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La indigestión de la modernidad: propiedad, imperio y el fraude de la libertad

por Critica.cl
Artículo publicado el 10/08/2026

Análisis sobre las ideas del Jorge Majfud en Twíscara.
El secuestro de la democracia
by Elily Samith Sanroman

Imperios hubo siempre. Esclavos hubo siempre, pero no todos sufrieron el mismo tipo de cadena. La experiencia moderna nos ha vendido una narrativa de progreso donde las atrocidades del pasado se leen como barbaries primitivas, superadas por la luz del derecho y la tecnología.  Sin embargo, al medir la escala y la lógica del despojo, la realidad es diametralmente opuesta: el imperio capitalista y el esclavismo moderno alcanzaron cifras de brutalidad y deshumanización nunca antes contempladas en la historia humana.

Cuando los historiadores analizan las conquistas de Gengis Kan, suelen citar los cuarenta millones de muertes provocadas por la expansión mongola. En un mundo cuya población oscilaba entre los 350 y 400 millones de personas, aquella masacre representó la aniquilación de un diez por ciento de la humanidad. Fue un cataclismo cuantitativo descomunal, pero de naturaleza territorial y guerrera. El imperialismo y el esclavismo capitalista, en cambio, inauguraron una violencia cualitativamente distinta: transformaron al ser humano en mercancía contable y al planeta entero en una mina a cielo abierto, acumulando a su paso varios cientos de millones de cadáveres bajo una bandera de eficiencia, civilización y libre mercado.

Esa violencia estructural necesitó una teología para justificarse, un mito fundador que permitiese despojar con la conciencia tranquila. Ese mito fue la invención de los llamados «derechos naturales».

Ahora, los supuestos libertarios (liberal-conservadores, desde los centros de poder de Washington hasta los experimentos políticos en el Sur) repiten con fervor litúrgico que los derechos fundamentales del individuo son tres: la vida, la libertad y la propiedad. Asumen que esta tríada existió desde siempre, tallada en las tablas de la naturaleza humana. Se trata de una falsificación histórica deliberada.

Cuando la noción de derecho natural se fue gestando desde la antigua Grecia, pasando por Tomás de Aquino hasta los primeros destellos de la Ilustración, el concepto jamás incluyó el derecho a la propiedad. La propiedad era una contingencia social, una convención regulada por el bien común. Fue John Locke  —un señorito de la ascendente clase burguesa mercantil—  quien decidió incrustar la propiedad privada de acumulación ilimitada en la cima de la dignidad humana. Este agregado artificial no buscaba proteger el huerto del campesino; nació para legitimar el despojo violento de las tierras comunales y justificar la apropiación de vidas y territorios en las colonias.

La trampa sigue operando. En la práctica, la propiedad no es el tercer derecho de la lista: es el único que verdaderamente importa en el orden liberal. Los otros dos están subordinados a él. Si un desposeído entra en la propiedad de un rico para robar un bien material, la ley ampara que se le quite la vida bajo la figura de la «defensa de la propiedad».  La vida vale menos que la cosa. Si una anciana no tiene dinero para pagar el alquiler de la vivienda donde ha pasado sus últimos años, la fuerza pública la arroja a la calle sin miramientos. La vida y la salud de la anciana valen menos que la renta del propietario. Incurrimos en una paradoja perversa: incluso quienes somos críticos de este sistema nos vemos obligados a defender con uñas y dientes nuestra pequeña propiedad privada, no por codicia, sino porque sabemos que dentro de este engranaje, carecer de ella equivale a estar condenados a la indigencia, a la esclavitud laboral o a morir de «causas naturales» en la intemperie.

La libertad, celebrada en el discurso abstracto, se destruye precisamente por la acumulación ilimitada de unos pocos. El poder absoluto que otorga la concentración de la riqueza en oligarquías todopoderosas anula la libertad real del noventa y nueve por ciento restante, sofocada por el control de la economía, las decisiones políticas y el monopolio de los medios de comunicación.  A nivel geopolítico, la obscenidad es absoluta: para el centro imperial que dicta las leyes y la moral global, la vida humana en la periferia no tiene valor alguno cuando entra en conflicto con sus intereses de propiedad, ya sean sus propios activos o los recursos ajenos que pretende controlar.

Toda esta arquitectura le parecía a las naciones iroquesas una inexplicable «fiebre del hombre blanco». Los nativos americanos se reían abiertamente cuando los colonos europeos pretendían darles lecciones de libertad. Las guerras entre las tribus originarias eran episodios de escala reducida que jamás tenían como móvil la Propiedad Privada de Acumulación Ilimitada.

A contramano de la historiografía eurocéntrica, los valores fundamentales que la Ilustración europea dijo «inventar»  —la libertad, la igualdad, el pluralismo, el secularismo, la democracia y la racionalidad—  no nacieron en los salones de París ni en las academias de Londres. Ya existían y se practicaban en el continente americano de forma radical, sin necesidad de un Estado coercitivo, sin estamentos de clase y sin violencia dogmática. Europa no inventó estos principios: los observó a través de los relatos de los cronistas y del contacto directo con líderes indígenas, para luego traducirlos, mutilarlos y adaptarlos a su propio proyecto de expansión mercantil. La Ilustración tomó la democracia indígena —fundada en el consenso y el uso común de la tierra— y la vació de contenido para crear la «democracia liberal», un artefacto diseñado para proteger la jerarquía burguesa y la acumulación de capital.

Al despojar a la democracia de su base económica comunal, la convertimos en lo que es hoy: un mecanismo de legitimación del statu quo, un procedimiento electoral que funciona como terapia ocupacional para mantener a las poblaciones entretenidas mientras las grandes corporaciones deciden el rumbo del planeta. La democracia liberal opera hoy igual que una corporación privada donde las decisiones no responden al principio de «un ciudadano, un voto», sino al de «una acción, un voto».  Es la dictadura de la propiedad disfrazada de participación.

Por eso nos encontramos hoy en un momento de profunda indigestión civilizatoria. Sabedores de que el modelo de acumulación infinita en un planeta finito ha colapsado las bases de la convivencia humana y del equilibrio biológico, nos negamos a vomitar. El vómito es una experiencia amarga, desagradable y dolorosa, y por ello la posponemos lo más posible mediante parches tecnológicos y discursos anestésicos. Pero hasta que el vómito no ocurra, el alivio no vendrá. Los pueblos originarios conocían la sabiduría de las plantas eméticas: cuando algo caía mal al cuerpo, se provocaba la expulsión inmediata del veneno antes de que la toxina destruyera el organismo entero.

En este ciclo de decadencia, la tecnología lejos de salvarnos, amenaza con profundizar la trampa. Si en los siglos pasados el gran impostor ideológico fue el capitalismo disfrazado de libertad, en el siglo XXI el nuevo impostor será la Inteligencia Artificial al servicio de esa misma élite acumuladora.  Se nos vende la ficción de que la tecnología resolverá las brechas de la humanidad, mientras se construye un sistema de vigilancia y panóptico global —comprado por los gobiernos a corporaciones sin escrúpulos— diseñado para predecir, extorsionar y aplastar cualquier atisbo de disidencia.

Estamos presenciando las grietas de un gran superciclo. Del mismo modo que el Imperio Romano se deslizó hacia un estado policial militarizado y ahogado en liquidez antes de su colapso, el imperio global actual reacciona a su decadencia con nostalgia fascista, represión y quiebre de sus propias leyes. Sin embargo, lo nuevo siempre ejerce una atracción inevitable sobre la atención humana. La verdadera novedad de este siglo no consistirá en inventar una nueva quimera tecnológica para perpetuar la acumulación, sino en la capacidad crítica de mirar hacia atrás: en el regreso a los orígenes, a la lógica comunal, a la comprensión de que no existe libertad posible allí donde la propiedad de unos pocos tiene el poder de comprar y desechar la vida de todos los demás.

Elily Samith Sanroman, MA.

A T E N C I O N
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