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Igualdad y algo más

por Raúl Simón Eléxpuru
Artículo publicado el 18/06/2026

Sin ánimo de hablar de política contingente, desarrollo aquí algunas ideas en torno a las realidades sociales que caracterizan nuestro tercer mundo.

Sabemos que las personas son desiguales en muchos aspectos; sin embargo, la igualdad ha sido una aspiración muy sentida por ciertos grupos que podríamos llamar ―y que se llaman a sí mismos― “progresistas”. En Chile hasta hubo en el siglo XIX una Sociedad de la Igualdad, fundada por el ideólogo Francisco Bilbao.

Cabe entonces preguntarse: ¿en qué difieren los hombres―y mujeres―, y en qué pueden (y quizá deben) ser iguales?

El siglo XIX, a través de sus luchas sociales, respondió a esta pregunta de una manera que ha terminado por ser aceptada en todo el mundo democrático: los hombres son iguales en su derecho a satisfacer las necesidades que dimanan de su común naturaleza. Este derecho, pormenorizado, se descompone en: derecho al alimento, al techo y al abrigo (lo que puede englobarse bajo el derecho más amplio de propiedad); el derecho a formar una familia; el derecho a ejercer un oficio dignamente remunerado; el derecho a opinar en los asuntos que atañen a todos. (Y yo añadiría: el derecho a buscar la verdad.) Junto a los derechos del adulto están los del niño, que también han sido codificados por las Naciones Unidas.

Por otro lado, los hombres difieren en su capacidad para satisfacer las mencionadas necesidades; es decir, en sus atributos físicos, intelectuales y caracterológicos. Estos no se pueden alterar, ni siquiera por medio de la educación. Pero lo que sí puede y debe asegurar la sociedad es que todos, sin importar la limitación de sus capacidades, encuentren un lugar en ella para desenvolverse. El precio de no cumplir con este deber es la ausencia de paz social.

Esta es la igualdad que persiguen desde el siglo XIX los grupos progresistas; no una igualación de todos con todos, como quieren hacer creer sus enemigos. A estas alturas debería estar claro que los enemigos de la igualdad son los partidarios del privilegio; en último término, de una sociedad estamental o de castas, donde la adscripción a una de éstas determina finalmente el valor de una persona como ser humano, y cuánto le debe la sociedad.

Estas personas suelen objetar a la búsqueda de la igualdad que hemos descrito aquí ―que podemos llamar “igualdad de los derechos humanos”― el hecho (verdadero pero improcedente) de que los hombres nacen distintos. “Siempre habrá”, se dice, “unos más capaces que otros; es injusto impedirles que sobresalgan.” La falacia consiste en que, donde ellos dicen “capaces”, debe leerse “rapaces”.

En Sudamérica aún venimos saliendo de una sociedad estamental, sin verdadera igualdad. Es por ello, por razones culturales, que aquí se malinterpreta tan a menudo esta palabra (junto con su compañera, “democracia”).

Por otra parte, el socialismo ha caído ―no como ideal social, sino como ideología y sistema de una potencia mundial desaparecida ―. Por esta razón, algunas personas del “otro bando” creen innecesario ocuparse más de él. Sin embargo, precisamente ahora disponemos de una mayor perspectiva para juzgar a este fenómeno sociopolítico con ecuanimidad.

Durante la guerra fría, los EUA, autoasignándose el papel de adalides del capitalismo, se dedicaron a combatir la influencia socialista en el mundo por varios medios, entre ellos el dinero (Plan Marshall) y la propaganda (Radio Free Europe). En este último caso, el caballo de batalla era el manido argumento de la “libertad”.

Este argumento encontraba eco en los países del Este de Europa; no así en el Tercer Mundo, donde las masas no gozaban de libertad ― ni económica ni de ninguna especie― bajo regímenes no precisamente socialistas, sino feudales bajo apariencias de democracia, y donde el problema de fondo y más sentido por la población era el de la desigualdad social. En esta parte del mundo, donde el capitalismo era aún una novedad, la labor de los partidos de izquierda era ―o debió haber sido― una lucha contra los restos de explotación feudal. En los lugares en que esto fue así, el pueblo los vio como sus defensores, y las críticas de origen yanqui ―hechas en nombre de una “libertad” desconocida para ellos― no pudieron hacerles mella. En realidad, podemos decir que, para los pobres de América Latina, Africa y Asia, la polémica ideológica entre socialismo y capitalismo ― con “El Capital” de un lado y Adam Smith del otro― pasó por encima de sus cabezas. Ellos sólo veían al amo inmediato que los oprimía, y a un grupo de “agitadores” que los hacían conscientes de sus derechos.

Al revisar estos hechos, nos topamos entonces con la conocida paradoja del “triunfo” del socialismo, no en países “maduros” para él (como los industrializados), sino en aquéllos donde el capitalismo era de implantación reciente, o inexistente. En estos países, en nombre de un socialismo aún muy lejano, se combatió en realidad a la sociedad feudal tradicional (quizá con la idea de “saltarse” la etapa capitalista; la historia ha demostrado, sin embargo, que es imposible saltarse etapas).

Por otro lado, los adversarios del comunismo, en su afán por combatirlo donde se hallara, se encontraron haciendo causa común con los elementos más reaccionarios del Tercer Mundo. (Semejante situación se dio también en la segunda guerra mundial, cuando muchos sectores burgueses y clericales no temieron unirse a los nazis por miedo al comunismo.) Por esta razón, las exhortaciones norteamericanas a la “democracia” carecieron de toda efectividad.

Ninguno de los dos bandos en pugna parece haberse percatado de que sus pretensiones eran interpretadas de otra manera en el Tercer Mundo, donde el verdadero problema era y sigue siendo encontrar un camino propio hacia la independencia y justicia social.

Raúl Simón Eléxpuru
Artículo publicado el 18/06/2026

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