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Del lector común al escritor-crítico: Borges y la lectura estratégica

por Eduardo Rito Vargas
Artículo publicado el 23/09/2026

Introducción
Este artículo examina el tránsito del lector común al lector crítico y la relación entre lectura, crítica y creación literaria. A partir de las reflexiones de Piglia sobre Borges, se analiza cómo el escritor desarrolla una lectura microscópica y estratégica que orienta su actividad crítica. Asimismo, se considera el ensayo como el espacio donde hace visibles sus interpretaciones, valoraciones y genealogías literarias.

Palabras clave: Lector crítico, crítica de autor, lectura estratégica, Jorge Luis Borges, Ricardo Piglia, ensayo literario

 

Abstract
This article examines the transition from the common reader to the critical reader and the relationship between reading, criticism, and literary creation. Drawing on Piglia’s reflections on Borges, it analyses how the writer develops a microscopic and strategic reading that guides his critical practice. It also considers the essay as the space where interpretations, evaluations, and literary genealogies become visible.

Keywords: Critical reader, authorial criticism, strategic reading, Jorge Luis Borges, Ricardo Piglia, literary essay

 

Del lector común al lector crítico
Para la mayoría de los escritores, tal vez para todos, la lectura precedió a la escritura. La capacidad que alguien tenga como escritor guarda una estrecha relación con la que posea como lector. La lectura le proporcionó ideas y le permitió tomar, mezclar y mejorar técnicas procedentes de otras obras para hacerse de un estilo. Muchos de los lectores que lograron escribir cuentos, novelas o poemas también orientaron el conocimiento obtenido mediante la lectura hacia la crítica, por lo que su competencia en esta actividad estuvo igualmente determinada por su experiencia como lectores.

Al principio, el acercamiento a la lectura es el de un lector común —The Common Reader (1925/2015)— que avanza por el texto, digamos, inocentemente. Este lector no aspira a emitir ni proponer ningún juicio acerca del libro leído —mucho menos a escribir uno—, sino a disfrutar la trama de una historia, entender para sí los acontecimientos que dan forma a una novela o un cuento, o sentir los versos contenidos en un poema. Ese es el límite de quien lee sin afán de interpretar o analizar. Estas dos últimas tareas son emprendidas por quienes deciden involucrarse más profundamente en la literatura.

La actividad del lector común tiene validez y no debe ser menospreciada. Sin embargo, será la labor del otro lector, aquel que se siente atraído a dar su opinión acerca de una obra literaria y también a escribir historias o poemas, la que observaremos a continuación. En El último lector, el autor argentino Ricardo Piglia intenta responder a la pregunta ¿qué es un lector? Primero se refiere a la lectura, que para él “es un arte de la microscopía, de la perspectiva y del espacio (no sólo los pintores se ocupan de esas cosas)” (2005: 13). Como escritor, Piglia describe una actividad minuciosa, concentrada y crítica. La distancia entre el texto y el lector atento será tan estrecha que le permitirá leer entre líneas, deducir y opinar acerca de lo que el autor quiso decir.

Piglia trata de responder a su pregunta mediante las representaciones de la lectura que aparecen en novelas como Don Quijote de Cervantes o en cuentos como “La muerte y la brújula” de Borges. Aclara, sin embargo, que las figuras del lector en la literatura son casi siempre extremas, pues deben ser útiles para la construcción narrativa. Aun así, las características de esos personajes pueden contribuir a definir al lector real y crítico:

De hecho, al fijar las escenas de la lectura, la literatura individualiza y designa al que lee, lo hace ver en un contexto preciso, lo nombra. Y el nombre propio es un acontecimiento porque el lector tiende a ser anónimo e invisible. Por de pronto el nombre asociado a la lectura remite a la cita, a la traducción, a la copia, a los distintos modos de escribir una lectura, de hacer visible que se ha leído (el crítico sería en este sentido la figuración oficial de este tipo de lector, pero por supuesto no el único ni el más interesante) (2005: 16).

La escritura hace visible que se ha leído críticamente. Lectura y escritura se convierten así en actividades complementarias que respetan esa secuencia cuando el propósito es interpretar una obra literaria. Cuando la valoración escrita es leída por alguien más, puede iniciarse un ciclo de la crítica: una sucesión que amplía de innumerables maneras el propósito inicial de la obra literaria, que es entablar un diálogo con los lectores. Sin embargo, aun con las múltiples opiniones que origine una obra o su complemento crítico, este círculo de diálogos no llegará a cerrarse, pues siempre habrá alguien más que se acerque al libro o a la crítica y continúe la comunicación.

El escrutinio que debería orientar la lectura también es observado por el teórico literario inglés Terry Eagleton, quien considera que hablar de crítica implica referirse a una manera particular de leer. En How to Read a Poem, Eagleton discute las diferencias en la intención del lector. Al referirse al concepto de close reading, declara: “The question is not how tenaciously you cling to the text, but what you are in search of when you do so” (2007: 2). Establecer lo que se persigue durante la lectura será determinante para valorar una obra críticamente y formular una interpretación. Saber qué se está buscando al momento de leer será la brújula del lector agudo.

Para escribir crítica literaria se necesita, entonces, adoptar una manera específica de leer que ayude a entender el texto. Quien domine tal actividad podría considerarse un profesional de esta área de estudio. Sin embargo, quienes aportaron en primera instancia la materia para la crítica también participan con sus opiniones en el diálogo literario. Los escritores representan un ejemplo del lector perspicaz apto para hacer crítica, pues no solo se formaron una opinión acerca de las obras que leyeron, sino que también lograron escribir cuentos, novelas o poemas a partir de su comprensión de la literatura. De esta manera, se sitúan en las dos actividades: valorar y crear.

La experiencia del escritor como lector y creador determina una forma particular de acercarse a la crítica. Su conocimiento no procede únicamente del análisis de las obras ajenas, sino también de su experiencia con los elementos que dan forma a sus propios textos. Para comprender las características de esta lectura será necesario observar tanto lo que el escritor encuentra en las obras como la dirección que sigue al leerlas. Esta relación entre lectura, valoración y creación puede apreciarse con mayor claridad en la actividad crítica de Jorge Luis Borges.

Borges como lector y crítico
Piglia destaca las cualidades como lector de uno de los escritores más importantes del siglo XX. Al principio de la entrevista titulada “Borges como crítico”, incluida en Crítica y ficción, afirma que el autor de “Hombre de la esquina rosada” fue un crítico excepcional porque practicaba:

Una lectura que ve detalles, rastros mínimos y que luego pone en relación, como en un mapa, esos puntos aislados que ha entrevisto, como si buscara una ruta perdida. En el fondo ha leído siempre las mismas páginas, o la misma página y los mismos autores, pero veía siempre cosas distintas según la distancia en la que se colocaba (2017: 112).

De acuerdo con Piglia, Borges fue uno de esos lectores microscópicos porque encontraba pistas minúsculas que después orientaban su crítica. La búsqueda de esa ruta perdida puede explicarse mediante otra imagen propuesta por el escritor argentino: “A menudo veo la crítica como una variante del género policial. El crítico como detective que trata de descifrar un enigma, aunque no haya enigma. El gran crítico es un aventurero que se mueve entre los textos buscando un secreto que a veces no existe” (1986: 10).

Desde esta perspectiva, la lectura de la obra será pertinaz, como la labor de un detective que no descarta posibilidades ni cree en coincidencias. Con respecto al enigma inexistente, Piglia resalta que la riqueza de la empresa crítica no se encuentra únicamente en resolver el acertijo —porque algunas veces no habrá tal—, sino en la exploración, la búsqueda de relaciones y el estudio de las ideas de los autores. Los críticos y los escritores son detectives que se acercan o se alejan de la solución del caso representado por la obra literaria tanto como se lo permite su habilidad como lectores.

La experiencia creadora del escritor, sin embargo, le concede una posición particular ante la crítica. Piglia retoma esta cuestión cuando responde a una afirmación de la ensayista italiana María Corti: “el escritor que escribe crítica tiene una competencia por encima del crítico que sólo hace crítica. Él es un productor de textos y eso le confiere un conocimiento interno de las obras literarias” (1986: 8). Piglia coincide con ella y señala que “en general la crítica que escriben los escritores plantea siempre y de un modo directo el problema del valor. El juicio de valor y el análisis técnico, diría, más que la interpretación” (1986: 8).

Según Piglia, los autores se ocupan del valor literario de una obra porque conocen los elementos que dan forma a un texto. Su experiencia como creadores les permite observar los procedimientos técnicos desde dentro. Sin embargo, esta competencia no explica por completo su actividad crítica. Piglia formula entonces otra pregunta que permite avanzar hacia los motivos del escritor crítico: “¿Qué uso de la crítica hace un escritor?” (1986: 8).

Responder esta pregunta exige observar no solo lo que lee un escritor, sino también la dirección que sigue durante la lectura. Como afirma Piglia, “lo que importa es la dirección en que estaba leyendo, en función de qué estaba leyendo” (1986: 117). Sus valoraciones no se limitan a expresar una preferencia: se relacionan con el lugar desde el que lee y con aquello que busca construir mediante su lectura.

Los textos producidos por un escritor guardan una estrecha relación con sus preferencias literarias. Las obras que ha leído le proporcionan recursos, temas y formas que posteriormente intervienen en su escritura. Piglia lleva esta relación hacia las intenciones críticas del autor y, tomando como contexto la obra ensayística y narrativa de Borges, afirma:

Un escritor define primero lo que llamaría una lectura estratégica, intenta crear un espacio de lectura para sus propios textos. Me parece que se puede hacer un recorrido por la obra ensayística de Borges para ver cómo escribe sobre otros textos para hacer posible una mejor lectura de los que va a escribir […] ¿Por qué Borges se dedica de una manera tan sistemática a valorar los textos del género policial? Porque quiere ser leído desde ese lugar y no desde Dostoievski. Porque si a Borges se lo lee desde Dostoievski, como era leído, no queda nada (1986: 114).

La lectura estratégica permite comprender que la crítica realizada por un escritor también puede preparar el espacio en el que serán recibidas sus propias obras. Borges escribe acerca de otros textos y los valora, pero al mismo tiempo establece una tradición desde la cual espera que se lean los suyos. Su interés por el género policial no se limita a la apreciación de sus características: también crea una perspectiva que permite comprender mejor su narrativa.

La cercanía de Borges con la tradición literaria inglesa es bien conocida. Victor Sawdon Pritchett señala que desde niño se acercó a la obra de autores como Kipling, Wells, Stevenson, Chesterton y Emerson, quienes fueron notables prosistas (2011: 174). Estas lecturas forman parte del lugar desde el cual Borges escribe y ejerce la crítica. Acercarse a su obra desde una tradición diferente puede alterar su interpretación, pues la perspectiva elegida por el lector determina los elementos que encontrará en el texto y las relaciones que establecerá entre ellos.

Por lo tanto, para entender el uso que un escritor hace de la crítica será necesario conocer en función de qué estaba leyendo antes de escribir su ensayo. En palabras de Piglia, resulta crucial saber “quién es el que lee (dónde está leyendo, para qué, en qué condiciones, cuál es su historia)” (2005: 13). Buscar las respuestas a estas preguntas acerca del ensayista ayudará, por un lado, a comprender mejor sus valoraciones y, por otro, a determinar si sus ensayos servían como herramienta para preparar el terreno en el que sus propias obras serían leídas.

Leer ensayos literarios representa la oportunidad de recorrer caminos que conduzcan al encuentro de las características del crítico y de la obra valorada. Descubrir su contexto, sus motivos y las intenciones que de ellos se derivan será esencial para comprender su apreciación literaria. Si el escritor hace visible su lectura estratégica por medio de la crítica, será necesario observar el espacio textual en el que articula sus interpretaciones, valoraciones y genealogías. En el caso de Borges, ese espacio es principalmente el ensayo.

El ensayo como espacio de la crítica
El ensayo y la crítica presentan numerosas afinidades en sus propósitos. Ambos ejercicios pueden tener diferentes puntos de partida: novelas, películas, pinturas o situaciones sociales, entre muchos otros. Sin embargo, debido a la semejanza entre las finalidades primordiales de ambas actividades, parece natural que el escritor encuentre en el ensayo un espacio apropiado para desarrollar su crítica literaria y hacer visible su lectura.

Aunque la definición del ensayo como género literario esté lejos de establecerse definitivamente, su propósito y las estrategias para alcanzarlo parecen más delimitados. En Pensar el ensayo, Liliana Weinberg describe su finalidad a partir de sus rasgos. Uno de los primeros atributos que destaca es “su terceridad, su carácter interpretativo, su capacidad de erigirse como prosa mediadora entre la prosa, como discurso articulador de discursos” (2007: 11).

La interpretación también aparece como uno de los primeros propósitos de la crítica: interpretar la obra literaria para comprenderla mejor. El crítico ocupa esa terceridad y aventura una reconfiguración de lo que el escritor expresó en su obra. El ensayo funciona así como una mediación entre el texto valorado y la nueva lectura producida por quien escribe acerca de él.

Piglia analizó el espacio que el escritor abre mediante la crítica para favorecer la recepción de sus propias obras. A partir de la idea de que el ensayo busca explicar e interpretar lo que alguien más ha dicho, Weinberg considera necesario relacionarlo con el horizonte en el que se inscribe el proceso interpretativo y con los valores en los que se apoya. Solo mediante su existencia histórica concreta sería posible descubrir la operación que precede al texto y que constituye una “poética del pensar” que el lector deberá desentrañar después de que el ensayo haya sido escrito (2007: 14).

Esta descripción no se encuentra alejada de la ruta señalada por Piglia para descubrir el uso que un escritor hace de la crítica. Para comprender sus valoraciones resulta necesario conocer desde dónde lee, en función de qué lo hace y cuáles son las condiciones que orientan su interpretación. El ensayo posee las cavidades necesarias para que el escritor realice su crítica literaria y para que el lector pueda reconstruir posteriormente esa poética del pensar.

Quien lee un ensayo literario tiene ante sí un entramado de relaciones, inferencias y valoraciones originadas por una lectura que muestra el discernimiento de un escritor. Descubrir las causas de sus conjeturas exige realizar otra lectura y avanzar hacia aquello que ya no se encuentra a primera vista. El lector del ensayo deberá convertirse también en el detective de mirada sagaz descrito por Piglia, para quien las coincidencias no existen y cada indicio puede conducir hacia una relación entre textos.

Weinberg explica que el más acá y el más allá del ensayo se enlazan mediante el uso del lenguaje y el proceso interpretativo que el propio texto desencadena. De ahí proviene su riqueza para trazar genealogías e inscribirse en una tradición de pensamiento. Como señala la autora, Borges mostró que “todo escritor traza sus genealogías y tradiciones a partir del texto” (2007: 15).

La textura del ensayo exige, por lo tanto, una lectura de escrutinio que permita analizar los hilos que la componen. La observación de ese más acá y ese más allá contribuye a descubrir quién es el que lee, desde dónde lo hace y qué propósito persigue. Estas características favorecen el uso estratégico de la crítica descrito por Piglia: mediante sus ensayos, Borges interpreta y valora otras obras, pero también traza las genealogías y tradiciones desde las cuales busca que se lea su propia escritura.

La crítica como parte de la creación literaria
La lectura precede a la escritura y continúa formando parte de ella cuando el autor se convierte en crítico. A diferencia del lector común, el escritor-crítico hace visible su lectura por medio de interpretaciones, valoraciones y relaciones entre textos. Su experiencia creadora le proporciona, además, un conocimiento interno de los procedimientos de la literatura y determina la dirección que sigue al leer.

Borges representa para Piglia un ejemplo excepcional de esta práctica. Su lectura microscópica identifica detalles y rastros mínimos; su labor detectivesca busca relaciones y secretos que tal vez no existan, y su lectura estratégica crea un espacio de recepción para sus propios textos. El ensayo le permite organizar esas operaciones, intervenir en la valoración de otras obras y construir la tradición en la que desea inscribir la suya.

Leer los ensayos de un escritor implica, entonces, seguir los caminos de su lectura y desentrañar su poética del pensar. En el caso de Borges, esta exploración permite observar que la crítica no constituye una actividad separada de su creación literaria: ambas nacen de su experiencia como lector y participan en la construcción del espacio desde el cual su obra puede ser comprendida.

Eduardo Rito Vargas
Artículo publicado el 23/09/2026

Referencias
Eagleton, T. (2007). How to read a poem. Blackwell Publishing.
Piglia, R. (2005). El último lector. Anagrama.
Piglia, R. (2017). Crítica y ficción. Debolsillo.
Pritchett, V. S. (2011). El viaje literario: Cincuenta ensayos (R. García, Trad.; H. Lara Zavala, Pról.). Fondo de Cultura Económica.
Weinberg, L. (2007). Pensar el ensayo. Siglo XXI Editores.
Woolf, V. (2015). The common reader: First series. University of Adelaide Library. (Trabajo original publicado en 1925). [https://ebooks.adelaide.edu.au/w/woolf/virginia/w91c/index.htm] (Consultado 10/02/2026)

 

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