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La ofensiva de las ultraderechas contra la ciudadanía: notas sobre biopolítica y necropolítica desde la política como continuación de la guerra

por Juan Alegría Licuime
Artículo publicado el 26/03/2026

Dr. JUAN ALEGRÍA LICUIME
Académico Universidad de Los Lagos
Miembro de la Red Iberoamericana Foucault
Red Iberoamericana de Liderazgo y Prácticas Educativas
ONG Pueblos Originarios, Memorias & Sociedad

 

Este artículo analiza el auge de las denominadas ultraderechas globales y su impacto en la reconfiguración de la ciudadanía mediante los usos de los conceptos de biopolítica y necropolítica. Se plantea que estos movimientos, representados por figuras como Donald Trump o Javier Milei, han transformado la política en una continuación de la guerra, donde la sociedad se sostiene sobre un conflicto permanente para neutralizar a enemigos internos y externos. Bajo esta lógica, la noción de «raza» ha sido secuestrada para transformarla en una entidad biológica que el Estado debe proteger de supuestas contaminaciones como la inmigración o el activismo social. El texto sostiene que se transita hacia una necropolítica donde el adversario es despojado de su estatus jurídico y tratado como un «enemigo sustancial» o residuo biológico que debe ser erradicado, ejemplificando esta deshumanización con la desaparición absoluta de los cuerpos en conflictos actuales, situación que anula incluso el derecho al duelo. Finalmente, se describe que en el contexto chileno esta narrativa se ha institucionalizado, convirtiendo al Estado en un actor beligerante que clasifica la vida ciudadana bajo criterios de productividad y adhesión ideológica dentro de una estructura denominada economía de la muerte.

Palabras clave: biopolítica, necropolítica, ultraderecha, guerra de razas, enemigo sustancial

 

Introducción
El avance sostenido de las denominadas ultraderechas o nuevas derechas constituye un fenómeno político y discursivo que ha redefinido el panorama global en los últimos años. Recientemente, este proceso de expansión se ha posicionado en Latinoamérica a través de diversos liderazgos y movimientos. En términos narrativos, destaca en este mundo una constelación de figuras como: Geert Wilders, Giorgia Meloni, Nayib Bukele, Viktor Orbán, Donald Trump, Javier Milei y Santiago Abascal. Bajo esta misma matriz discursiva, este proceso de expansión ha encontrado su expresión más reciente y profunda en Chile con la llegada a la Presidencia de José Antonio Kast. Su administración no solo consolida la red de cooperación internacional (CPAC, Political Network for Values), sino que marca el inicio de una fase donde la narrativa de la “limpieza” y el “orden” se traduce en decretos gubernamentales. Las narrativas de ultraderecha comparten elementos comunes: xenofobia, homofobia, misoginia, y un ataque sistemático contra los movimientos sociales, al activismo de izquierda y al progresismo como actitud en general. Todo ello es vehiculado mediante sofisticadas estrategias de propaganda y comunicación digital.

El tránsito de la biopolítica a la necropolítica se manifiesta cuando la alteridad es despojada de su estatus jurídico para ser tratada como un residuo biológico. Si las estrategias de comunicación digital de líderes como Trump y Milei operan en una dimensión de propaganda y «guerra» discursiva, el uso de tecnologías de exterminio total representa la culminación fáctica de esa misma lógica. La deshumanización mediática es la condición de posibilidad para que la destrucción de los cuerpos sea aceptada como una forma de «higiene social» o protección de la comunidad. En lo estructural, estos movimientos promueven la idea de un Estado mínimo y la desregulación del mercado, incentivando el recorte de programas sociales y subsidios estatales.

No obstante, más allá de estas premisas, se identifica una matriz común en estos sectores políticos: la centralidad de la «guerra» en su dimensión discursiva y fáctica. Aún más, estas ultraderechas han hecho plausible la sentencia foucaultiana de considerar “la política como continuación de la guerra” (Foucault, 2000, p.43). Bajo esta lógica, la democracia no se sostiene sobre la ley o el Estado de derecho, sino que la sociedad es el resultado de una guerra permanente entre enemigos (internos y externos) que se debe neutralizar para mantener la comunidad. En este aspecto, el discurso de la ultraderecha se revela como la economía del biopoder que regula la distribución de la muerte y reactiva las funciones mortíferas del Estado.

En este contexto, este trabajo problematiza el auge de las ultraderechas bajo el prisma de la crítica foucaultiana, principalmente considerando el texto Defender la Sociedad (1976) y el concepto de biopolítica desarrollado en sus lecciones del Collège de France.

Buscando una aproximación al fenómeno de las ultraderechas: la guerra como una relación originaria
Foucault enseñó en el Collège de France desde enero de 1971 hasta su trágica muerte en junio de 1984 (con excepción del año 1977), el título de su cátedra se denominó “Historias de los sistemas de pensamiento”. En forma particular, el curso electivo de 1975-1976 se publicó posteriormente con el título de “Defender la Sociedad”. En estas lecciones el filósofo se centró en el estudio de la teoría de la soberanía, el discurso de la guerra, las relaciones de poder, la guerra de razas y la construcción de la institucionalidad y legalidad de los futuros Estados modernos de Europa. Las lecciones que dan corpus a “Defender la Sociedad” son dictadas por Foucault después de la publicación de Vigilar y Castigar (1975), libro que supuso todo un revuelo mediático por la radicalidad de las ideas contenidas en el texto: poder disciplinario, panóptico, cuerpos dóciles, instituciones de secuestro, etcétera.  A esto se suma simbólicamente que en Francia todavía se usaba la guillotina como instrumento penal (la última ejecución fue en 1977). Igualmente, el texto somete a una dura crítica al liberalismo con su forma de gubernamentalidad disciplinaria. En este contexto, en la clase de 1976, Foucault retomará su tema de crítica al poder soberano y su relación con el aparataje jurídico, centrando esta vez sus análisis del poder en relación con la guerra como tecnología política.  Este ejercicio hermenéutico crítico comienza con la constatación de los efectos de verdad que genera el poder; su mutación alrededor del siglo XVII y XVIII trastocando las relaciones de soberanía y la emergencia de una serie de tecnologías micropolíticas, que ya no tendrán por objetivo la adquisición de tierras y objetos, sino la explotación del cuerpo en su amplia dimensión biológica, a través de técnicas de vigilancia, control y normalización (Foucault, 2000, p.43).

Al retomar la problematización del poder soberano y sus bifurcaciones en las figuras de la ley y el Estado, Foucault caracterizará la teoría de la soberanía bajo una unidad múltiple:  el sujeto a someter; la unidad del poder a fundar; y la legitimidad a respetar. Términos que se pueden homologar al sujeto, la unidad del poder y la ley. Estos conceptos forman para Foucault la estructura jurídica de los estados modernos, y al mismo tiempo hacen emerger el concepto de represión como condicionante para su preservación. No obstante, la novedad del curso es el ejercicio de una operación que persigue desentrañar la lógica del poder soberano, obliterando la relación entre sujeto, poder y ley. Se busca entonces centrarse en el análisis de lo que Foucault denomina operadores de dominación. Por estos últimos, se entienden mecanismos, técnicas, procedimientos, discursos, normas e instituciones   a través de los cuales el poder se ejerce y se mantiene como una relación de fuerza:

(…) se trataría de poner de manifiesto las relaciones de dominación y dejarlas valer en su multiplicidad, su diferencia, su especificidad o su reversibilidad; no buscar, por consiguiente, una especie de soberanía fuente de los poderes; al contrario, mostrar cómo los diferentes operadores de dominación se apoyan unos en otros, remiten unos a otros, en algunos casos se refuerzan y convergen, en otros se niegan o tienden a anularse. (Foucault, 2000, p.50)

Con esta afirmación, Foucault no niega la existencia de grandes aparatos de poder, sino que plantea que estos se sustentan sobre la base de una multiplicidad de micropoderes, discursos e instancias de dominación. Por tanto, la línea de análisis persigue en este caso interrogar las variadas instancias de dominación. El cambio de foco del soberano a los operadores de dominación le conduce inevitablemente a considerar las relaciones de fuerza. Aquí las relaciones de fuerza no tienen que ver con violencia física, sino que las podemos considerar como un vector de física que se mueve, acelera o colisiona con un cuerpo. En esta lógica, el filósofo plantea que la guerra la podemos pensar como el clímax de la fuerza.  Este conjunto de reflexiones, le permiten formular la siguiente interrogante:

¿La relación de poder es en el fondo una relación de enfrentamiento, de lucha a muerte, de guerra? Por debajo de la paz, el orden de la riqueza, la autoridad, por debajo del orden apacible de las subordinaciones, por debajo del Estado, de los aparatos de Estado, de las leyes etcétera. (Foucault, 2000, p.52)

De esta reflexión Foucault desprende que la guerra perfectamente puede ser considerada como un operador de dominación. Aún más la guerra en el contexto de las teorías políticas del siglo XVIII se considera como un momento de la política (Anzaldi, 2010, p. 27). De ahí la famosa sentencia de Clausewitz: “La guerra es la continuación de la política”. Enunciado que Foucault invertirá sosteniendo que: “La política es la continuación de la guerra”. En esa perspectiva, las leyes, el Estado, los aparatos jurídicos no son instancias de consenso ni pacificación. Por el contrario, debajo de ellas la guerra es su motor (Foucault, 2000, p.56). Ahora bien, Foucault nos habla del concepto de guerra de razas para referirse a una modalidad de guerra emprendidas por los soberanos para conquistar tierras y riquezas. Aquí, la raza no tiene que ver con el racismo moderno, sino que esta modalidad de conflagración es el oxímoron entre oprimidos y soberano. Tal contradicción hace emerger una historia oficial de la soberanía (los vencedores), y una contra historia de los grupos dominados (los vencidos). En esa perspectiva, el filósofo sostiene que el discurso de la guerra de razas en su origen nació inicialmente como un discurso de resistencia (la historia de la servidumbre) contra la violencia del soberano.

Sin embargo, a finales del siglo XIX, este discurso fue secuestrado por el Estado y las ideologías de derecha, operando un cambio radical. Antes la raza describía a los grupos oprimidos luchando contra el soberano. Modernamente la raza se transforma en una entidad biológica que el Estado debe proteger de contaminaciones internas. Así mismo, aparece con un gran despliegue el concepto de normalización social, se trata ahora de aplicar “un racismo de Estado” para la purificación permanente (Foucault,2000, p.66). Hablamos entonces de la emergencia de la biopolítica como una forma de inocular la cura contra el desorden y conservación del cuerpo biológico sano.

En consecuencia, el racismo de Estado es la pieza clave para entender la mecánica de acción de las ultraderechas y su fascinación por la guerra. Pero si la biopolítica busca “hacer vivir “a la población, ¿cómo entender, el afán y la voluntad de matar por Estados y gobiernos? Una respuesta a esta interrogante tiene que ver con la resignificación que ha hecho este sector político con el antiguo concepto de guerra de razas. Entonces se percibe al otro (minorías, inmigrantes, activistas, etcétera.) no como un agente a administrar o adversario político, sino como un peligro biológico. Este enemigo peligroso Carl Schmitt lo definió como “el enemigo sustancial” (Zarka, 2007, p. 45-46). Por ejemplo, en el contexto de la Alemania nazi, este enemigo no era otro que el judío, que era sustancialmente el enemigo de sangre. Ahora bien, el judío no sólo fue el máximo enemigo para el nazismo, sino que, por el hecho solamente de existir, lo transformó en enemigo de toda la civilización. Lo complejo desde el punto de vista de la destrucción y la tragedia, es que el judío se transforma en un enemigo absoluto, que recíprocamente necesita medios de destrucción absolutos. Ahora bien, no son los medios de destrucción absolutos los que requieren un enemigo absoluto, sino que, a la inversa, el enemigo absoluto exige medios de destrucción absolutos (Zarka, 2007. p.51). Una suerte de gran higiene social que se propone destruir toda huella biológica de tal enemigo.

En esta perspectiva, Foucault analiza el nazismo como un momento en que la historia de la soberanía (el derecho de vida y muerte) y la biopolítica (el cuidado de la raza) se fusionan perfectamente. En tanto, el nazismo retoma el mito de la guerra de razas antiguas (arios contra los demás) lo lleva hasta el paroxismo del nivel biopolítico, en la cual el Estado se convierte en un administrador de la sangre y la herencia. El resultado es que la guerra ya no ocurre tras la frontera, sino dentro del cuerpo social. Esto último da pie para clarificar ciertas estrategias de la ultraderecha contemporánea, la cual apelará cínicamente a la victimización de una comunidad o identidad nacional que es atacada por enemigos internos y, por tanto, cabe la legitimidad de la guerra para derrotar al enemigo absoluto o sustancial. En la actualidad ese enemigo ha adquirido la figura del inmigrante y el musulmán. Así la lógica de la guerra se vuelve un elemento transversal al lenguaje, la información, las relaciones cotidianas y la propia experiencia de la realidad. Aquí, la idea de la sociedad como el resultado de la voluntad general de contratos individuales no tiene sentido, pues la dirección y fuente de la conservación de la sociedad es el conflicto. Problema que tiene como única solución la protección biológica, adquiriendo el Estado las prerrogativas del derecho de matar.

De la biopolítica a la necropolítica: los cuerpos que no están
En la tragedia de Sófocles, Antígona representa el conflicto arquetípico entre el despotismo del soberano y la resistencia ética del individuo. Tras la muerte de Eteocles y Polinices, quienes caen enfrentándose por el trono de Tebas, el nuevo rey Creonte decreta una distinción radical: honores para el defensor de la ciudad y el abandono absoluto para el agresor. Al prohibir el entierro de Polinices, condenándolo a ser devorado por las fieras, Creonte no solo dicta una sentencia política, sino que intenta despojar al caído de su humanidad. El desafío de Antígona, al enterrar simbólicamente a su hermano, reafirma que parte de la dignidad humana, es el derecho inalienable a la ritualidad frente a la muerte, acción que se sitúa por encima de cualquier arbitrariedad del poder.

Este eco de la justicia clásica contrasta de manera devastadora con la gramática de los conflictos contemporáneos. Mientras Antígona luchaba por la preservación de un cuerpo, la potencia de la guerra tecnológica parece orientada a su desaparición absoluta. Un informe de Al Jazeera señala que, en el conflicto actual en Gaza, el uso por parte de Israel de municiones térmicas y termobáricas (capaces de alcanzar los 3.500 °C) ha provocado una destrucción total de asentamientos palestinos, destrucción tan radical que metales como el acero se funden, los edificios se convierten en polvo, y miles de cuerpos simplemente han dejado de existir sin dejar rastro (La jornada,2026). Esta «destrucción sin restos» anula toda posibilidad de conmemoración, quebrando una condición determinante de la civilización humana: el duelo.

Claramente estamos hablando de una guerra que no es contra cualquier enemigo, sino un enemigo sustancial, y esto comporta que su derrota implique su destrucción como cuerpo biológico. Al respecto, Esposito (2006) es muy claro en reconocer en Foucault el primero en ofrecer una interpretación biopolítica del nazismo, alejándose de interpretaciones clásicas de la ciencia política. En esta interpretación el nazismo se constituye una anomalía de la propia historia, pues este último introduce en el campo político la antinomia que la vida se defiende ampliando la operatividad de la muerte:

De este modo los paradigmas de soberanía y biopolítica, que hasta el momento determinado parecían divergir; experimentan una singular forma de indistinción que hace que cada uno, al mismo tiempo, el reverso y el complemento del otro. Foucault detecta en el racismo el medio, o el instrumento, de este proceso de superposición. (Esposito, 2006, p.175)

Como resultado de este proceso el racismo ejerce dos funciones complementarias, por un lado, dictamina y protege a la comunidad que ostenta el poder político, y por otra, repliega a una de zona de indistinción jurídica y legal a los que deben morir para proteger tal comunidad. Esta problemática será notablemente trabajada por Achille Mbembe en “Necropolítica” (1999), donde el pensador africano entrelaza los conceptos de biopoder, estado de excepción y estado de sitio. Mbembe argumenta que más que entender la historia como conflicto de clases, es propiamente el racismo el espacio donde la política occidental ha dejado ver sus cualidades mortíferas; sobre todo cuando se piensa en los pueblos conquistados por imperios coloniales, donde el terror moderno alcanzó grados inimaginados de crueldad, como por ejemplo en el espacio de las plantaciones coloniales. De esta forma, el necropoder para Mbembe es una modalidad de potestad que reconfigura las delimitaciones espaciales y sensibles de las geografías, estableciendo verdaderas zonas de muerte, como en el caso paradigmático de Palestina.

Palabras finales
A partir del análisis desarrollado, se pueden extraer las siguientes consideraciones finales. Las ultraderechas contemporáneas han hecho operativa la tesis de Foucault al considerar la política como una continuación de la guerra, donde la sociedad no surge del consenso, sino de un conflicto permanente para neutralizar al enemigo. Igualmente, el discurso de estos movimientos ha secuestrado la noción de «raza» para transformarla en una entidad biológica que el Estado debe proteger de «contaminaciones» externas, como la inmigración o el activismo social. Estas prerrogativas de la normalización de la muerte adquieren sentido bajo el prisma del biopoder. El Estado adquiere la prerrogativa de «hacer vivir» a la población considerada sana mientras reactiva sus funciones mortíferas contra el «enemigo sustancial», legitimando el derecho de matar en nombre de la supervivencia nacional.

La fase actual de este fenómeno es ejemplificada en la destrucción total de asentamientos y la desaparición absoluta de los cuerpos en Gaza, estrategia que busca anular la capacidad humana de conmemoración y duelo, rompiendo el vínculo ético fundamental que Antígona defendió frente al poder soberano. En suma, la ofensiva de las ultraderechas no es solo una disputa por el modelo de Estado mínimo, sino una reconfiguración de la vida humana bajo una economía de la muerte, donde el adversario político es reducido a un peligro biológico que debe ser erradicado sin dejar rastro. El Estado chileno ya no se presenta como un árbitro de la paz social, sino como un actor beligerante que identifica en el activismo y la migración a ese “enemigo sustancial” de Schmitt. La biopolítica de Kast se manifiesta hoy en una administración que clasifica la vida ciudadana bajo criterios de productividad y adhesión ideológica. El panorama actual en Chile confirma que no estamos ante una crisis pasajera, sino ante una reconfiguración estructural de nuestras formas de vida, bajo una economía de la muerte. Con la institucionalización de estas narrativas desde La Moneda, la guerra contra la ciudadanía ha dejado de ser una amenaza teórica para convertirse en la gramática cotidiana del ejercicio del poder.

Juan Alegría Licuime
Artículo publicado el 26/03/2026

Referencias
Anzaldi, P. (2010). Clausewitz: La ciencia de la política de la guerra. Ediciones Argentinas.
Esposito, R. (2006). Bios: Biopolítica y filosofía. Amorrortu.
Foucault, M. (2000). Defender la sociedad. Fondo de Cultura Económica. (Obra original publicada en 1976).
Foucault, M. (2002). Vigilar y castigar. Siglo Veintiuno.
La Jornada. (11 de febrero de 2026). Gaza: el uso de municiones térmicas de Israel evapora cuerpos y desafía el derecho al duelo. La Jornada. https://www.jornada.com.mx/2026/02/11/mundo/023n1mun.
Mbembe, A. (2011). Necropolítica. Melusina.
Zarka, Y. C. (2007). Un detalle nazi en el pensamiento de Carl Schmitt. Anthropos.

 

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