Entrevista con Roberto Bolaño – Critica.cl

Entrevista con Roberto Bolaño

por Luis García-Santillán
Artículo publicado el 13/04/2002

Introducción
Quisiera poder quedar con él, pero me es imposible. Quisiera poder decirle que le conozco literariamente desde hace… casi veinte años, en concreto desde que yo un día entrara en la Librería Morgana de Oviedo, una de esas pequeñas librerías que suplantaban fondo editorial por culto literario, y me hiciera con un ejemplar deConsejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce, (Premio Ámbitu Literario de Narrativa 1984), una novela negra, negra, escrita en colaboración con Antoni García Porta. Quisiera poder decirle que no me extrañó que se alzara con el Premio Herralde de Novela por Los detectives salvajes, ya que la carrera literaria de Roberto Bolaño, si bien había comenzado a mis ojos a comienzos de los ochenta, está plagada de éxitos (Premio Ciudad de Alcalá de Henares 1992 con La pista de hielo). Las comparaciones con el otro chileno exiliado ilustre son inevitables, pero tampoco vienen a cuento. Ahora, presenta dos nuevas obras, Nocturno de Chile, Editorial Anagrama, novela con el trasfondo del Chile actual, y Tres, un curioso poemario editado por El Acantilado que no ha pasado desapercibido para casi nadie.

Luis García —Premio Herralde de novela con Los Detectives salvajes, pero pocos le recuerdan en sus comienzos con aquella obra coescrita con Antoni García PortaConsejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce. ¿Cómo recuerda aquellos inicios?

Roberto Bolaño —Con una alegría un poco insana. Por aquella época trabajaba en Roses, a medio camino entre Figueras y Cadaqués, aunque mi vida no tenía nada de glamour, sobre todo si entendemos la palabra glamour tal como la entienden y la ejemplifican esos cientos de exiliados latinoamericanos, sobre todo aquellos que se dedican al arte o al espectáculo (de hecho, dudo mucho que sepan la diferencia entre arte y espectáculo). Digamos que entonces yo trabajaba vendiendo bisutería, es decir que tenía mi pequeño negocio, y vivía como un árabe de las Mil y una noches, o como un judío del ghetto de Praga, sin frecuentar el círculo de Kafka, pero aprendiendo esos nombres tan pintorescos que designan las diversas piezas de bisutería. Los mediodías solía ir a bucear a una escollera del puerto en donde aún era posible ver pulpos. Cuando los pulpos me veían se alejaban y yo los seguía, sin tocarlos, durante un buen trecho. Por las noches, después de contar las ganancias y las pérdidas del día, y anotarlas en un cuaderno muy grueso, me ponía a escribir, tirado en el suelo (no tenía mesa) y a veces pensaba en el ojo del pulpo que había visto ese mediodía y todo me parecía magnífico. Si no hubiera sido víctima de una estafa, probablemente aún seguiría en el mismo negocio.

L.G. —¿Se siente cómodo en su papel de triunfador? Es decir, ha pasado en veinte años (casi nada) de ser un escritor marginal a ganar el Herralde de Novela y después el Rómulo Gallegos con la misma obra. Le repito: ¿cómo se siente en dicho papel?

R.B. —No creo en el triunfo. Nadie, con dos dedos de frente, puede creer en eso. Creo en el tiempo. Eso es algo tangible, aunque no se sabe si real o no, pero el triunfo, no, de ninguna manera. En el campo de los triunfadores uno puede encontrar a los seres más miserables de la tierra y hasta allí yo no he llegado ni me veo con estómago para llegar.

L.G. —¿Qué hace un chileno como usted en la costa gerundense? ¿Qué le decidió a quedarse allí?

R.B. —Me gusta este lugar. Supongo que si viviera en otro sitio, también acabaría acostumbrándome a él y viviendo más o menos feliz. Mi familia paterna, por otra parte, es una familia de emigrantes, mi abuelo era gallego y mi abuela catalana. Mi padre, que nació en Chile, se ha convertido en un mexicano. Mi familia o parte de ella es de clase obrera, y la clase obrera sólo necesita un pequeño empujoncito para dejar de creer en la patria, que es un invento burgués, y cuando digo burgués estoy pensando tanto en la burguesía francesa como en la burguesía soviética o la burguesía china. Por otra parte tengo que aceptar que estoy casi siempre en contra de la mayoría y la patria es el lugar en donde la mayoría (los compatriotas) impone con mayor persuasión sus dogmas y sus castigos y sus premios.

L.G. —¿Se siente heredero del boom, o se identifica más con la generación del crak,usted que también pasó y se quedó un tiempo en Méjico?

R.B. —No, no, no me siento heredero del boom de ninguna manera. Aunque me estuviera muriendo de hambre no aceptaría ni la más mínima limosna del boom, aunque hay escritores muy buenos, que releo a menudo, como Cortázar o Bioy. El boom, al principio, como suele suceder en casi todo, fue muy bueno, muy estimulante, pero la herencia del boom da miedo. Por ejemplo, ¿quiénes son los herederos oficiales de García Márquez?, pues Isabel Allende, Laura Restrepo, Luis Sepúlveda y algún otro. A mí García Márquez cada día me resulta más semejante a Santos Chocano o en el mejor de los casos a Lugones. ¿Y quiénes son los herederos oficiales de Fuentes? ¿Y de Vargas Llosa? En fin, corramos un tupido velo. Como lectores hemos llegado a un punto en donde, aparentemente, no hay salidas. Como escritores hemos llegado literalmente a un precipicio. No se ve forma de cruzar, pero hay que cruzarlo y ese es nuestro trabajo, encontrar la manera de cruzarlo. Evidentemente en este punto la tradición de los padres (y de algunos abuelos) no sirve para nada, al contrario, se convierte en un lastre. Si no queremos despeñarnos en el precipicio, hay que inventar, hay que ser audaces, cosa que tampoco garantiza nada.

L.G. —Suele escribir historias crudas, que resultan de difícil digestión. ¿Qué le deben sus novelas a la vida?

R.B. —Todo. No hay nada que no le deba todo a la vida.

L.G. —¿Y su poesía? ¿De quien se siente heredero?

R.B. Una obra poética suele ser el resultado de una biblioteca y de una vida, de los saltos y sobresaltos de esa vida. En ese sentido es inútil nombrar a uno o a diez poetas, son miles, y su influencia, por otra parte, siempre es relativa, está condicionada por la aventura. Cuando digo aventura no sólo quiero decir viajes y riesgos sino también enfermedades, amistades, hechos mínimos y cotidianos, y la amistad, por supuesto, que es lo único que queda de la época en que los hombres eran dioses y los dioses hombres. Bueno, no, también queda el amor, pero el amor tiene la vista un poco más delicada.

L.G. —¿Cómo ve la reciente poesía española usted que ha participado en algunas Jornadas Poéticas de esas que tanto gustan a los amantes del folclore y de la diatriba?.

R.B. —Para mí la poesía nueva española es, todavía, Leopoldo María Panero y Pere Gimferrer. La verdad es que la obra de Gimferrer me interesa muchísimo, toda la obra de Gimferrer, no sólo la estrictamente poética. También me gusta Miguel Casado, un poeta que pareciera buscar la invisibilidad, aunque lo que realmente busca es la precisión. Cierto que a veces invisibilidad y precisión son la misma cosa.

L.G. —Leí en alguna entrevista suya, que hubo un momento en que se convirtió en un profesional de los concursos literarios. De hecho, su leyenda mantiene que tenía en ellos una forma de supervivencia. ¿Qué hay de cierto en ello?

R.B. —Es estrictamente cierto. Participaba en todo tipo de concursos literarios para ganar dinero. Por lo tanto enviaba mis poemas y mis dos únicas novelas a cuanto concurso se ponía a tiro. Todos terminaron ganando algún premio y algunos más de dos (con títulos distintos, por cierto). Digamos que fue una actividad alimenticia. Escribí un cuento sobre este asunto, «Sensini», que aparece en «Llamadas telefónicas», en donde ponía punto final a esta etapa, que fue básicamente melancólica pero que también tuvo momentos de gran expectación que luego no he vuelto a vivir, pese a ganar algunos premios de los llamados importantes, tanto en España como en Latinoamérica.

L.G. —Sus libros adolecen de cierto trasfondo político irrenunciable. (No podría ser de otro modo viniendo de alguien que fue acusado de terrorista en su país, y que se considera un exiliado). Pero, ¿a que se debe que no participe activamente en España en movimientos sociales como lo hace por ejemplo Luis Sepúlveda?

R.B. —Bueno, a mí cuando me detuvieron en Chile me acusaron de «terrorista extranjero», porque mi acento era mexicano. Lo sentí como una medalla. Lástima que esa medalla no duró demasiado tiempo. El teniente de carabineros que me detuvo, en un control de carretera, era claramente un esquizofrénico y probablemente nadie le hacía caso. En algunas publicaciones alemanas he leído, con estupor, que estuve medio año preso. En realidad sólo fueron ocho días. Con respecto a participar en movimientos sociales, no tengo idea en qué clase de movimientos sociales participa Luis Sepúlveda, pero seguro que a mí no me dejarían entrar a ese club. Ni a ese club ni a ningún otro. Así que podría decir que no participo por cortesía, por delicadeza, para evitarles el mal trago de mi más que segura expulsión. O dicho en otras palabras: que se ocupen ellos de esa política que yo ya tengo bastante trabajo con ocuparme de la literatura y de mi política. Una última puntualización: yo jamás me he sentido un exiliado en España, como tampoco me sentí un exiliado en México, ni en Centroamérica, ni en ningún otro lugar en donde se hablara español.

L.G. —La historia de unir sesiones de tortura y reuniones literarias en Nocturno de Chile, tiene un componente ciertamente grotesco. ¿Cómo se le ocurrió como elemento literario?

R.B. —Esa historia es cierta y además del dominio común, aunque hasta hace relativamente poco nadie hablara públicamente de ello en Chile. Hubo una escritora que celebraba reuniones literarias en su casona de Santiago, mientras su marido, un norteamericano, el tipo que puso la bomba en el coche de Letelier en Estados Unidos y uno de los que asesinaron a Prats en Buenos Aires, torturaba a sus prisioneros en los sótanos de esa misma casa. Por supuesto, los que asistían a las veladas literarias desconocían aquello que sucedía en los sótanos.

L.G. —No deja de ser ciertamente curiosa la comparación…

R.B. —No, si uno lo piensa bien, no es tan curiosa. La literatura, sobre todo en la medida de que se trata de un ejercicio de cortesanos o que fabrica cortesanos, de cualquier especie y de cualquier credo político, siempre ha estado cerca de la ignominia, de lo vil, y también de la tortura. El problema está en el espíritu cortesano. Y también, claro, en el miedo.

L.G. —¿Cree que sería posible establecer un trazabilidad entre todos sus libros, sean estos de prosa o verso?. Es decir, ¿percibe usted algún nexo en común en todos ellos por pequeño que este sea?

R.B. —Todos mis libros están relacionados. Hablar de esto, sin embargo, es aburrido.

L.G. —¿Cómo recibió el Premio Herralde?. ¿Era consciente de que Los detectives salvajes podría convertirse con el tiempo en una obra de culto?

R.B. —Hay dos o tres autores a quienes admiro mucho y que habían ganado el premio Herralde, y en ese sentido para mí fue un honor añadir mi nombre en una lista en donde estaban ellos. Me refiero a Pitol, a Javier Marías y a Pombo. La verdad es que me sentí mucho más contento cuando apareció Estrella distante, en 1996, que fue mi primer libro publicado en Anagrama.

L.G. —Hubo quien la emparentó con el género negro más ortodoxo. ¿Coincide con ellos?

R.B. —De ninguna manera. Los detectives salvajes, y ahora que lo pienso, buena parte de mi obra, si no toda, circula, no sé si para bien o para mal, de un género a otro sin mayores problemas. En Nocturno de Chile, hasta donde recuerdo, hay tres: el de terror, la comedia de situaciones y un híbrido de novela de campo y novela gótica.

L.G. —¿Qué me puede contar de Tres, a mi juicio uno de los libros más curiosos que he leído últimamente?¿Cómo nació?

R.B. —Tres, como su nombre claramente indica, son tres poemas o tres textos largos, escritos en épocas distintas, el más viejo creo que en 1980, y el más reciente en 1994 o 1995. Lo más que puedo decir de este libro es que, si me ataran a una silla y me obligaran a leerlo otra vez, la cara no se me caería del todo de vergüenza, que ya es bastante. A veces incluso llego a pensar, llevado por un entusiasmo sin duda irracional, que es uno de mis dos mejores libros.

L.G. —Recuerdo que no tuvo muy buena acogida, como si a usted, un narrador con solvencia, le estuviera negado el adentrase en el terreno de la poesía. Sin embargo, no era un poemario en el sentido estricto, y en todo caso, tampoco hubiera sido el primero.

R.B. —Los críticos siempre han sido muy generosos con mis novelas y cuentos y sería abusar de su paciencia o de la paciencia del dios de los críticos el exigir o pedir una generosidad similar para mi poesía. No tengo ningún problema en ese aspecto.

L.G. —¿Qué nos puede contar de esa mastodóntica obra que anunció a bombo y platillo, en la que vuelve al México de Los detectives salvajes a relatar los asesinatos de varias mujeres en Ciudad Juárez?. ¿Para cuando espera terminarla?

R.B. —En mayo del año 2002 estará terminada y se publicará, si todo va bien, en septiembre u octubre de ese año. Más no puedo decir. Entre otras razones porque sería demasiado largo hablar de ella y demasiado confuso. La novela ya está escrita en mi cabeza, y en esta fase todo parece ir muy bien, la novela parece mucho mejor de lo que realmente será, y seguramente diría muchas tonterías de las que terminaría arrepintiéndome. La verdad es que uno siempre termina arrepintiéndose de todo. De todas las cosas que pudo hacer y no hizo y de todas las cosas que hizo y que pudo haber hecho mejor.

España, abril, 2001

 


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