EL CHAC MOOL: Aproximación al análisis literario a partir de la hermenéutica simbólica – Critica.cl

EL CHAC MOOL: Aproximación al análisis literario a partir de la hermenéutica simbólica

por Oscar Londoño
Artículo publicado el 23/02/2008

“Apareció un indio amarillo, en bata de casa, con bufanda. Su aspecto no podía ser más repulsivo; despedía un olor a loción barata; quería cubrir las arrugas con la cara polveada; tenía la boca embarrada de lápiz labial mal aplicado, y el pelo daba la impresión de estar teñido”.
Carlos Fuentes

Los grandes pensadores que definieron el ser humano como animal racional, expresaban un imperativo ético basado en la propiedad de la razón como única fuente de conocimiento cierto; no obstante, para otros autores la razón es un término un tanto incompleto para abarcar todas las formas de la vida cultural humana en su riqueza y diversidad, debido a que dichas formas son simbólicas; por tanto, en lugar de definir el ser humano como un animal racional únicamente, es cualificado como un animal simbólico.

Al respecto, Ernst Cassirer (1984) en su antropología filosófica, plantea que:

“El hombre no puede escapar de su propio logro, no le queda más remedio que adoptar las condiciones de la propia vida; ya no vive solamente en un puro universo físico, sino en un universo simbólico. El lenguaje, el mito, el arte y la religión, constituyen partes de este universo, forman los diversos hilos que tejen la red simbólica, la urdimbre complicada de la experiencia humana”.

Es por ello que la capacidad simbólica del ser humano define su esencia y su forma de relacionarse con el mundo.
En esta medida, la literatura como construcción humana es también una creación simbólica que no se agota en un sentido específico, sino que es portadora de multiplicidad de acepciones y simbologías; teniendo en cuenta lo anterior, el símbolo se define como una imagen no racional que escapa del dogmatismo lógico propio del signo y encuentra desde la imaginación el fundamento del mundo y la creación de otras realidades como la onírica o surrealista. Por ende, el símbolo es una imagen que corresponde a otras pasiones del ser humano.

 

De esta forma, la imaginación, como propone Gastón Bachelard (1993),

“no es, como lo sugiere la etimología, la facultad de formar imágenes de la realidad; es la facultad de formar imágenes que sobrepasan la realidad; que cantan la realidad. La imaginación inventa algo más que cosas y dramas, inventa la vida nueva, inventa el espíritu nuevo; abre los ojos que tienen nuevos tipos de visión”.

Desde esta perspectiva, en el presente texto abordo una serie de interpretaciones sobre algunos tejidos e imágenes simbólicas en el cuento del escritor mejicano Carlos Fuentes “El Chac Mool”; dichas imágenes están referidas a los elementos naturales: agua, tierra, fuego, aire y a los elementos objetuales.

 

Los elementos naturales o la simbología originaria
Desde la antigua Grecia filósofos como Empédocles de Agrigento planteaban que el mundo está constituido por los cuatro elementos originarios: tierra, agua, fuego y aire, y está movido por una ley que es el juego entre el odio y el amor; el amor es la causa de la creación y el odio el de la destrucción. Cuando reina el amor, los cuatro elementos constituían un todo compacto, pero el odio rompe este equilibrio, genera el caos, la incertidumbre y entabla una lucha que mueve el mundo hasta conducirlo de nuevo a la unidad.

Para las culturas prehispánicas, como los Mayas, los Aztecas y los Incas, los cuatro elementos también fueron símbolos importantes en sus creencias religiosas, producciones artísticas y tradiciones socioculturales. Los mayas eran politeístas y adoraban a dioses benéficos como la lluvia (agua), el trueno, (fuego) y el maíz (agua-tierra-fuego), y maléficos como la sequía (tierra). Los aztecas también eran politeístas y tenían un dios supremo o creador llamado Teotl,  Quetzacoalt, era el dios del aire y lo representaban con la imagen de la serpiente emplumada. El primer Inca es Manco-Capac, considerado hijo del sol (fuego), del cual recibió el Inti y el bastón de oro que al clavarse en el suelo indicaba el lugar en donde debía fundarse la capital. El Inca Garcilaso dice que el sol apiadándose de los hombres y queriendo sacarlos de su estado salvaje, envió una pareja formada por Manco-Capac y Mama Ocllo, salieron del lago de Titicaca hasta llegar a la sierra en donde se hundió en la tierra el bastón de oro. Así nació el Cuzco. Por su parte, la cultura China en su dinastía más antigua, la Dinastía Chang, tenía por dioses a las fuerzas de la naturaleza a quienes ofrecían sacrificios humanos; de igual manera, los egipcios veneraron el disco solar.

Es por tal motivo que puedo plantear que los cuatro elementos constituyen un tejido de imágenes fundamental en las construcciones socioculturales y en los imaginarios simbólicos de las civilizaciones antiguas. Dadas las propiedades del agua, en gran parte de las mitologías, se le considera como el mantenedor de la vida que circula a través de toda la naturaleza en forma de lluvia, sabia, leche o sangre. En “El Chac Mool” constituye un símbolo con diferentes acepciones isomórficas; por tal motivo, es uno de los elementos fundamentales para el análisis hermenéutico simbólico.

La obra de Carlos Fuentes inicia introduciendo uno de los cuatro elementos: el agua:“Hace poco tiempo. Filiberto murió ahogado en Acapulco”. El psiquismo hidratante plantea que bajo las imágenes superficiales del agua existen una serie de simbologías cada vez más profundas y complejas, el agua como sustancia de ensoñación es definida por la psicología de la imagen material como un elemento más femenino y uniforme en comparación con el fuego. De esta forma, el símbolo presentado en “El Chac Mool” hace alusión al agua como elemento de desmejoramiento, es decir, el agua como generadora de muerte. Este elemento natural, siguiendo a Gastón Bachelard (1993), posee una potencia maternal debido a su simbología femenina, por lo que se puede interpretar la muerte de Filiberto como el volver al seno de la madre; al respecto Carl Gustav Jung (Citado por Gastón Bachelard, 1993), plantea que “el muerto es devuelto a la madre para que lo vuelva a parir”; por ende, la muerte en las aguas, siguiendo a Bachelard, es para esta ensoñación la más maternal de las muertes. El deseo del hombre según Jung “es que las sombrías aguas de la muerte se conviertan en las aguas de la vida, que la muerte y su frío abrazo sean el regazo materno”.

Esta concepción filial del elemento natural se identifica con la creencia mítica de las culturas antiguas en la que se plantea la creación del ser humano por parte de los dioses, de ahí que se requiera volver al progenitor (agua) para obtener nueva vida: “Filiberto esperaba, muy pálido dentro de su caja, a que saliera el camión matutino de la terminal, y pasó acompañado de huacales y fardos la primera noche de su nueva vida”.

Siguiendo la simbología de este elemento natural, se presenta también con una variante de sentido: “en la escuela, se iban a forjar las amistades duraderas en cuya compañía cruzaríamos el mar bravío”; el mar bravío se presenta con una acepción de peligro; simbolizando esta imagen, Bachelard (1993) plantea desde la Estética de la Natación que “el salto en el mar reaviva, más que otro acontecimiento físico, los ecos de una iniciación hostil”, de ahí el carácter isomórfico de la imagen hídrica.

Por otro lado, la sangre también se simboliza en la obra: “el desleal vendedor la ha embarrado salsa de tomate en la barriga al ídolo para convencer a los turistas de la sangrienta autenticidad de la escultura”, esta imagen de inversión por conversión por cambio de función, que perteneciente al Régimen Nocturno planteado por Gilbert Durand, asimila la salsa de tomate a la sangre por sus propiedades físicas similares.

La sangre referencia una potencialidad materna porque está formada por plasma y éste a su vez está compuesto por agua, de ahí que la sangre simbolice también esa fuerza originaria germinal, derivada del elemento agua; además, la sangre se presenta como una imagen olfativa, “allí se concentra ese olor a incienso y a sangre que ha penetrado toda la casa”; de esta forma, el característico olor de la sangre refuerza la presencia del Chac Mool y hace evocar los rituales de sacrificio prehispánicos.

Debido a lo anterior, el Chac Mool inicia su proceso de antropomorfización, porque tiene su primer contacto con el elemento vital; así, se establece la unión elemental: sangre-agua – tierra-piedra, relación que alcanza su máximo poder vivificador al fusionarse con el fuego (luz-sol). La Antropomorfización se da en el cuento como una caracterización generada a través de la metamorfosis de la estatuilla de tamaño natural, convirtiéndose así el Chac Mool en un dios-humano. El cambio le permite manejar mejor sus poderes de dios hecho hombre, un ser con deseos y necesidades, vanidoso, que quiere ocultar sus arrugas, con el anhelo de parecer diferente a lo que es, de ahí el barniz, el lápiz labial y el pelo teñido. Como expresa Juan Eduardo Cirlot  en su Diccionario de Símbolos (1994), todas las transformaciones tienen algo misterioso y a la vez vergonzoso, el ocultar tiende a renovar, sin dejar de ser.

Sin embargo, el Chac Mool no sólo tiene contacto con el elemento agua desde la identidad sanguínea, dado que “el agua… corrió por el piso y llegó hasta el sótano”, así, en el sótano, lugar donde se encuentra el Chac Mool, se da la fusión originaria de los elementos. Desde esta perspectiva, el agua se carga de potencias originarias; al respecto, Bachelard (1993) plantea que “el agua hincha los gérmenes y hace surgir las fuentes”, fuentes que son vida, “el agua es una materia que por todas partes vemos nacer y crecer”, de ahí que el agua unida a la tierra o al fuego, produzca la formación del germen de vida de la deidad hispánica de la lluvia y el trueno.

Por su parte, el vino es otra sustancia compuesta de agua presente en la obra, “los vinos en la bodega se están acabando”, es una bebida alcohólica elaborada por fermentación del jugo, fresco o concentrado, de frutas o bayas. El vino tuvo gran importancia para las civilizaciones griega y romana, los griegos introdujeron viñas y produjeron vino en sus colonias del sur de Italia, y los romanos practicaron más tarde la viticultura en todo su imperio. A partir de la similitud física establecida entre el vino y la sangre y su origen hídrico, puedo plantear que al beber el vino, el Chac Mool asimila el líquido necesario para seguir viviendo, de ahí que el vino también posea esa característica germinal originaria.

Desde esta perspectiva, el fuego (luz-sol), también es un elemento simbolizante en la obra: “estas figuras necesitan sol vertical y fogoso”; Se podría decir que el uso del fuego se desarrolló en cuatro etapas. Primero fue la observación de las fuentes naturales del fuego, como los volcanes o los árboles ardiendo por la acción de los rayos. En una segunda etapa los seres humanos conseguían el fuego de sus fuentes naturales y lo empleaban para calentarse, como iluminación y como protección frente a los depredadores. Más tarde aprendieron a hacer fuego cada vez que lo necesitaban y finalmente llegaron a controlarlo para usos como la fundición de metales, cocción de cerámica y otras aplicaciones que supusieron nuevos avances y tecnologías para hacer la vida más confortable. Por tanto, el uso y mantenimiento del fuego ha sido un factor decisivo en el fin del nomadismo y en el desarrollo de las instituciones sociales y políticas en el marco de una sociedad y cultura.

Teniendo en cuenta lo anterior, el fuego ha adquirido diferentes acepciones simbólicas: sabiduría, sexualidad, pureza, vida, calidez, destrucción, entre otras; por tal motivo, este elemento vital originario contribuye a la antropomorfización del Chac Mool, debido a su poder energizante.

Los elementos objetuales o la simbología objetual
La hermenéutica simbólica y la fenomenología de la imaginación ha otorgado una serie de acepciones a los diferentes objetos presentes en la existencia y en las relaciones del ser humano; de tal forma, elementos, espacios y compuestos como el ataúd, la sal, la casa, la lámpara, la puerta, las llaves, entre otros, constituyen imágenes con simbologías importantes en la obra de Carlos Fuentes.

La imagen del ataúd, sarcófago o caja, porta también una simbología interesante, “Filiberto esperaba, muy pálido en su caja… contraté una camioneta para llevar el féretro de Filiberto”; ataúd, sarcófago o “morada de los muertos” procede del griego y significa “que come muertos”, debido a la piedra caliza que usaban los antiguos griegos de Asia Menor para construir los féretros, la cual, según se dice, tenía la propiedad de destruir el cuerpo del difunto, a excepción de los dientes, en un periodo de cuarenta días; tiempo después fueron construidos en metal y en madera, principalmente, materiales usados también en la actualidad.

Esta imagen referencia una potencia maternal; al respecto X. B. Saintine (Citado por Gastón Bachelard, 1993), analizó la importancia primordial del culto a los árboles y relaciona estas prácticas con el culto a los muertos, señala que hacia 1560 unos obreros holandeses encontraron, en un terreno del Zuiderzée, troncos de árboles petrificados que habían sido habitados por seres humanos, cuyos restos conservaban; debido a esta especial asimilación simbólica: ser humano-árbol, Bachelard (1993) plantea que “desde su nacimiento, el hombre estaba consagrado a un vegetal, tenia su árbol personal. Era necesario que la muerte tuviera la misma protección que la vida”; de esta forma, al morir el ser humano y al ser introducido en el ataúd, vuelve a su seno vegetal de intimidad maternal y protectora. Por tanto, Filiberto en la caja vuelve a su seno vegetal maternal, simbología que refuerza el deseo mítico de volver al bienestar originario.

Esta imagen: ataúd-madera-árbol, involucra los elementos naturales, tanto el agua como el fuego (sol) y la tierra aportan al crecimiento y al desarrollo del árbol, de ahí que el ataúd posea la energía poderosa de los elementos y pueda así servir de réplica de morada protectora.

Otra imagen portadora de especial simbología es la sal, este compuesto mineral y químico, reductor de acidez, conservante y sazonador adquirió en diferentes culturas y civilizaciones acepciones como origen de vida, prestigio social, valía económica y mala suerte, “el chofer dijo que lo acomodáramos rápidamente en el toldo y lo cubriéramos con lonas, para que no se espantaran los pasajeros, y a ver si no le habíamos echado la sal al viaje”. Esta imagen se asocia al sentido de mala suerte que puede tener el transportar un cadáver, así, la sal no es el elemento de vida ni el factor de prestigio social, sino que se carga simbólicamente de maldad.

También, es necesario plantear que la sal se puede extraer de la tierra u obtenerla del mar por evaporación (sal marina) y hay muchas reservas naturales en el mundo. La sal de roca se produce por un proceso similar a la sal marina. Se purifica hirviendo y cristalizando la salina en diversos grados de finura para producir sal de mesa o de cocina. De ahí la estrecha relación de este compuesto con los elementos originarios naturales.

Por otra parte, la imagen olfativa del incienso también responde a una simbología especial, “el cuarto olía a horror a incienso y a sangre”; el incienso es un material, compuesto por lo común de especias y resinas aromáticas, que al quemarse desprende un humo perfumado. El término se utiliza también para describir cualquier humo perfumado. Sus ingredientes son olíbano, estoraque, benjuí y corteza, combinados en diversas proporciones. Otras sustancias que se utilizan en el incienso son bálsamo, canela, mirra, sándalo y almizcle. La quema de incienso ha sido un rasgo de las ceremonias religiosas del sacrificio desde tiempos remotos. Aparece mencionado en una tableta grabada colocada en la esfinge en Gizeh, Egipto, hacia el año 1530 a.C. El incienso fue utilizado en los ritos de la religión judía primitiva y más tarde por los romanos, en ceremonias religiosas y ceremonias oficiales. Por ende, desde esta imagen olfativa, al igual que la de la sangre, se refuerza la presencia de la deidad.

Otro de los elementos objetuales que simboliza sentidos especiales es la lámpara o foco de luz “el comerciante tenía un foco que iluminaba verticalmente a la escultura, recortando todas sus aristas y dando una expresión mas amable. Habrá que seguir su ejemplo”; la lámpara es un dispositivo empleado para la iluminación artificial. Las primeras formas de lámpara eran palos ardientes o recipientes llenos de brasas. Luego se utilizaron para alumbrar antorchas de larga duración, formadas por haces de ramas o astillas de madera resinosa, atados y empapados en sebo o aceite para mejorar sus cualidades de combustión. La lámpara, para Bachelard, vela y por tanto vigila, cuanto más estrecho es el hilo de luz, más penetrable es la vigilancia, la lámpara es el símbolo de una gran espera, así, la luz no sólo es la representación del fuego, necesario para la antropomorfización del Chac Mool, sino el símbolo de la espera de dicho evento.

La puerta y sus accesorios, llaves, cerraduras, también son imágenes que simbolizan acepciones especiales, “toqué varias veces a su puerta y como no me contestó, me atreví a entrar”; la puerta es el elemento arquitectónico que permite el paso entre dos espacios separados por algún tipo de cerramiento. La amplitud de esta definición explica la enorme variedad de puertas conocidas, desde la puerta corriente que separa espacios interiores cerrados, pasando por la gran puerta principal de un edificio hasta llegar a la puerta monumental que da paso a una ciudad histórica o a la humilde puerta que separa dos predios rústicos.

Teniendo en cuenta lo expresado anteriormente, cada elemento de la puerta, color, material, posición, simboliza sentidos especiales; la puerta es el objeto que impide o posibilita acceder a un espacio, la habitación donde esta el Chac Mool,  como elemento mediatizador puede permitir el paso al temor, la sombra, los miedos, lo oscuro o puede encerrarlos, si es la de sótano; o también, puede permitir el paso al recuero, la tranquilidad, la soledad o puede encerrarlos, si es la de la habitación.

La llave, por su parte, es una pieza pequeña que encaja en un espacio cortado en dos componentes o piezas adyacentes, y que sirve para unirlas. Este elemento objetual se complementa con la puerta –y también con el cajón, el cofre, el armario-, es la que hace que la puerta permita o no el paso a los espacios y los secretos; quien tiene la llave tiene el poder de abrir la puerta y encontrar lo que guarda el espacio: sorpresas, miedos o secretos.

De la misma forma, la casa presenta una especial y compleja simbología, es el primer universo que expresa valores de intimidad del espacio interior, simboliza un cuerpo de imágenes de enraizamiento en un rincón del mundo, “pero yo no puedo dejar este caserón. … Es la única herencia y recuerdo de mis padres”; por tanto, la casa como el fuego y el agua permite evocar fulgores de ensoñación que iluminan la síntesis de lo inmemorial y del recuerdo, la vida empieza bien, encerrada, protegida, toda tibia en el regazo de la casa. Según Bachelard (1993b) los lazos antropocósmicos hacen sentir el primer apego al universo de la casa, permiten evocar funciones de ensoñación del recuerdo y protege al soñador; de esta forma, la casa es una gran cuna que permite soñar en paz.

Debido a lo anterior, la casa es para Filiberto su universo primario, de ahí, que retorne después de su muerte al hogar; la figura del retorno o viaje no se identifica con la imagen del funeral por el viaje sobre agua, desarrollado por Bachelard en su Complejo de Caronte y Complejo de Ofelia, en este caso, el viaje de retorno será sobre tierra: “contraté una camioneta para llevar el féretro a casa de Filiberto”.

La figura de la casa presenta una dicotomía debido a su característica de verticalidad, “la casa es imaginada como un ser vertical. Se eleva” (Bachelard, 1993), así, la casa de Filiberto representa un arriba y un abajo, arriba está la luz y abajo la oscuridad. El sótano, abajo, es habilitado para ubicar la estatua, es un lugar cerrado, oscuro, opresivo, que esconde los miedos y temores, es la parte oscura del ser, “el sótano se considera sin duda útil. Se racionalizará enumerando sus ventajas. Pero es ante todo el ser oscuro de la casa, el ser que participa de los poderes subterráneos. Soñando con él nos acercamos a la irracionalidad de lo profundo. … En el sótano se mueven los seres más lentos, menos vivos, más misteriosos” (Bachelard, 1993).

Pero, las circunstancias van dándose y modifican la posición, Filiberto sube al Chac Mool a su habitación y pasa a la sala, “los primeros días bajó a dormir al sótano; desde ayer lo hace en mi cama”, el Chac va tomando poco a poco la casa y Filiberto desciende en forma paulatina; cuando Filiberto es traído de Acapulco muerto, es llevado al sótano, donde termina su viaje de retorno, así ordena la deidad humanizada, confirmando su condición de poder omnipresente. Por tanto, se da una imagen de doble direccionalidad porque mientras el Chac Mool asciende, Filiberto cae a la sombra.

En este contexto, puedo plantear una identidad simbólica entre la función protectora de la casa y el sentido de intimidad material y protectora del ataúd, así, el primer universo simbólico en la vida es la casa, y en la muerte el ataúd, que retorna a la casa originaria como segundo protector.

Un espacio importante que aparece en la obra y que hace parte de la casa es la cocina: “amanecí con la tubería descompuesta. Incauto, dejé correr el agua de la cocina y se desbordó, corrió por el piso y llegó hasta el sótano, sin que yo me percatara”; es significativo que el agua que diera vida al Chac Mool proviniera de este lugar; en la cocina, como espacio de preparación de alimentos, se realiza un ritual nutritivo, y es el agua y el fuego los medios por los cuales se realiza la cocción, de ahí que el agua de este lugar porte también un carácter simbólico más nutritivo –la simbología el agua de la cocina no es la misma que la del baño, por ejemplo-, que se refuerza desde la imagen de la cocina y que da vida al Chac Mool.

Otro espacio significativo en la simbología de la casa es la azotea: “pero Chac Mool ha descubierto una fuente pública a dos cuadras de aquí; todos los días hago diez o doce viajes por agua, y él me observa desde la azotea”; la azotea es una plataforma en el tejado de la casa y por tender hacia el tejado dice enseguida su razón de ser, siguiendo a Bachelard, se plantea que la inclinación hacia el tejado hace todos los pensamientos claros, de ahí que el Chac Mool quiera vigilar a Filiberto porque sabe que este huirá de su lado, posee con ello claridad de la situación, “dice que si intento huir me fulminará”.

La habitación se presenta como un lugar especial dentro de la casa, “no había vuelto a ver la recamara desde el día en que la estatua trató de atacarme; está en ruinas, y allí se concentra ese olor  a incienso y sangre que ha penetrado la casa”, de esta manera, el Chac Mool apoderándose de la habitación de Filiberto, la ha convertido en su albergue de soledad, en su rincón de los recuerdos, de ahí que sea este lugar su espacio predilecto de casa.

Por último, La escalera juega también un papel relevante en el tejido simbólico de la obra de Fuentes, “pero hace poco, en la oscuridad, me topé (Filiberto) con él (Chac Mool) en la escalera”, así, la escalera que va al sótano se baja siempre, es el descenso lo que caracteriza su onirismo; por su parte, como plantea Bachelard “la escalera que lleva al cuarto se sube y se baja. Es una vía más trivial. Es más familiar”. La escalera del desván, más empinada, más tosca, se sube siempre. Tiene el símbolo de la ascensión hacia la soledad más tranquila. Por ende, tanto las escaleras  del sótano, como las de la habitación y la azotea, serán los medios por los cuales acceden a los diferentes espacios Filiberto y el Chac Mool, lugares de ensoñación, soledad, misterio, miedo y recuerdo.

Realizada esta aproximación interpretativa por las diferentes simbologías de algunas de las imágenes y elementos de la obra de Carlos Fuentes, “El Chac Mool”, concluyo que esta creación literaria es portadora de multiplicidad de redes simbólicas y acepciones que no agota la propuesta estética e ideológica de obra sino que la enriquece como construcción simbólica que es. La obra de Carlos Fuentes integra una serie de imágenes y elementos que aportan en forma significativa a las interpretaciones desde la hermenéutica simbólica y la mitocrítica; de esta manera, se construyen otros horizontes críticos de análisis que tienden a comprender la superestructura discursiva del fenómeno cultural a partir de la infraestructura mítica profunda, y las redes simbólicas, encontrando así, como plantea Luis Garagalza, “las orientaciones míticas que soterrada o inconscientemente rigen la configuración de las creaciones culturales.”

Bibliografía de referencia
Bachelard, Gastón. (1993). El agua y los sueños. Breviarios. Fondo de Cultura Económica. Bogotá.
Bachelard, Gastón. (1993b). La Poética del Espacio. Breviarios. Fondo de Cultura Económica. Bogotá.
Garagalza, Luis. El mito y su interpretación. Mitocrítica y Mitoanálisis. La interpretación de los símbolos. Anthropos.

3 comentarios

Una verdadera venganza de los antepasados Mayas (No Aztecas como lo mencionas en tu análisis) al Mexicano contemporáneo, precisamente por la ignorancia de Filiberto ante sus propias raíces.

Una lección vigente para todos nosotros, los Mexicanos.

Por Manuel Martín del Campo el día 30/06/2014 a las 3:26. Responder #

Para repasar

Por jose el día 15/10/2012 a las 12:06. Responder #

quien le abre la puerta a pepe? y como interpreta el final?

Por marcos el día 21/05/2012 a las 22:28. Responder #

Comentar

Requerido.

Requerido.





subir ▴