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Cuando dejamos de ver al otro

por Barbara Romero Constanzo
Artículo publicado el 16/10/2026

Resumen: Este ensayo reflexiona sobre la deshumanización de las personas en situación de calle desde las perspectivas filosóficas de Buber y Levinas. Examina cómo la indiferencia cotidiana transforma al prójimo en objeto invisible, ignorando su dignidad y vulnerabilidad. A través de los conceptos «Yo-Tú» y «Rostro», plantea que la verdadera inclusión trasciende la asistencia material y exige reconocimiento humano y responsabilidad ética hacia el otro.

Palabras clave: Situación de calle, deshumanización, Martin Buber, Emmanuel Levinas, dignidad, ética, reconocimiento, vulnerabilidad.

 

Todos los días caminamos por las calles de nuestra ciudad y nos encontramos con personas que viven en ellas. Muchas veces ignoramos su presencia. Se vuelve parte de aquello que vemos todos los días y que, precisamente por verlo todos los días, dejamos de cuestionar. La situación de calle se ha convertido así en una realidad tan habitual que corremos el riesgo de olvidar lo más importante: detrás de cada persona que duerme en una vereda hay una persona. Alguien con una historia, vínculos, pérdidas, deseos, miedos y una dignidad que no desaparece por haber perdido un hogar. Aquí la filosofía puede ayudarnos a formular una pregunta incómoda: ¿qué nos ocurre a nosotros cuando dejamos de ver a una persona como persona?

El filósofo Martin Buber planteó que nuestra relación con los demás puede adoptar dos formas diferentes. Podemos encontrarnos con el otro como un Tú, es decir, como alguien que está frente a nosotros y cuya existencia merece ser reconocida, o podemos relacionarnos con él como un Ello: aquello que observamos, clasificamos, utilizamos o simplemente queremos apartar de nuestro camino.

Tal vez una de las formas más silenciosas de deshumanización ocurre precisamente cuando convertimos a una persona en un elemento del paisaje. Quizás por eso resulta tan fácil pasar junto a alguien en situación de calle sin mirarlo. Porque mirar realmente significa algo más que dirigir los ojos hacia una persona. Significa reconocerla.

Levinas llevó esta reflexión más allá. Para él, encontrarnos con otra persona significa reconocer su Rostro. No se trata simplemente de sus ojos, su boca o su nariz, sino de comprender que frente a nosotros hay alguien distinto de nosotros, con su propia historia y dignidad. El Rostro rompe la posibilidad de reducir completamente a una persona a una categoría y me recuerda que estoy frente a otro ser humano.

Podemos intentar no mirar. Podemos cruzar la calle. Podemos bajar la mirada y continuar caminando. Pero el otro sigue allí.

Aquí aparece una diferencia importante entre Buber y Levinas. Buber nos invita a pensar en la posibilidad de un encuentro en el que el otro sea reconocido como un Tú, como alguien y no como algo. No se trata simplemente de estar físicamente cerca de otra persona, sino de encontrarnos verdaderamente con ella, reconociendo su existencia y su valor propio.

Una persona nunca cabe completamente dentro de una categoría. Y quizás ahí reside una de las mayores enseñanzas de Buber: encontrarnos verdaderamente con alguien exige algo más que estar físicamente cerca. Exige presencia. Mirar a una persona a los ojos, preguntarle su nombre, escucharla sin reducir inmediatamente su historia a un diagnóstico o una explicación puede parecer un gesto pequeño. No resuelve la pobreza ni reemplaza una vivienda, pero puede romper, aunque sea por un momento, la invisibilidad.

Levinas, por su parte, relaciona este encuentro con la responsabilidad. Cuando reconocemos al otro como una persona, su presencia también nos exige una respuesta. Ya no podemos ser completamente indiferentes frente a quien tenemos delante. Buber nos pregunta: ¿eres capaz de ver al otro como un Tú? Levinas agrega una pregunta todavía más incómoda: ahora que lo has visto, ¿qué harás con aquello que has visto?

Pero ¿qué ocurre cuando ese encuentro no es fácil? Una persona que vive en la calle puede estar atravesando una situación de enorme sufrimiento, una crisis de salud, una adicción, un deterioro cognitivo o simplemente años de aislamiento y abandono. Puede no estar en condiciones de establecer inmediatamente una relación recíproca.

Aquí Levinas introduce una diferencia fundamental. Para él, no necesitamos esperar que el otro pueda responder de la misma manera para sentirnos responsables de él. La responsabilidad no depende de la reciprocidad. No ayudamos solamente a quien puede agradecernos, correspondernos o establecer con nosotros una relación equilibrada. Si alguien está herido y necesita ayuda, su vulnerabilidad ya es suficiente para involucrarnos y actuar.

Más que asistir: reconocer
Todo esto no significa que entregar comida, una manta o un lugar donde dormir sea insuficiente o carezca de valor. Al contrario: cuando alguien tiene hambre o está expuesto al frío, esas cosas pueden ser fundamentales.

El problema aparece cuando la asistencia termina reduciendo a la persona a aquello que necesita. Una sociedad puede entregar alimentos y, al mismo tiempo, tratar a quien los recibe como alguien inferior. Puede ofrecer un albergue y, al mismo tiempo, hacer sentir a quien ingresa que es solamente un número. Puede desarrollar programas sociales eficientes y, sin embargo, olvidar la singularidad de las personas a las que esos programas están destinados.

La dignidad no comienza cuando una persona recupera su casa, consigue trabajo o deja de necesitar asistencia. La dignidad estaba allí antes.

Por eso, la situación de calle no debería obligarnos únicamente a preguntar cuántas personas viven en esa condición, cuántos albergues tenemos disponibles o cuánto dinero destinamos a los programas sociales. También deberíamos preguntarnos qué sucede con nuestra propia capacidad de reconocer al otro.

Porque quizás la forma más profunda de exclusión no consiste solamente en que alguien quede fuera de una casa. Puede comenzar mucho antes: cuando queda fuera de nuestra mirada.

Barbara Romero Constanzo
Artículo publicado el 16/10/2026

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