Resumen:
Desde la perspectiva de la crítica colonialista latinoamericana, este trabajo aborda la construcción de subjetividades en algunas crónicas de la conquista de México a partir de la figura del cautivo-intérprete. Tomando las Cartas de relación de Hernán Cortés, la Historia de la conquista de México de Francisco López de Gómara y la Historia verdadera de la conquista de la Nueva España de Bernal Díaz del Castillo, se analizan estas figuras y se alude a los momentos de mezcla, comunicación y traducción, y a las distintas colocaciones de los sujetos: los intérpretes españoles o indígenas, Malinche como traductora privilegiada. Esta zona permite mostrar de qué modo el cruce – entendido como contaminación desde la perspectiva de los conquistadores–, amenaza las fronteras de la identidad y marca los incipientes trazos sobre los cuales se erige la cultura latinoamericana.
Palabras claves: Traducción – intérprete – cautivo – subjetividades – discurso colonial.
Introducción: La traducción como metáfora
“Traducir es transcribir de un idioma a otro. Yo creo más, yo creo que traducir es transpensar; pero cuando Víctor Hugo piensa, y se traduce a Víctor Hugo, traducir es pensar como él,impensar , pensar en él”.
José Martí
Tras todo acto de comunicación existe un proceso de traducción, de reconversión lingüística y textual, de traslación de gestos, perspectivas, cosmovisiones y dinámicas sociales. En ello consiste la traducción cultural, en la cual enunciador o personaje se establecen como mediadores entre culturas, desplegando saberes y configurando cierta autoridad enunciativa; problema aún mayor en la medida en que ―en el momento de la conquista tanto como en las sociedades fractales posconquista― la desigualdad y las relaciones de dominación se inscriben en todos los órdenes.
Traducir es asunto lingüístico, léxico o sintagmático (es decir, buscar y hallar el equivalente entre lenguas); traducir es una de las formas de acercamiento al otro y de inmersión en los modos en que éste piensa y concibe el mundo. (1) Traducir obliga al neologismo y a la metáfora (Colombi, 2004); sometiéndonos a la lógica del “impensar”, lleva a evaluar las relaciones entre culturas.
El proceso de conquista exige una traducción endolingüística, interlingüística e intersemiótica (Jakobson, 1997), es decir, la paráfrasis, la comparación, la analogía, la reconversión lingüística y, lo que es más complejo aún, la transcripción de modos de ver el mundo y de ser en el mundo que aluden a dinámicas sociales de enorme complejidad. Desde uno de estos ángulos, ingresa la cuestión del intérprete como figura central, en tanto mediador y en tanto poseedor de múltiples saberes: comprender, saber decir, saber explicar. (2)
En las crónicas de la conquista de México, las referencias a los intérpretes son múltiples y acompañan prácticamente el inicio de la expedición. Los intérpretes-cautivos indígenas (Julianillo y Melchorejo); los cautivos españoles (Gonzalo Guerrero y Jerónimo de Aguilar, el último de los cuales será traductor fundamental para sus coterráneos una vez rescatado) y, por supuesto, la intérprete por excelencia, cautiva primero, activa moduladora de su propio sentido muy pronto: Malintzin-Malinche-doña Marina. En lo que sigue analizamos, desde una perspectiva comparativa, los distintos modos en que cada uno de estos sujetos se inscribe en las crónicas, articulando en sus caracterizaciones diferencias, cambios, mezclas, hibridades.
Traductores e intérpretes
Como es evidente en toda crónica de la conquista del Nuevo Mundo –recordemos, en el inicio, los Diarios de Colón y sus referencias a los traductores que lo acompañaban y a la compleja comunicación–, los intérpretes-cautivos (ya sean indígenas o españoles) inciden en los desplazamientos, cartografían el territorio, posibilitan negociaciones, definen incluso el pasaje del rescate a la conquista . Cortés , Gómara, Bernal Díaz subrayan desde los primeros momentos la necesidad de intérpretes que, además de conocer las diversas lenguas mesoamericanas, puedan desplegarlas con inteligencia, comprender, motivar, explicar, disuadir, evangelizar. “Fernando Cortés, considerando cuánto le importaría tener buen faraute para entender y ser entendido…” (Gómara, 1988: XI-21; subrayado nuestro). “Luego a otro día que Aguilar fue venido, tornó Cortés a hablar a los acuzamilanos para informarse mejor de las cosas de la isla, pues serían bien entendidas con tan fiel intérprete ; y para confirmarlos en la veneración de la cruz y apartarlos de la de ídolos” (Gómara, 1988: XIII- 24, 25; subrayado nuestro).
El intérprete establece vínculos en más de un sentido: entre culturas, entre texto y contexto, entre lengua oral y texto escrito. Su figura, regulada por la Corona , tiene un sentido eminentemente legal: en ella prima la comunicación oral y la obligación de una buena traducción para administrar justicia (Giletti Benso, 1997). Además, es crucial en el requerimiento: la traducción del castellano a la lengua indígena, de la escritura a la oralidad primaria, justifica la conquista y anuda escritura, traducción y poder al hacer inteligible el documento legal a los oídos de los naturales.
En estas expediciones, el intérprete debe hacer mucho más que comprender y transmitir: es guía, consejero, mediador lingüístico e “intermediario diplomático” (Baigorria, 2004: 4). (4) Si una vez capturados los traductores, sus roles se naturalizan, sus cuerpos y sus hablas desaparecen detrás de la representación de los diálogos entre Cortés y los principales indígenas, lo cierto es que, cuando los conquistadores andan sin lengua, las crónicas no dejan de mencionarlo, como preocupación y justificación de la incomunicación o el fracaso. Buscado, necesitado, perseguido, pautado, controlado, el lengua también es sospechoso de traición, en especial si se trata de indios cautivos. Cuenta Bernal Díaz:
“En aquellas escaramuzas prendimos tres indios; el uno de ellos era principal. Mandóles el capitán que fuesen a llamar al cacique de aquél pueblo, y se les dio muy bien a entender con las lenguas Julianillo y Melchorejo, y que les perdonaban lo hecho, y les dio cuentas verdes en señal de paz. Y fueron y nunca volvieron, y creímos que los indios Julianillo y Melchorejo no les debieron de decir lo que les mandaron, sino al revés ” (Díaz del Castillo, 2005: IX; subrayado nuestro).
Decir al derecho o al revés , cumplir órdenes, ser conducto o mensajero: la voz de estos traductores es una voz cautiva, habita un cuerpo sometido a la lógica del conquistador. No obstante, los intérpretes colocan siempre en primer plano la imposibilidad de una sujeción absoluta, el reconocimiento de la necesidad de un código compartido y del poder que éste confiere. La traducción errada o artera define el resultado de las escaramuzas, por eso el intento de control sobre el cuerpo, la palabra, las intenciones del lenguaraz . Intento de apropiación que a cada paso muestra sus falencias; propiedad aún más profunda (y compleja) en el caso de Malinalli-Malintzin: mujer, esclava, regalo, pareja, madre de uno de los hijos de Cortés, leal secretaria y faraute –como la llama López de Gómara.
Metáfora y metonimia: el cuerpo del lengua
Antes de transformarse en lengua por medio del bautismo, todo cautivo debe adquirir un nuevo nombre propio. Este rito es metáfora de un poder aculturador, que escenifica en estos cuerpos sometidos el pasaje cultural. (5) Así, se asume la cultura del conquistador y se la inscribe en signos –vestirse a la usanza de Castilla– que reconfiguran la propia identidad. Definidos por imposición y sujeción, los intérpretes-cautivos atraviesan una frontera para colocarse en un entrelugar que es un fuera de lugar ya sin retorno. Quien cede su voz, antes ha cedido su cuerpo: se viste, se transforma, se desviste también en un intento de (imposible) regreso.
Tal cosa ocurre en la historia ‘ejemplificadora’ y paradigmática de Melchorejo, aquel indio que “ubimos en la Punta de Cotoche” (Díaz del Castillo, 2005: VI-22). Sospechado siempre de mala traducción y de traición, criticado también por Gómara en el cumplimiento de su rol. (6) Luego de acompañar a los españoles desde la expedición de Juan de Grijalba, llegados con Cortés a la zona de Tabasco, Melchorejo huye:
“Cuando le fueron a llamar al Melchorejo no le hallaron, que se había ya huido con los de aquel pueblo de Tabasco; porque, según parecía, el día antes, en la punta de los Palmares, dejó colgados sus vestidos de Castilla que tenía y se fue de noche en una canoa . Y Cortés sintió enojo con su ida, porque no dijese a los indios, sus naturales, algunas cosas que no nos trajeron poco provecho” (Díaz del Castillo, 2005: XXXII; subrayado nuestro).
Desvestirse y escaparse en canoa es volver a sí, a “sus naturales”: evidencia y metáfora de la imposibilidad de una aculturación absoluta. Estos “vestidos de Castilla”, colgados en un árbol, remedan un cambio de piel, descubren la propia identidad debajo del atuendo europeo, sinécdoque de una cosmovisión y una cultura.(7)
El sacrificio del que Melchorejo es víctima a manos de los suyos muestra la imposibilidad de conciliación, exhibe el retorno como una utopía desbaratada por la lógica del enfrentamiento. Una vez atrapado por los españoles, el cuerpo del lenguadeja de pertenecerle, enajenado, y ya no puede ser recuperado para sí. El cuerpo de Melchorejo es reapropiado dentro de la lógica de las sociedades mesoamericanas: la muerte en sacrificio. Si esta muerte estaba destinada a los cautivos en guerra, es claro que Melchorejo nunca ha dejado de serlo, a pesar de la huida y de la valiosa información que ha provisto.
El rol, la potencialidad, la percepción del lengua cambia cuando es otro el cuerpo involucrado: ahora, el cuerpo femenino. Tal es el caso de Mallinalli-Marina-Malintzin-Malinche. Como ya ha sido ampliamente comentado por los especialistas, el desplazamiento en el nombre propio indica un pasaje cultural, un bautismo (asunción de la perspectiva del conquistador), un ascenso social (denotado en el sufijo – tzin , que indica jerarquía, y en el “doña” con que la llama Bernal Díaz , por ejemplo). En lengua náhuatl, Malinalli significa “enredadera, liana, paja torcida, trenzada para la construcción de casas”, también “doceavo día del mes del calendario mexica” (Simeón, 1977: 251). El nombre indígena lleva inscripta la temporalidad mesoamericana, así como la articulación cultura-naturaleza, en los usos de esa “paja torcida, trenzada”. Si de usos se trata, Malinalli pondrá en juego sus saberes indígenas para rescatarse , ya no como tributo o regalo, sino como imprescindible mediadora. Trenzará y anudará varias lenguas (maya, náhuatl, castellano) en heteróclito rol transcultural.
Mujer-enredadera, su imagen frondosa, admirable para el cronista soldado, cubrirá la figura de Aguilar, el otro lengua, hasta desaparecerla de las crónicas. Este espíritu voraz de supervivencia implica otro desplazamiento, llamativo y único en esta conquista: el nombre de la faraute se sobreimpone al nombre del capitán.
“En todos los pueblos por donde pasamos y en otros donde tenían noticia de nosotros, llamaban a Cortés Malinche , y así lo nombraré de aquí a adelante, Malinche. […] Y la causa de haberle puesto este nombre es que como doña Marina, nuestra lengua, estaba siempre en su compañía, especialmente cuando venían embajadores o pláticas de caciques, y ella lo declaraba en la lengua mexicana, por esta causa le llamaban a Cortés el capitán de Marina, y para más breve le llamaron Malinche” (Díaz del Castillo, 2005: XIX-48).
En su rol de traductora y mediadora, Malintzin debía ser secretaria, compañera, incluso continuación de la corporalidad del capitán: no solo dijo sus palabras, también engendró su hijo. Extraña transformación, empero, que hace de la contigüidad definición por antonomasia de Cortés, nominándolo a partir de la mujer que dice su discurso. En la mirada de indígenas y soldados, quien no tiene voz, quien es a partir de la voz de otro –Malintzin-Marina no habla en las crónicas, sino que es referida por medio del discurso indirecto–, se apropia del nombre propio del capitán. Peculiar justicia comunicativa y poética que designa el modo de conquista tal como lo entiende y lo practica Cortés, vinculado tanto a la guerra como a la negociación.
En estas crónicas, doña Marina-Malintzin adquiere una doble valencia: en primer término, es regalo, botín de guerra, símbolo de vasallaje y de alianza. Afirma Cortés que en Potochan “me la habían dado con otras veinte mujeres” (Quinta Carta). Amplía Gómara:
“Marina, que así se llamaba después de cristiana, dijo que era de hacia Xalixco, de un lugar dicho Viluta, hija de ricos padres, y pariente del señor de aquella tierra; y que siendo muchacha la habían hurtado ciertos mercaderes en tiempo de guerra, y traído a vender a la feria de Xicalanco, que es un gran pueblo sobre Coazacualco, no muy aparte de Tabasco; y de allí era venida a poder del señor de Potonchan ” (1988: XXVI-41; subrayado nuestro).
Agrega aún más Bernal Díaz:
“Vinieron muchos caciques y principales de aquel pueblo de Tavasco, y de otros comarcanos, haziendo mucho acato a todos nosotros, y truxeron un presente de oro, que fueron cuatro diademas y unas lagartijas, y dos como perrillos y orejeras, y cinco ánades, y dos figuras de caras de indios, y dos suelas de oro como de sus cotaras. […] Y no fue nada todo este presente en conparación de veinte mujeres, y entre ellas una muy excelente muger que se dixo doña Marina, que ansí se llamó después de buelta cristiana” (2005: XXXVI-87; subrayado nuestro).
Malinalli podría haber sido una más entre “las otras mujeres, no me acuerdo bien de todos sus nonbres, y no haze al caso nombrar algunas”, como dice más adelante Bernal Díaz (2005: XXXVIII-88). Sin embargo, trastoca su rol y su destino, consigue destacarse por sus saberes y por ser “de buen parecer, entremetida y desenvuelta” (Díaz del Castillo, 2005: XXXVI-88). (8) Adquiere un rol activo y una posición jerárquica, “tenía mucho ser y mandava asolutamente entre los indios en toda la Nueva España ” (Díaz del Castillo, 2005: XXXVII-91). Para Gómara, Marina es “cierto y leal faraute” y, junto con Aguilar, “el verdadero intérprete entre los nuestros y los de aquella tierra” (1988: XXVI, 41-42). Nótese la adjetivación de positiva connotación, que cifra la lealtad en un sentido etnocéntrico. Para Cortés, es “Marina, la que siempre yo conmigo he traido” (1993: 533, Quinta carta de relación), negociadora, intermediaria y espía, de rol crucial en Cholula, por ejemplo. (9)
Si el nombre “Malinche” se superpone al de Cortés, sustituyéndolo en la crónica bernaldiana y en los relatos indígenas, su cuerpo se interpone entre españoles e indígenas, tanto en la representación de los diálogos de los cronistas españoles como en los códices. (10) Malintzin presta su cuerpo para un entrelugar cuyo conflicto capitaliza. No obstante, sin voz propia, en esta doble valencia a la que nos referimos más arriba, Malinztin-doña Marina también es signo vacío, puro significante cubierto cada vez con los deseos diversos de los distintos hombres: la simbología de las relaciones sociales mesoamericanas, las palabras del capitán, la lógica de la conquista.
Malinalli-Marina no puede dejar de ser intérprete para producir un discurso propio perdurable porque, si bien se apropia de la lengua del otro , no se apropia de su voz, tampoco de la autoridad y la legalidad cifrada en la palabra escrita. Por eso, la imagen de Mallinalli-Malinche ha soportado, a lo largo de los siglos, tanto la admiración como la ignominia, el enaltecimiento o el desprecio o la revancha. Hay algo siempre opaco en su figura, como si el desplazamiento de significantes y significados que sus cambios de nombre escenifican no hubiese cesado jamás.
En verdad, Malintzin-Malinche soporta el peso de la corrupción de la lengua; ella, la intérprete por excelencia, lleva en el nombre propio la marca del error, la mala comunicación, la intraductibilidad o la falsa traducción. “Malintzin” la llamaban los indígenas, agregando el sufijo que indica “reverencia, respeto” (Simeón, 1977: 25). “Malintzin-é” llamaban a Cortés, en homofónico cruce entre el nombre de su intérprete y uno de los fonemas del apellido del capitán. Los españoles escuchan insistentemente este apelativo, pero no pueden pronunciar el suave y delicado sonido “ tzin ”. Lo transforman, trastruecan y corrompen por la “ch” castellana, de suerte que Malintzin-é pasa a ser, en la crónica bernaldiana (y en la voz plural de los soldados) Malin che , para designar indistintamente al capitán o a su lengua.
Cabe aquí recurrir al traductor mestizo por excelencia, el Inca Garcilaso de la Vega. Décadas después de la conquista de México, abre sus Comentarios Reales detallando pronunciaciones y “dicciones” que diferencian “la lengua española” de la “lengua general de los indios del Perú” (1991: t.1- 7). Critica el modo en que los españoles añaden letras y sonidos, “en perjuicio y corrupción del lenguaje” (1991: t.1-7). Al dar cuenta de “la deducción del nombre del Perú”, explica de modo lapidario que:
“Los cristianos entendieron conforme a su deseo, imaginando que el indio les había entendido y respondido a propósito, como si él y ellos hubieran hablado en castellano, y desde aquel tiempo, que fue el año de mil y quinientos y quince o diez y seis, llamaron Perú aquel riquísimo y grande Imperio, corrompiendo ambos nombres, como corrompen los españoles casi todos los vocablos que toman del lenguaje de los indios de aquella tierra” (1991: t.1- 15).
La idea de corrupción de la lengua es crítica velada y metonimia de una corrupción mayor, cifrada en la mala traducción, la mala comunicación, el desprecio o la injusta valoración de las culturas originarias americanas.(11) En la historia de doña Marina, personaje en el que confluyen tanto las connotaciones peyorativas como positivas acerca del mestizaje, el pasaje de Malintzin y Malin tzin-é a Malin ch e lleva cifrada la heteróclita lógica de apropiación, sometimiento y sobreimposición que define la conquista del Nuevo Mundo.
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