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El eco de la ausencia: Memoria e identidad en la infancia y adolescencia en la novela «Primera memoria» de Ana María Matute

por Sukanta Kumar Chattopadhyay
Artículo publicado el 05/02/2026

Resumen
El autor trata de explorar la compleja relación entre memoria e identidad en la novela Primera memoria de Ana María Matute (Barcelona, España, 1925 – Barcelona 2014), enfocándose en la experiencia de la infancia y la adolescencia durante un período de desplazamiento y conflicto causado por la guerra civil. A través de un análisis detallado de la narrativa y el lenguaje de Matute, se indaga cómo la ausencia, tanto física como emocional transforman la formación de la identidad de los jóvenes protagonistas y cómo la memoria, a menudo troceada y selectiva, se convierte en un elemento crucial para dar sentido a un mundo turbulento.

También se ha revelado cómo la autora narra la situación de la sociedad entonces ha dado un choque sacúdete traumático a los adolescentes en el desarrollo normal de la psique de los jóvenes, así como la función de la memoria como un espacio de resistencia y reconstrucción en medio de la adversidad.

1. Introducción
1.1 El objetivo del proyecto.

El objetivo de este análisis es aludir a la situación social que prevalecía durante la guerra civil y las décadas de la posguerra bajo el dominio draconiano del Franco y cómo su mano dura ha silenciado la voz del público y en particular ha convertido las mujeres en las entidades sordomudas forzadas a vivir en un ambiente de total represión. Tal atmosfera de amenaza de restringir y denegar las libertades a las que el ser humano posee un derecho natural tiene una influencia castigadora en la formación de la psique a medida que los jóvenes atraviesan la adolescencia hasta su juventud y edad adulta.

La infancia y la adolescencia son etapas cruciales en la formación de la identidad, períodos marcados por la exploración, el descubrimiento y la internalización de experiencias que dejarán una huella perdurable en el individuo. Cuando estos años formativos transcurren en un contexto de desplazamiento, conflicto o ausencia significativa, el proceso de construcción del ‘yo’ se ve profundamente afectado, particularmente cuando la sociedad se transcurre una fase de conflictos internos como la guerra civil o el trauma prolongado por desastres naturales o estallido de hambruna y pestilencia y las guerras infligidas por los chovinistas. Es muy natural que los adolescentes pasan por una etapa de tanto de malnutrición física como psicológica durante la coyuntura de las épocas de crisis.

La memoria, es decir, las reminiscencias del tiempo pasado, entonces, paulatinamente adquiere una relevancia aún mayor, actuando como un fuente personal y colectivo que troquela la percepción desde los días pasados hasta los días futuros.

Ana María Matute, una de las más famosas novelistas de la literatura española del siglo XX, aborda con ternura y profundidad estas complejas dinámicas en su novela Primera memoria (1959) y proyecta una imagen más realista de la sociedad y una crisis grave responsable para la decadencia inmensa de los valores de solidaridad.

En su comienzo, la novela situada en el ambiente de los primeros meses de la Guerra Civil Española en una isla, narra la experiencia de Matia, una joven que pasa el verano con sus parientes y se enfrenta a la salvajada del conflicto y a las complejas relaciones familiares marcadas por la ausencia de amor y afecto paterno y el silencio aterrador. A través de la mirada perspicaz de Matia, Matute manifiesta cómo la guerra y sus secuelas impactan la psique infantil y adolescente, y cómo la reminiscencia desde la profundidad del corazón se convierte en una arena de batalla donde se negocian la identidad y el sentido de pertenencia.

El objetivo de este proyecto es analizar la compleja relación entre memoria e identidad y cómo esta relación, o es decir la transición de la inocencia a adultez, se afecta por una forzada separación de la adolescente protagonista desde los senos cariñosos de sus padres y un entorno estable y seguro bajo los ojos cuidados de los padres. Con el progreso del análisis se revelará cómo la memoria se ambienta para comprender y aceptar las experiencias traumáticas. Además, se analiza el papel del contexto histórico y literario con la meta de probar la relevancia de la novela para comprender los traumas de los infantiles viviendo en aislamiento bajo diversas circunstancias.

1.2 Marco Contextual

En el contexto de la Primera memoria de Matute, es necesario discutir la perspectiva de los temas de la Generación de los 50. Los escritores de esta época creían en “La idea del compromiso social es compartida por la mayor parte de los escritores, sin embargo, no todos creen que deba adoptar una expresión literaria extremada, de clara denuncia social o de postulados políticos. Al contrario, el grupo comparte los supuestos éticos anunciados, los lleva a cabo mediante unos planteamientos fundamentalmente humanitarios, que no políticos, de la situación del hombre contemporáneo. Plantean el problema de la injusticia social, descubren los sentimientos de soledad y frustración de la persona, pero no llegan a desarrollar una concepción de la lucha social, sino que ofrecen un sentimiento solidario con el sufrimiento humano, sobre todo con los pobres. Es la corriente neorrealista (Ana Isabel Pernil, El reto histórico)”.

Entre los varios grupos de esta generación los escritores enfocaban en los temas que prueban profundamente tópicos como realismo histórico, los traumas de los niños de la guerra y el realismo social que son evidentes de la novela “Nada” por Carmen Laforet, “La Primera memoria, Luciérnagas” etc. por Ana María Matute y en obras de otros novelistas de la dicha época.

Según se ha dicho arriba, La Generación del 50 se caracteriza por el social realismo que enfatiza en la vislumbre introspectiva, involucrando a menudo la exploración lírica del trauma que se transmitió a la generación de la posguerra y a la generación que nació a durant los años treinta. Las obras de estos autores frecuentemente utilizan la perspectiva de los niños de la guerra como se encuentra en la Primera Memoria por Matute. Todas estas novelas enfocan en destacar la atrocidad y la hipocresía del mundo adulto o del mundo de los “mercaderes”, metafóricamente señalando a la sociedad humana de los elementos corruptos. Miguel Delibes en su novela “El avance camino” (Delibes 210-221) enfoca sobre el aprieto de Daniel (o el “Mochuelo”) un joven que fue enviado a una ciudad para lograr su avanza en su carrera futura. El tema central revuelve en el inevitable crecimiento del muchacho que fue forzado a dejar el ambiente o el mundo cariñoso donde la naturaleza y libertad le permitió moldear el trayecto de su vida. Allí, la muerte repentina de su amigo en un accidente, le empujo a trascender a otro nivel de la vida real. Este encuentro con la muerte delinea su transición de paraíso de su niñez a la adultez, una vida plena de los responsabilidades y tristezas. Matia de Primera memoria también entró en su adultez perdiendo su inocencia a través de un choque, mientras suprimiendo la verdad de alegación del robo del dinero de Señora Práxedes. Juan Goytisolo en su novela (Duelo en el Paraíso, 280-305) muestra la militarización de la niñez donde la ausencia de la autoridad adulta no dirige a la libertad, pero la regeneración de la crueldad adulta dibujando el barbarismo como el espejo de la guerra. Abel, el protagonista llega a ser la victima de la violencia colectiva, muy semejantemente de Manuel Taronji en la Primera memoria. Ambos de los personajes reflejan el concepto de una persona “extraña” quienes deben ser sacrificadas para mantener el orden social o psicológico del grupo dominante. La relación entre Abel y su amigo Pablo terminó por medio de una traición sobre el dinero y lealtad, reverberando la ruptura trágica entre Matia y Borja al fin dl la novela. Carmen Martin Gaite ha sido capaz de mostrar el confinamiento femenino (Gaite 112-135) en su novela famosa titulada “Entre visillos”. Si Matia siente la pena del atrapamiento por las órdenes draconianas, los personajes de Gaite viven detrás de los visillos metafóricos de una ciudad, que representa la sofocación de las mujeres en el periodo posterior a la guerra en España. La novela explora el fenómeno monotónico de las reuniones sociales y rituales religiosos que obviamente coinciden con los días opresivos y repetitivos de verano que Matia padece en Son Major. En “Los bravos” (15-35) de Jesús Santos, la misma atmosfera de supresión se ha narrado a través del carácter del cacique que ejerce un poder silencioso y aplastante sobre la gente del pueblo. Esto refleja el mismo matriarcado encontrado en la Primera memoria, donde la poderosa matriarca dicta el curso de la vida de los familiares mediante temor y el control económico. El aislamiento físico del pueblo en “Los bravos” posa como símbolo del aislamiento psicólogo de los personajes, y sirve como una “clausura” que refleja el entorno insular de la adolescencia de Matia.

2. Breve resumen de la novela

La trama de Primera memoria se desarrolló en una isla durante el verano de 1936, al principio de la Guerra Civil Española. Matia, una niña de catorce años es enviada a vivir con su abuela, su tía y su primo Borja. La atmósfera inquietante y plena de recelos entre los vecinos que sucederían a ser partidarios de los republicanos o de los franquistas sumergiendo la población de la isla en un ambiente cargado de tensión y discordia, refleja el clima político del país.

Matia se convierte en una desamparada observadora del estallido de la Guerra Civil y la abrupta explosión de la violencia que paulatinamente envolvía el país entero dejando aun la pequeña isla, Mallorca en un estado de recelo y desconfianza entre los vecinos que sucederían a ser seguidores de los republicanos o los nacionalistas.

Matute ha narrado a través de la joven Matia, las traumas y las devastadoras consecuencias que se enfrentan por la masa común en el entorno de la guerra interna. El lector se convierte en un testigo de la desintegración del país y el chorro de arrebato de matanza de los partidarios opositores con una actitud de intolerancia del rechazo de la razón. Las relaciones familiares son complejas y están marcadas por secretos, silencios y una discernible falta de cariño. La ausencia de sus padres se siente profundamente, y Matia tiene que hallar su lugar en este desconocido y hostil entorno.

Borja es uno de dos protagonistas jóvenes que juega un rol crucial en la transición de Matia desde su estado de inocencia al nivel de la adultez a través de su silencio en condenar un joven del estrato marginado de la sociedad en la etapa final de la novela. Su relación con Matia creció a lo largo del verano durante la estancia de Matia en la isla en el ambiente de debates y argumentos debido a la creencia de los padres de ellos, que eran seguidores de dos grupos rivales: los republicanos y los nacionalistas.

Otros personajes, como los sirvientes y los vecinos representan una parte de la sociedad entonces, que situó al borde de la fragmentación por el golpeo de la guerra y constituyeron los grupos de individuos cautivos de las circunstancias históricas implacables que estaban fuera del control de la gente común.

La novela aparte de narrar los eventos externos enfoca el mundo interior de Matia, explorando sus sentimientos de desconcierto, miedo, y su creciente capacidad para comprender las realidades del entorno y la complejidad del mundo adulto. La memoria de este verano crucial se convierte para ella en una «primera memoria» que marcará su vida futura y su comprensión de la realidad.

Matute (44-48) utiliza el espacio y el silencio no solo para ambientar los escenarios de la novela sino como herramientas psicológicas y respuestas a la Guerra Civil. El simbolismo del espacio incluye el aislamiento insular, el “mundo verde” y la naturaleza frente a una domesticidad asfixiante. La trama tiene lugar en Mallorca, que separa físicamente a los personajes de las líneas fronterizas activas de la tierra firme. Este doble desplazamiento crea una “isla dentro de una isla” donde la guerra proyecta una sombra fantasmal y aterradora; es invisible, pero se siente en cada actividad social. En la obra de Matute el entorno oscila entre   un refugio cómodo y un paisaje violento y siniestro. Los agaves silvestres y el sol abrasador no son solo un telón de fondo, sino que reflejan el caos dentro del ‘yo’ y la crueldad del mundo adulto que Matia teme y desea simultáneamente (Davies 132-135). Es digno de mencionar que la isla sirve metafóricamente como una manifestación física del aislamiento y cautiverio. Encarcelada por el mar, Matia está forzada a vivir en un estado mental insular, donde sus únicos compañeros son sus propias memorias y las expectativas rígidas de su abuela. Este estado de la psique probablemente pueda ser atribuida al exilio interior.

El paisaje de la isla se divide en dos espejos representando dos aspectos de la mente de Matia que incluyen el espacio doméstico y el espacio costa salvaje (Magnant 69-72). Mientras el espacio doméstico (la casa de abuela) simboliza el ‘yo’ reprimido, la costa salvaje que incluye los acantilados y las chozas ilustra su “yo” rebelde y sombrío (Nicholas 88-91). Es evidente que Matia posee una atracción inherente y ciega hacia las zonas prohibidas que refleja su deseo de integrar las partes marginadas de su identidad. El calor incesante y la luz cristalina de la isla crean un sentido del éctasis temporal (Matute 44-48). Para la protagonista, el paisaje nunca cambia, reflejando su clausura interna. La inmovilidad externa del espacio insular de la isla simboliza su incapacidad para avanzar hacia una madurez saludable, llevándola en cambio, a una identidad adulta “calcificada”, nacida en la traición (Whittaker 2-4).

La casa grande de Doña Práxedes es un símbolo del peso opresivo del tradicionalismo Franquista. El espacio social se ha dividido por la clase y la moralidad, donde los “chuetas” son relegados a las chabolas reflejando las jerarquías rígidas. Los autores de la Generación 50 muestran meticulosamente esta disparidad. Asimismo, utilizaron el silencio como una estratégica para eludir la censura (Whittaker 2-4). En esta obra, el silencio es una ‘presencia’ que habla de una violencia indescriptible. Los niños fueron testigos de esa violencia de la guerra, pero no pudieron expresarlo con palabras. Pero el silencio lleva otro mensaje también. El silencio de Matia cuando Manuel fue acusado se convierte el último “pecado de omisión”. Este silencio refleja el “pacto de silencio” de la posguerra española que sirvió un acuerdo para olvidar los vicios pasados para mantener la paz frágil e hipocrática. El silencio es el único espacio donde los personajes guardan su verdadera identidad a salvo de la mirada vigilante de la autoridad.

3. Perspectiva Histórica y Contexto Literario
Primera memoria se inscribe dentro de la literatura española de la posguerra, una corriente marcada por la reflexión sobre el trauma de la Guerra Civil y sus consecuencias en la sociedad española. Autoras como Ana María Matute (Primera memoria), Carmen Laforet (Nada) y Elena Quiroga (Martín, Inés Corujo 13-33) exploraron las experiencias de la infancia y la adolescencia en este contexto de conflicto y represión, ofreciendo perspectivas íntimas y personales sobre el impacto de la guerra en la vida cotidiana y en la psique individual. La novela “Careta” enfoca profundamente (Martín 13-33) sobre la metamorfosis de la psique del hombre como la secuela de la guerra que le siga dejando en un estado de perpetua estresa causado por la incertidumbre en todas esferas de la vida, sea que económica o sea que la seguridad social o la vinculación y solidaridad entre los vecinos de la sociedad.

En la novela «Nada» de Carmen Laforet, la guerra civil española se presenta como un factor de influencia negativa en la psique de la gente (Þórarinsdóttir Ninna, “El trasfondo sociohistórico Laforet” 1-22) , independientemente de su sexo, a través de la sensación de vacío existencial, la desilusión, el miedo, la tensión, y la fragilidad emocional que permean a la vida de los personajes y moldeaba los rasgos humanos comunes en los rumbos desviados del trayecto normal.

La novela, “Primera memoria” se publica en 1959, en un período en el que el régimen franquista aún ejercía un férreo control sobre la sociedad ( Alonso, Eduardo Ranz 53-70  ), imponiendo medidas discriminatorias contra mujeres por medio de promulgación de las leyes que prohibían a las mujeres trabajar sin consentimiento de su marido, tener pasaporte, abrir una cuenta bancaria, administrar bienes, suscribir contratos, disponer de los ingresos entre muchas otras de normas represivas ( Alonso 53-70) y la memoria histórica es objeto de una intensa manipulación. En este contexto, la literatura se convierte en un espacio donde se pueden explorar las heridas del pasado y dar voz a las experiencias silenciadas. La novela ‘Primera memoria’ vista a través de una joven testigo ofrece una visión compleja y de la Guerra Civil y las consecuencias de eso conflicto fratricidio que continuaban por un largo periodo después de la victoria de los nacionalistas. La vicisitud sociopolítica que tuvo una imperiosa influencia en las interacciones de los ciudadanos del país ha sacudido la mente de Matute enormemente. El tema de la novela revuelve sobre el realismo social desde la vista de la turbulencia social y política adhiriendo a una perspectiva profundamente subjetiva y lírica. Este estilo esencialmente consiste en el enfoque en el mundo interior de los personajes, utilización de un lenguaje alusivo y simbólico, búsqueda de temas como la pérdida de la inocencia y la manifestación de un silencio escalofriante impuesto sobre las masas comunes. Esta novela puede ser analizada igualmente con otras obras que sutilmente divulga la experiencia de la infancia en tiempos de guerra y el efecto del desplazamiento causado por el bombardeo, incendio y chorros de balas por las bandas bélgicas. Novelas como “El niño con el pijama de rayas” de John Boyne, es un ejemplo patente de un tema idéntico, aunque atado a un contexto histórico diferente, la idea básica es la reiteración del impacto del conflicto en la vista infantil y la construcción de la identidad en medio de la adversidad.

En esta novela, la protagonista narra la historia de su vida después de atravesar sus días de la infancia y al entrar la vida de adolescencia. Si bien, ella ha llegado a vivir en la casa de su abuela, de hecho el entorno de la casa se parece a Matia como un espacio ajeno debido a la forzada alienación de sus padres como la séquela directa de la situación del país donde prevalece un ambiente de recelo y revancha. Un tal atmosfera inquietante comparable con la historia bíblica de Cain y Abel que dibuja la guerra interna entre dos hermanos y concluyó al final en el delito de fratricida.

4. Análisis del tema: Memoria e identidad en la infancia desplazada
Como se ha dicho, Primera memoria penetra profundamente en sus esfuerzos de indagación para explorar cómo la memoria y la identidad se entrecruzan en la psique de los infantiles y los adolescentes bajo la presión de desplazamiento y conflicto violento. La ausencia física y emocional de sus padres juegan un papel importantísimo en la formación de la identidad de Matia y Borja, mientras en el espacio de la memoria se negocian el pasado, el presente y la creación del ‘yo’.

4.1. El impacto de la ausencia en la formación de la identidad
Tanto la presencia como la ausencia de los padres desempeña un rol gravísimo en el desarrollo psicosocial de los niños (Venegas y Rojas 37-38) y la falta del afecto y guía de cualquiera de los padres pueda retardar el crecimiento normal de los niños. Añaden Venegas y Rojas que

“Una persona que durante su infancia tuvo apego seguro con sus padres, en su adultez podrá desarrollar relaciones basadas en la confianza y seguridad. En cambio, una persona que, durante su infancia, tuvo experiencias negativas con sus padres, las que generaron apegos de tipo inseguro o desorganizado, tendrá dificultades para establecer relaciones en las que no intervengan ansiedades, inestabilidades, desconfianzas inscritas en su psiquismo”.

La falta del apego por parte de los padres en la obra ‘de Primera Memoria’ paulatinamente va a transmutar Matia, la protagonista en una adolescente confundida causada por el aislamiento de sus padres que no podrían ayudarla en sobrepasar las condiciones caóticas de la sociedad, provocado por el conflicto interno que generaba un incesante proceso de venganza y contra venganza entre los partidarios de los republicanos y los franquistas, manifestado por el dialogo a continuación:

Dicen que en el otro lado están matando familias enteras, que fusilan a los frailes y les sacan los ojos… y que a otros los echan en una balsa de aceite hirviendo… ¡Dios tenga piedad de ellos! (Matute, 8).

La sensación de ausencia del amor y afecto se intensifica por estas revelaciones en atrocidad que cataliza el proceso de desapego de la sociedad que ha fracasado totalmente a suavizar los heridos espíritus de los jóvenes desde la tendencia de hundirse en el abismo de un tipo de alienación aterradora.

La ausencia del afecto filial es un tema central en Primera memoria, manifestándose de diversas maneras y dejando una profunda huella en la identidad de los jóvenes protagonistas. La ausencia de los padres es el incidente más desafortunado en la vida de Matia, que le ha imbuido un vacío de miseria indecible en su psique y la cadena de circunstancias le ha empujado a vivir con sus parientes a la isla. Esta separación forzada de su entorno familiar y afectivo la sitúa en un estado de desarraigo y vulnerabilidad. Como discutida por Venegas y Rojas (37-38), la identidad se construye en relación con los otros, y la ausencia de figuras parentales significativas puede generar una sensación de vacío y cuestionamiento del propio lugar en el mundo que se ha demostrado metafóricamente a través del trauma oculto de Matia debido a la muerte de su madre y la pérdida del paradero de su padre, que como señalado estaba ocupado en la guerra interna como un partidario de los republicanos.

Además de la ausencia física de los padres, la novela explora otras formas de ausencia que moldean la identidad de los personajes. La ausencia de comunicación y afecto en las relaciones familiares crea un clima de silencio debido a la psicosis del pánico reprimido que obstaculiza la construcción de vínculos sólidos y la internalización de un sentido de seguridad y pertenencia. La abuela, figura autoritaria y distante, representa una ausencia de calidez y comprensión, mientras que la ambigua relación entre los tíos de Matia sugiere una ausencia de armonía y estabilidad en el núcleo familiar.

Borja, por su parte, también experimenta una forma de ausencia, aunque de naturaleza diferente. Su identidad parece estar marcada por la ausencia de límites y de una guía moral clara. Su comportamiento impulsivo y a menudo cruel refleja una falta de asimilación de normas y valores, posiblemente relacionada con la dinámica familiar y el clima de violencia que se instaura en la isla. Su hábito de cleptomanía que le lleva a robar del cofre de la abuela y finalmente a confesarse en la iglesia y ante su abuela es también un testimonio de su aislamiento y alejamiento de su familia probablemente causada por la ausencia de su padre durante un periodo inusualmente largo de su hogar y de sus seres queridos. La ausencia de un modelo paterno positivo podría haber contribuido a esta falta de dirección y a su creciente alienación. La lamentación de Borja se ha manifestado muchas veces cuando solía reiterar , “Mamá está triste, está preocupada por papá” (Matute 71) que subraya la inquietud y trauma de separación de los adolescentes.

La guerra misma se presenta como una forma de ausencia radical: El conflicto sangriente en el que se ha sumido la nación es el factor determinante que ha provocado la ausencia de la paz, la ausencia de la normalidad, la ausencia de las certezas del pasado. El conflicto desdibuja los límites entre el bien y el mal, entre lo justo y lo injusto, obligando a los jóvenes a confrontar una realidad caótica y amenazante que desafía sus concepciones previas del mundo y de sí mismos. La ausencia de un orden moral estable contribuye a la confusión y la incertidumbre en la formación de su identidad.

4.2. La memoria como espacio de construcción y resistencia
En un contexto marcado por la ausencia y el desplazamiento, la memoria se convierte en un elemento crucial para la construcción de la identidad. Para Matia, recordar su vida anterior, aunque fragmentariamente, le permite mantener un vínculo con su pasado y con una identidad que se siente amenazada por las circunstancias presentes.

Julio De Zan (1-15) en su obra “MEMORIA E IDENTIDAD” mostró que la memoria no es solo una reproducción del pasado, sino también una reconstrucción activa que influye en nuestra comprensión del presente y en la configuración de nuestra identidad narrativa.

Esta proposición encuentra una fuerte respalda desde la brillante interpretación por Dominick LaCapra (97) en contexto de la relación entre la memoria, olvido e identidad que se presenta a continuación:

Historia y memoria no deberían oponerse de manera binaria, ni tampoco fundirse, o confundirse. Sus relaciones son complejas […] Cuando trata cuestiones de la memoria, incluyendo, por supuesto, las cuestiones del olvido, de la represión o la elusión […] la historiografía puede aportar a la esfera pública una memoria críticamente testeada y veraz, que los distintos grupos que conforman la sociedad internalizan como pasado recordado. En cualquier caso, la memoria como parte de la experiencia de un grupo está ligada a la manera como ese grupo se relaciona con su pasado, en tanto éste influye sobre su presente y su futuro.

El más doloroso evento del siglo XX, que ha aplastado la gente española es La Guerra Civil y la esta última se convirtió en la génesis de dolor y miedo y ha erguido una barrera monolítica en recuperar la identidad. Matute narra el estatus actual de la adolescente protagonista en una sutil manera metafóricamente por medio de una referencia a las hojas arrancadas por fuertes vientos, esparcidas como niños huérfanos arrojados al abismo de un futuro e incertidumbre, provocado por la guerra (‘las hinchadas nubes’) cuando describe (Matute, 8) así el estado de la naturaleza en su estilo inimitable de dibujar la soledad y alienación:

la calígine, el viento abrasado y húmedo desgarrándose en las pitas, o empujando las hojas castañas bajo los almendros; las hinchadas nubes de plomo borrando el brillo verde del mar.

Los recuerdos de Matia a menudo están ligados a sensaciones y, más que a una cronología lineal de eventos. Recuerda la luz del sol en su casa, el olor de las flores, la voz de su madre. Estos fragmentos de memoria actúan como anclajes en un presente incierto, proporcionándole un sentido de continuidad y pertenencia a una historia personal que precede al caos de la guerra.

Sus recuerdos (Matute 15-16) surgieron abruptamente cuando fue inundada por sus sentimientos de perdida y se sumergió así en sus sueños de algún placer vicario de su vida pasada:

Entonces comprendí que había perdido algo: olvidé en las montañas, en la enorme y destartalada casa, mi teatrito de cartón. (Cerré los ojos y vi las decoraciones de papeles transparentes, con cielos y ventanas azules, amarillos, rosados, y aquellas letras negras en el dorso: El Teatro de los Niños, Seix y Barral, clave telegráfica: Arapil. Al primer telar, número 3… «La estrella de los Reyes Magos», «El alma de las ruinas», y el misterio enorme y menudo de las pequeñas ventanas trasparentes. Oh, cómo deseé de nuevo que fuera posible meterse allí, atravesar los pedacitos de papel, y huir a través de sus falsos cristales de caramelo. Ah, sí, y mis álbumes, y mis libros: Kay y Gerda, en su jardín sobre el tejado, La Joven Sirena abrazada a la estatua, Los Once Príncipes Cisnes. Y sentí una rabia sorda contra mí misma. Y contra la abuela, porque nadie me recordó eso, y ya no lo tenía. Perdido, perdido, igual que los saltamontes verdes, que las manzanas de octubre, que el viento en la negra chimenea. Y, sobre todo, no recordaba siquiera en qué armario guardé el teatro; sólo Mauricia lo sabía.

Esas reminiscencias naturales eran como islas en medio del mar turbio en el que vivía en su forzado exilio en la casa de su abuela. Esta imagen de los recuerdos como islas subraya su función como refugios y puntos de referencia en un entorno hostil.

Sin embargo, la memoria en Primera memoria no es solo un espacio de consuelo y continuidad; también es un campo de batalla donde se confrontan diferentes versiones del pasado y donde se negocia la comprensión de los eventos traumáticos. Matia se enfrentó con el primer choque (Matute 46-47) de violencia en su errante al declive al hallar el cadáver de una víctima de la guerra interna, descrito así por la autora desde la perspectiva de una observadora empática:

A pesar del calor dulzón que parecía emanar del suelo y el cielo al mismo tiempo, sentí frío. «Han tirado al hombre, lo han despeñado rocas abajo». Algo empezó a brillar. Quizá era la tierra. Todo estaba lleno de un gran resplandor. Levanté la cabeza y vi cómo el sol, al fin, abría una brecha en las nubes. Se sentía su dominio rojo y furioso contra la arena y el agua. La gaviota se calló, y en aquel gran silencio (era de pronto como un trueno mudo rodando sobre nosotros) me dije:
«Ese hombre está muerto, lo han matado. Ese hombre está muerto».

El macabro y espantoso incidente empujó Matia a un mundo de madurez en el que no importa el vínculo de afecto y cuidado de los padres, sino la venganza y la contra venganza, por viciosa que sea, no es ningún fenómeno aislado, sino un suceso natural y repetitivo en el que lo oculto de la adhesión ciega a alguna fe ya sea política o religiosa hace añicos el muro fronterizo entre humanismo y barbarie.

La perspectiva infantil y adolescente de Matia filtra y resignifica los acontecimientos, ofreciendo una visión a menudo ingenua pero también profundamente perspicaz de la realidad. Su memoria selectiva omite ciertos detalles y enfatiza otros, revelando su lucha por dar sentido a un mundo que escapa a su comprensión. Matia, como se dibuja por Matute llegó a ser para todos los fines prácticos una huérfana debido a la muerte de su madre y la desaparición de su padre que por supuestamente estaba luchando con sus camaradas por erradicar las fuerzas decididas a derrocar a los republicanos que tomaron control del país por mandato del pueblo e introduciendo las reformas para la emancipación de la mujer, separando el férreo autoridad de la iglesia sobre el gobierno del país entre otras enmiendas de su programa, era muy débil y desamparada debido a su actual estado de orfandad. Tal situación la dirigió a un estatus volátil y como se aparece en el último capítulo que Matia ha dejado escapar sus heridas sentimientos causadas por los insultos y humillaciones (Johansson Ingela, 18-32) lanzadas por su abuela inmediatamente después de su llegada a la residencia de la abuela en la isla. La siguiente cita (Matute, 12) va a afirmar esta proposición:

Fui —continuaba, ante la malévola atención de las de Son Lluch — embrutecida por los tres años que pasé con aquella pobre mujer en una finca de mi padre, hipotecada, con la casa medio caída a pedazos. Viví, pues, rodeada de montañas y bosques salvajes, de gentes ignorantes y sombrías, lejos de todo amor y protección. (Al llegar aquí, mi abuela, me acariciaba).

—Te domaremos —me dijo, apenas llegué a la isla. Tenía doce años, y por primera vez comprendí que me quedaría allí para siempre. Mi madre murió cuatro años atrás y Mauricia —la vieja aya que me cuidaba— estaba impedida por una enfermedad. Mi abuela se hacía cargo definitivamente de mí, estaba visto.

El ‘bastoncillo (Matute 7) del bambú’, que se encuentra por Matia al llegar a la casa de la abuela (Doña Práxedes), probablemente insinúe a la estricta autoridad del caudillo (Generalísimo Franco) que nunca mira hacia atrás para imponer sus mandatos lacerantes. En el fin, Matia, aunque es la chica rara que desafía todas las normas tradicionales para las crecientes jóvenes, traga silenciosamente estas humillaciones encontradas in múltiples circunstancias y probablemente dejara evaporarse de su memoria bajo la compulsión de los eventos en los días de su formación y una gradual transición a la edad adulta con el propósito de establecer su identidad en su vida a la vista.

La relación entre Borja y Matia es un tapiz intrincado y doloroso, mucho más complejo y problemático de lo que a primera vista podría parecer. Matute caracteriza Borja por la protagonista a través de su narración (Matute 10-11) después de su llegada a la casa de su abuela, como un chico que:

Era dulce y suave, digo, cuando le convenía aparecer así ante determinadas personas mayores. Pero nunca vi redomado pillo, embustero, traidor, mayor que él; ni, tampoco, otra más triste criatura. Fingía inocencia y pureza, gallardía, delante de la abuela, cuando, en verdad —oh, Borja, tal vez ahora empiezo a quererte—, era un impío, débil y soberbio pedazo de hombre … Borja (Matute 20), hipócrita, se calzaba de prisa, con la pierna doblada como una grulla (aún lo veo sonreír hacia un lado, mordiéndose una comisura, los labios encendidos como una mujerzuela; eso parecía a veces, una mujerzuela, y no un muchachote de quince años, ya con pelusa debajo de la nariz).

Matute ha criado una imagen de estos dos personajes que se asemeja inquietantemente al arquetipo bíblico de Caín y Abel, una rivalidad que los ha convertido en adversarios en innumerables situaciones, tal como lo ha señalado Cannon Emilie (37-42). Esta profunda animosidad, que va más allá de una simple disputa juvenil, encuentra sus raíces en la memoria traumática de la Guerra Civil Española, insinuando una fisura en el marco del pensamiento que permea la dinámica familiar. El padre de Borja eligió el bando nacionalista, mientras que su cuñado, el padre de Matia, se decantó por los republicanos. Esta divergencia ideológica, aunque ocurrida en el pasado, probablemente pudiera proyectar una sombra persistente del efecto negativo sobre el presente, afectando la forma en que Borja y Matia interactúan y perciben el mundo.

En este complejo escenario, la figura de la señora Práxedes, la abuela, emerge como un elemento central. La intervención de la abuela en cada paso de su vida se convirtió en un recurso de irritación constante para desestabilizar el entendimiento mutuo entre ellos, destacado por el siguiente dialogo (Matute 20-21):

—Ya nos vio la bestia… (dijo Borja)

(En cuanto nos quedábamos solos, nos poníamos a ver quién hablaba peor). Borja salía despacio, con aire inocente, cuando ella llegaba golpeando aquí y allá los muebles con su bastoncillo, pesada como un rinoceronte en el agua, jadeando, con su cólera blanca encima de la frente, y decía:

—¿A dónde ibais… sin Lauro?
—Íbamos un rato al declive…

(Aquí estoy ahora, delante de este vaso tan verde, y el corazón pesándome. ¿Será verdad que la vida arranca de escenas como aquella? ¿Será verdad que de niños vivimos la vida entera, de un sorbo, para repetirnos después estúpidamente, ciegamente, sin sentido alguno?).

El incansable y a menudo opresivo intento de mantener el control sobre sus familiares por la abuela, añade otra capa de tensión a la ya volátil situación. Su influencia, aunque quizás bien intencionada, contribuye a perpetuar un ciclo de resentimiento y falta de comunicación. Paralelamente, se desarrolla una «guerra de intolerancia» entre los grupos de jóvenes a los que Borja y Matia pertenecen.  La desavenencia oculta entre Borja y Manuel (Matute 211) queda patente en el siguiente dialogo:

—Manuel —dijo mi primo, con violencia—. Vengo a preguntarte una cosa: ¿con quién estás tú, con Guiem o conmigo?

Manuel le miró, y por primera vez descubrí en él un fugaz temblor de cólera. Una cólera tan profunda y dolorida como su tristeza.

La ruptura (Matute 226-227) de amistad entre Borja y Manuel probablemente tocase la cumbre sobre la manifestación de intercambio de amor cuando Manuel y Matia unieron sus manos para sentir el calor del romance entre ellos. La plena manifestación de cólera de Borja llegó a ser conspicua por el intento fallido para separarles obviamente destacada por la siguiente acción por parte del primo de Matia:

Manuel entrecerraba los ojos. Algo brillaba en sus pestañas, quizá la lluvia. Estaba serio, como dolorido. Jorge añadió:
—Así.
Y unió nuestras manos. Levanté los ojos y encontré los de Borja, llameando. Sin poder contenerse, se acercó a nosotros, y con sus puños, intentó separar las manos de Manuel y mías, otra vez enlazadas. Jorge rechazó brutalmente a Borja. Y aunque reía había algo cruel en su mirada.
Borja se quedó quieto, con los hombros un poco encogidos.

Esta confrontación, cargada de prejuicios y malentendidos, no es un mero juego de niños, sino es un reflejo en una dimensión microscópica de conflictos mayores y manifiesta el amplio odio étnico en Mallorca, específicamente contra los “Chuetas’ de la familia Taronji. Esta confrontación también destaca el papel pasivo de Matia, aunque ella se siente atraída por Manuel, pero no hace nada para defender Manuel.

Con el avance de la trama de la novela, el hecho llega a ser ampliamente evidente que Borja y Matia, siempre quedan entablados en una hélice de argumentos and disputas sin freno. Estas discusiones o altercados no involucraban los problemas e intereses personales, sino eran las manifestaciones alegóricas de la guerra civil y una guerra fratricida moldeada en una dimensión minúscula.  Tales confrontaciones entre los dos jóvenes protagonistas narradas en la novela son las manifestaciones de trauma no resuelto y las heridas que la historia en su marcha hacia la edad posterior dejado en el marco social y familiar. Las memorias de la protagonista en este sentido no son las vislumbres suavizantes a través de la vida pasada sino un lustre pesado que continúa subsistiendo, luchándola en una pesadumbre perpetua.

Su aparente falta de remordimiento por sus actos violentos y su dificultad para empatizar con los demás sugieren una desconexión con su propia historia emocional. Su memoria parece estar marcada por la represión o la negación de las consecuencias de sus acciones. Esta diferencia en la relación con la memoria subraya la influencia de las experiencias individuales y la solidaridad de las interacciones familiares en la configuración de la identidad (De Zan, Julio 1-15).

La novela también explora la memoria colectiva y su impacto en la identidad individual. El clima de división y odio que se vive en la isla está alimentado por una memoria selectiva y polarizada del pasado, donde las heridas y los resentimientos se transmiten de generación a generación. Matia, al observar las tensiones entre las diferentes facciones, comienza a comprender cómo la interpretación del faccionalismo entre los partidarios de dos grupos beligerantes moldea las identidades presentes y perpetua el conflicto.

En este sentido, la memoria en Primera memoria no es solo un proceso individual, sino también un fenómeno (Dema and Abraham 11-35) social y político. La lucha por la memoria es una lucha por la identidad y por la legitimidad de diferentes narrativas del pasado. La novela, al ofrecer la perspectiva de una joven testigo, desafía las narrativas hegemónicas y rescata una memoria subjetiva y vulnerable que a menudo queda silenciada en los relatos oficiales de la historia.

La experiencia de desplazamiento de Matia provocada por la guerra civil que ha profundamente causado un trastorno mental de la víctima, también influía el proceso del crecimiento de su memoria.

Según Lifschitz (5), la memoria social puede ser clasificada en las siguientes postulados
a) la memoria social no es una gestalt (forma o aparición). No es por el hecho de remitir a imágenes sobre lo colectivo que son memorias sociales.
b) la memoria social crea vínculos sociales al mismo tiempo que establece diferentes
“puntos de vista” sobre el pasado.
c) los marcos de memoria, y los desplazamientos sociales que los generan, sonespontáneos. La memoria social no es intencional.

En el trabajo investigador de Echeverry (Memoria individual, memoria colectiva y memoria Histórica…, 125-134) se explica ampliamente que el recuerdo se puede dividir en grupos como a continuación:

  • Memoria histórica: supone la reconstrucción de los datos proporcionados por el presente de la vida social y proyectada sobre el pasado reinventado.
  • Memoria colectiva: es la que recompone mágicamente el pasado, y cuyos recuerdos se remiten a la experiencia que una comunidad o un grupo pueden legar a un individuo o grupos de individuos.

El análisis establece que la protagonista dentro de su entorno familiar y cultural se ve obligada a renegociar su sentido de pertenencia y a construir una nueva identidad en un contexto ajeno. La memoria de su hogar y de su vida anterior se convierte en un punto de referencia, pero también en una fuente de nostalgia y alienación. La dificultad de conciliar el pasado recordado con el presente vivido genera una tensión que marca su proceso de construcción identitaria.

La nostalgia puede ser tanto restaurativa (VENTURA, JORGE MONTESÓ 177-190), buscando recrear un pasado idealizado, como reflexiva, reconociendo la distancia y la irreductibilidad del pasado. La memoria de Matia parece oscilar entre estos dos polos, buscando consuelo en el recuerdo de un tiempo anterior a la guerra, pero también confrontando la realidad de un presente marcado por la pérdida y la violencia.

4.3 El sacrificio de Manuel: Arquetipos y traición y la pérdida de la inocencia de Matia
La autora presenta el sacrificio de Manuel no solamente para denunciar una injusticia social, sino para plasmar la tragedia moral de Matia. Su silencio al defender la inocencia de Manuel evidencia que Matia ya ha perdido la pureza inherente a la infancia en una atmósfera donde prevalece la hipocresía. Como señala Zavala, la narrativa de Matute utiliza estas estructuras para revelar la lucha de clases y la corrupción moral de los «mercaderes» (Zavala 1973). Los acontecimientos que tienen lugar en el episodio final respaldan esta fragmentación de la inocencia. Por medio de la traición de Borja y el silencio simultáneo de Matia, se respalda el proceso de imputación de Manuel como el «chivo expiatorio». El rol de Matia como testigo pasivo la convierte en una cómplice tácita, confirmando que tales conductas eran la norma en la sociedad de posguerra. Este comportamiento no refleja un crecimiento, sino una «osificación del alma» (Matute 195), donde el individuo acepta la mentira para asegurar su supervivencia.

Manuel se convierte en el «Ecce Homo» en el momento de su captura. Matute ya no lo describe como un joven, sino como un «vencido». Esta segregación es una tradición histórica; Manuel no es solo un paria por su indigencia, sino por su primogenitura chueta. Whittaker argumenta que el paisaje de la isla actúa como un «paisaje moral» donde la geografía misma refleja la exclusión de los marginados (Whittaker 2007). En el microcosmos mallorquín, el apellido y la sangre atraen una condena predeterminada. Matute condena la sociedad tradicionalista al dibujar a Manuel como un mártir, mostrando cómo el régimen utilizaba la religión para perpetuar el sistema de exclusión (Nichols 88). El determinismo social postula que el destino está marcado por el linaje; la condena del chueta está ligada a una «mancha genealógica». Doña Práxedes cree en la culpabilidad de Manuel como una herencia natural, una idea que Zavala vincula con la ideología inmovilista de la burguesía de la época (Zavala 1973).

Su belleza física, asociada con el sol y el «mundo verde», es reemplazada por el «barro y la sangre». Sin embargo, su dignidad supera el supuesto prestigio de la élite. Al igual que Cristo ante Pilatos, Manuel renuncia a proclamar su inocencia. Su integridad reside en un silencio pétreo que contrasta con las mentiras ruidosas de Borja, quien manipula la realidad para proteger su estatus. Como víctima propiciatoria, Manuel carga con el estigma de su madre, la «Magdalena» de la isla. En una sociedad obsesionada con la herencia del pecado, el hijo de una mujer de moralidad «dudosa» es el receptáculo para las culpas colectivas. La falta de un padre legítimo lo refleja como el «Hijo del Hombre», desprovisto de la protección del patriarcado que disfruta Borja.

El barco, «La Joven Simón», funciona como un símbolo del nombre original del Apóstol Pedro. Es el espacio donde «atracan» las traiciones. Al igual que Pedro negó tres veces a Jesús, Matia niega su vínculo con Manuel a través de un silencio progresivo:

  1. Primero, le rechaza al no revelarle la verdad sobre el robo del dinero.
  2. Segundo, le niega al ocultar su amistad ante la autoridad de su abuela.
  3. Finalmente, el rechazo definitivo se produce cuando presencia su detención y no interviene.

Matia prefiere mantener el statu quo como una «sordomuda». El abuso de Manuel es una expresión alegórica del vencimiento de la moralidad en la España de posguerra (Whittaker 2007). Al permitir el encarcelamiento de su amigo, Matia asegura su lugar en la alta sociedad, pero acepta simultáneamente la muerte de su propia conciencia, eligiendo la seguridad social al costo de su integridad.

En última instancia, Primera memoria sugiere que la identidad no es una entidad fija y predeterminada, sino un proceso dinámico y constructivo, moldeado por las experiencias, las relaciones y la forma en que recordamos y resignificamos nuestro pasado. La memoria, con sus lagunas, sus selecciones y sus reinterpretaciones, juega un papel fundamental en este proceso, especialmente en la infancia y la adolescencia, cuando el ‘yo’ aún está en formación y las experiencias dejan una huella particularmente profunda. Sin embargo, el ser humano siempre en su intento de hacer avance sigue remodelando sus cursos de vida como se destaca en el fin de la novela cuando a peso de todas las humillaciones y aflicciones, Matia trata de remodelar su vida olvidando la nostalgia reflexiva, y optó por cursar estudios superiores en lugar de sumirse en la nostalgia de sus dulces tiempos pasados con sus padres.

5. Conclusión
Primera memoria de Ana María Matute refleja firmemente una indagación de la compleja relación entre memoria e identidad durante la niñez y adolescencia, especialmente en el entorno de desalojo y conflicto. Las revelaciones del trauma de Matia a través de la mirada sensata y discernidora la novela divulga alejamiento más bien la ausencia de las fuentes de cariño (en este contexto, es la ausencia de los padres de Matia) puede dejar un impacto profundo en el crecimiento del ‘yo’, sacudido por los trastornos, conmociones, intranquilidad y pesadumbre.

La memoria como se aparece en la novela se halla hundida en un ambiente engorroso y multifacético donde convergen el pasado, el presente y el futuro. Evidentemente, para Matia, una travesía por su vida pasada llega a ser un esfuerzo para resistir el sufrimiento pesado impuesto por la situación actual y sostener la vinculación con su identidad amedrentada por las circunstancias fuera del control de la sociedad. Es claro que la autora trata de establecer que la memoria humana está influida por la desintegración, selectividad y el análisis de los días anteriores, que destella la lucha de los jóvenes bajo la presión de la vida anormal en un mundo turbulento y doloroso.

Lo que es perspicuos desde el contexto de la novela es cómo el impacto del entorno de sociedad actual puede influir las identidades individuales y fomentan las divisiones sociales. La protagonista en su estado de adolescencia se enfrenta incesantemente los reportajes de la guerra civil y la atrocidad de ambas partes que le hace hundirse en un abismo de recelo y trauma obstaculizando el crecimiento normal de ser humano.
La última conclusión que se puede derivar desde el lienzo de la novela es que Primera Memoria hace una verdadera reflexión sobre la naturaleza humana que prefiere seguir una camina de avance monótono, pero no puede liberarse del entrelazamiento de los trastornos de la sociedad y lucha por establecer su identidad entre las ruinas y escombros de un mundo perdido respaldado por las fuerzas de las reminiscencias que continúa persistir como un eco de ausencia.

También es necesario añadir en la conclusión que Primera memoria es un testimonio de la pérdida de la inocencia. Matia personifica la lucha por la identidad en un mundo que impone la traición. El sacrificio de Manuel simboliza la derrota de la verdad frente al orden establecido. La «primera memoria» de la protagonista no es de nostalgia, sino de reconocimiento de la maldad humana necesaria para ingresar en el mundo adulto de la posguerra.

Sukanta Kumar Chattopadhyay
Artículo publicado el 05/02/2026

 

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