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Sobre la verdad y la voluntad de poder como elementos precedentes del psicoanálisis

por José de Jesús Salazar Valenzuela
Artículo publicado el 24/05/2026

“Pues a partir de ahora vuelve a ser la psicología
el camino que conduce a los problemas fundamentales”
Nietzsche

 

A lo largo de la historia, el ser humano ha intentado responder preguntas fundamentales sobre su existencia: ¿Qué es la verdad, ¿cuál es el sentido de la vida y qué determina sus acciones, entre muchas otras? Estas interrogantes han dado lugar a diversas explicaciones filosóficas que, en muchos casos, han privilegiado la razón como vía de acceso al conocimiento. Sin embargo, esta perspectiva ha tendido a excluir elementos esenciales de la experiencia humana como las pasiones y los impulsos.

Las críticas de Friedrich Nietzsche a la noción de verdad absoluta, así como su concepto de voluntad de poder, la filosofía de Immanuel Kant sobre cómo conocemos las cosas y la voluntad irracional que impulsa la existencia de Arthur Schopenhauer, constituyen antecedentes fundamentales para el surgimiento del psicoanálisis, particularmente en la obra de Sigmund Freud, quien retomando estas ideas desarrolla esta nueva corriente que voltea a ver al ser humano como una individualidad inconsciente y no tanto una racionalidad universal.

En este sentido, podemos preguntarnos cómo fue que Freud llegó a elaborar su teoría, no en el sentido de cómo la desarrolló, sino qué y quiénes estuvieron detrás para permitirle hacerlo. Un aspecto importantísimo ha sido la filosofía, desde los presocráticos hasta Nietzsche, su referente más cercano, porque de lo que habla Freud es algo que ha existido siempre y fue esta corriente la que más se aproximó a su elucidación.

Desde la antigüedad se ha tratado de dar explicación del mundo y de uno mismo mediante diferentes ideas, ya sean mitológicas, religiosas, racionales o lógicas. La filosofía ha buscado establecer una verdad universal que explique la realidad. Los presocráticos buscaban explicar el cosmos; los sofistas desplazaron esa pregunta hacia el ser humano y la vida en la polis, trataban de hacer ver su verdad, dar razones para convencer de una respuesta, enseñaban a parecer tener razón mediante la retórica.  Sócrates se opuso a ellos, los acusaba de vender el conocimiento como mercancía y de no buscar genuinamente la verdad, sino el poder de convencer. Defendía la posibilidad de acceder a un conocimiento objetivo mediante la razón (Durant, 1994).

Para Sócrates la filosofía aspiraba a un conocimiento que trascendiera lo sensible, las pasiones y la experiencia inmediata, privilegiando la razón como vía hacia la verdad. Desde entonces se ha atribuido a la verdad un valor supremo, se le ha considerado como objeto agálmico ilusorio, se ha buscado y se sigue buscando la verdad como el bien más preciado. El mismo Sócrates buscaba un conocimiento universal: conoce el bien, si lo conoces actuarás con bien y conocerás la felicidad, lo que delega todo a la conciencia, al conocimiento. Para él, la ética era la respuesta ante las pasiones humanas, la forma de dominarlas a través de la razón. Bajo esta lógica, conocer el bien implicaba necesariamente actuar conforme a él, subordinando así la conducta humana al dominio racional.

No obstante, este enfoque presenta una limitación importante: la exclusión de las pasiones como elemento constitutivo del sujeto. La tradición filosófica ha tendido a considerar las emociones como obstáculos para el conocimiento, en lugar de reconocerlas como fuerzas fundamentales de la vida psíquica.

Esta primacía de la razón sobre las pasiones será precisamente uno de los puntos que Nietzsche cuestionará siglos después, al señalar que lo que constituye al ser humano no es la razón sino las fuerzas instintivas que la filosofía tradicional prefirió ignorar.

Nietzsche está en contra de los filósofos que creen haber encontrado la verdad, ya que al creerlo saben tan poco de ella, puesto que la verdad no se ha dejado conquistar y que, todo dogmatismo que ha sido aceptado hasta hoy ha sido algo ingenuo. Dice que el peor de los errores ha sido un error de dogmáticos: la invención de Platón del espíritu puro y del bien en sí. Pero que hay un horizonte que se levanta contra este dogmatismo y pone su esperanza una nueva oleada de filósofos cuya tarea sea estar despiertos y luchar contra ese error que se ha desarrollado.

Hablar del bien y del espíritu es poner la verdad de cabeza y negar el perspectivismo que es la condición fundamental de toda vida. Nietzsche dice que la verdad no existe, tan solo el perspectivismo: todo depende del punto de vista de dónde lo veas. Hay que romper con las verdades.

La verdad es absoluta y corresponde a los dioses, por tanto, es inaccesible a lo humano; lo que nos es posible es la veracidad. Kant no acepta esa verdad divina e inaccesible, pero tampoco renuncia a la razón; en cambio, se pregunta qué puede conocer realmente el ser humano dentro de sus propios límites. Apostaba por la razón y la conciencia, investigando hasta dónde puede llegar el conocimiento humano sin recurrir al elemento divino, tratando de alcanzar la veracidad de lo humano mediante la razón.

La filosofía de Immanuel Kant introduce un giro significativo al establecer que el conocimiento humano no accede a las cosas en sí mismas, sino únicamente a sus representaciones. De este modo, el sujeto deja de ser un receptor pasivo de la verdad para convertirse en un agente que organiza la experiencia a través de estructuras mentales.

Para Kant la mente humana solo puede conocer lo que está en ella, las cosas del mundo como son representadas. ¿Cómo queda representado el cosmos? En primer lugar, por los sentidos conocemos el mundo que nos afecta, y nos afectan sensaciones caóticas y constantes que necesitan ser ordenadas (estética trascendental); al ordenar estas sensaciones, la mente obtiene percepciones, pero todavía se tiene que trascender al pensamiento lógico (lógica trascendental).

La máxima aportación de Kant al conocimiento en este sentido es que solo podemos conocer las representaciones en nuestra mente y en el nivel en que hayan quedado representadas. Este planteamiento resulta crucial, ya que anticipa uno de los principios centrales del psicoanálisis: la primacía de las representaciones en la constitución del sujeto.

Sin embargo, Kant mantiene una fuerte confianza en la razón al proponer el imperativo categórico como fundamento de la moral, lo que nuevamente deja de lado la dimensión pulsional: si la razón es libre, esta va a descubrir la regla y se cumplirá con esa regla (lógica del deber ser). Al buscar la ley moral que aplique a todo ser humano queda olvidado lo individual. Este imperativo categórico no incluye las pasiones humanas porque no sirven para sus fines.

Por su parte, Arthur Schopenhauer propone que la esencia del mundo no es racional, sino una voluntad irracional que impulsa toda existencia. Esta voluntad, entendida como un deseo constante e insatisfecho, introduce una dimensión que cuestiona la supremacía de la razón.

La voluntad en Schopenhauer es un impulso que algo busca y nunca acaba de encontrar. Creía haber encontrado lo que para Kant era incognoscible, aquello externo que nos mueve, la cosa en sí, el objeto.

Nietzsche está en contra de la verdad y de todo aquello que busque encontrarla. Incita a tomar partido contra la apariencia, la necesidad atomista y metafísica, comenzar a utilizar la palabra perspectiva. También está en contra de la física y la fisiología que solo dan fe de lo observable y establece que no solo los sentidos sino el sensualismo son los elementos que dan acceso a la explicación del mundo del sujeto. El nuevo camino está abierto al reconocer el alma como algo mortal, como pluralidad del sujeto, como estructura social de los instintos y afectos.

Ya no hablaremos de la verdad, sino de la verdad individual, que es la coincidencia entre mi representación y la cosa.

Nietzsche planteó un tema que nadie quería escuchar. Aseguró el fin de los dioses como esas entidades externas que nos determinan. Y como no estaba de acuerdo con las verdades absolutas propuso un nuevo camino, un camino en donde las pasiones humanas toman un papel importante en la construcción de la vida. La teoría de Nietzsche estuvo siempre a favor de la vida. ¿Y qué es lo que da vida?: la voluntad, entendida como una fuerza vital, un deseo imperioso que nos hace vivir, no la voluntad entendida como una decisión consciente de la que creemos ser autores, sino una fuerza que desconocemos y que nos impulsa hacia ello.

Entonces, ¿dónde está el origen de la voluntad si es algo que nos empuja? Pues si es algo que empuja ciertamente no está en el sujeto. La esencia de lo humano es la voluntad (otra), no la propia, una que se le impone al sujeto, entonces estamos en lucha contra esa voluntad que nos controla. La voluntad es una fuerza que nos lleva a materializar nuestras representaciones en actos y elecciones concretas, pero esa voluntad, esa fuerza, esa potencia siempre nos viene del otro y llega en forma de violencia.

Al leer a Schopenhauer, Nietzsche se da cuenta que, si la voluntad es externa, es la vida de otro viviendo a través de ti y que esta idea de voluntad le es igual a todo ser humano, pero encuentra también una salida y cambia esta voluntad de vivir por una voluntad de poder, entendida como una fuerza vital que busca afirmarse, transformarse y expandirse. Esta noción desplaza la idea de un sujeto racional y autónomo, dando lugar a una concepción más compleja en la que intervienen múltiples fuerzas en conflicto.

La voluntad de poder para Nietzsche es una fuerza de la vida para sufrir transformaciones, esta fuerza está en nosotros y siempre es violenta en el origen, se transforma sola, es el exceso de la fuerza de la naturaleza que se expande y apuesta a que sea utilizada para la vida.

Nietzsche critica cómo a lo largo de la historia lo que se ha buscado también ha sido una voluntad de la verdad (la fe en un valor metafísico, de un valor en sí de la verdad) es un problema y plantea muchas interrogantes como el porqué de un dogmatismo, ¿acaso no puede existir algo más, algo diferente? Los metafísicos se basan en procedimientos lógicos, de la razón, para crear una verdad, una verdad que además signifique el bien, pero ¿quién puede decir que algo es bueno para otro y además imponérselo? ¿Con qué derecho se atribuye este poder? ¿No sería acaso asumir una posición divina? Y ¿no es acaso de lo divino de lo que queremos desprendernos?

Nietzsche establece que tanto aquello bueno como malo está emparentado y poseen el mismo valor, pero que nadie se atreve a reconocerlo, salvo un nuevo grupo de filósofos que se opongan a todo lo que hasta ahora se ha impuesto y mirar la actividad instintiva como la parte más importante del pensar consciente. Asimismo, establece que la falsedad de un juicio no es mala, lo importante es saber hasta qué punto favorece la vida, porque todo aquello que favorece la vida tiene que ser tomado en cuenta, incluso son dichos juicios los más imprescindibles.

“Hay que admitir que la no verdad es condición de vida: esto significa, desde luego, enfrentarse de modo peligroso a los sentimientos de valor habituales; y una filosofía que osa hacer esto se coloca, ya solo con ello, más allá del bien y del mal” (Nietzsche, 2016, pág. 31).

Desde esta perspectiva, la vida psíquica no puede reducirse a la conciencia ni a la razón. Por el contrario, está atravesada por impulsos, deseos y tensiones que operan más allá del control consciente. Esta idea resulta fundamental para el desarrollo del psicoanálisis, en el que Sigmund Freud conceptualiza el inconsciente como una instancia determinante del comportamiento humano.

La crítica de Friedrich Nietzsche (2016) a la verdad absoluta y su concepción de la voluntad de poder, representan un punto de inflexión en la historia del pensamiento occidental. Al cuestionar la primacía de la razón y reivindicar el papel de las fuerzas irracionales, se abre un horizonte que permite comprender al sujeto desde una perspectiva más compleja.

Estas aportaciones, junto con los planteamientos de Immanuel Kant y Arthur Schopenhauer, sientan las bases para el surgimiento del psicoanálisis. En este sentido, la obra de Sigmund Freud puede entenderse como una continuación y profundización de estas reflexiones.

José de Jesús Salazar Valenzuela
Artículo publicado el 24/05/2026

Referencias:
Nietzsche, F. (2016). Más allá del bien y del mal. México: Alianza Editorial
Durant, W. (1994). Historia de la filosofía. México: Diana.

 

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