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La crítica literaria entre la teoría y la experiencia de lectura

por Eduardo Rito Vargas
Artículo publicado el 23/09/2026

Introducción
Este artículo examina la renovación teórica de la crítica literaria y sus efectos en la relación entre teoría, lectura y valoración. A partir de Barthes, Genette, Eagleton, Woolf, Eliot y Piglia, se sostiene que los métodos críticos amplían las perspectivas de análisis, pero no deben sustituir el diálogo con la obra, la experiencia del lector ni el juicio sobre su valor.

Palabras clave: Crítica literaria, teoría literaria, experiencia de lectura, libertad del lector, juicio de valor, crítica de autor

Abstract
This article examines the theoretical renewal of literary criticism and its effects on the relationship between theory, reading, and evaluation. Drawing on Barthes, Genette, Eagleton, Woolf, Eliot, and Piglia, it argues that critical methods broaden analytical perspectives but should not replace dialogue with the literary work, the reader’s experience, or the possibility of judging its value.

Keywords: Literary criticism, literary theory, reading experience, reader freedom, value judgment, authorial criticism

 

La renovación teórica de la crítica literaria
En 1963, Roland Barthes publicó Sobre Racine, libro que contiene tres ensayos en los que el crítico francés habló de lo que llamaba la “vieja crítica”, usando como contexto la obra del dramaturgo del siglo XVII Jean Racine. Sus declaraciones originaron una discusión en torno a la crítica literaria, durante la cual Barthes fue atacado principalmente por el crítico francés Raymond Picard. Esta polémica dio lugar a la exposición de diferentes posturas por parte de los críticos tradicionales de la época y de quienes simpatizaban con la “nueva crítica” propuesta por Barthes, quien defendería posteriormente las afirmaciones de Sobre Racine en Crítica y verdad. En esas opiniones se debatieron diferentes posturas teóricas y también se discutió el propósito fundamental de la crítica literaria.

En “Literatura o historia”, último capítulo de Sobre Racine, Barthes manifiesta, en cuanto a la relación entre la obra literaria y la crítica, que “la obra sería el signo de un más allá de ella misma, la crítica consiste entonces en descifrar la significación, en descubrir sus términos, y principalmente el término oculto, el significado” (1992: 184). A partir de esta afirmación, puede retomarse la idea de “descifrar” aquello que no se encuentra a primera vista en el texto como uno de los propósitos de la crítica y revisar lo que otros críticos expresaron al respecto.

En 1972 apareció Figuras III, libro de Gérard Genette que continuó la serie de sus Figuras. Esta obra inicia con el apartado “Crítica y poética”, en el que Genette también observa las discusiones entre la “vieja crítica” y la “nueva crítica”. Después de señalar que algunas de las características inmanentes al texto literario se relacionan con estudios de la lingüística, la estilística, la semiología, el análisis de los discursos, la lógica narrativa y la temática de los géneros y las épocas, Genette manifiesta que la crítica literaria necesita una “disciplina que se haga cargo de esas formas de estudios no vinculados a la singularidad de tal o cual obra, y que no puede ser sino una teoría general de las formas literarias: una poética, digámoslo así” (1989: 11).

Genette atestiguaba la transición en la que se encontraba la crítica literaria y esperaba que ese cambio fuera benéfico: “un aparente atolladero de la crítica podría conducir, de hecho, a una renovación de la teoría literaria” (1989: 10). Si bien esperaba un reordenamiento de la teoría, sabía que el objetivo principal de la crítica no debería perderse. Admitía que, aunque las diferentes teorías ofrecieran varias perspectivas desde las cuales analizar el texto literario, “esas variaciones de acento no modifican nunca fundamentalmente la función esencial de la crítica, que sigue siendo la de alimentar el diálogo de un texto y una psique, consciente y/o inconsciente, individual y/o colectiva, creadora y/o receptora” (1989: 10).

La renovación de la teoría a la que se refirió Genette se prolongó durante varias décadas y mereció la atención de diferentes críticos. El teórico literario inglés Terry Eagleton publicó en 1983 la primera edición de Teoría literaria: una introducción. En la edición del vigésimo quinto aniversario, publicada en 2008, agregó algunas secciones para hablar de lo ocurrido con la teoría literaria durante ese periodo. Eagleton comienza por afirmar que “literary theory no longer occupies the commanding place that it seemed to have twenty-five years ago”, pues cuando escribió el libro dicha teoría “was new, foreign, subversive, enigmatic, and exciting” (2008: vii).

Para Eagleton, el surgimiento y los cambios de la teoría literaria forman parte de un proceso de revaloración. La teoría aparece cuando las prácticas intelectuales necesitan reflexionar sobre sí mismas y examinar las condiciones que las hacen posibles. En este sentido, Eagleton propone que, si se entiende adecuadamente la idea de “teoría”, esta funciona como “a kind of metadiscourse”. En lugar de constituir solamente una manera más de hablar de literatura, adopta una postura crítica ante otras formas de análisis y pone en duda muchas de las ideas que estas dan por sentadas (2008: viii).

Esta perspectiva permite establecer una diferencia entre los estudios que se concentran en analizar las “variaciones de acento” mencionadas por Genette y aquellos que buscan entrar en diálogo con el texto literario. Eagleton explica esta distinción mediante el siguiente ejemplo: “Critics may ask whether a particular narrative twist is effective, but narratologists want to know what this strange animal called narrative is, and are reluctant to be fobbed off with our intuitive sense that everyone can recognize a story when they see one” (2008: viii).

Un trabajo crítico, por lo tanto, tendrá propósitos diferentes de los de un trabajo teórico. En How to Read a Poem, aunque los ejemplos considerados se relacionan con la poesía, Eagleton habla de las diferencias en la intención con la que se lee una obra literaria. Al referirse al concepto de close reading, declara que “The question is not how tenaciously you cling to the text, but what you are in search of when you do so” (2007: 2). La orientación clara del propósito de una lectura será determinante para que la opinión acerca de un texto literario cumpla con su finalidad: decir qué se entiende del texto.

Eagleton coincide con Genette en cuanto a la finalidad primaria de la crítica, pero considera que la forma en que se practica en la actualidad se ha alejado de su propósito original. Al referirse a la manera en que los estudiantes se enfrentan a una novela o un poema, señala:

It is significant, in fact, that if you broach the question of form with students of literature, some of them think that you are talking simply about metre. […] Most students, faced with a novel or poem, spontaneously come up with what is commonly known as ‘content analysis’. They give accounts of works of literature which describe what is going on in them, perhaps with a few evaluative comments thrown in. To adopt a technical distinction from linguistics, they treat the poem as language but not as discourse (2007: 2).

Eagleton se expresa de manera pesimista, y hasta dramática, en cuanto al devenir de la crítica literaria. En el prefacio de How to Read Literature, asegura que “the art of analysing works of literature is almost dead on its feet” y que una tradición de lectura lenta se encuentra en peligro de desaparecer (2013: ix). Sin embargo, no pierde de vista lo que la labor crítica representaba inicialmente.

El crítico británico acepta que aquello que podría llamarse pure o high theory ya no se encuentra tan en boga como en décadas anteriores. No obstante, considera que, en su mejor forma, la teoría no se limita a proporcionar nuevos métodos para estudiar las obras literarias, sino que formula preguntas acerca de la naturaleza y la función de la literatura y de la propia institución literaria. Tampoco se limita a ofrecer formas más sofisticadas de abordar los textos canónicos, sino que cuestiona el concepto mismo de canon. Su propósito no consiste únicamente en ayudar a determinar lo que significan las obras literarias o cuál es su valor, sino en interrogar las nociones de significado y los criterios mediante los cuales se evalúa el arte literario (2008: viii).

Lectura, libertad y experiencia literaria
Las teorías literarias provenientes, en su mayoría, de las teorías culturales que surgieron en la segunda mitad del siglo pasado —como el estructuralismo, el feminismo o la lingüística— fueron recibidas y puestas en práctica de diferentes maneras por los críticos literarios. Además de quienes desarrollaron esta actividad profesionalmente, hay autores que han tomado parte activa en ella. Para revisar su postura, puede partirse de la opinión de algunos escritores que no presenciaron la evolución de la crítica y de las teorías literarias en la última parte del siglo pasado, pero que poseían una idea clara de lo que esta labor implicaba.

Tanto la crítica como la teoría literaria parten de una actividad elemental —o que debería serlo— en el desarrollo del ser humano: la lectura. La escritora británica Virginia Woolf reflexionó acerca de dicha actividad en The Common Reader (1925), en el que habla de la crítica que podría realizar cualquiera que se diera a la tarea de leer:

[The common reader] reads for his own pleasure rather than to impart knowledge or correct the opinions of others. Above all, he is guided by an instinct to create for himself, out of whatever odds and ends he can come by, some kind of whole […] his deficiencies as a critic are too obvious to be pointed out; but if he has, as Dr. Johnson maintained, some say in the final distribution of poetical honours, then, perhaps, it may be worthwhile to write down a few of the ideas and opinions which, insignificant in themselves, yet contribute to so mighty a result (2015a: 4).

La opinión de un lector no especializado suele descartarse como crítica literaria. Sin embargo, Virginia Woolf, quien tomó la idea del “lector común” de Life of Gray, ensayo del autor inglés Samuel Johnson, pensaba que este tipo de lector realizaba una labor digna de ser considerada, a pesar de su limitada aportación a la crítica. Aunque no cuente con una especialización que le permita emitir juicios considerados “correctos” acerca de una obra, el lector común puede entrar en diálogo con ella y disfrutar de la lectura. La escritora cubana Julieta Campos pensaba que los análisis literarios regidos por el estricto seguimiento de una teoría le habían quitado al crítico la oportunidad de disfrutar de esa experiencia (2005: 23).

Woolf recuperó de Johnson la idea de que el sentido común de los lectores, siempre que no estuviera corrompido por los prejuicios literarios, los refinamientos de la sutileza y el dogmatismo del conocimiento, debía participar en la valoración final de las obras (2015: 4). Ya en la década de 1920 existía en Gran Bretaña algo que los escritores percibían como un dogmatism of learning que podía “corromper” a los lectores comunes e impedirles juzgar las obras literarias desde sus propias perspectivas.

En la segunda serie de ensayos de The Common Reader, Woolf escribió “How Should One Read a Book?”. En este texto insiste en la independencia del lector:
What laws can be laid down about books? […] Is Hamlet a better play than Lear? Nobody can say. Each must decide that question for himself. To admit authorities, however heavily furred and gowned, into our libraries and let them tell us how to read, what to read, what value to place upon what we read, is to destroy the spirit of freedom which is the breath of those sanctuaries. Everywhere else we may be bound by laws and conventions—there we have none (2015b: 224).

Cuando Woolf escribió estos ensayos, la propagación de métodos para el estudio de la obra literaria todavía no era el centro de la discusión. Su postura se orientaba hacia la libertad del lector: cualquier persona debía poder elegir lo que quisiera leer y formarse una opinión sin tener que regirse por alguna autoridad literaria.

No todas las características de lo que Johnson y Woolf llamaron el “lector común” estaban en discordancia con la esencia de la crítica literaria. El hecho de que este lector no se esforzara por transmitir conocimientos ni se preocupara porque sus opiniones sirvieran para orientar o corregir a otros no le impedía disfrutar de la lectura. Ese placer crearía la atmósfera necesaria para entrar en diálogo con la obra. También Eagleton considera importante conservarlo, incluso al realizar estudios literarios. Después de declarar que el arte de analizar obras literarias estaba desapareciendo, afirma: “I hope to show in the process that critical analysis can be fun, and in doing so help to demolish the myth that analysis is the enemy of enjoyment” (2013: x).

Samuel Johnson consideraba que los prejuicios y los dogmas podían impedir al lector común leer con libertad. De esta idea pueden retomarse dos cuestiones: la situación dogmática y la libertad del lector. Ambas aparecen también en la prosa de T. S. Eliot, quien, aunque se aleja del nivel de lectura del lector no especializado, identifica ciertos factores que podían interferir en la experiencia literaria.

En 1932, Eliot publicó la recopilación de ensayos titulada Selected Essays. En “Tradition and the Individual Talent”, escrito originalmente en 1917, ocho años antes de la aparición de The Common Reader, da su opinión acerca de la formación literaria de un poeta:

I am alive to a usual objection to what is clearly part of my programme for the métier of poetry. The objection is that the doctrine requires a ridiculous amount of erudition (pedantry) […] It will even be affirmed that much learning deadens or perverts poetic sensibility. While, however, we persist in believing that a poet ought to know as much as will not encroach upon his necessary receptivity and necessary laziness, it is not desirable to confine knowledge to whatever can be put into a useful shape for examinations, drawing-rooms, or the still more pretentious modes of publicity (1964: 6).

Salvadas las distancias entre la actividad de un lector ordinario y la del poeta, Woolf y Eliot identificaron interferencias similares. Por un lado, los prejuicios literarios impedían al lector común encontrar su propia opinión acerca de la literatura; por otro, el nivel de erudición que se esperaba de un poeta podía coartar su sensibilidad. Algo similar identifica Gómez Redondo en su Manual de crítica literaria contemporánea: a veces el crítico pasa más tiempo tratando de dominar la teoría que haciendo crítica y pierde la oportunidad de aplicar aquello que Eagleton llamó pure o high theory.

T. S. Eliot también dedicó algunas líneas al uso de la teoría literaria. En The Use of Poetry and the Use of Criticism, identificó dos tendencias de la crítica: “I assume that criticism is that department of thought which either seeks to find out what poetry is [o] assesses actual poetry” (1933: 16). Después estableció sus límites:
At one of which we attempt to answer the question “what is poetry?” and at the other “is that a good poem?” No theoretic ingenuity will suffice to answer the second question, because no theory can amount to much which is not founded upon a direct experience of good poetry; but on the other hand our direct experience of poetry involves a good deal of generalising activity (1933: 16).

La primera pregunta conduce hacia una reflexión teórica sobre la naturaleza de la poesía; la segunda, hacia la valoración de una obra concreta. Para Eliot, ninguna elaboración teórica podía ser suficiente para responder si un poema era bueno, pues la teoría debía fundarse en una experiencia directa de la poesía. Al mismo tiempo, esa experiencia también implicaba cierta actividad de generalización.

Dos años después de que Barthes publicara Sobre Racine, apareció To Criticize the Critic and Other Writings. En el primer texto de esta recopilación, Eliot declaró: “We can, of course —and this is a danger to which the philosophical critic of art may be exposed— adopt a theory and then persuade ourselves that we like the works of art that fit into that theory” (1991: 20). Eliot admite que el crítico puede adoptar una teoría, pero advierte del riesgo de involucrarse tanto con ella que su crítica no pueda ir más allá de lo que ese método le dicte. En ese caso, la teoría dejaría de ser una forma de aproximarse a la obra y terminaría por condicionar su apreciación.

La crítica de autor y el problema del valor
Al hablar de la teoría que él mismo seguía, T. S. Eliot declaró que sus formulaciones teóricas provenían de sus gustos y de la experiencia directa de los autores que habían influido profundamente en su escritura (1965: 20). Sus preferencias literarias y la lectura de las obras de otros autores, incluyendo sus textos críticos, le permitieron desarrollar su propia obra y expresar su crítica. Eliot examinaba de esta manera las características de la crítica realizada por un autor y no solamente por un crítico especializado.

Eliot distinguió diferentes clases de críticos, entre ellos el crítico profesional, el crítico con gusto, el crítico académico o teórico y aquel cuya crítica era un producto derivado de su actividad creadora. La crítica que más le interesaba era la del crítico-poeta o, en términos más amplios, la del crítico-autor. Por ello admitía estar más interesado en lo que otros poetas habían escrito acerca de la poesía que en las opiniones de críticos que no fueran poetas (1965: 25). Desde su perspectiva, la crítica de los artistas sobre su propio arte poseía mayor intensidad y autoridad, aunque el área de competencia del artista pudiera ser más limitada (1965: 26).

Al ser un artista y un poeta, Eliot daba mayor valor a la crítica realizada por sus colegas que a la escrita por los profesionales. Una opinión similar aparece en Crítica y ficción, serie de entrevistas con el escritor argentino Ricardo Piglia. En el apartado “La lectura de la ficción”, Piglia recupera las palabras de Baudelaire para referirse a la relación entre el autor y la crítica: “es cada vez más difícil ser un artista sin ser un crítico” (2017: 8). La crítica no sería entonces una actividad ajena al desarrollo de la obra de un escritor, sino una necesidad derivada de su condición de artista.

En los ensayos de los escritores, Piglia encuentra “por un lado una gran precisión técnica y por otro lado una estrategia de provocación”. Según el autor argentino, esta crítica plantea directamente el problema del valor y se concentra en el juicio y el análisis técnico más que en la interpretación. Por esta razón, afirma que “los escritores son los estrategas en la lucha por la renovación literaria” (2017: 8-9).

Piglia considera, además, que el problema del valor desapareció de la discusión crítica a partir del formalismo ruso. Cuando la crítica dejó de entenderse como opinión y comenzó a relacionarse con saberes ya definidos —como el marxismo, el psicoanálisis o la lingüística—, el valor fue desplazado del debate (2017: 117). La lectura de los escritores no siempre obedece a la lógica normativa de las modas teóricas que organizan los debates de la crítica académica. Su participación permite recuperar el juicio de valor sin desconocer la utilidad de las perspectivas teóricas.

La crítica literaria ha conservado su propósito de establecer un diálogo con la obra, aunque las normas que intentan regirla hayan cambiado. Barthes propuso descifrar la significación del texto; Genette sostuvo que las variaciones teóricas no debían modificar la función esencial de la crítica; Eagleton advirtió sobre la desaparición del análisis literario; Woolf defendió la libertad y el placer del lector; Eliot señaló que la teoría debía partir de una experiencia directa de la literatura, y Piglia recuperó el problema del valor mediante la figura del escritor-crítico.

En diferentes momentos ha existido un descontento con la orientación de la crítica literaria. Las teorías ofrecen distintas perspectivas para analizar las obras, pero su dominio no debería sustituir el diálogo con el texto, la experiencia de lectura ni la posibilidad de emitir un juicio acerca de su valor. La crítica de autor no elimina la necesidad de la teoría, pero recuerda que la apreciación de la literatura comienza con la lectura de la obra.

Eduardo Rito Vargas
Artículo publicado el 23/09/2026

Referencias
Barthes, R. (1992). Sobre Racine (J. Moreno Villarreal, Trad. y pról.). Siglo XXI Editores.
Campos, J. (2005). Los escritores y la crítica. En O. Hansberg y J. Ortega (Coords.), Crítica y literatura: América Latina sin fronteras (pp. xx–xx). Universidad Nacional Autónoma de México.
Eagleton, T. (2007). How to read a poem. Blackwell Publishing.
Eagleton, T. (2008). Literary theory: An introduction (25th anniversary ed.). University of Minnesota Press.
Eagleton, T. (2013). How to read literature. Yale University Press.
Eliot, T. S. (1964). Selected essays of T. S. Eliot (New ed.). Harcourt, Brace & World.
Eliot, T. S. (1991). To criticize the critic and other writings. University of Nebraska Press.
Eliot, T. S. (1993). The use of poetry and the use of criticism: Studies in the relation of criticism to poetry in England. Faber and Faber.
Genette, G. (1989). Figuras III (C. Manzano, Trad.). Lumen.
Gómez Redondo, F. (2008). Manual de crítica literaria contemporánea. Castalia.
Piglia, R. (2017). Crítica y ficción. Debolsillo.
Woolf, V. (2015a). The common reader: First series. University of Adelaide Library. [https://ebooks.adelaide.edu.au/w/woolf/virginia/w91c/index.htm] (Consultado 10/02/2026)
Woolf, V. (2015b). The common reader: Second series. University of Adelaide Library. [https://ebooks.adelaide.edu.au/w/woolf/virginia/w91c/index.htm] (Consultado 10/02/2026)
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