El trallado se corre con leones.

Resumen
¿Cómo puede vivirse en una sociedad que no quiere vivir? El trallado se corre con leones propone un vínculo de escritura que haga de soporte a las duras pruebas de supervivencia en la Venezuela contemporánea, pero también al mundo post-idílico que nos alberga. El texto es una invitación a jugarse la vida, no solo por un trozo de pan, sino por el empuje del deseo de cada quien.
Palabras claves
Violencia – subjetividad – poder – escritura

 

Tres efectos conforman el trallado que mide al texto. Tres pruebas de rendimiento. Tres esperanzas de salir. “Trallado” es una palabra que solo existe en Venezuela. Coloquialmente, es el nombre que reciben las jornadas de selección de jóvenes peloteros de béisbol menor, quienes, ante la mirada de un scout de Grandes Ligas —para muchos, una suerte de Schindler del Caribe—, descampan sus destrezas en el certamen para ser electos. Por supuesto, “trallado” tiene la misma naturaleza de “macundales” (Mack & Dales) y de “ramplús” (rawl plugs); “trallado” viene de try out.

El primero al que le escuché esta palabra fue a Antonio, uno de mis mejores amigos. Me contaba entristecido que no lo habían elegido aunque era bueno, pero no muy alto. Luego escuché varias veces más el término, de boca de personas random que relataban la suerte de un carricito que fue firmado por los Padres de San Diego en un trallado en El Junquito. También llegué a oír que algunas de estas hazañas terminaban en desgracia, pues el carricito y su familia —que no sabían qué hacer con tantos dólares al tiempo que “la promesa” esperaba culminar sus estudios y alcanzar la mayoría de edad para marcharse— acababan derrochándolo todo ante el fervor opulento del porvenir.

Entendí que sobre el trallado hay siempre una esperanza, una por la que vale la pena colmar el músculo. Lo que sigue son tres escenas, tres estaciones que dan cuenta del trallado salvaje que supone vivir en Venezuela hoy: jugársela aquí y ahora, correr para no figurar entre los dados de baja, entre los despachados por el gran ojo que ve y elige; pero también jugársela, correr con la esperanza de alcanzar el ¡bravo!, de poner el dedo sobre el nombre propio reluciendo en la lista de los elegidos. Lo que sigue son tres pruebas de vida donde quien escribe toma la palabra.

I
Estando en la edad despiadada de la adolescencia, recuerdo que un chistecito rondaba las majaderías de salón de mi círculo de amigos. Solíamos decir, cuando algún atleta africano ganaba un maratón, que si lo hacía era porque en África los corredores entrenaban siendo perseguidos por leones. Tonterías dignas de un adolescente, pero que en absoluta retroacción creo recordar que algo de aquella formulación me fascinaba. No sé si tenía que ver con cierto rasgo lógico que soporta la frase —digo, ¿qué podía pensar yo en aquel tiempo?—: África es un continente empobrecido, con apenas poquísimos recursos para la vida llana; pienso en el cine y en todas las películas baratas de acción ambientadas en África que veía por el canal 4 los domingos, pienso en Los dioses deben estar locos (que no era barata). Claro que era una sonsísima broma de humor negro, y así lo entendía, pero reconozco que reposaba en mí sin suscitar mayor absurdo.

Hoy, luego de tantos años descontinuada esta frase (parece que en la memoria solo se “descontinúan” las cosas), y estando yo —chemises de insignias sin brillo mediante— de otros humores, emerge otra vez la frase y se me pone enfrente. Los corredores de África ganan porque entrenan con leones. Pero esta vez no sentí risa sino cierta resonancia parecida al miedo (hago esfuerzos por recordar mientras escribo y me topo con la belleza de quien sabe de sí por un gesto de su cuerpo). Reparé, entonces, en algo más sobre esta imagen que siempre era la misma (un corredor africano, delgadísimo, cruza la meta): el rostro, el rostro absolutamente translúcido, tembloroso y conmovido de aquel corredor que atravesaba la cinta de llegada casi con la misma liviandad con que la cinta lo atravesaba a él. Un rostro que no ocultaba —no podía contenerla— la riada de su victoria ante la muerte.

Aquel corredor ganando el maratón, lleno de una dicha inaudita, ¿por qué no habría de haber entrenado con leones, si se le ve en la cara la dificultad, la carencia de un sistema político que atienda sus necesidades básicas ciudadanas (no digo siquiera sus requerimientos como atleta), si se le ven las guerras civiles, los dictadores, las guerrillas, la mengua que mata sin nada a sus hermanos, la falta de ley, o, peor, la ley del más fuerte, el desfalco de la riqueza de su tierra a manos de las mafias mientras otros como él se mueren en camillas sin una inyección, sin una aspirina que pare el ascenso del virus antes de que domine la epidemia? ¿Por qué detrás de esos párpados hinchados, de esa bandera que levanta con el peso de un país en desgracia, no habría de avivar el recuerdo de los leones midiéndole la pantorrilla con las garras?

II
No hay canto más recio que el Pajarillo. Es un canto a la muerte. Se le planta a los espíritus, como diciéndoles: si me van a llevar, me llevan muerto en combate. Su estructura tonal, temporal y rítmica está hecha para que solo quede uno en pie: o el hombre o la muerte. Cuando suena La Revuelta es para anunciar que la muerte está cayendo. El tañidor la anuncia contra las cuerdas, el guitarrero la rodea horadándole el hueco, el capacho le salta al maraquero entre los puños. La sangre les corre por el pecho como nunca. No hay tiempo para morirse de miedo, aunque lo tengan. Ya pronto la espantaremos, a la muerte, y volverá, pero hoy le haremos saber que la vida es asunto nuestro. El Pajarillo es también un canto a la soledad —a la soledad profunda—. Es por eso que debe cantarse recio, para que las ánimas del vértigo no se atrevan a llevarnos.

Bajábamos Marianela y yo de la montaña, coronados por los pinos y yagrumos. Con los pasos se escuchaban ladrar los perros. Algunos nos olfateaban frenéticos bajo la hendija al pie de los portones. Perros guardianes de sus afectos, capaces de matar a cualquiera con tal de protegerlos. El camino bien podría llamarse Paso de las bromelias. Solo algunos carros cruzaban a nuestro lado y nos daban la sensación de extravío de quienes vagan sin rumbo por una carretera. Marianela recogía cortezas del suelo. Yo cantaba una canción. Al cruzar por la ruta 6 nos detuvimos a venerar a El renacido: un enorme tronco de árbol quebrado, al que la insistencia del bosque en hacer existir cubrió de ramas y flores, y ahora pinta frondoso como si vistiera una hermosa copa lucida durante años. Yo cantaba: Pajarillo, pajarillo, vuela si puedes volar… yo te recorté las alas para hacerte caminar. Ya casi llegábamos al pueblo (un claro de luz caliente hacía retroceder al frío de la montaña) cuando ocurrió la confusión.

—¡Qué hermosa! —dijo ella. —¿Qué cosa? —respondí, sorprendido por su inesperada intervención. —Esa parte de la canción. —¿Cuál? —(desde hacía rato cantaba sin darme cuenta de lo que decía). —Esa parte que dice: yo te recorté las alas para hacerte caminar. Es como este tiempo, en Venezuela —sentenció. Me llené de emoción, aún más porque en ese preciso instante caí en cuenta de que la canción la había estado cantando mal, que la letra original decía: yo te recorté las alas para verte caminar, y que la ligera confusión sí cambiaba sustancialmente las cosas. Tal y como yo la cantaba no me hacía pensar en la figura recia de un llanero enfrentado a otro —más bien frágil y recortado, casi vencido—, sino en una fuerza contingente, compleja e indescifrable, que no es la humillación ante los ojos del Otro sino su invitación —aun despiadada— a caminar. Nos sonreímos; total, también con las alas recortadas un pájaro puede llegar a volar.

III
Buda cuenta una parábola en un sutra: un hombre que viajaba por el campo se encuentra con un tigre. Al verlo, comienza a huir. El tigre lo persigue. Lo acorrala al borde de un precipicio. Al verse sin salida, el hombre se aferra de la raíz de una liana y se deja caer. El tigre lo olfatea desde lo alto. El hombre tiene miedo —bajo sus pies, otro tigre lo espera para comérselo—. Solo la liana lo sostiene, pero dos ratoncitos (uno blanco y uno negro) han comenzado a roerla. Entretanto, el hombre ve una linda fresa cerca, a su lado. Sujetándose bien de la liana con una mano, estira la otra para coger la fruta. ¡Qué sabrosa estaba!

No es una historia de horror, aunque parezca. Es necesaria la salvedad para un occidental, aún más para uno nacido de la eyaculación del petróleo: no nos acostumbran a perder para ganar, no nos acostumbran a valorar la sutileza, la parte y no el todo; no hay enseñanza posible que provenga de una pérdida, como sí de la acumulación. Claro que, en este caso, se trata de perder la vida y sobre eso, últimamente, hemos debido poner alguna atención. Correr para salvar la carne, echarse al precipicio con la liana cortándonos la palma, perder el zapato, verlo caer a los predios del tigre, contener la náusea (mezclada con el miedo y la impotencia) por el chillido grotesco de las ratas. Bien podría ser esta la metáfora de cualquier mal encuentro en la ciudad de Caracas (o en cualquier otra); pero esta no es una historia de horror.

Mirar la fruta. ¡Es precioso! Dejarse deslumbrar por la belleza… en ese instante. No hay mayor empresa por la vida que ese gesto (¿y de qué sirve poseerla después?). Solo quien se deja fascinar por el instante recoge el revoloteo que implica a su propio cuerpo. Dice la parábola que con una mano se sujetó (¡abajo lo esperaba un tigre!, ¡podía caerse y terminar todo ahí, por su antojo!) y con la otra se estiró para tomar la fruta: ¡fantástico!, enorme el empuje por el deseo cuando se escenifica, y sabia la enseñanza de Buda que pone en la voz del asediado una expresión: ¡Qué sabrosa estaba! La formulación de un hecho de lenguaje que pasa por el cuerpo. Aunque la escena es mortífera, no se sabe qué pasó con nuestro avatar; lo cierto es que sabemos que no dejó la vida para después.

Coda
Aunque corramos con leones o la época nos recorte las alas o los tigres nos esperen a la vuelta de la esquina, no dejemos de asistir al trallado.