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De la dependencia al silencio: una paradoja de la izquierda latinoamericana sobre Venezuela

por Javier Campos
Artículo publicado el 12/02/2026

Durante buena parte del siglo XX, América Latina se pensó a sí misma a través de un relato poderoso y seductor: la teoría de la dependencia. Según este enfoque, el subdesarrollo no era resultado de fallas internas —institucionales, culturales o políticas— sino la consecuencia inevitable de un sistema capitalista mundial que condenaba a la región a la extracción de materias primas y a la subordinación permanente frente a los países industrializados. La pobreza no era un fracaso propio, sino una injusticia histórica. Las potencias extranjeras (Inglaterra, Estados Unidos, principalmente) crearon enclaves en distintas partes de la región según las riquezas naturales que hubiera allí (minerales, ricas regiones agrícolas), desde el Sur del Rio Bravo hasta la Patagonia.

De esta premisa se desprendía una solución aparentemente clara para la izquierda: controlar los recursos naturales, romper con el imperialismo, fortalecer el Estado y planificar la economía. No se trataba solo de una propuesta económica, sino de una visión moral del mundo. América Latina era la víctima; el capitalismo global, el victimario. La teoría marxista-leninista era la panacea teórica para salir de la dependencia y del subdesarrollo en América Latina y El Caribe.

Este marco interpretativo encontró una expresión literaria emblemática en Las venas abiertas de América Latina (1971), de Eduardo Galeano. El libro, escrito con una prosa intensa y poética, logró algo excepcional: convertir una interpretación histórica en una épica accesible y emocional. Durante décadas fue leído, enseñado y citado en universidades como si se tratara de una explicación total del atraso latinoamericano. Para muchos jóvenes, funcionó menos como un texto para la discusión crítica que como una clave única de interpretación. Sin duda en ese libro se nota claramente la influencia de las dos primeras Declaraciones de la Habana que presentó Fidel Castro en la Plaza de la Revolución, Habana, en junio de 1960, y la segunda en febrero de 1962. Allí dijo esta frase memorable, en la Segunda Declaración: “¿Qué es la historia de Cuba sino la historia de América Latina? ¿Y qué es la historia de América Latina sino la historia de Asia, África y Oceanía? ¿Y qué es la historia de todos estos pueblos sino la historia de la explotación más despiadada y cruel del imperialismo en el mundo entero?

Tal vez la autocrítica tardía de Eduardo Galeano —cuando reconoció que Las venas abiertas… era un libro marcado por la falta de formación económica y por el tono dogmático de su época— pueda leerse como un gesto simbólico más amplio. No se trató de una renuncia ideológica, sino del reconocimiento de que la realidad es más compleja que el mito que sedujo a generaciones.

El problema no fue tanto el libro en sí de Galeano—honesto, situado, profundamente marcado por su tiempo— sino el uso dogmático que se hizo de él. La historia quedó reducida a un esquema mecánico: centro y periferia, saqueo externo, élites locales subordinadas. La agencia interna, los errores propios, las malas decisiones políticas y la fragilidad institucional quedaron relegados a un segundo plano. (Hay de recordar ese momento memorable cuando Chavez le regala el libro traducido al inglés de Eduardo Galeano, Las venas abiertas…, a Barack Obama el 18 de abril de 2009 en la V Cumbre de las Américas en Trinidad y Tobago. Al parecer el libro comenzó a venderse de inmediato a mucha velocidad en Amazon. Subió del puesto 54.295 al número 2 en cosa de minutos).

Sin embargo, esta fe en el socialismo centralizado no surgió en el vacío ni estuvo exenta de advertencias tempranas. Ya en los años treinta, André Gide, intelectual francés de izquierda y simpatizante del socialismo, viajó a la Unión Soviética con expectativas favorables. Lo que encontró lo llevó a escribir Regreso de la URSS (1936), un libro incómodo que denunciaba la censura, el miedo, la uniformidad ideológica y la supresión de la libertad intelectual. Gide fue duramente atacado por la izquierda europea, acusado de traición. El problema no era lo que decía, sino que lo dijera.

Décadas más tarde, Octavio Paz recorrería un camino similar. Tras su entusiasmo inicial por la causa republicana y el marxismo, Paz fue desarrollando una crítica cada vez más profunda al socialismo real. En El ogro filantrópico describió al Estado revolucionario como una entidad que, en nombre de la justicia social, termina concentrando poder, anulando la pluralidad y sofocando la creatividad. Para Paz, sin libertad política no podía haber justicia duradera.

Estas advertencias, sin embargo, fueron eclipsadas por la épica revolucionaria de la Guerra Fría. Cuba, Vietnam, Nicaragua o Angola alimentaron la idea de que el socialismo no solo era moralmente superior, sino históricamente inevitable. En ese contexto, la teoría de la dependencia se consolidó como una cosmovisión más que como una hipótesis revisable.

La experiencia histórica, no obstante, fue implacable. Cuba, el experimento más coherente con el programa dependentista —nacionalización total, planificación central, eliminación del mercado— no logró producir bienestar sostenido. A lo largo de más de seis décadas, el país experimentó estancamiento productivo, escasez crónica y una dependencia constante de subsidios externos, primero soviéticos y luego venezolanos. El control estatal de los recursos no se tradujo en creación de riqueza ni en mejora estructural de la calidad de vida. La URSS envió desde 1960, al momento del colapso soviético, cerca de 70 billones de dólares en subsidios y ayuda petrolera. Ese dinero no se usó en parte para levantar alguna industria competitiva en el mercado internacional porque no se creía que ese sistema capitalista, que era causa de todos los males de a sociedad, iba a funcionar en una sociedad socialista sin clases ni menos se deseaba que volvieran a crearse una elite de empresarios que volverían a acumular capital, ganar poder político y cuyas ganancias no irían jamás a la clase trabajadora. (Nota 1)

La teoría de la dependencia había subestimado un punto crucial: controlar la riqueza no es lo mismo que crearla. Sin instituciones eficaces, incentivos adecuados, innovación y pluralismo económico, renovación e invención tecnológica, la planificación central tiende a generar ineficiencia, clientelismo y autoritarismo.

Aun cuando Chavez desde 1999 comenzó a gestar un proyecto que el denominó utópicamente el Socialismo del Siglo XXI soñando integrar a muchos países latinoamericanos inspirado en su tutor ideológico Fidel Castro, representa hoy el punto más oscuro de esta trayectoria propuesta en Las Declaraciones de La Habana y luego tomadas por Galeano. El discurso marxista y antiimperialista del chavismo y el madurismo parecieron visto desde ahora factible y que el desplome del campo socialista a partir de 1989 no había ocurrido. El Socialismo del Siglo XXI era como reinventar la rueda. Aun así, Chavez creó en 2004 el ALBA, Alianza Bolivariana para los Pueblo de América Latina y el Caribe que pretendía juntar a varios países latinoamericanos bajo esa idea quizás inspirada en Simón Bolivar del cual decía tener una profunda identificación ideológica y personal, creyéndose ser continuador y encarnación de su pensamiento en el siglo XXI. Hasta llegó a abrir la tumba de Bolívar para probar que era mestizo (como el mismo Chavez de padre negro y madre blanca) y no la imagen tradicional blanca o criolla europea.

Pero Venezuela pasó de ser un país con enormes recursos a uno sumido en el colapso económico, la emigración masiva de 9 millones de exiliados caminando por diferentes partes del mundo tratando de ser aceptados a algunos países. Junto a la destrucción institucional y económica, pobreza masiva y represión al disidente.

Organismos internacionales han documentado detenciones arbitrarias, torturas y violaciones sistemáticas de los derechos humanos (véase el Informe de la comisión de la ONU Michell Bachelet sobre violaciones a los Derechos Humanos bajo Chavez y Maduro). Testimonios recientes, a partir de liberación de presos de políticos, posterior al 3 de enero de 2026, describen condiciones de reclusión que evocan prácticas que parecían superadas tras las tragedias del siglo XX. Incluso algunas torturas superiores a las violaciones de derechos humanos bajo las dictaduras militares en Chile, Argentina, Uruguay.

Una nueva Ley de Amnistía está proponiendo el gobierno interino con la autonombrada vicepresidente Delcy Rodríguez. O sea, están redactando una auto amnistía los propios verdugos que metieron a la cárcel a los oponentes al régimen. La oposición ve eso como una ley surreal.  Salvarse primero ellos mismo y los torturadores auto perdonándose.

Lo más inquietante de este proceso no es solo la deriva autoritaria, sino la respuesta moralmente asimétrica que ha generado. Buena parte de la izquierda latinoamericana, que con razón condenó las dictaduras militares del Cono Sur por sus crímenes, ha reaccionado frente a Venezuela con silencio, relativización o explicaciones exculpatorias. El principio de los derechos humanos, proclamado como universal, parece volverse contingente solamente cuando el poder se ejerce en nombre de una causa supuestamente emancipadora.

Este silencio no es accidental. Reconocer el carácter dictatorial del régimen venezolano implica admitir que el problema no fue solo la intervención externa, sino también el modelo político y económico adoptado. Implica aceptar que el autoritarismo no es un desvío ocasional, sino un riesgo estructural del centralismo extremo.

La historia latinoamericana del último siglo deja una lección incómoda pero necesaria: ninguna causa emancipadora puede sostenerse sacrificando la libertad, la pluralidad y la dignidad humana. Cuando una ideología deja de revisar sus resultados y se refugia en el silencio moral, deja de ser crítica y se convierte en dogma. Y los dogmas, tarde o temprano, terminan produciendo aquello que prometían combatir.

Ahora la izquierda en forma aislada, en algún artículo en diarios o en redes sociales, plantea que EE. UU., con la captura de Maduro el 3 de enero, afirma que ha revivido su imperialismo y reinstaurado la Doctrina Monroe en la región. Tesis que habría que analizarla un poco más. En este momento EE. UU. no es el mismo de fines del siglo XIX cuando se apodera de la ultimas colonia de España en la Guerra Hispanoamericana de 1989. Desde ese momento cierto que comienza a instalar enclaves en América Latina principalmente en México y Centro América. Durante el siglo 20 gran parte de la economía de América Latina, en los 60, pertenecía a inversiones norteamericanas.  La doctrina Monroe surge (1823) cuando recién se independizaba América Latina. Fue para evitar el apoderamiento de nuevas colonias que traería una intervención europea en las Américas. Claro que eso significó por parte de EE. UU.  la libertad de intervenir él mismo cualquier país de las Américas.

Hoy en 2026 estamos en otro contexto. La presencia de China, Rusia, Irán, hizo que esos países comenzaran a instalarse lentamente en Venezuela para apropiarse de las riquezas naturales como el petróleo, minerales preciosos, y tierras raras. EE. UU. interpreta aquello como el dominio geopolítico en manos de esos países peligrando la seguridad no solo e EE. UU. sino de todos los países de América Latina.

Además de esa presencia, ha comenzado desde fines de los 90 una más compleja relación con el narco terrorismo internacional como se ha mostrado la relación narco traficante del Cartel de los Soles, donde Chávez y Maduro han estado envueltos según los informes de la DEA que presentarían en el juicio contra Maduro en Nueva York a partir de marzo de 2026. Y también la conexión con el cartel terrorista venezolano del Tren de Aragua. Ambos carteles envueltos en un corredor de tráfico de drogas que envuelve a Colombia, Venezuela, llega a México y entra a Estados Unidos por la frontera (Nota 2). Por tanto, se dice que la política actual de EE. UU. no apunta a colonizar territorios como en siglo XIX sino a proteger intereses estratégicos, combatir el narcotráfico y contrarrestar la influencia de potencias rivales como China, Rusia, Irán, además de exterminar de paso regímenes populistas de izquierda (Cuba, Nicaragua).

Hablar de nuevo imperialismo no cabe en este contexto porque EE. UU. no tiene enclaves en la región. Ni menos intenta apoderarse como en el siglo XIX de territorios ricos en recursos naturales. Lo que está haciendo con el petróleo venezolano es que no vaya gratis a otros países como Cuba, Irán, China, Rusia, sino que se venda en el mercado mundial al precio que existe y retorne las ventas, mitad para EE. UU. y mitad para Venezuela (ver diversos informes que ha dado públicamente el Secretario de Estado norteamericano, Marcos Rubio).  Ese dinero de las ventas del petróleo venezolano no llega directamente al aun gobierno chavista encabezado por la autoproclamada vicepresidente Delcy Rodríguez, sino que es controlado por el secretario de Estado Marco Rubio. El dinero de esas ventas (millones dedolares) está en bancos de Qatar, y de allí se envía al sistema financiero venezolano bajo estricta supervisión de Marco Rubio para fines humanitarios o de infraestructura.

El control de esas ventas la está haciendo EE. UU. y también el control del dinero en qué se debe gastar en Venezuela como decíamos arriba. Si la izquierda piensa que eso es falso –y que pronto EE. UU. lanzará su garra de imperialista sobre Venezuela poniendo enclaves como en siglo XIX y comienzos del siglo XX– es su perspectiva pues esa izquierda asegura, como escrito en piedra, que EE. UU. siempre ha sido un país imperialista vestido de oveja.

Este 2026 o en los años siguientes se sabrá, especialmente cuando Venezuela recupere su completa democracia de elegir por los mismos venezolanos quienes serán sus principales gobernantes y limpiar el gobierno y sus fuerzas militares del control de una ideología populista que tan mal le hizo al país por 27 años (1999-2026).

Sin la intervención de EE. UU. – criticable o no – para capturar a Maduro, no habría ocurrido jamás lo que hoy está pasando en estos días desde el 3 de enero de 2026. Venezuela ya no es la misma. La gente y los estudiantes han perdido el miedo de salir masivamente a las calles a defender una libertad que no tenían desde 1999.

Javier Campos
Artículo publicado el 12/02/2026

Nota 1.  “Che” Guevara fue Ministro de Industrias entre 1961 y 1965 y lideró la planificación centralizada y la industrialización, pero su gestión trajo resultados adversos. Fracaso debido a su falta de formación económica, la implantación de una gestión centralizada ineficiente y la obsesión de industrializar rápidamente sin base sólida lo que provocó la caída de la producción agrícola, la crisis de la industria azucarera y la perdida de divisas. Guevara priorizó la “moral revolucionaria” y el trabajo voluntario sobre los incentivos materiales y los mecanismos del mercado, desafiando incluso las estrategias económicas soviéticas.
Nota 2. Véase mi artículo “Las bandas del narcotráfico mexicano y las protestas estudiantiles: ¿crimen organizado o narcoterrorismo?”, Revista Critica.cl, febrero 6, 2026
 
Bibliografía breve
  • Artículos de opinión en periódicos (español e inglés), entrevistas, documentales, sobre caso de captura de Nicolás Maduro, informes del Secretario de Estado, Marcos Rubio. Declaraciones públicas de Delcy Rodríguez, Jorge Rodríguez, Diosdado Cabello, etc.., desde el 3 de enero de 2026.
  • Bachelet, Michel. Alta Comisionada de la ONU para los Derechos Humanos, Informe sobre la situación de los derechos humanos en Venezuela. Ginebra, 5 de julio de 2021.
  • Cardoso, Fernando Henrique & Faletto, Enzo. Dependencia y desarrollo en América Latina. Siglo XXI, 1969.
  • Comisión Interamericana de Derechos Humanos. Situación de los derechos humanos en Venezuela. Informes varios.
  • Castro, Fidel. Declaraciones de la Habana. La primera declaración de la Habana, 2 de septiembre de 1960. La segunda declaración de la Habana, 4 de febrero de  1962.
  • Galeano, Eduardo. Las venas abiertas de América Latina. Siglo XXI, 1971.
  • Gide, André. Regreso de la URSS. Gallimard, 1936.
  • Hirschman, Albert O. Desarrollo, dependencia y alternativas. Fondo de Cultura Económica, 1984.
  • Paz, Octavio. El ogro filantrópico. Joaquín Mortiz, 1979.
  • Hirschman, Albert O. Desarrollo, dependencia y alternativas. Fondo de Cultura Económica, 1984.

 

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