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Elogio de Guadalupe a la Historia del Arte

por Gonzalo Maire
Artículo publicado el 09/10/2026

El 21 de agosto de 2026, Guadalupe Leonor Victoria Álvarez de Araya Cid ha fallecido.
Y con ello, quizás, una de las defensas más honestas, leales y rigurosas de la Historia del Arte en el contexto nacional. Fue ésa una lucha consigo misma y con el medio académico que se extendió por décadas: la interrogación por la autenticidad, el sentido de validez, la urgencia de asentar un tipo de discernimiento epistemológico que, para ella, fue vital: qué es la Historia del Arte, cómo se hace Historia del Arte y por qué no debe ser nunca confundida, ni menos trasvasijada, en la teoría del Arte o la Estética.

Un lector atento de la obra de Guadalupe podrá identificar, sin duda, el conjunto de temas y problemas que configuraron su trayectoria docente y como investigadora, en torno a la Historia del Arte latinoamericano. Pero, es también manifiesto que estos asuntos iban de la mano con poner en crítica –que nunca fue otra cosa, creo yo, que el intento por la clarificación de ámbitos de producción de saberes, prácticas de ingreso a problemáticas y objetos, y una afirmación y dignificación– del lugar esa Historia del Arte como disciplina.

Parafraseando un entrecruce de ideas, allá por el 2010, tal vez, ella me dijo: “la Teoría del Arte no es una disciplina: es un conjunto de textos, autores, abordajes –muchos provenientes de la Filosofía– que teorizan el Arte; la Estética es una disciplina con sus propios problemas, enfoques y métodos; y la Historia del Arte es otra disciplina con su historia, su naturaleza, su identidad”.

El elogio de Guadalupe a la Historia del Arte fue su estatuto disciplinar; la irrestricta demanda y exigencia a su estudio como práctica: un orden disciplinar que se hace cargo del fenómeno artístico, no sólo de las obras, los artistas, los estilos; allí también cabía la crítica de Arte, las instituciones (museos, galerías, bienales), los mercados, el tráfico ilícito de obras, en fin, toda esa trama compleja de superficies, regímenes discursivos, soportes materiales o intangibles, en que se establece el objeto de lo artístico.
Todo eso era el ámbito de la Historia del Arte; era el mundo que ella invitaba a estudiar, a hacer hablar por sí mismo.

Guadalupe afirmó ese compromiso con la Historia del Arte siempre desde la conciencia del archivo; he allí, si se quiere, su enseñanza. La práctica de la Historia del Arte guarda una función fundamental con el uso inexorable y sincero del documento histórico, las fuentes; es decir, en la contribución que da su descubrimiento y estudio para una comunidad, en tanto el acceso privilegiado al lugar de la “verdad” disciplinar, la restitución de una soberanía.

Las fuentes, los archivos, los documentos, los vestigios, el pasado como objeto; todo eso fue el alma de las clases de Guadalupe, su exigencia formativa, su singularidad intelectual.

Pero, todo elogio implica asumir –para uno, en la soledad– el difícil propósito de labrar ese lugar querido, que no existe; es patalear, gritar, discutir, decepcionarse, llorar, caer y volver a retomar aquello en que se cree por convicción. Y Guadalupe fue recta y metódica, noble y muy generosa: en su mirada siempre mantuvo esa jovialidad y porfía, la investidura de una gigantesca académica al servicio de la Historia del Arte.

Así fue la vida de la Dra. Guadalupe Álvarez de Araya Cid, profesora y formadora de tantas generaciones de estudiantes que jamás la olvidarán; y de tantos otros que lloran y llorarán por siempre en el intervalo que dejan las palabras, sus palabras.

Gonzalo Maire
Texto publicado el 09/10/2026

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