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Momentos culminantes del paradigma occidental en la conformación de Europa

por Álvaro Vogel
Artículo publicado el 12/07/2026

Álvaro Vogel Vallespir
Profesor e historiador

 

Nota preliminar
Occidente tiene una historia más que profunda con varios milenios de identidades y sincretismos, por ende, ha llegado a conformar sin duda alguna un paradigma duradero con una resistente coraza en ocasiones difícil de seguir moldeando. Se forjó mediante cientos de años, durante vastos intercambios sociales, con aportes de pensadores, líderes políticos, innumerables batallas, mitologías fantásticas, leyendas inusuales, creación de poleis inauditas y legados culturales que marcaron la pauta en la idiosincrasia y el sincretismo con el cual se fue fraguando. Con todo y a modo de homenaje, se formó también con vidas de personas anónimas y como diría Ginzburg con los que están abajo.

Por cierto, también aportaron a la formación de Europa la helenización griega, la romanización latina y algunos imperios que destacaron más allá de sus épocas, como el Carolingio, el Bizantino, la República Romana, el Sacro Imperio y el cristianismo.

En este artículo analizaremos cuatro episodios fundamentales en la historia de Europa que aportaron en su momento a la conformación del continente en cuestión. Estos momentum serán analizados desde sus fuentes primarias, aunque apoyados con referencias críticas. Partiremos con la era de la transición de la República al Imperio Romano bajo la mirada de Cayo Julio César Augusto en su fuente fundamental “Res Gestae Divi Augusti”; luego nos adentraremos en las Pandectas del emperador bizantino Justiniano I; este escrito se conoce popularmente como el “Digesto”. En un tercer momento estudiaremos la apasionante vida de Carlomagno en su documento principal, “La Vita Karoli Magni”, como creador de un nuevo orden europeo; culminaremos con la Querella de las investiduras entre los pontífices católicos y los reyes medievales bajo la óptica del “Concordato de Worms”. El viejo mundo es un espejo del concepto de historia, ya que es una síntesis multicausal de elementos culturales que han tejido un entramado de acontecimientos bien encadenados hasta el presente.

Hazañas del Divino Augusto.
Antes de analizar estas memorias escritas por el propio Augusto anterior a su muerte y -a modo de testamento político-, es patente mencionar de este primer emperador que es una personalidad de la inédita transición de la historia romana, ya que marcó el paso de la república al imperio. Si bien vivió en medio de dos eras (antes y después de Cristo), no tuvo ninguna relación directa con Jesús, salvo el edicto del censo que es mencionado en la Biblia, donde María y José concurren al conteo censal en Belén de Judea.

Augusto llegó al poder por medio de una guerra civil y posteriormente gobernó como emperador la friolera suma de 45 años, tiempo suficiente para asegurar la expansión territorial y la seguridad imperial. Sin embargo, su vida política se extendió durante 58 años, contando otros cargos. La extensión de su mandado fue fundamental para la creación del Res Gestae.

Vamos al Res Gestae. Si consideramos su larga vida política, el texto es breve pero significativo, pues deja para la posteridad la idea del imperio y sienta las bases para la conformación territorial de occidente, que más tarde serán acotadas por el emperador Diocleciano (durante la tetrarquía y comienzo de la división de Europa), quien sembró a su vez la semilla para el futuro Imperio Bizantino. El texto de Augusto no tiene dobles lecturas: dejó en claro su figura como forjador del régimen imperial. Por cierto, es un escrito lleno de autocomplacencia entendible que se encarga de resaltar su persona sobre las demás, “Avanzar sin miramientos”

La crónica de Augusto fue redactada por él mismo, como ya habíamos mencionado, y dejó expresamente ordenado que a su muerte debía ser publicada en dos pilares de bronce frente a su Mausoleo en Roma. El texto tiene un orden cronológico que va desde el asesinato de Julio César –su tío– ocurrido el 15 de marzo del año 44 antes de la era cristiana, hasta el año 12 después de Cristo. Todo el relato es personalizado y, al ser un lapso de tiempo extenso, los sucesos relatados fueron elegidos deliberadamente con pinzas. El Res Gestae tiene dos propósitos que marcarán la futura identidad europea: por un lado, un objetivo textual de grandeza y, por otro, un legado visual que marcará a fuego las futuras acciones de un imperio que llegó a dominar en la práctica el espacio europeo por completo conocido en ese entonces. El texto de Augusto fue en definitiva una selección de acciones que quería dejar como legado de la grandeza que puede llegar a poseer Roma más allá de una personalidad puntual.

La magnificencia y el lenguaje inmortalizados en las columnas que contienen el Res Gestae reflejan la unificación de los romanos de antaño y la esencia de los italianos que les siguen en la historia. Lógicamente, hay un componente ideológico propio de la época que apela a la Roma eterna y a la justificación autoritaria de Cayo Augusto. Dar a conocer sus aportes y logros va más allá del mérito: es un soporte para el concepto de romanización y deja de ser una mera divinización, aunque en el fondo lo sea. La tumba de Augusto en el Campo de Marte, el bronce de las columnas y la monumentalidad de la escena nos permiten inferir la perpetuación del mensaje, el sentido de unificación y el lema del imperio: “Avanzar”

Llegados a este punto, ¿cuál fue la importancia del mensaje de Augusto? Pues nada más y nada menos que sustentar un nuevo paradigma político, restaurar la república y comenzar el imperio incluyendo los contrapesos de la clase patricia. Él escogió las palabras, realizó la agrupación de ideas centrales y comenzó a propagar una romanización que tiene una ruta marcada y específica hasta el presente: el imperio universal de antaño, la separación de Occidente y Oriente con Diocleciano, Bizancio, Carlomagno, el Sacro Imperio Romano Germánico en la era de los Otones, los Zares Rusos, la gran guerra territorial de comienzos del siglo pasado y el orden mundial actual.

El mandato de Augusto es también la consolidación de la res publica, esta expresión latina que nos sitúa en los intereses del pueblo y los ciudadanos como parte de un ente que bien podría inspirar algunas ideas europeas de la modernidad en el liberalismo y su posterior asentamiento con la Revolución Francesa. Al final, la res publica sigue presente en los estados actuales.

Cuando Augusto en el Res Gestae hace mención a los antepasados de la república, está apelando al retorno de las tradiciones cívicas y morales de la ciudad; por ende, su mausoleo en el Campo de Marte es un punto de comunión neurálgica.

Finalmente, las memorias de Augusto eran para el público romano. Lo que él no sabía era el inmenso legado que iba a dejar Roma más allá de su derrumbe en Occidente (476 d. C.); sin embargo, siempre tuvo claro que su testimonio en primera persona era preciso: “quiero que me recuerden así”. El “recado”, en definitiva, es directo: acá comienza el Imperio Romano.

las Pandectas, “Corpus Luris Civilis”
Augusto y Justiniano tenían varias coincidencias: les interesaba el Imperio como un hilo conductor. El emperador de Constantinopla –hoy Estambul– es llamado en las fuentes como el “último romano”, quien se inspiraba en el pasado augusteo para resucitar la idea del imperio territorial. Justiniano era inteligente, tenía más capacidad intelectual que Augusto y fue formado en el rigor de los Balcanes –quizás el límite más claro entre Oriente y Occidente–; luego se asentó en Constantinopla.

Esta erudición lo llevó a compilar, una vez siendo ya emperador, todo el derecho romano existente hasta su época. El objetivo de Justiniano era fusionar la herencia romana con la ya consolidada tradición cristiana, que tenía una gran influencia en ese momento. Revisó y editó la obra de los juristas romanos, abordando tanto la ley como la jurisprudencia, ya que comprendía que ambas eran distintas, pero igualmente importantes. Justiniano asimiló que no tenían sentido las guerras con Oriente, pues los persas ostentaban un territorio vastísimo; en cambio, Europa era pequeña e influenciable, al igual que el norte de África, donde puso sus esfuerzos. Al final nos encontramos una vez más con la idea de unidad sustentada en el mandato de Augusto; por tanto, estamos frente al eterno esfuerzo por revivir el mundo romano. Casi mil años después, Pedro de Valdivia –en menor escala– quiso hacer lo mismo en el centro de Santiago cuando planificó los primeros trazados del damero, que no era más que un campamento militar romano. En situaciones como estas es donde se ve que el sincretismo quedó escrito en una piedra.

Justiniano restableció el derecho nada menos que en el corazón donde comenzó todo: en Italia (Roma). Con este hecho recupera una parte importante de Occidente. Le costó dinero y esfuerzo, pero, al final, “Todos los caminos conducen a Roma” es un hecho más que un dicho. La importancia del Digesto escapa a su época: es la base para la creación de las universidades del siglo XIII en el fin del Medioevo, y fue un soporte para la enseñanza del derecho, incluso del ámbito privado. Las Pandectas han sido traducidas muchas veces; en cada una de ellas se ve la evolución de la lengua castellana, lo que lo hace relevante en el presente, más que un ejercicio estéril de manosear intelectualmente una fuente.

El aporte de este emperador fue más que recopilar: fue otorgar un orden de nueve siglos. Ese es el fruto que Justiniano nos legó hasta nuestros días, el pensamiento jurídico de quienes ejercen la judicatura; pero a grandes rasgos era mantener la unidad europea en una empresa eterna, “la unidad del Imperio”, y recuperar Occidente en lo político y en la esfera jurídica. Las armas y sus fuerzas no bastaban para la unificación: era necesario el imperio de la ley. Para llevar a cabo su obra magna, fue escoltado por el eminente abogado bizantino Triboniano.

Triboniano, en el Digesto, representa la síntesis de Occidente y Oriente, logrando salvaguardar para la actualidad lo mejor del derecho romano. El aporte de este jurista radicó también en aplicar el derecho antiguo en el tiempo donde vivió, logrando un puente atemporal con la salvedad de que buscaba un resultado pragmático. Justiniano y el Digesto se nos presentan a los historiadores –incluyendo a los abogados– como un Prínceps de la cristiandad y continuador de las ideas de Constantino, poniendo sobre la mesa la larga dualidad que decantó en la época de la Ilustración: la Iglesia y el Estado, ¿pueden estar unidos? Al igual que la “divinización” de Augusto en el Res Gestae, Justiniano no escondía que su poder derivaba directamente de Dios. Este dilema estuvo presente durante toda la Edad Media y con más énfasis en las teocracias; aun así, obediente pero práctico, le pidió al pontífice de la época –el papa Vigilio– que aplicara el derecho romano en toda su jurisdicción.

Para culminar este segundo punto de la conformación europea por medio de las fuentes, ¿cuál sería entonces la importancia del Digesto en Europa? No es menor, pues significaba transmitir la helenización y la romanización que hoy son la base que afirma la cultura occidental, como ocurre, a modo de ejemplo, en el Chile actual.

El renacimiento Carolingio y la Vita Caroli
Otro gran forjador de Europa y la cultura occidental fue Carlomagno, el artífice del renacimiento del ochocientos en plena Edad Media, antes del Quattrocento. A estas alturas, afirmar que la Edad Media fue oscura, sin avances y carente de micro renacimientos estacionales es desconocer la historia de este maravilloso milenio. Quizás la culminación de la idea de la unidad europea y de su devenir se presentó durante la Nochebuena del 25 de diciembre del año 800, cuando León III, usando los santos óleos –para la tradición cristiana–, ungió a Carlos I (Carolo Magnus) como emperador de los romanos. Lo que viene después es otro intento más de la romanización y la perpetuación de la idea de un imperio, salvo que ahora –al igual que con Justiniano I– el componente religioso será crucial, sobre todo ante el avance de la nueva religión musulmana.

La Vita Caroli es una fuente indispensable para estudiar la vida de Carlomagno. Empero, fue escrita después de su muerte por un sabio llamado Eginardo. Su autor, si bien relata fielmente una suerte de biografía con tintes cotidianos, es al final del día una narración poco interpretativa que obliga al historiador a complementar la información con otros relatos paralelos. Con todo, Eginardo nutrió su trabajo con fuentes primarias tales como correspondencias diplomáticas firmadas por el propio Carlos y partes del testamento personal del emperador. Eginardo usó como inspiración el arco narrativo del historiador latino Suetonio en su obra, La vida de los Césares; esto permitió romper el molde del orden cronológico y, al igual que el Res Gestae Divi Augusti, seleccionar lo que se quería transmitir para la posteridad, lo que dio como resultado final la mitificación de Carlomagno como un hito dentro de la Edad Media, otorgándole para muchos estudiosos el apelativo del emperador más importante de dicho periodo.

La Vita Caroli exalta la figura del páter familis del emperador, lo que demuestra una preocupación que va más allá del reino franco al punto de entablar alianzas y apoyos con otros cristianos fuera de las fronteras; si era necesario, Carlomagno repartía dádivas y dinero al otro lado del Mare Nostrum. Eginardo resalta al líder moral, pero también al líder intelectual al ser el artífice del renacimiento carolingio. Entre otros aspectos, destacó la literatura dentro del imperio, empleando el latín medieval como lengua oficial con fines unificadores. Realizó una audaz reforma educativa y su periodo ha sido un festín para los historiadores del arte, cuyo punto máximo fue la construcción de la Capilla Palatina de Aquisgrán, aparte de edificaciones de abadías y monasterios, confección de manuscritos, platería y ornamentación litúrgica que hoy podemos apreciar en el museo del Louvre de París.

Carlomagno fue un estudioso y admirador del padre y doctor de la Iglesia latina, San Agustín, principalmente en la búsqueda de la verdad. El emperador consideraba como débiles a los pueblos germánicos, pese a que hicieron caer a Occidente y a su último emperador, Rómulo Augústulo, quien para muchos marca el comienzo de la Edad Media.

El pasaje central y más desarrollado de la Vita Caroli es el núcleo de todo y el inicio de la unificación europea; en definitiva, “la coronación imperial” (del año 800) que, como antecedente recurrente en las fuentes, se debió al ataque hacia la figura del papa León III en un intento por sacarle los ojos y cortarle la lengua, por lo cual recurrió a Carlomagno a modo de protección y alianza de la cristiandad con el principal reino franco. En una amistad genuina de seis meses en la corte del rey, León III preparaba la ceremonia de entronización con los títulos de emperador y augusto; ochocientos años más tarde, los zares (César) Romanov (romanos) volverían a usar títulos latinos para su imperio. Ciertamente, su coronación no fue inicialmente bien recibida en algunas latitudes del viejo mundo, pero fue compensada con su magnanimidad y el reparto de cargos por doquier, formando de paso nada menos que el feudalismo.

Carlomagno se guardó muy bien –y Eginardo lo sabía de antemano– que la decisión de su nuevo cargo era eminentemente papal; al final, calzaba la idea teocrática de que el poder “viene de Dios”. Es más, algunos elementos populares que refuerzan esta tesis residen en que, al momento de confeccionar su corona de hierro, venía anexado y forjado uno de los clavos de la crucifixión del mismo Cristo, además de ser ungido con los santos óleos.

Carlomagno se preocupó de mejorar las relaciones con los emperadores de Bizancio, logrando entablar cierta concordia aparente. Carlos I manejó al dedillo el mapa europeo en rutas y geopolítica (usando un término actual); por ende, la idea de imperio y de unificación europea iba más allá de lo meramente político: abarcó también el idioma, la religión y el arte sacro, otorgando una suerte de ideología carolingia que será una de las bases de Europa. Fue un hábil negociador y logró amistad y reciprocidad –a la manera feudal– con el rey Alfonso de Galicia y Asturias; Nicéforo, Miguel y León, emperadores del imperio de Oriente; el rey de los escoceses y, finalmente, según Eginardo, con Harún al-Rashid, el famoso califa de la dinastía abasí de Bagdad, a quien las fuentes occidentales también llamaban rey de los persas.

Carlomagno encarna, eso sí, el viejo dilema romano de los emperadores de antaño: “la crueldad en la batalla” o “avanzar sin transar”. Por cierto, se registran históricamente momentos de exterminio masivo a quienes no comulgaban con su postura, como la masacre de Verden (4500 ejecutados), recordada entre otros por el Reichsführer-SS Heinrich Himmler, quien levantó un monumento a los caídos. En palabras de su biógrafo, como ejemplo de la violencia de Carlomagno: “La despoblación total de Panonia, y el sitio del palacio del Khan, ahora un desierto donde no hay rastro de habitación humana visible, dan testimonio de cuántas batallas se libraron en esos años y cuánta sangre se derramó. Toda la población de los hunos murió en la ocasión, y con ella se desvaneció toda su gloria” (Eginardo, 830 d. C.).

Finalmente, “el emperador Carlomagno” que nos ha mostrado Eginardo en su Vita Caroli es, sin lugar a dudas, un retrato del rey ideal en una narrativa oficial, pero con una sabiduría demostrada en todos los aspectos de su vida, incluyendo los cotidianos. Las características morales son las que mejor definen al rey; en esto Eginardo es perfectamente idéntico a Suetonio. La idea de Carlos I como padre de Europa es una puerta de entrada a la unificación del sincretismo cultural, político y espiritual del viejo mundo.

La querella de las Investiduras. La firma del acuerdo de Worms
El recaudador de impuestos y evangelista Mateo se hizo cristiano en Cafarnaúm cuando vio a Jesús. Resalta en su relato bíblico un versículo para la posterioridad de la Edad Media e incluso las peleas liberales de la secularización (Mateo 22:21): “Dad, pues, a César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios”.

Este asunto sobre la separación de lo terrenal y lo espiritual es un conflicto permanente en el tiempo que cobrará relevancia en los papados teocráticos –no está ausente en el islam la teocracia–, aunque también el dilema de la separación reflotará en la filosofía liberal de la Ilustración, buscando siempre la ruptura entre la Iglesia y el Estado. Al final, muchos imperios se fundaron en el apoyo religioso, ya que los dogmas en cierto sentido generan en las poblaciones la aceptación del origen divino de muchos reyes cristianos; en términos espirituales, los dogmas proporcionan la base para alimentar la fe y la unidad religiosa. ¿Qué tiene que ver esto con la Querella de las investiduras? Mucho, ya que estos desencuentros espirituales y terrenales conforman una nueva relación entre el Estado y la fe que será en parte el soporte de la cristiandad durante la Baja Edad Media.

El inicio de las querellas es acaso una lucha personal de egos –nada extraño en un continente donde abundaron–: el emperador Enrique IV (Alemania – Sacro Imperio Romano Germánico) y, en contraparte, el pontífice Gregorio VII, natural de Toscana (Italia) y reconocido por la famosa reforma gregoriana, se enfrentaron por la exclusividad del nombramiento de obispos claves para el papado. Estas diferencias no eran nuevas: ya tenemos antecedentes con el emperador Otón I, quien pudo disponer del nombramiento de algunos abades y obispos, aunque posteriormente esta injerencia escaló al plano económico y moral, haciendo vista gorda a bulladas arbitrariedades del poder terrenal.

El monje benedictino de origen humilde, Hildebrando de Toscana, fue asesor del papado, logrando comprender los problemas de la cristiandad latina relativa a la separación del poder terrenal y espiritual. Este monje fue nombrado papa (Gregorio VII) y en sus reformas (Dictatus Papae, 1075) le recordó a Occidente que el Santo Padre era el único y privativo jefe de la Iglesia y, por ende, le otorgaba la exclusividad de nombrar a los obispos y demás dignidades eclesiásticas, algo que hasta ese momento habían estado haciendo los príncipes a su manera según las tradiciones feudales.

Hay que situar el contexto: la Iglesia medieval tenía por entonces poder territorial, político y militar; en consecuencia, una negativa podía perfectamente terminar en un conflicto beligerante, como fue el caso de las disputas que no pudieron ser zanjadas entre Enrique y Gregorio.

La querella consta de tres etapas. La primera fue una guerra directa entre el rey y el papado que, si bien Enrique IV terminaba ganando la mayoría de las batallas, al final se inclinó por la obediencia a los sucesores de Gregorio (Víctor III y Urbano II), donde Matilde de Canossa (una noble italiana) será fundamental para contener los arrebatos de Enrique IV. La segunda fase es una suerte de tregua que se va mermando con el tiempo, sobre todo tras la muerte de Matilde, pero la Iglesia se dio el tiempo de comenzar la cruzada más importante y genuina de todas –la de 1096 para liberar Tierra Santa–; como pueden apreciar, siempre tenía un peso el dominio territorial. En una tercera fase se firmó el Concordato de Worms (1122), donde se reconocen las peticiones de la Iglesia, aunque aun así los reyes conservaron algunas atribuciones.

¿De qué se trató este concordato? ¿O qué importancia tiene para la conformación europea? En primer lugar, fue un acuerdo recíproco entre ambas partes y fue generalmente respetado. Este tratado se firmó allí y su copia original se ha perdido para siempre; lo que sí existe en el Archivo Vaticano es la copia del emperador Enrique V –Privilegium Calixtinum–, que en esencia dice así:

“Yo, Enrique, por la gracia de Dios, Augusto Emperador de los Romanos, por amor a Dios y a la Santa Iglesia Romana y al Señor Papa Calixto y para la sanación de mi alma, remito a Dios y a los santos apóstoles de Dios Pedro y Pablo y a la Santa Iglesia Católica toda investidura con anillo y báculo, y concedo que en todas las iglesias que están en mi reino o imperio, se pueda realizar la elección canónica y la consagración libre”.

La gran lección de Worms para la historia y más precisamente para la modernidad es que la querella es la primera separación formal –en un documento– entre la Iglesia y el Estado. La vieja premisa de “dar a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César” cobraba sentido. En Mateo también encontramos las “Llaves del Reino” que le otorgaron a la Iglesia la facultad de instaurar el papado; dice así: «Y a ti te daré las llaves del reino de los cielos; y todo lo que atares en la tierra será atado en los cielos; y todo lo que desatares en la tierra será desatado en los cielos» (Mateo 16:19).

Finalmente, otra lección de Worms es el inicio de una teocracia sin un matiz político a ultranza, pero firme en lo espiritual, que marcará los cimientos de una independencia papal; paradójicamente, a la larga esto también abrirá el camino para la consolidación de la monarquía absoluta de los reyes, la cual sería socavada en Francia durante las revueltas de 1789.

Palabras finales
La conformación de Europa es una historia de largo aliento: los imperios, las religiones, el peso de la herencia griega y romana, junto con las ideas propias de la Edad Media, han configurado un continente de mucho peso cultural –aunque no exento de contradicciones– que va a decantar en un paradigma occidental difícil de fusionar, aun hoy, con otras latitudes.

La síntesis de estos cuatro momentos escogidos presenta hitos de la historia europea que le van a brindar un soporte cultural, político y religioso. Esto se mueve entre una herencia de imperios territoriales centrales, que podemos apreciar hasta la mismísima gran guerra del siglo XX y quizás en los estertores del régimen de Hitler con su consigna del espacio vital, y, por otro lado, la autonomía de la autoridad religiosa universal. Por cierto, la configuración del mapa de Europa con sus futuros países y lenguas vernáculas (romances y germánicas) confluirá en la identidad que conocemos hoy.

La jurisprudencia y la división de poderes del Estado serán el aporte europeo a la modernidad, que tiene su punto de culminación en las revoluciones de 1848 en Europa y su expansión a Latinoamérica en oleadas revolucionarias con próceres y líderes únicos. La evolución para alcanzar la idiosincrasia actual partió por la Pax Romana de Augusto, siguió con el derecho común plasmado en el Digesto de Justiniano, alcanzó un punto de expansión cultural y religiosa con el Renacimiento carolingio, y culminó con el concepto moderno de la separación de la Iglesia y el Estado, marcando la frontera definitiva entre lo espiritual y lo terrenal.

Álvaro Vogel
Artículo publicado el 12/07/2026

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