy, debo descartarlas una y otra vez, porque la experiencia de ser, no es abarcada por ninguna de ellas. Quién soy, no es algo que es, sino un siendo o un será; una dirección, un proyecto lanzado al futuro.

Cualquier respuesta que objetiva al ser humano, lo fija en la cosa y si me lo pregunto a mí mis­mo, descubro siempre que soy algo más que aquello que me objetiva. Y ese acto de reflexión, que vuelve sobre sí en la pregunta de ¿quién soy?, es una experiencia directa de lo humano.

Silo trata de resolver este problema creando una definición recursiva que deje abierta la pre­gunta diciendo, “es el ser histórico cuyo modo de acción social transforma su propia naturaleza”. Ser histórico, es decir, nacemos en un mundo ya modificado por los que vivieron antes, y actua­mos transformando el entorno natural, social y a uno mismo. En esta historicidad, el tiem­po fundamental es el futuro. Estamos lanzados al futuro y de acuerdo al proyecto reinterpreta­mos el pasado y actuamos el presente. Esta es la maravilla de lo humano, no es algo que “es”, sino un proyecto para ser lo que quiera ser en el futuro.

Su modo de acción es transformarse a sí mismo y su medio. Lo humano se constituye en el medio social, en la interrelación, en la interdependencia con otros; en la intersubjetividad.

El ser humano no es un ser con una naturaleza fija; en él, todo es histórico, todo es cambio; por ello es posible imaginar e intentar un proceso de humanización en que la violencia sea superada.

La característica primera de su conciencia es la intencionalidad, actos de conciencia dirigidos a completarse en el mundo a través de sus representaciones. Son los actos intencionales lo es­pecíficamente humano, y no los mecanismos naturales. La tecnología va creando prótesis que amplían sus posibilidades corporales, liberando así a la intención de sus determinismos espacia­les y temporales, en una evolución constante.  En la medida que vamos ganando conciencia de nuestra intención, el cuerpo mismo deviene también en prótesis de esa intención.

La segunda característica es la intersubjetividad.  Nos constituimos en la acción hacia otros. En la interacción se va constituyendo mi yo. Si constituyo al otro como objeto de mi acto de po­sesión, lo deshumanizo y me deshumanizo; si lo constituyo como intención fuera de mí, inde­pendiente de mí, lo humanizo y me humanizo.

La tercera característica es la historicidad. Además de constituirme en la interacción con los otros, lo hago en un mundo ya modificado por los que me precedieron, dando cuenta que en el ser humano, no sólo hay una memoria personal, sino que se acumula el tiempo histórico y el tiempo social. Un tigre que nace siempre es el primer tigre en un medio natural, en cambio el ser humano que nace se va constituyendo en un momento histórico.

La cuarta característica es la capacidad de diferir la respuesta a los estímulos y no simple­mente reaccionar. Este diferir la respuesta, postergando la reacción, es en el acercamiento al fuego, del que cualquier animal huye, hace más de un millón de años, quizás el momento subli­me en que el ser humano se reconoce como tal.

La quinta característica es la conciencia de la finitud. La intencionalidad de la conciencia lan­zada al futuro choca con la muerte física, y buscará superar ese determinismo y dotar de sentido la existencia.

Se suele confundir al ser humano con la conciencia y a la conciencia con el yo. “A menudo se confunde la conciencia con el «yo» cuando en realidad este no tiene una base corporal como ocurre con aquella a la que se puede ubicar como «aparato» registrador y coordinador del psi­quismo humano. En la psicología de Silo se dice: «… Ese registro de la propia identidad de la con­ciencia está dado por los datos de sentidos y los datos de memoria más una peculiar configura­ción que otorga a la conciencia la ilusión de permanencia no obstante los continuos cambios que en ella se verifican. Esa configuración ilusoria de identidad y permanencia es el yo«[1]. El yo, es una representación de la conciencia que cumple con la función de identidad, apropiándose de toda otra representación que en ella surja. El yo se va constituyendo en la conciencia a medida que acumula información en memoria, información proveniente de los sentidos internos y ex­ternos.

Para la mejor comprensión de esta concepción es necesario que grafiquemos algunas de sus consecuencias:

  • El ser humano no pertenece a lo que escolarmente se llama reino animal, vegetal o mineral; Si bien el cuerpo cabe en esas categorías, lo propiamente humano, la intención y la conciencia de la intención no se reduce a un fenómeno biológico, corporal. Lo humano es una dimensión que surge de lo temporal, de lo histórico y de lo social. Un ser cuyo modo de acción transforma al mundo y a sí mismo de acuerdo a intenciones y no a una mecánica de adaptación.
  • Lo humano no surge en el lenguaje; el lenguaje es también prótesis de su intención. Lo cons­titutivo del ser humano es la temporalidad, la historicidad y la relación con otras intenciones. Los seres humanos tenemos experiencia directa de nuestra intención, y la registramos como unidad o contradicción, sentido o sufrimiento, conciencia de la acción o mecanicidad. Ese re­gistro no es un dato más que se agregue a la acción, sino la clave para orientarse hacia un sentido humanizador.
  • Que la Inteligencia Artificial nos supere en el manejo del lenguaje es entonces una prótesis bienvenida, como lo han sido los aviones o los telescopios; en este caso, una prótesis del pensamiento. Y no es el pensamiento lo característico de lo humano, como tampoco la emo­ción o la movilidad.
  • Atribuir intenciones a los modelos de lenguaje llevará a una relación mágica y a una serie de fetiches para poder utilizarlos; fetichismo que será parte de ese comportamiento en todos los aspectos de la vida. Y el riesgo aquí es mayor que ante cualquier otro objeto, porque estos siste­mas están construidos para reproducir los signos externos por los que solemos suponer una in­tención. Sin duda esos modelos contienen las intenciones de sus creadores y entrenadores, y en tanto no se expliciten, sus usuarios estarán expuestos a la manipulación.
  • El reconocimiento de la intención en otro no es evidente, no lo puedo desprender desde la ob­servación de la conducta. Atribuir intenciones donde no las hay es una caída en la conciencia mágica; desconocer la intención donde sí la hay es violencia y deshumanización. El ocultamien­to de la intención, la propia ante el otro o la de un tercero ante uno, deriva en manipulación.
    En cuanto a si de la interrelación de la IA con el ser humano pudiera surgir allí intención o li­bertad, no hay en esos sistemas nada que permita reconocerla; quien la afirme está atribuyendo y no reconociendo. Y no es distinto de lo que ocurre con cualquier ser vivo, planta o animal, del que tampoco surgen por interrelación la historicidad, la intersubjetividad o la conciencia de la muerte, es decir las características que hemos definido como propias de lo humano.
  • Esta concepción de lo humano sostiene que el ser humano se constituye en lo histórico y so­cial y no en lo biológico y por tanto no se constituye en la unión del óvulo y espermio. Será en el mundo social en que comienza el proceso de humanización intersubjetiva. Esta concep­ción convive con otras que derivan lo humano de la creación divina. Imponer cualquiera de estas visiones a quienes no la comparten es un acto de violencia y deshumanización.
  • Lo humano no es el cuerpo, sino su dimensión intencional y temporal, por tanto, objetivarlo por género, sexo, capacidad física o mental, es la base de la discriminación.

La libertad humana es consecuencia directa de la intencionalidad, la temporalidad y la capa­cidad de diferir respuestas. Se trata de la elección entre condiciones, en cualquier campo de su acción. La libertad, es más bien un proceso de liberación, en que el ser humano va superando determinismos, ampliando el campo de elección en sus decisiones. Esta libertad es también una constitución intersubjetiva, por tanto, es dependiente de la libertad del otro. Este proceso de am­pliación del campo de libertad intersubjetivo es lo que se denomina humanización.

Se sigue de esto que lo humano no está definido por la especie ni por el soporte material. Donde encontremos las características de intencionalidad, intersubjetividad, historicidad, res­puesta diferida y conciencia de la finitud, en cualquier lugar del universo y en cualquier sustento material, sospecharemos de vida humana. Principalmente donde reconozcamos la intención, cuidando, como ya se dijo, de no atribuirla mágicamente. Vale mencionarlo en la era de la robó­tica, los ciborgs, la vida sintética, y cuando la buscamos en otros mundos.

  1. El antihumanismo y aclaraciones sobre el Humanismo Universalista

Por supuesto que cualquier crítica y diferencia con el humanismo que estamos exponiendo no es necesariamente antihumanismo, tampoco los humanismos que derivan la libertad de un principio divino. La experiencia de lo humano es una experiencia en la interioridad. Es una expe­riencia propia de la reflexión y no meramente de la percepción del cuerpo. Me apoyo en la per­cepción, pero lo que humaniza es el reconocimiento de la intencionalidad en mí y en otro. Ya vi­mos que puedo imaginar intenciones donde no las hay, pero desconocer, negar o instrumentali­zar la intención donde sí la hay, es la actitud antihumanista. Y si esa negación se justifica por medio de ideologías, enfrentamos el antihumanismo.

Vivimos un momento especial de la historia de las civilizaciones en que sus premisas cultura­les, su sistema de creencias básico originado hace miles de años se encuentra en crisis. Las creencias colectivas están arraigadas en el paisaje de formación de cada uno y estructuran la re­lación con el mundo. Son las verdades que sustentan toda mi forma de ser, pensar y sentir. Al fracasar deviene la desorientación. Las “verdades”, lo que era “sentido común”, las creencias que nos sostienen se están desmoronando y los cambios nos parecen “increíbles”, y el futuro incier­to.  La fe que habíamos depositado en ciertas instituciones, en la familia, en la amistad, políticas, religiosas, nos defraudan, fracasan o se debilitan. En esta situación existencial en que la concien­cia es presa del temor, el antihumanismo encuentra oportunidad para llenar el vacío que deja la desilusión. Ante el derrumbe de las creencias que sostienen el mundo actual, hay diferentes ca­minos:

  • El sinsentido o depresión, en que un nihilismo tiñe la existencia, vaciando de significado la construcción histórica, reduciendo el ser humano a un número, un dato, una cuenta banca­ria, de la que dependen su libertad de acción y sus derechos. Los intereses personales, están por encima del ser humano y justifican el cinismo y la crueldad.
  • El fanatismo, en que tratamos de sostener la creencia, en la que ya no creemos, forzándonos e imponiéndola a otros, creando una atmósfera de intolerancia y violencia.
  • El resentimiento, que está en el trasfondo tanto del sinsentido como del fanatismo. Busco cul­pables de mi frustración, ocultando la responsabilidad de mis acciones, sin poder distinguir que cada uno es responsable de lo que hizo, pero nadie es culpable de lo que pasó.

Hay otra posibilidad para enfrentar la crisis actual y es la internalización de la fe.  Frente al fracaso de nuestras creencias, deseos o expectativas, la respuesta mecánica es el sinsentido, fa­natismo o resentimiento. Esto sucede por la ilusión de que la fuerza, el amor, o mis estados mentales, se deben a causas externas. No soy consciente que yo mismo construyo el mundo; mis intenciones construyen mis relaciones. La intención, la fuerza o el amor siempre están en mí, pero al “externalizarlos”, creo equivocadamente que provienen de afuera de mí, que alguien o algo me los provee. El fracaso rompe esa ilusión y da la impresión de que me quedo sin fuerza, sin amor, sin intención. Pero si reflexiono me doy cuenta que esa energía siempre está en uno y con ella construyo la realidad. Y esa realidad construida no es realidad objetiva o “en sí”. Esto es evidente en la experiencia del fracaso, en que me doy cuenta que “lo real”, era una construcción subjetiva. El fracaso entonces permite comprender que la fuerza es interna, es independiente de la creencia, y puede animar nuevamente a la intención para construir nuevas realidades. Pue­do reorientar mi fuerza a nuevas búsquedas y nuevos intentos. La conciencia de que hay una fuerza interna con la que puedo contar siempre para construir el mundo querido, es lo que lla­mo fe interna.

El antihumanismo, se expresa como sinsentido, resentimiento o fanatismo y encuentra su oportunidad en el vacío que deja el fracaso de las creencias en el momento actual. Se reconoce en la discriminación, la manipulación y en cualquier forma de violencia. Se trata de intenciones que buscan restringir, controlar, someter las intenciones de otros. Se justifican con ideologías, in­terpretaciones históricas, modelos sociales y económicos, formas organizativas, que buscan controlar al ser humano por medio de la concentración del poder, restringiendo su libertad.

Es connatural al antihumanismo:

  • La imposición de verdades absolutas.
  • La imposición de las creencias, religiosas o no, a otros.
  • La uniformización del ser humano por características físicas, culturales, sociales o económi­cas.
  • La naturalización de la violencia física, económica, sexual, psicológica o moral en la construc­ción social
  • El vaciamiento de significado de cualquier construcción humana, anteponiendo el interés personal por sobre el conjunto y los derechos humanos.
  • La negación de la propia intención y responsabilidad de mi acción, supeditándola a una enti­dad superior, sea jefe, comandante, presidente o dios. El que ejecuta la acción se ampara en la “obediencia debida” al superior, y el “superior” se escuda en que no ejecutó la acción.

Diferencia con el transhumanismo[2]:

El transhumanismo busca superar los límites espacio-temporales del ser humano a través de la tecnología. La tendencia a superar los límites que el cuerpo y la biología imponen a la intencionalidad es interesante. También son interesantes las corrientes transhumanistas de orienta­ción social, que reclaman la distribución equitativa de la tecnología y rechazan que queden en manos de unos pocos.

Sin embargo, la inmortalidad del transhumanista es la prolongación indefinida del yo psico­lógico por medio de la tecnología, sin comprender que es la raíz posesiva del yo lo que está en la base del temor a la muerte; por lo tanto, no se superará el temor y el sufrimiento al aumentar la duración del cuerpo. El Humanismo Universalista insiste en que el sufrimiento es de origen men­tal, a diferencia del dolor físico; si bien este último se supera gracias a los avances de la ciencia y la justicia, el sufrimiento mental gracias a la experiencia de un sentido de vida que tras­ciende el yo psicológico.

Esta experiencia de sentido no sólo es una experiencia interior, sino que se traduce en un modo de acción hacia la superación del dolor y sufrimiento en los demás. Los ensueños de felici­dad, el consumismo, el embotamiento de la conciencia a través de sustancias o entretenimiento obsesivo, la psicodelia, no resolverán el sufrimiento mental. Esto es posible en la reflexión sobre el sentido de vida, en la meditación sobre la muerte y en un compromiso de acción hacia los otros[3].

Sobre el antropocentrismo:

La crítica de que el antropocentrismo del humanismo llevó a los excesos del racismo, del co­lonialismo, de la esclavitud, de la explotación de la mujer y de otros, se refiere a un tipo de hu­manismo en que no se reconocía la igualdad de los seres humanos y al mismo tiempo, su diver­sidad personal y cultural. Aun así, esta crítica la podemos hacer desde una perspectiva humana y corresponde a un acto de reflexión histórica y sobre nosotros mismos. Estamos en el centro porque somos los únicos que podemos responder, no porque los otros o la naturaleza estén a nuestro servicio. La responsabilidad de los actos humanos corresponde sólo a nosotros, pero también la posibilidad de dar respuesta y corregir nuestros errores.

Por otra parte, los atentados contra el ser humano y su medio ambiente se deben a un siste­ma económico y militar que acumula y concentra poder sin importarle lo que pase a las perso­nas, sino lograr sus objetivos a toda costa; un sistema que no pone al ser humano al centro sino por el contrario lo margina. La característica intersubjetiva del ser humano nos constituye junto a los demás y nos proyecta a superar el dolor y sufrimiento hacia toda la humanidad. Además, la superación del dolor no se detendrá en nuestra especie, porque donde hay sensibilidad hay do­lor que evitar.

Sobre el cuidado de la naturaleza y el medio ambiente:
El modo de acción del ser humano, intencional, histórico y transformador de sí mismo y de su medio lo hace responsable de la situación actual del deterioro ecológico del planeta. Pero el nivel de devastación de la naturaleza se debe a un sistema económico concentrador del capital y del poder, que instrumentaliza al ser humano, es decir lo deshumaniza, para alcanzar sus metas y sus ganancias. Un sistema económico además dueño de una tecnología que acelera los proce­sos extractivos volviendo irreversibles los daños causados al ambiente.

Este sistema tiene agentes concretos con intenciones que no se transparentan y el lobby es su forma organizada de manipulación. El lobby y los excesos de las empresas contaminantes atentando contra la salud y la biodiversidad; el lobby de la energía atómica presenta Chernóbil y Fukushima como problemas de tecnología superada, sin hacerse cargo de los residuos que per­manecerán activos durante milenios ni del grado de concentración de poder y de secreto que esa tecnología exige. Las grandes empresas de inteligencia artificial presionan hoy sobre el con­sumo eléctrico, el uso de agua y la regulación ambiental a una escala que sus propios informes documentan; arrasar humedales y ventisqueros, que amortiguan los efectos del cambio climáti­co, o contaminar ríos y mares con plásticos que ya se encuentran en los tejidos humanos, no es solamente delito ambiental: es un atentado contra las condiciones de la vida humana.

No es el ser humano el enemigo, sino el sujeto que encontrará el modo de superar esta cri­sis. La conciencia ecológica que crece en el mundo es un movimiento profundamente humanis­ta, repudia la violencia, cuestiona la concentración del poder, proyecta futuro y está impulsada a buscar modelos sociales sustentables.

Por otra parte, la transformación de sí mismo y el medio de acuerdo a intenciones y no sólo por mecanismos y leyes naturales, pone al ser humano en una responsabilidad frente al otro, a la naturaleza y a la vida en general; solo hay responsabilidad donde hay intención y esa es la condición humana. Es el mismo proyecto humano de la superación del dolor y el sufrimiento, lo que tenderá a construir una sociedad en armonía entre los seres humanos y con su medio am­biente. Y es la superación del dolor lo que elevará la conciencia para cuidar la vida sintiente.

Distinciones del Humanismo Universalista:
Debemos establecer una diferencia entre el humanismo como corriente y el humanismo como actitud. Esta última ya estaba presente en diferentes culturas antes de que la palabra “humanis­mo” fuera acuñada en Occidente. La actitud humanista es común a las distintas culturas, en cier­tas etapas de su historia y se caracteriza por[4]:

  1. La ubicación del ser humano como valor central;
  2. La afirmación de la igualdad de todos los seres humanos;
  3. El reconocimiento de la diversidad personal y cultural;
  4. La tendencia al desarrollo del conocimiento por encima de lo aceptado como verdad ab­soluta;
  5. La afirmación de la libertad de ideas y creencias y
  6. El repudio de la violencia.

Esta actitud es lo que cuenta en nuestro Nuevo Humanismo Universalista y está presente en las diferentes culturas en determinados momentos históricos que denominamos como “mo­mento humanista” de dicha civilización.

Por otra parte, en todas las culturas hay elementos regresivos que se oponen a la libertad y dignidad humana, y llevan al choque entre ellas. Los humanistas de las distintas culturas ten­drán que enfrentar en el seno de su paisaje cultural estas contradicciones, mientras se avanza hacia la civilización planetaria en formación.

  1. Humanización: el proyecto humano hacia la libertad

El límite fundamental de la condición humana es la muerte. El condicionamiento básico es el temor a la muerte propia, la de mi grupo cercano y la de mi grupo cultural. En épocas de crisis como la actual, las respuestas culturales a este dilema de la existencia se debilitan y crece el te­mor, el sinsentido, el resentimiento y el fanatismo.

El proceso de liberación es también un proceso de ampliación de la conciencia en que los se­res humanos nos vamos reconociendo como tales, reconociendo nuestra intencionalidad, nues­tra capacidad de proyectarnos al futuro, de diferir respuestas, de dar sentido a la existencia, re­conociendo lo propiamente humano. Esa ampliación es al mismo tiempo reconocimiento de los propios límites; gracias a la ciencia vamos aumentando el tiempo vital, ampliando posibilidades del cuerpo a través de prótesis, creando formas organizativas que amplíen los derechos de las personas a su salud, educación, expresión y posibilidades de opción sobre su estilo y sentido de vida. El yo psicológico, con su atributo de posesión, es también un determinismo de la concien­cia y gracias a la meditación y la fe interna, es posible hacer crecer una mirada más profunda que lo observa y que en ocasiones logra una nueva estructura de conciencia más inspirada[5].

El proceso de humanización consiste en ampliar las posibilidades de la intención.

Estos límites al impulso intencional, los experimentamos como dolor y como sufrimiento. Los límites impuestos por el cuerpo y la naturaleza de la que el cuerpo es parte, se registran como dolor; la finitud y la falta de sentido en la vida, se expresa como temor al futuro, como su­frimiento de la mente. Por ello el proyecto humano puede enunciarse como la superación del dolor físico y del sufrimiento mental. Si el primero se supera gracias al avance de la ciencia y la justicia, el segundo gracias a la experiencia de un sentido trascendente de la vida.

La constitución intersubjetiva, impide que el proyecto de superación del dolor y sufrimiento pueda realizarse individualmente; su realización en el entorno de cada cual, dinámicamente lle­vará a un compromiso social cada vez más amplio, hasta enfrentarlo globalmente como huma­nidad. De allí que la utopía de la nación humana universal es orientadora del proyecto co­mún.

La condición social no es natural, es histórica y generada por intenciones humanas; tanto la deshumanización, restricción de la intención y libertad de otro, como la humanización, amplia­ción del campo intencional y de la libertad de otro, son procesos intencionales y no naturales.

Reducir lo humano a mecanismo, o a organismo biológico, o a dato digital; o a herramien­ta de trabajo, de producción, de consumo o de placer es el origen de la violencia y la deshumaniza­ción.

Cualquier restricción a la intención de otro para cosificarlo, someterlo o instrumentalizarlo es violencia y dependiendo del modo utilizado para ello la llamamos violencia física, económica, racial, religiosa, psicológica o moral. La violencia se organiza también en instituciones y sistemas técnicos que la justifican por medio de protocolos que ocultan las intenciones humanas, ejer­ciéndolas sin dar la cara.

El otro ser humano:
Presentar la libertad, como que puedo hacer lo que se me antoja sin hacerme responsable de las consecuencias, va aumentando la desconfianza, el temor y la violencia. Los principios mo­rales de la libertad humana son: “Si no perjudicas a nadie, puedes hacer cuanto quieras con li­bertad”; y, “Cuando tratas a los demás como quieres que te traten te liberas”[6]. Si no perjudico a nadie, puedo hacer cuanto quiera con libertad. Pero si causo algún tipo de dolor o sufrimiento, comienza el ciclo de la violencia. Por lo general se justifica la violencia como daño colateral por un bien mayor; y ese daño colateral son otros seres humanos en que el dolor causado intencio­nalmente a ellos, nos deshumaniza a todos. Cualquiera será daño colateral para alguien más po­deroso. Muy distinto a organizar la vida personal y social en base a tratar activamente a los de­más del modo que quiero ser tratado. La libertad es un tema humano, no es dar rienda suelta a los instintos posesivos, sino ampliar el horizonte de futuro, el campo intencional, las posibilida­des de elegir en uno y los demás.

La libertad económica:
Dentro de los distintos campos de la libertad en el campo económico es necesario discutirla porque la violencia económica hoy se disfraza de libertad. El hecho de que el nivel tecnológico alcanzado permita resolver los problemas de salud y educación de la totalidad de la población mundial, y sin embargo existan aún enormes sectores de la humanidad hambreados, empobre­cidos y hacinados, pone en cuestión todos los modelos sociales actuales. El valor principal es la vida y la libertad humana y no la propiedad, el progreso o algún tipo de proyecto que se consi­dere superior. El derecho de propiedad tiene sus límites si enajena los bienes de una comu­nidad o compromete su hábitat para el futuro. Si tu actividad pone en riesgo a otra persona o comuni­dad, pierdes el derecho a hacer lo que se te antoje.

  1. La noviolencia activa: un cambio interno de sentido y un cambio social simultáneo

Las fuerzas deshumanizadoras, utilizan a los seres humanos para lograr sus fines y la violen­cia, en cualquiera de sus formas, es intrínseca a su metodología. Pero si las fuerzas humaniza­doras utili­zaran la violencia para detenerlas, en ese momento se desvían hacia la deshumaniza­ción. Por lo tan­to, la metodología para la transformación social no es una discusión táctica sino estratégica.

La utilización de la violencia deshumaniza a la víctima, al restringir su intención, pero tam­bién a su ejecutor. Deshumaniza también al ejecutor que se irá insensibilizando para no sentir la penuria que causa; insensibilidad que experimentará como soledad y temor creciente.

La historia misma del Movimiento Humanista es un ejemplo de lucha no violenta frente a un sistema económico y político violento. Se cree que la no-violencia es un modo antagónico de en­frentar la violencia, pero reflexionando sobre nuestra acción de más de 40 años, puedo concluir que fue la creación misma de ese movimiento, la respuesta no violenta al mundo del armamen­tismo creciente y nuclear, al sistema económico y financiero concentrador, a las diferentes for­mas de violencia en el seno familiar, de género, empresarial, etc.  Aprendimos a hacer un vacío a toda institución y grupo violentista, mientras creábamos un movimiento mundial de seres hu­manos, en que primara un nuevo modo de relación y un estilo de vida basado en los principios de la acción válida y la noviolencia. Asumimos que la violencia estaba adentro de nosotros mis­mos y necesitábamos producir cambios en nuestra propia conciencia para que las organizacio­nes en las que participábamos o creábamos tuvieran una opción real de transformación.  En­frentamos las dictaduras militares en Latinoamérica; la difamación en Europa; combatimos un sistema económico que endeudaba a personas, empresas y países hasta hacerlos dependientes de un poder centralizado, estatal o privado; compartimos con poblaciones empobrecidas en África, Asia y en nuestros propios países. Creamos centros de acción humanista en los vecinda­rios, en los lugares de estudio y trabajo, promoviendo el cambio personal y organizamos accio­nes no violentas para crear conciencia de la violencia del sistema. Esto es un ejemplo que tene­mos a disposición para hacer frente al avance del antihumanismo.

La noviolencia consiste en hacer vacío a la violencia al tiempo que se organizan grupos hu­manos que trabajan para reconciliarse y fortalecerse internamente; mientras se realizan accio­nes no violentas que ayudan a crear conciencia de la violencia y la posibilidad de un nuevo tipo de trato entre nosotros y con los demás.

El cambio interno es primario en esta metodología de acción. La búsqueda de un sentido de vida, la reconciliación tanto biográfica como cultural, la experiencia de la fe o de la fuerza inter­na, son procesos que van de la mano con la organización, la denuncia de la violencia, la desobe­diencia civil y el desarrollo de modos de vida cooperativos. La noviolencia activa es un estilo de vida, que combina un desarrollo espiritual y una búsqueda de coherencia en la acción cotidiana, impulsando procesos de reconciliación en que dejo de buscar culpables y comprendo que cada uno es responsable de lo que hizo, pero nadie culpable de lo que pasó.

No es intuitiva la comprensión estructural de la conciencia con el mundo, su constitución in­tersubjetiva. El yo, da la ilusión de que estamos separados del mundo y de los otros y que los cam­bios en cualquiera de los términos son independientes. Tenemos importantes avances en el desa­rrollo de la justicia, evitando que se aplique la venganza personalmente y se establezca un sistema judicial que se haga cargo. Pero ello no cambia en la estructura mental el deseo de ven­ganza. Las constituciones o la misma declaración de los derechos humanos, no son suficientes sin cambios cul­turales, que ayuden a despertar la conciencia de sí, del otro, de ser humano. Los sistemas económi­cos y de producción son diversos, pero no sirven de nada si no experimento el sufrimiento del otro como una responsabilidad propia para orientar la acción hacia su supera­ción.

El camino de la noviolencia activa es lento, cada paso tiene sentido en sí mismo, sin angus­tia o ansiedad por alcanzar el éxito de la meta. La violencia busca resultados rápidos, y siempre se justifica por los “buenos” fines que busca, deshumanizando y sometiendo a todo aquel que se interponga. La noviolencia, busca acuerdos, condiciones de confianza, reflexión sobre la propia violencia, acciones inspiradas que despiertan conciencias y suman conjuntos, y cada acción hace crecer la fuerza interna y la cohesión colectiva.

Es bien dudosa la eficacia de la violencia. Los cambios por medio de ella cambian una perso­na por otra, un modelo social por otro, pero por lo general devienen en un esquema similar o peor de concentración de poder y deshumanización. Es cierto que pudo detener el avance de una monstruosidad como el nazismo, pero derivó en el mundo del poder nuclear con la capaci­dad de autodestruirnos. En varios casos la descolonización por vía armada derivó en regímenes dictato­riales; algunos cuestionan la liberación no violenta de India del imperio británico por la partición con Pakistán, que derivó en cientos de miles de muertos; pero esta disputa ancestral de las comu­nidades hinduistas y musulmanas, no desmerece ese modelo ejemplar de lucha contra una fuerza colonialista. También es dudosa la eficacia de la violencia para la abolición de la esclavitud. En In­glaterra, la abolición llegó en 1833 tras casi medio siglo de campaña abolicio­nista realizando ac­ciones de noviolencia como peticiones al Parlamento, boicot al azú­car de las plantaciones, difu­sión de los testimonios de quienes habían sido esclavizados, presión sostenida sobre la opinión pública hasta volver insostenible lo que antes era costumbre. En Esta­dos Unidos, medió una gue­rra civil, y la segregación racial de los negros continuó mucho tiempo después.

Se suele cuestionar la noviolencia porque las víctimas de la violencia tienen el derecho y el deber de defenderse. Y el argumento apunta a que como todos somos posibles víctimas a futu­ro, la preparación para la violencia queda justificada. Pero no se está discutiendo el derecho a la defensa o autodefensa, sino el modo de acción si queremos un cambio humano estructural. Además, ese argumento siempre supone que es la violencia del otro la que viene sobre mí, y no la que yo ejerzo en mi familia o en mi medio laboral, o la que mi cultura justifica contra otros se­res humanos. La noviolencia actúa, interviene, pone límites, sin reproducir los mecanismos de la violencia y busca modos de desactivar los factores que la pueden desbordar.

Esta reflexión es necesaria y urgente por la desestructuración institucional, social y personal del momento actual. Habrá violencia desbordada y el desenlace no está garantizado. Se trata de un intento hacia la civilización planetaria del futuro, que requerirá de seres humanos que com­prendan la necesidad de un cambio profundo de sí mismos, de su relación con otros, y de su modo de acción social.

  1. Algunas direcciones prácticas para apoyar frentes de acción desde el Documento Humanista

Los puntos siguientes cumplen la función de corolarios de capítulos anteriores, aunque se da por sobre entendido que tienen que ser acompañados por la dirección de cambio personal, propuesto por el estilo de vida de la noviolencia activa.

Dado que este escrito se apoya en las tesis de Silo, cito como él lo expresa en 1993: “Así está trazada la línea divisoria entre el Humanismo y el antihumanismo. El Humanismo pone por de­lante la cuestión del trabajo frente al gran capital; la cuestión de la democracia real frente a la democracia formal; la cuestión de la descentralización, frente a la centralización; la cuestión de la antidiscriminación, frente a la discriminación; la cuestión de la libertad frente a la opresión; la cuestión del sentido de la vida, frente a la resignación, la complicidad y el absurdo”[7].

El reconocimiento de la intención en el otro ser humano frente a mí es lo que impulsa la hu­manización y los siguientes puntos se desprenden de ese reconocimiento.

  • Convergencia de la diversidad humanista

Es el momento de unir a los humanistas del mundo y conviene recordar que “humanista es todo aquel que lucha contra la discriminación y la violencia, proponiendo salidas para que se mani­fieste la libertad de elección del ser humano”[8]. Dada la diversidad de humanismos que deri­van de visiones materialistas, religiosas y espirituales, se requiere reflexionar sobre algunos acuer­dos para la convergencia de la diversidad. Si bien aspiramos a la actitud humanista como estilo de vida, en la acción conjunta podemos concordar en la no discriminación y la metodolo­gía de la noviolencia.

  • Paridad del trabajo con el capital y un sistema financiero sin capitalización de in­tereses

El Documento Humanista propone discutir ampliamente los factores de producción: el capi­tal y el trabajo, y rechaza la especulación financiera. Para lograr la paridad entre capital y traba­jo, el capital tiene que aumentar la producción, fomentar la inversión y no obtener beneficios en la especulación. Esta última hoy se sostiene gracias a la capitalización de los intereses, convirtien­do las deudas en intereses compuestos, que es uno de los principales mecanismos de concen­tración. Denunciar esta práctica del sistema financiero apunta al núcleo de la violencia económi­ca.

  • Una democracia real progresiva, barrios, municipios, aumentando la consulta direc­ta y participación de minorías.

La democracia representativa está en crisis y esto abre la puerta a los autoritarismos y dictadu­ras. Es necesario superar la democracia formal por la democracia real, de mayor partici­pación en la base hacia cabildos, consultas y plebiscitos. Partiendo desde los barrios, recintos educacio­nales y empresas, hasta ir aumentando la decisión ciudadana en todos los niveles de organiza­ción. La democracia real requiere no solo mayor participación en la base, sino indepen­dencia efectiva de los poderes del Estado frente al poder económico.

Tenemos que asumir que el nivel de manipulación y desinformación exige algunos marcos regu­latorios que impidan que por coyunturas las mayorías impongan a las minorías condiciones irre­versibles como pena de muerte, expropiaciones, expulsiones, en general atentados contra los derechos humanos. Estos marcos regulatorios no son arbitrarios sino instrumentos acorda­dos por la comunidad de naciones, como la Declaración Universal de Derechos Humanos de la ONU. Además, en las sociedades cada vez más dinámicas las decisiones tomadas tienen que po­der re­visarse continuamente, y habrá que acordar los plazos en que se puede volver a consultar deci­siones que, a la luz de nuevos acontecimientos, parecen estar sobrepasadas.

  • Cuidado racional del medio ambiente como bien común

El bien común no es propiedad estatal ni recurso disponible: es aquello de lo que dependen las generaciones actuales y futuras, y que por eso no puede quedar sujeto al interés de quien tenga poder para apropiárselo. El sistema concentrador de capital instrumentaliza por igual a la natu­raleza y a las personas, y el cambio tecnológico intensifica hoy esa presión: la demanda de agua, energía, minerales y tierras raras avanza sobre territorios hasta ahora resguardados, in­cluida la Antártida. Las comunidades que habitan un territorio son las primeras que deben deci­dir sobre él, lo que enlaza este punto con la democracia real: no hay cuidado del medio ambien­te sin par­ticipación de quienes viven las consecuencias. Y la responsabilidad no se detendrá en nuestra especie, porque el proyecto de superación del dolor alcanza a toda vida sintiente.

  • Orientación social hacia los derechos humanos, la salud, vivienda y educación

Salud, vivienda y educación son los derechos humanos básicos para la convivencia social. Aten­derlos cambia la atmósfera social y desacelera la espiral de violencia. La prioridad de cual­quier modelo económico debe ser estos derechos humanos y eso dará sentido a la organización so­cial y económica. Hasta ahora se ha supuesto que esta es función del Estado; pero un estado debilitado por el avance del poder paralelo de las super empresas tecnológicas y de armamen­to, obligará a una reflexión de las comunidades para asumir esta prioridad.

  • Regulación de las redes sociales, con verificación de responsables de los mensajes digita­les

La vida civil está regulada con instituciones como registro civil (cédula de identidad), leyes civi­les, leyes penales, leyes de tránsito etc. En la vida digital tiene que ocurrir lo mismo y tienen que ser verificables los responsables de los mensajes. Además de crear una institucionalidad ju­dicial digital que permita regular la convivencia. Esta regulación debe incluir a los creadores de los sis­temas tecnológicos, quienes deben transparentar las intenciones de sus diseños.

  1. Conclusiones

Vivimos un momento fascinante y peligroso. A pesar de todo está creciendo la conciencia de lo humano en cada uno de nosotros y con ello la responsabilidad del presente y del futuro. Las circunstancias nos obligarán a ponernos de acuerdo para dar respuestas conjuntas en muchos de los conflictos actuales que se están saliendo de control. El armamentismo fuera de control, la pobreza y las migraciones fuera de control, la concentración de la riqueza a niveles personales llega a ser ridícula, la violencia cotidiana y doméstica fuera de control, la contaminación fuera de control, el clima fuera de control, la drogadicción y su tráfico, fuera de control. La angustia, la depresión, el pánico y el suicidio, cada vez más cercanos, es un dolor al que no podemos esca­par.

En esta situación dos tendencias se abren paso en la crisis actual: humanismo y antihumanismo. Entre los humanismos, el “universalista” insiste en la necesidad de reflexionar sobre la in­tencionalidad, historicidad, intersubjetividad, respuesta diferida y conciencia de la finitud como características fundamentales del ser humano. La vía hacia la nación humana universal es crear organizaciones en nuestros medios inmediatos y cercanos, donde se transforme el trato que nos damos a nosotros mismos y los demás, y se fortalezca la espiritualidad de la reconciliación; poco a poco adoptaremos el estilo de vida de la noviolencia activa para actuar humanizándonos a nosotros mismos y a los demás.

El antihumanismo considera que hay culpables (individuos, grupos sociales, razas, etc.) de la violencia generalizada y actúa concentrando poder, restringiendo la intención y la libertad de de­cisión para controlar la sociedad; fomenta un estilo de vida basado en el sinsentido, el fanatismo y el resentimiento.

Se trata de un mundo interconectado en el instante, con disponibilidad de todo el conoci­miento para cada individuo, pero con instituciones y creencias que han sido superadas y están colapsando.  Una desestructuración en todos los ámbitos de la vida afecta la convivencia y la cordura y es necesario construir entre nosotros, las personas mismas, un nuevo sistema de rela­ciones para esta transición hacia el mundo del futuro. Este momento cruel y desafortunado, nos obliga a tomar contacto con la fuerza y la calma interna, actuar reconociendo la humanidad y la libertad del otro y encontrarnos afectivamente para construir los proyectos de humanización que den respuesta a la crisis general.

Nota sobre el apoyo de IA:
La necesidad de escribir este documento nace de la lectura de la encíclica de León XIV, Magnifica Humanitas, y tratar algunos de sus tópicos desde el Humanismo Universalista. Tanto para esa lectura como para la elaboración del escrito, me apoyé en Claude (Anthropic). Me fue muy útil para resolver contextos del cristianismo que no conocía, y discutir los capítulos a medida que los escribía, recibiendo devoluciones sobre inconsistencias de mi propio pensamiento y alertas sobre críticas a mis puntos de vista que provienen de otras tradiciones. También consejos sobre la estructura del documento. En ocasiones detecté sesgos, que al mostrárselos pudo aceptarlos y aconsejar mejor lo que pedía. Algunos párrafos fueron redactados a partir de borradores suyos, reescritos por mí.

Dario Ergas Benmayor
Artículo publicado el 06/11/2026

Bibliografía

Silo (marzo 2021) Humanizar la tierra, Santiago de Chile, Virtual Ediciones
Silo (marzo 2021) Cartas a mis amigos, Santiago de Chile, Virtual Ediciones
Silo (abril 2021), Apuntes de psicología, Santiago de Chile, Virtual Ediciones
Silo (abril 2021) Contribuciones al pensamiento, Santiago de Chile, Virtual Ediciones
Silo (abril 2021) Habla Silo, Santiago de Chile, Virtual Ediciones
Silo (junio 2021), Diccionario del Nuevo Humanismo, Santiago de Chile, Virtual Ediciones
León XIV (mayo 2026), Encíclica Magnifica Humanitas

Notas
[1] Silo (abril 2021), Apuntes de psicología, p. 259.
[2] El “transhumanismo” es un movimiento intelectual y tecnológico —nacido formalmente en los años 80-90, con antecedentes en Julian Huxley, que acuñó la palabra en 1957— cuya tesis central es esta: la condición humana actual no es un punto de llegada sino una etapa transitoria, y es legítimo y deseable usar la tecnología para superar sus límites biológicos. Los límites que quiere superar son concretos: el envejecimiento y la muerte (extensión radical de la vida, criónica), los topes cognitivos (fármacos, implantes neuronales, interfaces cerebro-máquina), los límites emocionales y físicos (edición genética, prótesis que mejoran en vez de reparar).
[3] La encíclica Magnifica Humanitas, de León XIV (2026), aborda estos temas del transhumanismo y el posthumanismo y reconoce la finitud como constitutiva del ser humano y la trascendencia en la gracia divina. Objeta al transhumanismo por tratar al ser humano como materia a perfeccionar. Para nosotros la superación de límites es una dirección, superar todos los determinismos a la intencionalidad; pero advertimos que la prolongación indefinida del yo psicológico no resuelve el problema del sentido de la existencia, ni la experiencia de lo trascendente.
[4] Silo (Marzo 2021), Cartas a mis amigos, Sexta carta (Documento del Movimiento Humanista), pag.95.
[5] Silo, Apuntes de Psicología, pag. 277
[6] Silo (Marzo 2021), Humanizar la Tierra, Los Principios, pag. 43.
[7] Silo (Marzo 2021), Cartas a mis amigos, Sexta carta, Documento del Movimiento Humanista, pag. 95
[8] Silo (Abril 2021) Habla Silo, ¿Qué entendemos hoy por Humanismo Universalista?, Pag. 285.

 

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