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Llueve, recordando a Nelson Schwenke.

por Marcelo Munch
Artículo publicado el 25/06/2012

Se aparecieron como un par de comensales más de entre las mesas del pequeño espacio del restaurant La Sazón, de Cañete. Era el año 2007. Afuera llovía. Y acomodaron sus micrófonos y comenzaron a cantar, y una andanada de nostalgias atiborraron nuestras cabezas y nos recordaron más jóvenes, cuando éramos niños, cuando escuchábamos esas melodías impregnadas a leña y penas de mar que hablaban del hombre con el hombre, de desnudarse por dentro, de hacerse de nuevo cada día por las verdades sufridas en las pobres alamedas de un país sin avenidas. Y Nelson, como siempre, sosteniéndose en su risa con su mirada en paz de sobreviviente sin complejos de asumirse más viejo o de ofrecer mesa por mesa al final del recital alguno de sus discos para la venta. Todos allí esa noche sin conocernos nos descubrimos susurrando esas letras y nos tomamos de las manos invisiblemente pues sin saberlo formaban parte de nuestro mirar atrás, y a lo mejor de nuestra esperanza secreta; yo con nostalgia, ese día, en ese Arauco que me acogió por más de un año mejor que mi propia familia, supe que ya que era el tiempo de partir.
Han pasado 5 años y me parece que fue hoy, ayer. Aquí es invierno y hace un calor horrible. Es Centroamérica. Es Centroamérica en invierno y ha llovido poco. El Salvador es un lugar que alberga unos contrastes difíciles de comprender de buenas a primeras, cuesta mucho verbalizar lo poco y nada que he visto, estoy en eso, tratando de entender, de habituarme a mi nueva vida, de desparramar un par de letras que no salen. La gente eso sí es hermosa y amable, es un pueblo en esencia cordial, es increíble que esta misma sociedad sea capaz de albergar tanta división y violencia como la que ha sufrido, y sigue sufriendo. El miedo se siente en el aire, se hace difícil transitar libremente por las calles, ir al mercado, ver a los suplementeros corriendo ligeros, comprar pescado los viernes, como poetizaban Schwenke & Nilo junto con Riedemann, son cosas que se añoran, de esa añoranza que duele porque entiendes su profundidad y su peso ya que dejaste de tenerlas.

Aquí es invierno y aún casi no ha llovido. Observo en silencio con mi cigarrillo y me llega la noticia de la partida de Nelson. Entonces una pena inmensa y la nostalgia me envuelven con su aroma a pan, y me quiebran, y me hacen escribir.

Las nubes desde el Quezaltepec se cierran y anuncian tal vez un aguacero. Recién ahora caigo en cuenta que extraño todo y a los míos, y en mi extrañeza tengo enredada una lágrima que me debía.

Mi cigarrillo dejo que se consuma solo en homenaje, albergando, como decía Nelson, Marcelo, junto a Clemente, el día que el sol venga a mi puerta a conversar, y si no, proponerme ponerme temprano los zapatos y que me lleven hacia el arcoíris donde está la idea el fruto el canto, y juntar nuestras verdades, reír a toda costa, inventarme la esperanza, hacerme de nuevo cada día, y agradecer el viaje mutuo, la compañía, y la semilla.

San Salvador, 22 de junio de 2012

Escuchar «LLuvias del Sur«, de Schwenke y Nilo.
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