Entre la Tradición Colonial y el siglo de la Modernidad: proceso de modernización en Chile y sus efectos sociales (1778-1900) – Critica.cl

Entre la Tradición Colonial y el siglo de la Modernidad: proceso de modernización en Chile y sus efectos sociales (1778-1900)

por Jorge Palma Osses
Artículo publicado el 18/03/2010

De la Historiografía.
Desde que la historiografía latinoamericana se ha configurado como “de carácter científico” estrictamente hablando, o sea, desde mediados del siglo decimonónico, período conocido propiamente tal como Post-Independentista, y desde la vereda del Positivismo Historiográfico, se ha advertido que nuestra sociedad inició la marcha del proceso de Modernización luego del quiebre con la metrópoli española.

De este modo, los estudiosos sobre la época le otorgan al proceso de Independencia una connotación mesiánica tanto por cuanto los libera del oscurantismo colonial, primer y principal impedimento de dar comienzo a dicho proceso que generaría las herramientas intelectuales y materiales con el fin de alcanzar el progreso en su plenitud. Por entregar algunos nombres, menciono un Miguel Amunátegui o un Diego Barros Arana, ambos empapados con este ideal progresista que inserta sus raíces en el siglo XVIII europeo y que encuentra real asidero en la mentalidad política e intelectual latinoamericana del siglo XIX. Como fieles representantes del pensamiento ilustrado europeo -potente estímulo impreso en la mentalidad del intelectual criollo decimonónico-, no se muestra reparo alguno en denotar bajo los conceptos de “Bárbaros” o “Salvajes” a los naturales de esta región, lo que hace posible visualizar la falta de arraigo, o al menos respeto por los pueblos originarios, los cuales significaban para estos historiadores el impedimento concreto de este anhelo modernizador. Sin embargo, no es mi intención criticar desde la comodidad de mi asiento, ni menos incluir de forma exhaustiva como parte del objeto de mi estudio, a dos de los pilares fundamentales de la historiografía tradicional chilena, sino sólo dar cuenta del estado de la cuestión en el siglo XIX latinoamericano.

No obstante, estudios sobre el siglo decimonónico en Latinoamérica más recientes tales como Historia de América Latina de Leslie Bethell, nos muestran que este proceso de modernización se hace realmente visible a partir de 1870 –época del Alto Capitalismo- y no inmediatamente después de concluido el proceso de Independencia.

Por otro lado, para Pinto este proceso se deja ver desde mucho antes de susodicho período. Fines del siglo XVIII en Latinoamérica se condice con la implementación de las conocidas Reformas Borbónicas, las que entre otros menesteres, son las introductoras de las ideas y prácticas liberales, asociándose el inicio del Proceso de Modernización de manera directa a las ideas que romperían el tradicional sistema monopolista peninsular.

Con todo, será evidente a lo largo de este ensayo que las visiones de estos dos últimos historiadores serán el basamento fundamental que cimentará el análisis, en conjunto con la crítica, presentados a continuación a la manera de discusión bibliográfica y que tendrá como objetivo principal, servir de recuento general de las teorías de modernización que sobre el continente latinoamericano refieren, intentándose al menos generar una cronología coherente con las propuestas conceptuales existentes.

Modernización como Concepto
Para otorgar un sustento teórico- conceptual sólido a este ensayo debemos imperiosamente esclarecer el sentido del concepto de Modernización desde la perspectiva procesual que de manera natural debe atribuírsele. Para Julio Pinto, del cual este trabajo es tributario, el concepto de Modernización alude básicamente a la experiencia del capitalismo, pues fue ese nuevo proceso económico y social el que hizo de las relaciones de mercado el patrón cada vez más universal de conexión e interacción entre los actores, tanto colectivos como individuales (1).

En cuanto al concepto de Modernización sobre el cual trabaja Dina Escobar G, este alude a un proceso de cambios que permite que una sociedad alcance objetivos y rasgos (Latinoamérica, África, o parte de Asia, es decir, las Regiones Perdedoras) desarrollados por otra cultura (Europa del Alto Capitalismo o Desarrollado) desde las perspectivas social, cultural, económica y material. Dicho de otra manera, un proceso imitativo de otro que para el caso particular chileno se expresaría en una copia del proceso de modernización inglés, mediante el cual, se pretendía lograr metas- o al menos acercarse a ellas- a las que el pueblo británico había llegado hace largo rato (2). Este proceso que por lo demás es de apropiación cultural en el amplio sentido de la admiración, deja entrever personajes clásicos de nuestra historia tales como Mariano Egaña, cultura de la cual sería un insigne representante no sólo por su personalidad y actitud “britanizada”, sino que además por su progresista ideología expresada en la Constitución de 1833, siendo de esta uno de sus más influyentes mentores.

Basándonos en ambos trabajos, nuestro concepto de Modernización quedaría definido como un proceso de larga duración histórica que presenta, como es lógico, rasgos eminentemente económicos como matriz fundamental, los cuales están destinados a manifestarse como una acumulación de logros materiales en su amplio sentido -industriales, urbanísticos, tecnológicos, entre otros- en la vida de los humanos. Esto, por supuesto, gracias a la experiencia del capitalismo, proceso que se visualiza en lo concreto para el caso chileno en la inversión de capitales extranjeros, particularmente ingleses, y los empréstitos otorgados al Estado Republicano Liberal de Chile por parte de estos mismos especuladores. Sumado a esto es preciso considerar la visión que nos entrega I. Wallerstein quien plantea que existe en este juego de inversiones y capitales, un fenómeno de Reinversión de estos, producto de la desnacionalización de los recursos chilenos en beneficio del capital británico. Es decir, un avanzado proceso de acumulación por parte del anglo parlante gracias a los recursos chilenos, los que son reinvertidos inmediatamente en el sector público nacional (4).

Sin embargo, este proceso de cambios significativos producto de la llamada Experiencia del Capitalismo, y que se expresa en la vida material y espiritual de los hombres en base al elemento económico, no debe ser considerado como un fenómeno que se encierre así mismo en la teorización economicista. Todo lo contrario, debe ser aterrizado en el campo de lo social.

Todo proceso de cambios económicos permite evidenciar una materialización efectiva en la sociedad. Para ello, se nos presenta una doble opción: recibir pasivamente los efectos de los cambios económicos y sobrellevarlos prácticamente de manera inconsciente, respondiendo intermitentemente a ciertas coyunturas que la contingencia va presentando y que dan pie a respuestas a su vez coyunturalmente violentas, a veces desesperadas, sobretodo callejeras; a la generación de discursos domésticos más o menos acalorados que asumen la experiencia presente y desde dentro de un período crítico e inestable, pero que jamás asumirían un papel protagónico orientado a la obtención de resultados contrarios a los vividos; o bien, a la aceptación pasiva de dichos efectos, e incluso la validación de estos,  lo que es el común de los casos.

La segunda opción posible de asumir socialmente es mostrar una actitud activa que permita apoderarse de las coyunturas económicas, y de esta manera, llevar las riendas del proceso sobre el cual se transita, alternativa más compleja por los requisitos que permitirían hacer llevadera esta opción, entre ellos: disposición y activismo, es decir, conciencia de la vivencia de un período de cambios, de crisis, y voluntad para actuar ; dirigentes intelectuales  y manejo de teoría y praxis de la Ciencia Social por parte de toda la ciudadanía- sobre todo es necesario el conocimiento y comprensión de los procesos históricos, económicos, sociales y culturales anteriores al actual, aunque sea medianamente desarrollado este punto-; y conciencia de sí como grupo, esto, en función de la generación de pautas de trabajos orientadas a la construcción de soluciones y realidad en un mismo sentido y dirección.

La tradición contra-previsora y desorganizada de la sociedad chilena nos impide experimentar una tercera opción que se traduciría concretamente en el conocimiento  y aprovechamiento de los derechos ciudadanos que posee cada individuo y colectividad  de manera natural en un sistema republicano democrático. La condición de Soberanía Popular, de decidir qué es lo necesario e indispensable para transitar en el presente y construir futuro, es un derecho humano primordial que las sociedades latinoamericanas solo son capaces de citar en los momentos en que las crisis evidencian el embargo de su dignidad.

Respecto de las condiciones intelectuales exigidas para materializar de manera práctica la segunda opción, el poder, sobre todo el que entrega el factor monetario, reemplaza en la gran mayoría de los casos dicha precondición. Sin embargo,  las elites liberales chilenas decimonónicas expresadas en la manera de familias tradicionales, canalizan ese poder económico de corte hereditario, en muchos casos, en una posibilidad concreta de educación, lo cual solidifica su status de dominantes, y excluyendo de este derecho a las masas populares que para esta fecha se configuran como el grueso de la población analfabeta nacional, acercándose a un 90%, reproducen las estructuras de desigualdad que según Bourdieu se deben a una mala distribución del capital cultural disponible en una nación.

Por lo tanto, las elites gobernantes en Chile además de poseer las tres precondiciones (segunda opción) más notables para llevar las riendas de los procesos políticos, económicos, sociales y culturales, suman a este, su poder económico, reproduciendo y manteniendo el control absoluto de la sociedad mediante la resultante de estos cuatro factores conjugados: el poder político.

Con todo, es a esta materialización en lo social de tales cambios económicos producto del proceso de Modernización a lo que realmente me interesa llegar.

Un modelo económico, una imposición.
Sería una visión bastante simplista el plantear que los efectos económicos repercuten directa e inmediatamente en lo social luego de manifestarse, por lo que es necesario explicar dicho fenómeno en su formato procesual. Más bien –teorizando en cierta medida el planteamiento- lo que se produce entre Economía y Sociedad es una relación dialéctica, en donde son las cúspides socio-económicas las que por lo general plantean un modelo económico que subyace a un proyecto político viable por el grueso de la masa social. Esta, a su vez, y por contrapartida, recibe los efectos de este proceso de cambios de tipo económico, cambios que se van interiorizando, subjetivando inseparablemente (5) en las personas, produciéndose patrones de comportamiento distintos a los que anteriormente se encontraban  internalizados.

En pocas palabras, la relación dialéctica entre Sociedad y Economía es la génesis de los sistemas económicos decimonónicos.  Es una alternativa de plantear que los modelos económicos desde su matriz teórica son patrimonio de las elites intelectuales, las que durante el siglo XIX chileno se correspondieron en su faceta de elites liberales. Así, estas ideas económicas preconcebidas en Europa, y que hallaron real asidero en las necesidades e intereses de la clase dirigente, fueron puestas en práctica a la manera de “choque de realidad”, en donde la Sociedad (entendida como masa social) se construye cultural y relacionalmente a partir de la praxis económica, en función de la imposición teórico- práctico que resulta su imposición. A su vez, es esta Sociedad la que construye y materializa la teoría económica liberal con su inconsciente inserción y reproducción de los mecanismos de oferta- demanda, producción, consumo, comercio y transporte de mercancías, es decir, a partir de la simple inserción en el campo laboral cualquiera sea este, o en el cotidiano hecho de adquirir mercantilmente los víveres indispensables para la subsistencia.

De esta forma, el fenómeno de Modernización llevado a efecto por la sociedad, se manifiesta en esta como un proceso en sí. Considera primeramente una división especializada del trabajo, lo que tendía a diferenciar cada vez más a las personas de una misma comunidad (6), produciéndose un sentimiento de Despersonalización como lo llama Pinto. Yo lo llamaría mejor una Crisis de Identidad, donde las personas que componen esta comunidad dejan de ser en función de un sistema de tradiciones que por siglos les ha pertenecido, y pasan a ser funcionalizados a este incipiente proceso industrial. En este sentido, Modernización sería un proceso que pasando por sobre y aplastando los antiguos modos de vida de las comunidades autóctonas de cada zona, impone las relaciones de mercado producto de un creciente proceso de acumulación de capital, relaciones que se legitiman mediante la promesa de que sus efectos modernizadores alcanzarían a estos grupos subalternos, entre ellos, comunidades indígenas y artesanales. Así, las sociedades latinoamericanas –y en particular la chilena, de la cual nos hacemos cargo- ven roto su tradicional sistema religioso, comunitario, laboral y espiritual, en otras palabras, su modo de vida total, viéndose obligados desde arriba a estructurarse como trabajadores especializados y funcionalizados a un iniciático proceso de industrialización, y a su vez, como receptores de premios en dinero o elementos- en extremo básicos- de “subsistencia”.

No obstante, este efecto despersonalizador carece de todo sentido de novedad para el siglo XIX. Bien podemos considerarlo como repetitivo y situado en la larga duración histórica. Para el caso americano, es posible hacer evidencia de la negatividad de este fenómeno social desde comienzos del siglo XVI inmediatamente después de la irrupción del español en estas tierras, donde el indígena es desarraigado de sus costumbres y modos de vida –tanto sociales, espirituales, como su básica estructura económica, primero rota y posteriormente reemplazada por el sistema de encomiendas-, proceso que John Parry caracteriza diciendo que los naturales de esta región se vuelven como extraños en su propia tierra (7).

Muchos de estos desarraigados terminaron formando parte de un vagabundaje tanto urbano como rural, fenómeno aludido repetitivamente por varios autores, entre ellos Marcello Carmagnani (8), Mario Góngora (9) y Gabriel Salazar(10), quienes nos dejan entrever como la maquinaria estatal intenta mediante una serie de legislaciones coercitivas, erradicar aquella “odiosa masa de viciosos” compuesta eminentemente por mestizos –producto generacional de españoles y aborígenes- los cuales durante largo tiempo se configuraron como el grueso de la población desinserta en la estructura laboral chilena. Al respecto, este último autor citado nos cuenta como el ya muy tradicional peón-gañán chileno llenaba de vida los campos chilenos, divagando entre su malentretenimiento, irresponsabilidad y esa extensa gota de libertad-libertinaje. Un no reconocer lo dura y tortuosa que puede llegar a ser el largo peregrinaje vital, lo que en más de una ocasión ha sido motivo de envidia para muchos entre los que me incluyo.

Por otro lado, estos desposeídos, de manera creciente, se irán acercando a lo que desde la segunda mitad del siglo XIX llamaríamos una conciencia de clase, es decir, un sentido de pertenencia a un grupo determinado por parte de individuos que se ven así mismos como una colectividad con intereses, experiencias, necesidades y afectividades (y maneras de expresarlo) comunes. En Chile, esta conciencia de clase tiene su basamento fundamental en lo que Salazar llama las “Camaraderías”(11), lo cual equivale al reemplazo del amor familiar, por un sentimiento de lealtad callejero entre “iguales”, visible principalmente en los “niños huachos” que hicieron suyas las calles del siglo decimonónico chileno.

Siguiendo con la línea de análisis que nos brinda Pinto, este proceso modernizador se traduce para otros como verdaderos Proyectos en tanto convertían a ciertas personas en amos de su existencia y constructores de futuro (12). Salta inmediatamente la duda: ¿quién es el real velador, el responsable directo de que estos Proyectos para unos pocos se hicieran realidad? La respuesta es aún más instantánea. Sin duda alguna, es el floreciente Estado Republicano Liberal quien de manera fuerte y decisiva, y en algunos casos, coercitiva, poseyó en sus manos la labor de proteger estos Proyectos de la clase dirigente chilena, planes que más de algún gran beneficio tanto económico como social les auguraban.

A su vez, los Proyectos de la clase dirigente se encontraban “amenazados” por esta surgente y aún poco cohesionada clase social de desposeídos, los que estarían determinados por poseer una conciencia de grupo, de clase, un ala opositora –excluimos el ala conservadora debido a que no tenemos certeza de su existencia más que como un grupo cohesionado practicante de pautas culturales moralistas y católicas que no se diferenciaba en nada respecto de las tendencias económicas que siguiera la clase liberal chilena- aún muy débil pero creciente en número y muy superior en este mismo término a las elites. Los identificamos como los principales reticentes de este proceso modernizante. Evidentemente, los estratos populares de nuestro país.

Claramente su debilidad radicaba en que no sólo no estaban configurados como una clase social que remara hacia un mismo lado, con pautas organizativas e intelectuales comunes, sino que estas capas populares chilenas han sido desde siempre muy heterogéneas, determinadas en gran medida por la geografía que los ha llevado a diferenciarse en cuanto a rubros laborales, por lo que los intereses y necesidades son muy particulares en cada región.  Dicha situación e ve acentuada por la falta de comunicación nos sólo entre la subalternidad sino que a nivel país hacia mediados del siglo XIX. He aquí el reconocimiento que debemos hacer a la Unidad Popular del siglo XX que supo encausar -ya sea superficialmente o no, lo que no es tema de este trabajo- los intereses de los más desposeídos a en la escena política nacional.

Es preciso aclarar que manifiesto el vocablo “amenazados” de esta manera ya que, ¿presentarían alguna amenaza efectiva estos individuos que poseían como principal preocupación el satisfacer sus estómagos seguramente vacíos y el de las familias que aguardaban por respuestas a problemáticas que hasta ahora se mantenían sin solución, y que subyacen a la subsistencia, por sobre intereses políticos y de poder creados? Cabe lugar a la reflexión.

Por lo tanto, es el Estado Moderno (o con la aspiración de alcanzar la categoría de moderno) con todas sus letras, heredero de la filosofía ilustrada que proponía un ciudadano “libre” en derecho y acción –libertad que se enmarca dentro de una serie de legislaciones restrictivas exceptuando a la burguesía- y que por lo tanto lo considera capacitado para participar activamente en la sociedad, el que mediante discursos antidemocráticos como el portaliano, quien de manera casi epifánica consideró de hecho la democracia como una forma de organizar y dirigir a la nación postergable dada la incapacidad del pueblo para hacer uso efectivo de su derecho de soberanía, el ejecutante de un férreo control basado en su poder y dirigido hacia los estratos más bajos que ya hemos citado.

Los discursos autoritarios, posibles de insertar en la estructura política chilena, han hecho referencia a la incapacidad endémica y patológica de la sociedad chilena de gobernarse así mismos, utilizando de manera recurrente tales argumentos para validar éticamente el gobierno de algunos. Demás está señalar el discurso hispánico y la fundamentación teológica del sistema de Encomiendas.

Con todo, se nos hace imperioso reconocer por todo lo ya dicho que el actor principal de este proceso de Modernización no es en ningún caso el pueblo chileno, el que en teoría lleva a la práctica el accionar que tal proceso modernizador exige para ser concretado, sino que muy por el contrario, es este potente Estado Republicano Liberal el sujeto real que hace llevadero el proceso. Es necesario aclarar también, que el concepto de Estado en este sentido no es articulable por sí mismo, sino que son las elites chilenas liberales las que dan vida a tan poderosa maquinaria.

Es por esto que debemos identificar en esta clase dirigente, dueños de la empresa y conductores del Estado chileno, a los reales conocedores de la experiencia del Proyecto desde dentro. Muy por el contrario, los grupos subalternos que alberga la sociedad chilena entre 1778 y comienzos del siglo XX, fueron los que en el mejor de los casos vivieron proyectos pero de manera impositiva, desde arriba, y que, en el peor de ellos –lo cual a su vez es la gran mayoría- significaron verdaderos desarraigos -en la terminología de Pinto- desde el punto de vista económico y expresado en lo socio-cultural.

Del transcurso de los hechos.
En palabras de Julio Pinto, la primera instancia modernizadora es la que traen consigo los Monarcas Ilustrados, los que mediante sus famosas Reformas Borbónicas instauradas en América por Carlos III en 1778, establecen los primeros atisbos de Modernidad. Estas conllevan el acercamiento del aparato estatal, concebido al menos teóricamente en términos más burocráticos que patrimoniales, a las vidas cotidianas de la población (13). Sin embargo, estas medidas no tuvieron un recibimiento particularmente amistoso de parte de la población chilena, pues, por un lado, el aumento de las cargas tributarias deja sentir un descontento generalizado hacia la Corona por parte de las masas populares del territorio. Por otro lado, las elites no miran con buenos ojos tales medidas ya que tienden –o por lo menos eso intentan- a romper con las redes de Poder Informal e implícitamente excesivo de las Familias Notables de los siglos XVIII Y XIX chileno, expuesto esto por Yávar (14).

Si bien las Reformas Borbónicas se logran configurar sólo en la mediana duración histórica como tales (1778-1818), son dignas de destacar debido a que podemos considerarlas como el primer intento estatal de hacer llevaderos elementos propios de un incipiente proceso de Modernización, además de que sus efectos –pues no nominalmente- se prolongarían en la larga duración histórica aunque no sin sobresaltos. Su principal aporte en mi opinión radica en la instauración del llamadoLaissez Faire por la historiografía europea, lo cual sería el primer pie para permitir que la experiencia del capitalismo se apodere de las formas tradicionales tanto económicas como de socialización.

La segunda experiencia modernizante sería reconocida como el proceso de Independencia de la metrópoli española por parte de las colonias americanas, el que se caracteriza en último término aunque como finalidad principal, por la instauración del tan anhelado Estado Republicano e independiente. Esto se alcanzaría mediante la imitación de otros sistemas, para este caso tanto del estadounidense, como del inglés y francés, donde los tres se identificarían por encontrarse hacia esta fecha –principios del siglo decimonónico- en vías de consolidación como sistemas capitalistas, aunque sobre todo los dos últimos ciertamente. Además, es preciso señalar que nos hayamos situados temporalmente en el período en el que al comenzar el proceso de instauración del sistema estatal republicano, se intentarían aplicar las bellas pero inviables constituciones nacionales transversales en toda Latinoamérica, las cuales no son aplicables en su totalidad entre otras causas, debido a que se construyese el Estado primeramente y luego se moldease la nación., factor que no permitió que el Estado se asentara sobre bases sólidas a diferencia de lo ocurrido en Europa, donde los Estados descansan sobre una nación que tiene consigo ya varios siglos de Historia recorridos.

Esta Independencia en Chile nos muestra como el Proyecto Modernizador no es asumido –o simplemente no llega- de buena manera a todas las capas de la sociedad. Esto queda demostrado desde muy temprano, iniciado el proceso independentista, donde grupos tales como el indígena o el mestizo, no son incluidos en los llamados Proyectos de las elites criollas, por lo que lejos de albergar un sentimiento patriótico en sus mentes y corazones, se alistan en las tropas realistas en muchos casos. Tal es la situación de los naturales de las zonas precordilleranas de la actual séptima región y sur cuyano, los cuales al mando de los legendarios hermanos Pincheira luchan contra las fuerzas patriotas separatistas (15). Este fenómenos a simple vista podría resultarnos paradójico, sin embargo, su respuesta podemos encontrarla seguramente a nivel de las mentalidades: el proceso de Independencia chileno contribuiría a romper con modos de vida que durante tres siglos, se encontraban reconfigurados, quizás de mala forma, pero casi por completo, donde ya sea el indígena, ya sea el mestizo, ven en un Carrera o en un Ohiggins, lejos de una posibilidad de ser integrados a una estructura social que durante mucho les ha sido mezquina, una nueva amenaza ya no de su manera de vivir, sino de su vida propiamente tal.

De esta forma, identificamos la tercera instancia modernizante luego de consolidada la Independencia chilena en lo que llamamos período de Autocracias Nacionales, entre 1830 y 1860 aproximadamente y que son de carácter transversal en Latinoamérica, etapa dominada por las Oligarquías o familias criollas poseedoras del poder económico y político. Nuevamente, el poder en manos de un puñado de personas que jamás conocieron las necesidades reales de un pueblo cada vez más disminuido social y psicológicamente.

He aquí en donde es posible visualizar como las elites criollas depositan su confianza en el naciente Estado Republicano de corte liberal, esto más claro aún sobretodo hacia mediados del siglo XIX. Esta confianza está dirigida a que debe llevarse a cabo la reconstrucción –sobre todo material, que en donde el Estado puede tener mayor injerencia- del país, luego de los estragos que ocasionó la guerra independentista. Así lo demostraban entre muchos otros síntomas, la disolución de las instituciones más complejas, la interrupción de los circuitos comerciales, la fragmentación territorial, la anarquización  política, el recrudecimiento del bandolerismo, la recuperación de las comunidades campesinas frente a las haciendas y el despoblamiento de las ciudades(16).

Es así como, en cuanto a la sociedad criolla de elite, vemos que se produce una dicotomía fisonómica bastante clara. Por un lado, el Proyecto liberal, llevado a cabo desde el Estado –aunque sea majadero en esto, me interesa recalcar que es un Estado controlado por las mismas elites criollas en muchos aspectos ya mencionados- trata de romper con los elementos tradicionales de la sociedad chilena, elementos que se pueden retrotraer hasta la fase medular del período colonial y extender hasta mediados del siglo XIX por lo menos. Es sobre esta sociedad, visiblemente el bajo pueblo, que se intenta construir la tan anhelada modernidad.

Por otro lado, y como tendencia general, este proyecto modernizante está dirigido hacia la búsqueda de un reencontrase con el antiguo orden colonial pero sólo en cuanto recuperar el poder de facto que ostentaban en susodicho período. En este sentido, si la cara de la moneda de la elite criolla mostraba un evidente afán modernizador, el sello deja entrever esos elementos de permanencia que sobreviven con respecto a la etapa colonial y que se expresan en un querer recobrar lalegitimidad que tradicionalmente le habían conferido la autoridad monárquica y la fe católica (17). Por lo tanto, el sello del que hablamos muestra esos resabios de sociedad tradicional que la elite desea revivir.

En este sentido, discrepo tajantemente de la bipartición histórica que hace la historiografía liberal decimonónica al plantear un segmento de la sociedad conservadora, y otra liberal como basamento de la sociedad chilena. La elite criolla es claramente en su totalidad de corte liberal. De hecho, el mismo Portales, la cara visible de un supuesto grupo conservador muestra tanto en su personalidad pública, como en la privada, un eminente carácter liberal, claro está con matices en la práctica de gobierno (más autoritario que sus sucesores). En palabras de Alfredo Jocelyn-Holt en El Peso de la Noche: …no explican el escepticismo agudo que manifiesta el mismo Portales por su grupo social, o su cosmovisión eminentemente republicano-liberal, al igual que la de toda la clase dirigente chilena a partir de la Independencia. Como varios han argumentado, en el Chile decimonónico no hay atisbos de un conservatismo tradicionalista, y Portales no es una excepción. Por lo tanto, con toda soltura podemos hablar de un período de 1831-1891, como de carácter liberal. En otras palabras, un Estado Republicano eminentemente liberal.

Con respecto a las maneras de llevar a cabo el proceso de modernización por parte del Estado, materialmente hablando, es conocida la masificación de medios de comunicación y transporte, tal como lo sería el ferrocarril, inserto en nuestras tierras por mano británica hacia mediados del siglo XIX. Es este Estado “fuerte y centralizado”(18) y en algunos casos bien considerado todopoderoso, tal y como lo querría Diego Portales, el que permite que Chile se inserte ya para el período 1860-1870 entre las naciones latinoamericanas más fructíferas económicamente en el concierto internacional, aunque claro está, guardando distancia de las llamadas potencias mundiales (19).

Es así también como este mismísimo Estado Republicano permite la irrupción en comunidades indígenas aún preservadas por sí mismas, para así, arrebatarlas del terruño, desarraigándolas para siempre, y de esta forma quitarles la tierra que con tanto habían logrado conservar. . . .sin duda alguna, medios de represión producidos y reproducidos desde un primer momento en el que el peninsular pisa nuestra tierra, lo cual se encuentra proyectado en la larga duración histórica, sin duda alguna. La excusa más inmediata: debemos hacer soberanía.

Es el Estado chileno el que se encarga de arrebatar tierras –entre otra de sus tantas acciones que “modernizarían” al país- a los pequeños campesinos que recientemente habían conseguido un trozo de ella, o más bien, habían recuperado una parte de esta. Evidentemente, un arrebato de humildes medios de producción para así unirles y formar grandes extensiones de tierra que darían origen a un incipiente proceso de acumulación, del cual el campo no podía quedar afuera, al más puro estilo de loskoljozi en tiempos de la Revolución Rusa. ¡Debíamos ser modernos a como diera lugar!

De aquí en más, la cultura chilena se iría empapando de esa experiencia nueva que se venía conociendo, la experiencia del capital, de los mercados, de las legislaciones económicas tendientes a acrecentar la riqueza de la floreciente nación. El resultado inmediato: status, poder, y buen miramiento ante las potencias europeas. La necesitábamos. Ya sea por patriotismo, nacionalismo exacerbado, o mero chauvinismo, lo cierto es que Chile no estaba para cosas pequeñas (compréndase la ironía).

Una vez más: ¡Debíamos ser modernos a como diera lugar! Esto, aunque ser modernos es encontrarnos en un entorno que nos promete aventuras, poder, alegría, crecimiento, transformación de nosotros y del mundo y que, al mismo tiempo, amenaza con destruir todo lo que tenemos, todo lo que sabemos, todo lo que somos (20).

Por si fuera poco, el reiteradamente mencionado Estado chileno, ese que promovió –en teoría, como todos los Estados liberales- los derechos inalienables del hombre expresados en la Declaración Universal de los Derechos del Hombre y el Ciudadano, sostuvo por decir lo menos, una prolongada y excluyente actitud hacia los habitantes del bajo pueblo chileno a lo largo del período en cuestión. Esto, materializado en la integración al territorio chileno, sobre todo en la zona sur, de población europea, principalmente alemana, lo cual queda de manifiesto en la siguiente expresión de Bethell, evidentemente racista por lo demás: No sería exagerado decir que la mayor parte de la mano de obra y las habilidades con las que se construyó la moderna economía. . . las proporcionó este gran movimiento de personas. Fue también la razón por la cual la calidad de la fuerza laboral de que disponía la economía al estallar la primera guerra mundial era muy superior –más culta, especializada, más sana-. . . (21).

Esta introducción de mano de obra europea se hace con el fin de “civilizar” a estos “bárbaros naturales”, expresión utilizada en muchos pasajes de su monumental obra “Historia General de Chile”, por don Diego Barros Arana.

De este modo podemos apreciar como la experiencia estatal que conoció el Chile decimonónico, significó para los grupos subalternos, lejos de un facilitador de posibilidades modernizantes, un gendarme que alianó el camino hacia un futuro que no parecía ofrecer nada digno del sacrificio exigido (22).

Continuando con el análisis de la sociedad chilena en cuanto receptores de los efectos de la inversión inglesa, los sectores de la sociedad que no alcanzaron los beneficios de la naciente empresarialidad son en un primer momento desarraigados de las estructuras agrarias, artesanales o campesinas que en un comienzo no habían sido afectadas por el colapso del orden colonial(23).

Estos llamados desarraigados se ven necesariamente en la obligación de migrar hacia la ciudad –efecto muchas veces conocido-, donde se concentrarían las actividades alcanzadas por el capitalismo, lo que conllevaría una profunda transformación identitaria de las capas populares, impuesta desde arriba por supuesto. Tal transformación consistió en un notable cambio de costumbres reemplazadas por la formalidad europea-moderna, se nos da a conocer la parquedad propia de la sociedad burguesa, todo gracias a la “experiencia del mercado”. La manera de vivir de la sociedad colonial cambia radicalmente con el inicio del proceso de modernización, variando rápidamente el diario vivir de nuestro pueblo el que, sumido en el letargo colonial, tenía la posibilidad tanto de dormir como de comer más (24), siendo esto reemplazado por un estado de lucha constante contra la adversidad que se traduce en esfuerzos desmesurados por sobrevivir con miserables salarios que son un elemento fundamental e identitario del nuevo trabajador industrial. He aquí la génesis del proletariado urbano chileno: hombres y mujeres que son obligados a deshacer su antigua forma de sociabilidad de estilo rural, y adoptar esta nueva forma de comunicarse, donde no hay más posibilidad relacional que entre el hombre y la “floreciente industria”.

Con todo, el proceso de modernización no le permitió a esta naciente y desafortunada clase proletaria mantenerse sujeta al tradicional sistema laboral eminentemente rural –lógicamente, gracias a esta restricción pueden considerarse como proletarios-, empero tampoco los integra al suyo propio en la mayoría de los casos, dejándolos en un tránsito sinfín, a la deriva de un abismo cuyo fondo se hacía imposible de visualizar. Fueron víctimas del discurso modernizador del siglo XIX el cual planteó innumerables promesas que jamás se llegaron a concretar.

Más allá de la Generalidad
La economía colonial, con su orientación eminentemente minera (excluyendo de este análisis el rubro agrícola), vio desarrollar un sistema de acumulación de capital a favor del hispano basado en metales preciosos extraídos básicamente para el caso chileno en particular, de los lavaderos de oro de la zona sur en un primer momento, y posteriormente a través de la explotación de centros mineros de la zona centro-norte. Todo esto, orientado hacia fuera y funcionalizado como un “salvavidas” a la economía europea que veía progresivamente como sus recursos auríferos se agotaban, específicamente en los centros mineros alemanes. Sin embargo, para los naturales de la región esta situación no significó un proceso de acumulación de capital en lo absoluto sino que muy por el contrario, una incontable cantidad de legislaciones destinadas a funcionalizar al indígena como mano de obra “a cargo” de supuestos peninsulares capacitados tanto cultural como espiritualmente para supervisarlos en las faenas que debían ejercer en pos del bien común, siendo tratados en teoría como “uno más de los vasallos” de la Corona.

Es así como en base a esta actividad minera en Chile me gustaría mencionar dos casos en los cuales es evidente el efecto del proceso de modernización, ambos de mínima relevancia para la mayoría de los historiadores de renombre de nuestro país, por lo menos hasta ahora y exceptuando una mínima parte de ellos, entre otros, a Pedro Cunill.

El primer caso del que hago alusión es el de los Arrieros. Estos actores sociales chilenos abarcan casi todo el período colonial y se conservan hasta hoy como activos aunque con innumerables cambios fisonómicos respecto de su origen.

Estos arrieros tuvieron como principal función hasta 1850 el transporte de alimentos desde las haciendas hacia los centros mineros, y desde estos, encomendados para trasladar su producción hacia los puertos de embarque con el fin de exportar el material extraído (25). Con todo, la comercialización de la sociedad colonial se mantuvo en un plano “periférico”, en tanto que su estructuración interna obedeció más bien a un ordenamiento “pre-moderno” (26). Sin embargo, con la llegada del siglo XIX esta situación dominada por las medidas proteccionistas del Estado Borbón comenzaría a cambiar. El monopolio español es roto, lo que da paso a la integración de empresas sobre todo británicas, cultura que se encuentra en el punto más alto de su propio proceso de modernización por lo que seguramente era visto como una posibilidad clara de influenciar un incipiente proceso de industrialización en Chile. Esto se materializa hacia mediados del siglo decimonónico con la introducción de diversas –aunque básicas en su fisonomía aún- tecnologías expresadas en maquinaria industrial a nuestro país, entre el que contamos como ícono del proceso al ferrocarril, principal producto de la inversión inglesa en estas tierras que básicamente estuvo enfocada en el sector público.

A partir de esta fecha, el actor social arriero ve diluido los marcos primigenios de su corpus tradicional. Su persona es reemplazada como medio de transporte por la imponente novedad que significaría el ferrocarril por cuanto su capacidad como por el costo aminorado, con lo que una vez más se repite la historia: la fuerza de trabajo, principal riqueza de los hombres, se ve disminuida con respecto al poderío tecnológico imperante; y más aún, decenios de historia, de identidad cultural arraigado a lo laboral se ven derrotadas ante la comodidad y el confort que ofrece el mito de la Modernidad.

Así, el arriero vería como su funcionamiento se orientaría cada vez más hacia lo que hoy, es el elemento base de su identidad: la subida de animales a las alturas cordilleranas durante largos segmentos temporales, esto con el fin de alimentar al grupo mediante el pastoreo.

Por otro lado, el segundo elemento que me interesa analizar en relación al proceso de modernización chileno y la actividad minera, escapa un tanto del objeto primordial de mi estudio, aunque no del todo. No obstante, he decidido incluirlo ya que creo que la problemática medioambiental y los asuntos que conciernen el campo de lo ecológico, más allá de que hoy se encuentren en boca de todos, es un drama con carácter de urgencia de nuestra sociedad, y más aún, como raza humana por completo, del cual muy pocos tienen conciencia, además de ser una responsabilidad por muy pocos todavía asumida.

Para tal caso es sabido que el proceso de modernización alcanzaría el sector minero de forma absoluta durante el siglo XIX.

Tal como nos explica notablemente Mauricio Folchi, los hornos utilizados en la fundición del mineral que se encontraba a la cabeza de las exportaciones chilenas durante gran parte del siglo decimonónico (cobre), hacen necesario para su funcionamiento grandes cantidades de leña que por razones obvias que hacían impensada una posible importación de tal materia prima, o quizás métodos forestales actuales como tala y reforestación inmediata, se extraía de los bosques nativos de nuestros país, un recurso natural enorme por lo menos durante todo el período colonial e incluso muy a posterior. Se nos muestra como son utilizados hornos tradicionales españoles para la fundición del material, los cuales, a pesar de lo anticuado en cuanto a su tecnología, son puestos en marcha con excesivas cantidades de madera de tales bosques milenarios. Peor aún, la situación no mejoraría en absoluto en los años venideros.

La inversión de capital inglés alcanza hacia mediados del siglo XIX de espléndida manera al sector minero. Así, la experiencia del capital se apropiaría de la industria cuprífera obligándola a modernizarse, donde el cambio más radical quedaría de manifiesto al nivel de los hornos ya mencionados. Estos hornos tradicionales coloniales serán reemplazados por los de Reverbero, un moderno tratamiento del mineral para la época. En palabras de Folchi: El horno de Reverbero, en este sentido, es clave, pues no sólo aumentó los volúmenes totales de mineral beneficiado (recordemos que permitía beneficiar el cobre que antes se desperdiciaba), sino que incrementó el consumo de leña por unidad de mineral beneficiado, pues se generaba más valor, pero con mayor consumo de combustible (27).

A propósito de la poca conciencia que ha demostrado el pueblo chileno a lo largo de su historia con respecto a las problemáticas que atañen directamente nuestro hábitat, una frase de Rafael Larraín Maxó que permite visualizar muy bien la situación: la explotación de las minas tomó proporciones colosales, los hornos de fundición abrieron el territorio desde el Maipo a Copiapó, y Chile, que había vivido en la creencia de que los bosques eran inagotables, supo un día con asombro, que ya no le quedaban más que restos escasos de aquel tesoro inmenso (28). Podemos observar claramente en la expresión amarga de Larraín, que el impacto ambiental del proceso modernizador en el rubro minero fue altísimo, siendo los bosques nativos los que pagarían el elevado precio que conlleva alzar a un país a la cima de los egos nacionales. Peor aún más es la situación  si consideramos que la meta jamás se cumpliría, que la promesa del bienestar moderno solo echó raíces en la Carta Fundamental de algunos, y que los derechos inalienables estipulados en esta Carta asegurarían la comodidad de estos grupos e individuos, protegidos por un Estado que valida su existencia en la defensa de la Soberanía Popular (en teoría), precondición que tampoco pudo ser concretada porque esta institución primordial también había sido rifada a los intereses de una minoría.

Aún más nefasto es el hecho de que se ha roto un hermoso ciclo vital por mantener la débil llama de subsistencia que brinda a nuestro pueblo la actividad extractiva del cobre.

El siglo XX
Y la población en las ciudades seguía creciendo llegándose a configurar en mayoría con respecto a la de tipo rural, hecho que se convierte sin duda en un hito histórico sin precedentes en este naciente siglo XX, testigo fehaciente de los estragos ocasionados por el proceso de modernización: para comienzos del siglo decimonónico, el 90% de la población se sabía rural.

Poco quedaba de esa apacible vida campestre que inundaba los campos de la zona central. El modo de vida había cambiado drásticamente a estas alturas para la sociedad chilena, las lealtades sociales hacia el terruño, la etnia o la comunidad comenzaban a ceder terreno ante las lealtades nacientes de la clase o la nación (29).Un vivo ejemplo de aquello son las que Salazar llamara las Camaraderías como anteriormente mencionara, reemplazo del amor familiar en los “niños huachos” por lealtades entre ellos mismos, permitiéndose mediante una especie de mutualismo por llamarlo de alguna manera, sobrellevar el tortuoso pero a la vez inocente diario vivir. Estas camaraderías serían consideradas como la piedra angular sobre la cual se construye la conciencia de clases en la sociedad chilena.

Todo el proceso descrito y analizado nos deja entrever como hacia fines del siglo decimonónico, los proyectos modernizadores habían encontrado tanto tranquilidad política como viabilidad económica orientada hacia fuera en base al sistema de exportaciones de materias primas; pero por otro lado, la resistencia de los grupos marginados del progreso se hizo cada vez más recia, manifestándose aún con fuerza en la actualidad siendo un ícono de porfiada entrega a las ideas que entregan candor vital a su cultura, la nación mapuche.

Me gustaría concluir con un extracto del que en mi opinión se ha convertido en el más insigne crítico de los procesos de modernización a escala planetaria. Hablo de Marshall Berman en su obra “Todo lo sólido se desvanece en el aire” y que refleja fielmente lo que significó dicho proceso en nuestro país, tanto a nivel cultural, económico, social, como de las mentalidades: acelera el ritmo general de la vida, genera nuevas formas de poder colectivo y de lucha de clases; las inmensas alteraciones demográficas que han separado a millones de personas de su hábitat ancestral. . . y finalmente, conduciendo y manteniendo a todas estas personas e instituciones en un mercado capitalista mundial siempre en expansión y drásticamente fluctuante. . . los procesos sociales que dan origen a esta vorágine, manteniéndola en un estado de perpetuo devenir, han recibido el nombre de modernización (30).

 

Agradecimientos
Primeramente quisiera agradecer al profesor Rodrigo Rocha, titular de la cátedra de Teoría de la Geografía de la Universidad Metropolitana de las Ciencias de la Educación por esas extensas y profundas conversaciones sobre los procesos de modernización y sus efectos globalmente hablando, los cuales ayudaron de sobremanera a la maduración del conocimiento expuesto en el presente ensayo.
En segundo lugar a Cristián Palma V. por colaborar en el esclarecimiento de ciertas dudas concernientes a terminología en el ámbito de la economía.Finalmente agradezco a Paulina Vera y David Ferrada por sus críticas y comentarios a lo largo del presente.

Referencias Bibliográficas
(1) Pinto, Julio, De proyectos y Desarraigos: la sociedad latinoamericana frente a la experiencia de la Modernidad (1780-1914), Contribuciones científicas y Tecnológicas, Arce Ciencias Sociales nº 130, Santiago, 2002, p.97.
(2) Expuesto por la profesora Dina Escobar en el marco de la cátedra de Historia de Chile Siglo XIX, 04-08-2009, UMCE.
(3) Silva, Osvaldo, Historia de Chile: de Portales al inicio de la Guerra del Pacífico.1830-1879, tomo 4, Copesa Editorial S.A., Santiago, 2005, p.10.
(4) Véase El Moderno Sistema Mundial de Immanuel Wallerstein.
(5) Término usado por Gabriel Salazar en el anexo de su obra Ser Niño Huacho en la Historia de Chile. Siglo XIX, en el cual explica el cambio que ocurre en la sociedad chilena luego de la transición Unidad Popular- Dictadura Militar.
(6) Pinto, Julio. . ., p.17.
(7) Expresión utilizada por John Parry en Europa y la Expansión del Mundo. 1415-1715, para evidenciar el cambio ocurrido en la vida de los aborígenes pasadas algunas décadas luego de la llegada de la invasión peninsular.
(8) En: El Salariado Minero en Chile Colonial. Su desarrollo en una sociedad Provincial: el norte chico, 1690-1800.
(9) En: Origen de los Inquilinos de Chile Central.
(10) En el ya citado: Ser Niño Huacho en la Historia de Chile. Siglo XIX.
(11) Salazar, Gabriel, Ser Niño Huacho en la Historia de Chile. Siglo XIX, LOM Ediciones, Santiago, 2006, p.47.
(12) Pinto, Julio. . . p.101.
(13) Ibíd., p.98.
(14) Yavar, Aldo en su artículo Familia y Poder en Chile Colonial.
(15) Véase Huellas Cordilleranas del Grupo de Historiadores Caminantes.
(16) Pinto, Julio. . . p.105.
(17) Ibíd., p.106.
(18) Se nos presenta la célebre idea portaliana de un Estado fuerte y centralizado, lo que conllevaría un paternalismo exacerbado que se justifica ideológicamente por la idea de que Chile es un pueblo que dista mucho (para la primera mitad del siglo XIX) de considerase civilizado, por lo que aún la democracia no sería una alternativa viable.
(19) Véase en Historia de América Latina DE Leslie Bethell.
(20) Véase la obra Todo lo sólido se desvanece en el aire de Marshall Berman.
(21) Bethell, Leslie, Historia de América Latina: Economía y Sociedad, c. 1870-1930, Editorial Crítica, Barcelona, 1991, p.31.
(22) Pinto, Julio. . . p.103.
(23) Ibíd., p.105.
(24) Véase en Tradición y Reforma de Sergio Villalobos.
(25) Véase Huellas. . .
(26) Pinto, Julio. . . p.104.
(27) Folchi, Mauricio, La insustentabilidad de la industrial del cobre en Chile: los hornos y los bosques durante el siglo XIX, en Revista Mapocho, nº 49, Santiago de Chile, 1º semestre, 2001, p.156.
(28) Larraín Maxó, Rafael, citado en Mauricio Folchi, p.164.
(29) Pinto, Julio. . . p.107.
(30) Véase la obra Todo lo sólido se desvanece en el aire. . .
Bibliografía
-Berman, Marshall, Todo lo sólido se desvanece en el aire, Siglo XXI editores, México, 1998.
-Bethell, Leslie, Historia de América Latina: Economía y Sociedad, c. 1870-1930, Editorial Crítica, Barcelona, 1991.
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-Bourdieu, Pierre, Capital cultural, escuela y espacio social, Siglo veintiuno editores, Argentina, 2003.
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-Góngora, Mario, Origen de los Inquilinos de Chile Central, ICIRA, Santiago, 1974.
-Grez, Sergio y Salazar, Gabriel, Manifiesto de Historiadores, LOM ediciones, Santiago, 1999.
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-Silva, Osvaldo, Historia de Chile: La Colonia. 1601-1800, tomo 2, Copesa Editorial S.A., Santiago, 2005.
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-Yavar, Aldo, Familia y Poder en Chile Colonial, Dimensión Histórica de Chile, Universidad Metropolitana de Ciencias de la Educación, Santiago, 1992.

 


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