Resumen
El hecho educativo debe desenvolverse dentro de un proceso intersubjetivo, en donde los educandos abren sus expectativas intelectuales y valóricas dentro de un espacio dialógico de aceptación cordial. Este concepto se superpone al desarrollo tecnocrático o especializado para encontrar un lenguaje común, lejos de la intolerancia y el aislamiento del ser en sí mismo.
Aquí el problema, del que rehúye una educación normativa y homogeneizante, se ve permeado por una posibilidad cierta de cambio y resolución. Para ello propone basarse en el concepto de educación laica como eje de aperturas y posiciones divergentes que encuentran un propósito común: formar ciudadanos libres y dispuestos a trabajar por el bien de la mayoría.
Introducción
Los educadores estamos constantemente imbuidos en reflexiones acerca de nuestras prácticas y sus posibilidades de perfeccionamiento en conjunción con una conciencia práctica. Esta es a su vez, fruto de una experiencia palpable como interpretativa acerca del acto de educar. Esta manera de pensar como hacer, es lo que denomino conciencia didáctica. Ahora, hay una segunda tarea que es menester realizar para poder alimentar a este tipo de conciencia: pensar la educación y sus propósitos dentro de una vivencia temporal multicultural y post- política ideológica, que resiste a inmortalizarse en una propuesta unificante de unos pocos y que se levanta a través de nuevos consensos .Estos son parte de una ciudadanía que se reconoce como un bien necesario para quién adopta un afán de poder, limitando en éste el actuar despótico justificado en la ignorancia del interlocutor.
Definiciones hay tantas como pensadores que han elaborado su propia interpretación del hecho educativo. Algunos autores, pensaron la educación como un proceso de transmisión de cultura y saberes, un saber que se debe poner en práctica para la mantención y desarrollo de la especie; mientras otros, desde una visión de la sociedad como fenómeno, como una manera de …hacer prevalecer la sociabilidad sobre la personalidad (1). Siendo esta definición positivista y cercana a las visiones decimonónicas del educar, es aún plausible encontrarla como práctica dentro de algunas instituciones educativas, teniendo especial visibilidad en aquellas que atienden a escolares alejados de los bienes de justicia y de gratuidad (2).
Pensar en educación para muchos es hoy en día —dentro de una etimología tecnocrática— visualizar un modelo, un conjunto de estrategias y prácticas metodológicas cuyo objetivo es crear competencias intelectivas. Éstas deben manifestarse en un hacer social, evidenciándose en la práctica comunitaria del educado una coherencia más o menos lógica de lo aprendido con su acción. Es aquí donde la proveniencia escolar se transforma en antecedente para posteriores juicios acerca del sujeto puesto en una postura crítica.
Entonces, es propósito de este breve ensayo posicionar la discusión acerca de la posibilidad de desarrollar efectivamente una formación ética y moral en los establecimientos educacionales dentro de un prisma que busca regularidades y cuestiona lo divergente, ya sea en los resultados de las acciones ejecutadas por un grupo de individuos en su interacción social, como en la evaluación sistemática de habilidades y conocimientos adquiridos.
Por ultimo, es importante destacar que el principal ingrediente en la redacción de este escrito, es la experiencia obtenida en mis años de docencia. Este tiempo de acciones pedagógicas, de metodologías y estrategias, se reúne en este ensayo con la intersubjetividad, con la rica experiencia humana y sus proyectos de vida buena, de manera reflexiva y acotada a márgenes temporales que se someten a revisión.
Visión acerca de la ética en las escuelas
Quiero comenzar este apartado haciendo una reflexión basada en mi experiencia en torno a la ética, su tratado y sentir desde una ética de máximos, aquella búsqueda de la vida buena que es también un reconocimiento del otro en una reflexión que pasa por el corazón antes de convertirse asimismo en una acción cordial. El corazón como articulador, en unión con la tolerancia y el argumento, fijan los espacios de esparcimiento relacional. Es un modelo humano porque se forja en la cotidianeidad; cambiante, intersubjetivo y lejano al diseño tecnocrático y especializado del cual la mayoría somos espectadores.
Hoy en día en educación, los modelos técnicos comienzan poco a poco a ser cuestionados por los estudiantes, quienes requieren una fundamentación ética del existir más que una asignación funcional temprana a una sociedad que enfrenta en ocasiones con apatía, en otras con violencia explicita esta negación. El saber hacer queda sin sustento al no concretarse una formación del saber por qué, el cual es un saber ético imprescindible para distinguir que la abundancia en el vivir viene de la mano de una ética mínima universal. Mientras que ese saber actuar en comunidad al que aspiramos y el que deseamos para nuestros estudiantes, es un saber moral.
En nuestro actuar como educadores, la gran propuesta educativa en torno a la ética expresada en los Objetivos Fundamentales Transversales, viene a ser aprehendida como una tarea engorrosa por parte de algunas instituciones educativas que rehuyen la reflexión profunda de estos temas, transformando paradójicamente lo transversal en un acuerdo unilateral en base a un “se debe hacer”.
Entonces, esta exclusión del acuerdo y el levantamiento de una norma unívoca, prohíbe pensar una moral escolar que toma como piedra angular un sentir inclusivo, es decir, una “moral vivida en el tránsito” de quienes componen la comunidad, en condiciones de diálogo que lleven a resolver aquél conflicto bajo una necesidad intersubjetiva recíprocamente reconocida, la cuál sienta a dos o más interlocutores en un plano objetivo de resolución.
La diferenciación que hace el profesor Humberto Giannini entre conversación y diálogo es muy útil para ahondar en este tema, debido a las confusiones que surgen al sinonimizar ambos términos. Mientras la conversación es referente de la gratuidad; el diálogo lo es de exigencia no impositiva, es decir, un deber que nos abre el conocimiento del otro como una oportunidad para validarlo. En palabras del profesor Giannini (3), son respectivamente.
…“la conversación, siempre gratuita, libre, descomprometida, regida básicamente por el principio del placer”.
El dialogo es convocado, en cambio, a raíz de un problema que se percibe en una tarea común en el que hay intereses o ideales comprometidos amenazados. Representa una suerte de epojé práctica, un paréntesis provisorio, a fin de superar el conflicto y alcanzar un acuerdo.”
Es claro entonces que las posibilidades de diálogo están muy alejadas de posiciones asimétricas, en donde uno es el que diseña las políticas de convivencia y el otro las acepta. Tomando las palabras de Adela Cortina, esta sería una posición descentrada de una ética cordial y compasiva, teniendo como objetivo una actitud pasiva no opinante.
En el ámbito educacional, esta propuesta dialógica se ve en muchas ocasiones imposibilitada por el ejercicio normativo, entendido desde esta propuesta como una disciplina del saber, es decir, desde la propuesta que hace un adulto especialista en el conocer futuro. Este conocer pone en práctica medidas remediales contra el desconocimiento a través de la repetición sistemática de ese ser a alcanzar, un otro que representa los valores que fundaron en su momento la institución misma.
Una ética cordial y afectiva, en donde el argumento de la autoridad y el saber no se impongan al objetivo de formar personas sentientes de su alrededor, sean humanos o no, es necesaria para una pedagogía que durante siglos ha fijado su principal papel en el desarrollar habilidades intelectuales y sociales; postura jurídica que obliga a un superior a educar a un inferior por mandato supremo. Para romper con este cerco, es necesario pensar en una ética cívica pluralista que incluya a los educandos como ciudadanos opinantes y libres de disentir con el proyecto que los educadores les ofrecemos.
Para concluir, creo necesario atribuirle a este modelo pedagógico una última condición: una educación laica desde una ética laica. Esta a su vez es contraria al laicismo fundamentalista que niega cualquier visión cercana a la fe religiosa. Negar tajantemente este derecho es caer en aquello contra lo que se lucha; la imposición al saber y al sentir mediante la negación a una búsqueda de la trascendencia a través de la fe. La ética laica es la posibilidad cierta de un diálogo generoso, con riqueza de argumentos y riqueza de sentimientos, única forma de construir una ciudadanía que enfrenta sus errores pasados y construye un futuro asertivo.
Esta ética cívica entonces no puede ser ni religiosa ni laicista, sino que únicamente puede ser laica (4).
Conclusión
La experiencia humana es también una experiencia ética cordial, siendo condición ineludible para nuestra continuidad como especie. La perdida de la cordialidad, del uso del corazón en la reflexión, sólo sería una ética utilitarista en función de unos pocos y el abandono de muchos.
La educación como espejo del proyecto humano e institución que se erige como inclusiva y pluralista, debe sentar sus proyectos más allá de una ética institucional y llevar la reflexión a todos los integrantes de la comunidad como manera de construir una ciudadanía opinante e inclinada a un proyecto de vida buena. Aquí nace una ética máxima que se desprende de mínimos éticos universales que abren el camino de hombres y mujeres a un camino reflexivo.
Este derrotero será dialogado y consensuado mediante un lenguaje facilitador, progresivo en complejidad si todos los integrantes de dichas comunidades participan de tal construcción. Tal es el camino del educador cordial: un facilitador del lenguaje humano en un contexto de habilidades y destrezas, explicadas como forma de convivencia social y no como objetivos en si mismas.
Esta es una ética cívica, que nace por la acción de un individuo que reconoce a otro como interlocutor válido, transformando sus objetivos a los de una comunidad para la comunidad.
3 comentarios
Soy docente de Universidad de Sonora, en Hermosillo, Sonora, México.
Felicidades muy buen artículo.
Mtra. María Antonieta Castellanos Vázquez
Excelente trabajo estimado profesor.
Adolfo Pardo
Muchas gracias a ustedes por permitir realizar publicaciones a una cada vez más crítica y reflexiva ciudadanía, en la cuál me siento y veo identificado.