La Revolución Hermenéutica de Sigmund Freud. – Critica.cl

La Revolución Hermenéutica de Sigmund Freud.

por Manuela Agüero
Artículo publicado el 29/08/2011

Resumen:
La investigación de Freud modifica significativamente no sólo lo que se entendía por psiquismo humano, sino también el modo de aproximarse a la realidad. Al proponer la noción de inconsciente y de trabajo de interpretación, Freud sienta las bases para una hermenéutica psicoanalítica que se aleja de todo recurso metafísico diferenciándose de la tradición hermenéutica clásica.

 

Introducción
En la mitología griega, Hermes era el dios mensajero que llevaba los mensajes de los mortales a los divinos, y viceversa. Se trataba de una figura mitológica que cruzaba las fronteras; su facultad era la de poseer dos códigos y cumplir por tanto un rol de intercambio de mensajes y traducción. De éste procede la palabra “hermenéutica”, que denomina el arte de interpretar los significados ocultos.

El concepto hermenéutico clásico (filológico) tiene que ver con la idea de sentido. La interpretación es concebida de la mano con el “comprender” y se pone en marcha cuando un signo nos rehúsa su sentido, poniéndose de manifiesto en las interrogativas: ¿Qué significa esto?, ¿Qué quiere decir? La hermenéutica no se dirige, por tanto, a la comprensión psicológica de una expresión.

Por su parte, la filología era una antigua disciplina de lectura referida a textos que llegaban al presente con un carácter enigmático y frente al cual era preciso estudiar y “des-cubrir” su sentido; es decir, sacar el velo que nos esconde el sentido real de algo. Desde esta perspectiva, las cosas tienen un sentido inherente. Así, en la interpretación filológica lo importante es hallar qué quiso decir el autor. Esta suposición básica de la filología (que el autor “quiso” decir algo), da cuenta de la existencia de un acto conciente.

En este contexto, existe una distancia entre el estudioso que lee el texto y el momento en que éste es producido. La hermenéutica clásica exige una distancia que deja inalterado el mensaje mientras que, por ejemplo, para quien sueña y pretende conocer el sentido de tal sueño, no existe distancia alguna; está todo él tomado por lo enigmático, por aquello que del pasado que se le hace presente. Hay algo pujante que le exige ser explicado y que proviene de sí mismo.

En relación a lo anterior, una de las nociones más importantes que introduce Freud es aquella por la cual podemos pensar que el sentido de un texto es dado, no en el momento en que es escrito (como supone la hermenéutica filológica), sino sólo una vez que es leído por alguien que se pregunta sobre el significado de tal material. También los teóricos de la sospecha se preguntan cómo acontece el sentido sin recurrir a lo sobrenatural, es decir, al sentido dado de antemano, inherente. “Nietzsche, Freud y Marx no han multiplicado los signos en el mundo occidental. No han dado un sentido nuevo a las cosas que no lo tenían. Ellos han cambiado la naturaleza y modificado la manera como el signo en general podía ser interpretado” (Foucault, p. 40) De esta manera, se rehusan a pensar que las cosas “tienen” un sentido; relevan más bien las nociones de trabajo y producción rebajando las condiciones de sentido pleno, a priori y autopresente. La escuela de la sospecha derriba así la noción sobre la cual creemos que al leer un texto leemos la intención conciente del autor. Hablar del texto es hablar del trabajo del texto, y el sentido original no es más que una ilusión metafísica.

Las metáforas con que Freud nos aproxima a sus investigaciones son las de la Arqueología, la Paleontología y la Filología. Freud es preso de su época, tradición y formación. La premisa que lo atrapa es que hay algo dado a la vista y algo que exige ser desenterrado; hay una superficie bajo la cual se esconde la profundidad de lo latente. El acto por excelencia es des-cubrir. Así, bajo una interpretación ortoxa de los escritos freudianos, caemos en el error de analogar inconciente con profundidad, y ese no es el núcleo de su descubrimiento. Por más difícil que resulte deshacerse de esta lógica, es necesario hacerlo si queremos comprender en qué radica el genio freudiano. “La profundidad es restituida ahora como secreto absolutamente superficial…asistimos a la inversión de la profundidad, al descubrimiento de que la profundidad no era sino un ademán y un pliegue de la superficie” (Foucault, p. 41).

Ahora bien, como seres humanos, padecemos el sentido. Estamos condenados a una relación comprensiva con el mundo. Cuando nos enfrentamos a alguien, lo primero que queremos (ojalá) es hacernos comprender por ese otro, al mismo tiempo que intentamos comprender el sentido de sus palabras. Si algo de eso no nos ha quedado claro, automáticamente nos preguntamos: ¿Qué habrá querido decir(me)? Para entender el momento antihermenéutico del psicoanálisis, es preciso hacer el esfuerzo por descentrar esta pregunta existencial por otra.

El momento anti-hermenéutico del Psicoanálisis
El psicoanálisis se presenta inicialmente como una forma distinta de interpretación. “El trabajo de interpretación del analista se distingue de la del filólogo no sólo por la articulación de un particular ámbito objetual; exige una hermenéutica específicamente ampliada, que frente a la interpretación habitual de las ciencias del espíritu tenga en cuenta una nueva dimensión” (Habermas, 1990, p. 216) ¿Qué dimensión es esa?

Habermas plantea que para Freud, a diferencia de Dilthey, “la biografía es objeto de análisis sólo en cuanto que es al mismo tiempo algo conocido y desconocido desde el interior, de suerte que es preciso ir más allá del recuero manifiesto” (Habermas, 1990, p. 216) Dilthey vincula la hermenéutica con lo subjetivamente mentado, cuyo sentido puede ser garantizado mediante un recuerdo inmediato.

En otras palabras, tanto Freud como Dilthey se encuentran con la infidelidad y la falta de claridad del recuerdo subjetivo y se ven en la necesidad de una crítica que reestablezca el texto deformado. Pero “la crítica filológica se distingue de la psicoanalítica por el hecho de que a través de la apropiación del espíritu objetivo vuelve al contexto intencional de lo subjetivamente mentado como última experiencia” (Habermas, 1990, p. 217)

Desde este punto de vista, lo que elimina en su trabajo crítico son los defectos accidentales, las omisiones y deformaciones, a los que no atribuye función sistemática alguna, siendo sólo efecto de influencias externas. La interpretación psicoanalítica, por su lado, no se dirige a conexiones de sentido en la dimensión de la intención conciente; su crítica elimina defectos no accidentales, pues las conexiones simbólicas que el psicoanálisis trata de aprehender son alteradas por influencias internas y las mutilaciones tiene un sentido como tales. (Habermas, 1990)

Al leer a Freud, vemos cómo tropieza con perturbaciones sistemáticas del recuerdo que son leídas como expresiones de intenciones que trascienden al ámbito de lo subjetivamente mentado. Así, si Dilthey en su análisis del lenguaje se enfrenta al caso límite de la discrepancia entre enunciados o acciones, este caso límite es el caso normal para el psicoanalista, diría Habermas.

Habermas señala que el sujeto tiene necesariamente que engañarse sobre estas expresiones no coordinadas y agrega: “La hermenéutica de lo profundo que Freud contrapone a la hermenéutica filológica se refiere a textos que indican las ilusiones del autor sobre sí mismo” (Habermas, 1990, p.219) En otras palabras, el sujeto se enfrenta a algo inaccesible, extraño a sí mismo y no obstante, perteneciente a él. Esto queda ilustrado en el hecho de soñar, pues el mismo productor del sueño se extraña sobre el contenido y las condiciones de su producción.

En el caso de los síntomas, también éstos pueden ser entendidos como un compromiso entre deseos rechazados de origen infantil y prohibiciones de su satisfacción impuesta por la sociedad. Presentan dos momentos: son formaciones sustitutivas de una satisfacción frustrada y también expresiones de la sanción con que la instancia defensiva amenaza al deseo inconciente. En palabras del autor, “son finalmente signos de una específica autoalienación del sujeto. En las fallas del texto ha prevalecido la violencia de una interpretación nacida del sí mismo y aún así extraña al yo” (Habermas, 1990, p.220)

La interpretación de los sueños se convierte, por tanto, en el modelo para el esclarecimiento de conexiones de sentido deformadas. Frente a éstos, Freud impone al analista la actitud rigurosa del intérprete. Sin embargo, esta actitud no basta, ya que los sueños se presentan a su propio autor como algo ajeno y enigmático.

Diremos que el análisis no cumple su objetivo al aprehender o “des-cubrir” el pensamiento latente que fluye bajo el manifiesto. Debe avanzar un paso y como tal, ir más allá del arte interpretativo de la hermenéutica clásica, para aprehender no sólo el sentido de un texto deformado sino también el sentido de tal deformación. Dicho trivialmente, se trata de “hincar el diente” al recorrido que hay desde un pensamiento onírico latente hacia un sueño manifiesto. En este punto el énfasis está puesto en la forma adquirida, en la transformación que tal pensamiento sufre, en el trabajo del sueño. En relación a esto, Habermas señala que el análisis hace que el sujeto adquiera conciencia de su propio proceso de formación y producción de sentido; “la hermenéutica psicoanalítica, por consiguiente, no tiene como objetivo, como la de las ciencias del espíritu, la comprensión de contextos simbólicos en general, sino que el acto de comprensión al que conduce es la autorreflexión” (Habermas, 1990, p. 229)

Este estilo hermenéutico y su crítica al sentido dan cuenta de la imposibilidad de excluir (y de la imperiosa necesidad de incluir) en el trabajo de interpretación las nociones fundamentales aportadas por Freud sobre el aparato psíquico (sexualidad, represión, cultura, etc). En definitiva, tiene que ver con un estilo de interpretación instituido en base a una concepción de sujeto fragmentado, en conflicto permanente.

Habermas concluirá que “Pertenecen al dominio objetual de la hermenéutica de lo profundo todas las situaciones en las que el texto de nuestros juegos cotidianos de lenguaje, en razón de perturbaciones internas, es interrumpido por símbolos incomprensibles” (Habermas, 1990, p.229). Cabe agregar que estos símbolos son incomprensibles en la medida en que desobedecen a las reglas gramaticales del lenguaje ordinario, a las normas de la acción y a los modelos de expresión adquiridos culturalmente.

La regla analítica fundamental y sus implicancias
El psicoanálisis comienza cuando Freud logra despojarse del método sugestivo. De ahí en adelante, estamos en el terreno de un acto de habla, con todo lo que eso implica. Desde aquel divorcio, la cura pasará siempre por ahí.

El lenguaje es una convención social frente a la que nos vemos inevitablemente entrampados y que, por tanto, nos condena al sentido. La escena comunicativa usual está dada por un conjunto de reglas comunicacionales que sirven a la función de intercambio de información, entendimiento y comunicación social entre sujetos.

La palabra psicoanálisis, por su parte, es una palabra compuesta que contiene al análisis; palabra que a su vez designa el acto de descomponer, aludiendo a una operación de separación de elementos que construyen una totalidad. Tenemos, como punto de partida, el hecho de que el análisis se identifica con esta acción. Lo opuesto al análisis es lo pleno, la totalidad, aquello que conduce a la síntesis. De esta manera, el encuentro con el análisis supone siempre una frustración, defrauda nuestro anhelo de redondeces. ¿Por qué? ¿a qué apunta esta identificación?

Siguiendo lo anterior, podríamos decir que la escena analítica es una escena comunicativa que se forja justamente en base a una total oposición a aquella escena que nos hace sujetos sociales. Si en la escena cultural cotidiana la consigna es: “diga algo con sentido, presentable y que pueda sustentarse”, en la escena analítica el imperativo sería algo así como “diga la primera cabeza de pescado que se le venga a la cabeza” ¿Qué fundamentos tiene esta descabellada manera de comunicarse?

Aunque suene paradojal, para decir “cabezas de pescado” que sean útiles a un propósito, se necesita de una escena comunicativa altamente refinada y protocolarizada. La regla que preside esta escena está dada por el precepto de que se “refiera todo lo que se le ocurra, sin crítica ni lecciones previas” (Freud, 1912, p.112) y es la única que permite hacer el camino inverso desde la forma enigmática (síntoma, sueño, lápsus) hacia la intelección sobre las condiciones de su producción. De este modo, la asociación libre da cuenta de la paradoja inherente al aparato psíquico: un aparato hipermnésico pero que con la misma fuerza, olvida. La paradoja nos recuerda que bajo el imperativo de recordar, no recordaremos nada; sólo conseguiremos levantar sólidas resistencias.
Esta regla pone en crisis todo intento argumentativo y nos enseña que por la vía de la fundamentación, presos del sentido convencional, no vamos a hallar nada nuevo. El punto es derribar la noción de sentido único por la diseminación del sentido. “…la interpretación ha llegado a ser al fin una tarea infinita”, diría Focault. (Foucault, p. 41) ¿Angustiante? Como seres humanos, esto nos impone el desafío de permitirnos tolerar el naufragio de lo incalculable.

Como se ha mencionado, la escena analítica está sustentada en base a reglas comunicativas que distan enormemente de aquellas que rigen nuestra comunicación cotidiana. De esta manera, la consigna de decir lo primero que se venga a la cabeza tiene un sentido y una función que tiene su contraparte en la escucha del analista quien, según las palabras de Freud, debe “no querer fijarse en nada en particular y prestar a todo cuanto uno escucha la misma la atención parejamente flotante” (Freud, 1912, p. 111) Lo que, en términos de escucha, implica también perder el sentido, dejar la comodidad de presuponer siempre un sentido último, resistirnos a la tentación humana de completar el sentido, de terminar una frase dudosa con una palabra adecuada.

Sobre la noción de trabajo y producción
Freud interpreta los primeros sueños con una enorme convicción de que está descubriendo algo fundamental. ¿Qué es lo fundamental del descubrimiento freudiano?

En “La Interpretación de los Sueños” Freud distingue entre contenido manifiesto y contenido latente. El primero es el material verbal con que cuenta al escuchar los sueños de sus pacientes; es el sueño recordado en tanto relato, ni más ni menos que material verbal. El contenido latente, en cambio, es definido como el resultado del trabajo de interpretación.

La operación básica que permite el pasaje de lo manifiesto a lo latente es la asociación libre. Sólo a través de ésta sabremos cómo llegó a gestarse un sueño, cuáles fueron las conexiones de sentido, las cadenas significantes, los enlaces y nudos operativos.

Cuando Freud introduce la noción de “trabajo” (del sueño, de la interpretación) asistimos a una especie de revolución epistemológica en que se derriban las oposiciones del discurso hegemónico. Así, la oposición “manifiesto/latente” es relevada por la de “trabajo del sueño/ trabajo de interpretación”, dando paso a un retorno de la forma. Desglosemos un poco esta condensada problemática.

Con el transcurso del tiempo y la experiencia adquirida gracias a éste, Freud se va dando cuenta de que, por ejemplo el sueño de Irma, es absolutamente insignificante y su contenido lo es aun más. El contenido del sueño no tiene nada de nuevo, nada de impresentable. Diremos incluso que se encuentra más del lado del preconciente y que guarda relación con algo que pasó el día anterior (Freud, 1990). No hay en ese contenido signo alguno del deseo reprimido. Freud no se encuentra con lo que quiere y continúa la búsqueda.

Es definitivamente la forma del sueño la que se presenta con carácter enigmático; y ésta es producto del trabajo del sueño que condensa, desplaza, transforma en lo contrario, etc. Para Freud, el sueño no piensa, no juzga, sólo se limita a transformar. (Freud, 1990)“Buscan la esencia del sueño en este contenido latente y descuidan así el distingo entre pensamientos oníricos latentes y trabajo del sueño. En el fondo, el sueño no es más que una forma particular de nuestro pensamiento. Es el trabajo del sueño el que produce esa forma y sólo ésta es la esencia del sueño” (Freud, 1990, p.502), nos dirá el autor.

De aquí en adelante, el énfasis recaerá en la operación de transformación que caracteriza al trabajo del sueño. Es por medio del trabajo del sueño que algo se transforma en una determinada forma. La pregunta atingente no es ya por lo que se esconde tras una cierta forma sino: ¿por qué tal o cual pensamiento sucumbe a este procesamiento?, ¿Por qué siete lobos en el sueño?

Así, el sueño funciona como el modelo de toda función psíquica inconciente, de toda elaboración simbólica. El sueño no se torna atractivo para Freud porque contenga un contenido ominoso, sucio, secreto; su esencia radica en que es una manera particular de trabajo y de producción de sentido.

De ahí que la forma del sueño sea tan importante. La interpretación analítica trabaja siempre sobre formas, sobre elaboraciones, sobre producciones. Pomposamente, podríamos llamarlo “el retorno a la forma”, pero lo que debe quiere enfatizarse es que la única manera de comprender su significado es a través de la forma, a través del análisis minucioso de ese contenido manifiesto que en un momento gozaba de un segundo plano. Las preguntas constructivas en este escenario podrían ser: ¿cuál es la justificación para deformar? ¿Qué cosas exigen ser deformadas? ¿Cuál es el deseo que se cumple transformando? Estas preguntan cobran enorme relevancia en términos de la cura terapéutica, pues permiten al sujeto encarar su verdad, su necesidad de transformar. Es decir, le permiten pararse de frente a su propio deseo.

El psiquismo de Freud es un psiquismo de trabajo, de operaciones, de herramientas, de artesanos, de obreros, de elaboraciones primarias y secundarias. El trabajo de la Interpretación es la única manera que permite hacer el camino inverso desde la forma hacia la intelección sobre las condiciones de su producción. ¿Por qué un pensamiento normal y corriente, como cualquier otro, necesitó de tal deformación y desfiguración para aparecérsele a la conciencia? ¿Cuál es el deseo que necesita mostrarse deformado, por qué tiene que ser tan enigmático? La pregunta del sentido cobra fuerza, pero ya no es la pregunta por el sentido del sueño; es más bien sobre el sentido de la deformación. La pregunta del ¿Qué quiere decir? es desplazada por: ¿Por qué se manifestó de esta manera?

Una de las implicancias de este vuelco es que el contenido manifiesto puede ser un breve relato, mientras que la extensión del contenido latente es ilimitada, expuesto a lo impredecible. Freud hará alusión al ombligo del sueño como aquel punto en que la interpretación se asienta en lo desconocido en lo inabarcable. “Si la interpretación no puede acabarse nunca, es simplemente porque no hay nada que interpretar. No hay nada absolutamente primario, pues en el fondo todo es ya interpretación” (Foucault, p. 43)

Un buen ejemplo de lo anterior se ve en Marx, que no interpreta la historia de las relaciones de producción, sino que interpreta una relación que se da ya como interpretación. De la misma manera, Freud no interpreta signos, sino interpretaciones.

Concluyendo, diremos que la dicotomía manifiesto/latente es una oposición binaria que da cuenta de la lógica heredada de la tradición la que, a su vez, nos lleva a aproximarnos al mundo con la tendencia de subordinar y jerarquizar creyendo que “hay algo oculto”.

En varias oportunidades Freud se confesó ateo y le creemos. ¡Su aproximación no puede ser más terrenal y alejarse más de las explicaciones sobrenaturales del sentido! En definitiva, el contenido manifiesto es producto del trabajo del sueño y lo latente, del trabajo de interpretación. El significado del sueño -y del sueño en su carácter de texto- no es algo dado de antemano que haya que ir a desenterrar, sinó sólo producto de un trabajo. ¿Caída de toda magia esotérica? ¿Banalización del fascinante misterio del inconciente? Freud tiene fe en que hay trabajo y cada uno sacará sus propias conclusiones.

 

Referencias bibliográficas

* Foucault, M. (1970) Marx, Nietzsche y Freud. Ed. Anagrama.

* Freud, S. (1990) “La Interpretación de los Sueños” Obras Completas, Amorrortu ed.

(1912) “Consejos al Médico sobre el Tramiento Psicoanalítico” Obras Completas,  Amorrortu ed.

(1918) “De la historia de una Neurosis Infantil ( El hombre de los Lobos) Obras Completas, Amorrortu ed.

(1930) “El Malestar en la Cultura” Obras Completas, Amorrortu ed.

(1937) “Construcciones en el Análisis” Obras Completas, Amorrortu ed.

* Habermas, J. (1990) Conocimiento e interés. Taurus Ed. B.Aires.


Un comentario

Intersante. Nos ha dejado un sabor exquisito y el deseo de seguir investigando.
En fin excelente.

Por Jose Herrera Viga el día 27/09/2011 a las 8:50. Responder #

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Requerido.

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