La función de la crítica literaria – Critica.cl

La función de la crítica literaria

por José Ignacio Silva A.
Artículo publicado el 28/02/2004

Es posible considerar que la pregunta acerca de la utilidad de la crítica literaria es una pregunta vieja, pero que asimismo genera diferentes respuestas, como en diferentes momentos de la historia se ha formulado este cuestionamiento (creo que no se descubrió la pólvora en la frase anterior).

Como quien escribe estas palabras ha sido parte de la enseñanza que se le prodiga a miles de futuros periodistas en Chile, es importante señalar que en el periodismo, la crítica tiene un espacio bien definido, así como funciones específicas. La crítica está enmarcada dentro del periodismo de opinión, y es al interior de este género uno de los “productos estrella”, pues señala el español Gutiérrez Palacio que “periodísticamente, todo objeto cultural es susceptible de crítica a sola condición que esté inmersa dentro de un acontecimiento actual”. Esto ya lo mencionó Eliot al decir que “es imposible rodear a la crítica literaria para separarla de la crítica en otros aspectos”. No es territorio exclusivo de los periodistas el ejercer la crítica, sino que puede ser ejecutada por aquellos que no lo son, pero que son expertos en temas determinados, ya sea libros, teatro, cine, restaurantes, televisión, etc. Pero en lo que es meridianamente clara la crítica periodística es en sus funciones, “enjuiciar y valorar la obra, también con un carácter informativo, descriptivo y orientador” . Estas funciones son básicas en el ejercicio este tipo de crítica, pues es forzoso que ésta sea la voz noticiosa y pregón de la obra, la presentación del autor de la misma, una descripción del tema y un examen del estilo.

El juicio que se hace a la obra nace de la confrontación entre tema y estilo. El dictamen será uno u otro, si es que es tema y estilo se acoplan perfectamente, o bien no se llevan para nada, y todo lo que quepa poner en medio de estos dos extremos. Según las enseñanzas periodísticas, el género de opinión, y especialmente la crítica, tienen un fin pragmático en cuanto a orientación del lector ante la gran oferta cultural (al menos en los países con un nivel de desarrollo suficiente como para contar con tal oferta).

La crítica es el lazarillo entre todo el fárrago de libros, películas, programas de televisión, exposiciones, conciertos, discos, y demás subproductos de la industria cultural, y que finalmente llevará de la mano al lector hacia un lugar u otro, hacia una manifestación cultural específica, y no a otra. Esta guía no puede darse sin una ligazón necesaria con elementos de la noticia que son el basamento de la crítica periodística, vista aquí con el mismo criterio de una crónica policial, la reseña de la fecha de fútbol del fin de semana, o el reportaje a fondo de tema político, económico, social, etcétera. Estos elementos de la noticia condicionantes (al menos en la pizarra del profesor de la facultad de periodismo, o en el verboso texto de enseñanza) son la actualidad, la relación de la crítica con el hecho noticioso cultural, y la función orientadora del periodismo, en el sentido de que la crítica periodística debe ser una fuente de conocimientos para el lector, aquel lector “impaciente y distraído” que revoloteaba en la polémica entre Malpartida y Echevarría. Con lo anterior, Gutiérrez Palacio señala que la crítica tiene tres roles funcionales fundamentales: informar, orientar y educar (cual lema). La orientación que ejerce la crítica periodística, en el terreno de los libros (llamada en inglés review), es importante, pues le es útil al lector para estar al corriente acerca de los libros que van publicándose.

Si bien es dentro del marco de los medios de comunicación donde se ejerce la mayor parte de la crítica, es sabido que es improcedente el encasillarla exclusivamente dentro de este ámbito, o bien condicionarla por circular en estos terrenos donde pampea el periodista. Por cierto que la crítica no se queda allí, y de la crítica periodística es posible distinguir muchas otras, con distintas características. Con todo, Ignacio Echevarría señala que la crítica está lejos de ser información como de ser opinión. La formación periodística de quien escribe, como el repaso de textos que acreditan lo contrario, llevan a disentir de esta boutade de Echevarría. No se trata de ponerse camisetas o casarse con algo, pues si bien la crítica periodística es solamente una de las vertientes de una gran cascada, sí existen los elementos que hacen que ésta posea aquello que Echevarría rechaza de plano. La actividad crítica para Octavio Paz “traduce en palabras las líneas y colores”. Más allá, con fines más ambiciosos, Gutiérrez Palacio dice que la crítica “es el quehacer del pensamiento humano que busca permanentemente la verdad de las cosas, partiendo de los conceptos de belleza y bondad” , entendiendo esta búsqueda de la verdad como la comparación del objeto con sus métodos de producción y sus significaciones culturales y sociales. Ortega y Gasset define a la crítica como “un estado intermedio entre la emotividad y el raciocinio”.

La crítica encierra en sí otras funciones que van más allá de aquellas que se le cargan, especialmente a la hora de desentrañar y examinar las características de la crítica periodística. Estas otras funciones ya no van de la mano con los elementos de la noticia, que galvanizan a la crítica con la pátina periodística. Un ejemplo de esto es la función de documentación que cumple la crítica. De esto dan cuenta las secciones de referencias críticas que existen en las bibliotecas. La crítica periodística deja de ser un elemento coyuntural primariamente informador de determinada expresión cultural, para pasar a ser testimonio elocuente de la recepción que una manifestación cultural tuvo en un momento determinado. Al mismo tiempo sirve como un índice, al ser puesto en contraste con otras recepciones de otros tiempos, del cambio del impacto que ha ejercido un determinado objeto cultural, acercándose ya al quehacer del investigador y del historiador.

La crítica es también un puente, una mediación entre el artista y el público. A la manera de Henry James, el crítico es “un aliado del artista, un intérprete, un hermano”. El crítico, si bien como señala James es un cofrade del artista, lo es a su vez del público. Debe mencionar lo que está bien y lo que está mal, distinguir la continuidad, dar valor a aquello que lo merece y descifrar lo que la obra aparentemente tiene de caótico, y también el detectar lo que Gutiérrez Palacio recoge como “simulaciones” y derribarlas.

Quizás es pertinente apuntar aquello que no es la función de la crítica. T. S. Eliot define la crítica como una “actividad instintiva de la mente civilizada”, “una sucesión de actos intelectuales y profundamente inmersos en la existencia histórica y subjetiva”, a la manera de Roland Barthes, misma actividad que no puede estar destinada para cambiar el gusto de las personas. Eliot es categórico en este sentido, y W. H. Auden lo es también hasta el punto de sentirse ofendido ante la insinuación de esta posibilidad. Para Auden, el crítico no puede imponer leyes acerca de lo que le debe o no gustar a la gente. Javier Cercas rescata lo que Auden estipula como las funciones del crítico, entre las que se destacan la presentación de obras o autores nuevos desconocidos para el lector (tal como señala la función educativa de la crítica periodística), valorar a autores injustamente menospreciados, mostrar relaciones entre obras diferentes y hacer una lectura de la obra que aumente la valoración de la misma, entre otras. Pero desde la perspectiva de Cercas, surge otra función, derivada de la imposibilidad de dar cumplimiento a los lúcidos postulados de Auden (entre los que se cuenta también el combate de la corrupción del lenguaje), el “hacer reír al personal”, o puesto de otro modo, entretener (función importante para “enganchar” al “impaciente y distraído” lector). Ignacio Echevarría se suma, de alguna forma, a esta iniciativa cuando menciona que el crítico “habrá de extremar muy intencionadamente sus énfasis, caricaturizar su propio juicio, descartar complejidades y matices”.

Con todo lo anterior, el construir una teoría propia acerca de las funciones de la crítica literaria no es una tarea fácil. A la luz de los textos revisados queda claro que no hay una palabra final respecto del tema. Menos aún, cuando tampoco existe un solo ámbito donde la crítica literaria se ejerce, lo que lleva a hacer confrontaciones a ratos forzadas (como la tensa y quizás antojadiza distinción entre “crítica académica” y “crítica periodística”), inclusive “cretinas”, como las considera Javier Cercas, y con justa razón. Ante esto, se puede inferir que una de las aristas del affaire Echevarría-Malpartida posee este “cretinismo” jalonado por el autor de “Soldados de Salamina”. Este cretinismo reside en el intento de dar mayor jerarquía a un tipo de crítica por sobre otra, pues son modalidades diferentes, que conviven y sirven correctamente en sus respectivos campos, ya sea el diario, leído por el lector apresurado, o bien el académico o el estudioso que compone o debe examinar obras de gran calado, que dan pie a un análisis a fondo de fenómenos literarios, épocas, autores, corrientes, etcétera.

Esto no puede sonar a excusa, pero es pertinente señalarlo para graficar que el universo crítico tiene muchas estrellas en su firmamento. Todas brillan por algo. La pregunta es ¿Por qué brillan? O bien ¿Para qué? Como periodista no es posible desconocer la labor que cumple aquella crítica que aparece en los medios de comunicación, especialmente en los diarios, no por una asiduidad de lectura que lleve a decodificar lo que pareciera estar implícito en las líneas, sino por la simple razón de que se enseña en las aulas universitarias.

Suscribo los planteamientos que recolecta Gutiérrez Palacio en su variopinto y nutrido manual de periodismo de opinión, especialmente las funciones de la crítica que en el texto se señalan. La crítica debe informar a la masa (como lo hace la crónica roja o la página de “sociales”), en este caso acerca de un autor y de su obra. La crítica debe de orientar al público, quizás el “educar a la masa” sea algo exagerado e incluso arrogante, pero el poder señalar los lineamientos acerca de autores y obras que merecen ser revisados, o bien rescatados de un olvido injusto o negligente es labor que le cabe a la crítica, en especial la de un alcance masivo, como lo es la periodística. La crítica debe hacer una valoración de la obra literaria (quizás sea su función principal y obligada), le corresponde separar el trigo de la paja, o bien señalar los granos más selectos del granero y por qué éstos y no otros. Y también la crítica debe contener elementos que la hagan amena, atractiva, que la hagan legible, sin hacerla chabacana, ramplona o chocarrera (tampoco “caricaturizada” como mal señala Echevarría). Esto último le da una valía a la crítica que puede empalmar con el valor estético de la misma, su valor como obra literaria en sí misma.

Cercas señala que si la crítica literaria se va al garete, la literatura la seguirá después. No sé si es posible estar del todo de acuerdo con esta frase, poderosa y fuerte, pero sí es posible especular que si no existiese la crítica literaria la literatura no sería la misma. Atendiendo nuevamente los criterios periodísticos que responden a la pregunta del “qué leer” (hasta existe una publicación española con este nombre), la crítica es la encargada de dilucidar este misterio. Esto puede hacerlo un diario (y de hecho lo hace), o bien un libro, como el caso del crítico estadounidense Harold Bloom, que sí hace distinciones sobre qué es lo valioso y lo descartable (al menos por omisión), como en “El canon occidental” y más aún en “Cómo leer y por qué”. Es del todo plausible que tras acercarse a la obra de Bloom, o al hacer caso a las palabras del crítico del diario, el lector en una librería saque sus pesos arduamente ganados para utilizarlos en la compra de un libro determinado y no en otro. Y esto lo hace la crítica, que ha demostrado su utilidad, junto con la de la intuición y erudición del crítico. Es del todo plausible también que alguien investigue o profundice sus conocimientos respecto de un autor que leyó u oyó de pasada, y que un crítico le señaló sus posibilidades. La crítica también hace esto.

Pero hay cosas que quedan claras. La primera es que la crítica literaria sirve, es de utilidad. Acabar de una vez por todas con la crítica literaria es imposible, como por demás, mentecato. La segunda cosa clara es que la crítica se mueve en distintas partes, tiene distintos rostros, viene en todos tamaños y colores. Puede ser un libro o una columna de unos cuantos cientos de caracteres. Y ninguna está por sobre la otra, así como al que practica la crítica de diario no le está vedado una obra de más largo aliento, así como el que ya escribe libros con trabajos de mayor calibre no le está prohibido el ingresar al condensado terreno de la publicación periódica.
Y en cuanto a las funciones de la crítica enumeradas en la primera parte de este escrito, rescato que quizás por razones de utilidad contingente, las funciones principales serían las que se apegan más a la crítica periodística, junto con las proposiciones de los autores revisados. A saber, el dar a conocer a un autor determinado y su obra, enjuiciar y valorar esta obra, orientar al lector acerca de lo que se publica, de donde se desprende que debe ser el puente entre escritor y público, mediar entre ambos. Las demás funciones, o quizás propiedades de la crítica, que se han manifestado en estas líneas, y también aquellas que no, nos llevan a una sola conclusión: la crítica literaria funciona, tiene sobrada razón de ser y es útil. Mutará con el tiempo, como ha mutado, como también mutará la forma en que nos acercamos a ella, o cómo ella se acerca a nosotros. Habrá que ver.


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Requerido.

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