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Neruda y Juan Ramón / ambos tenían razón.

por Marcos Winocur
Artículo publicado el 01/07/2005

«El mejor de los malos poetas», dijo una vez Juan Ramón Jiménez de Pablo Neruda, cuyos versos no soportaba, así fueran de trasfondo romántico, metafísico o político. Por cierto, el chileno -quien viviera en España durante los años de la república, sumándose a los poetas de la generación del 27- no permaneció mudo al ser objeto de ironía y polémica, pero sus intervenciones fueron medidas y prudentes tratándose de Juan Ramón. Incluso si éste llegaba a ofrecer buen blanco, como ocurriera cuando se le dio por dedicar una antología -que por cierto escribió antología conforme sus propias reglas ortográficas- de poemas usando otra original pero no muy feliz frase: «A la inmensa minoría». Sonaba bonito pero hacía de Juan Ramón un elitista confeso. Así, la dedicatoria ya no aparece en una nueva edición que años después se publicara en Buenos Aires.

Neruda, de una generación posterior, recogía el guante pero sólo a medias. No así con el poeta cubano Nicolás Guillén. La controversia no versó ya sobre el sentido y contenidos de la poesía, sino que fue de orden militante. Ambos, el cubano y el chileno, eran comunistas y prosoviéticos, lo cual no impidió que la polémica descendiera al plano personal. Neruda, en las memorias que se publicaron póstumamente, habló de dos poetas que llevan el mismo apellido. Uno, «el bueno» es Jorge Guillén, de la generación del 27. Otro, «el malo», es Nicolás. Éste reaccionó públicamente, diciendo que, en lugar de titularse Confieso que he vivido, las memorias debieron llevar por nombre Confieso que he bebido… Por entonces, ya muerto Neruda, allí quedó cerrado el episodio, el cual se había dado en el marco de las ardorosas peleas al seno de la izquierda en los años sesenta y setenta sobre cuáles eran las vías de la revolución latinoamericana, si armadas o pacíficas y donde, en cierto sentido, el Chile de Salvador Allende se contraponía a la Cuba de Fidel Castro.

Un trasfondo político que, a su vez, reconocía como disparador una colorida cuestión personal, según me lo contara Georges Fournial, por años el responsable para asuntos latinoamericanos del Partido Comunista Francés. Neruda era celoso de su siesta; nadie -había ordenado- podía interrumpirla. Y bien, estando en La Habana, «alguien» vino a saludarlo… Fidel Castro. Y nadie se atrevió a despertar al poeta. Se pueden imaginar… no valieron las excusas. Tiempo después, Neruda marchó a Estados Unidos a dar unas conferencias, y la Casa de las Américas le cayó encima. Del tema se ocupa también el poeta en sus memorias, particularmente de Roberto Fernández Retamar, a quien señala como el director del operativo: un manifiesto antinerudiano distribuido por el mundo entero, donde se le acusaba de poco menos de traidor. Ese manifiesto fue firmado por Nicolás Guillén y, al parecer, el chileno no se lo perdonó.

Neruda atraía las tempestades, fenómeno cuyo trasfondo era su militancia política. Llegó a ser senador por el Partido Comunista, conoció el exilio. Entre otros, tuvo un enemigo especialmente encarnizado, su compatriota Pablo de Rokha, poeta como él, hombre de izquierda, bien que adhería el maoísmo. Recorrió el país ofreciendo recitales de poesía y sus libros en venta, que alcanzaban escasa circulación comercial; y sin olvidarse, aquí y allá, de ir dejando caer una mentada para Neruda. No se sabe bien porqué, aunque la psicología hace esta lectura: Pablo de Rokha agredía a quien él quería ser, y que siendo, a él no lo dejaba ser pues ocupaba -usurpaba- el espacio que Pablo de Rokha merecía: el de un poeta famoso y reverenciado como Neruda. Los dos no cabían en ese espacio y su rival no daba muestras de querer abandonarlo. ¿Qué le quedaba? Aceptar la situación o desaparecer. Y fue lo que hizo: un buen día Pablo de Rokha se suicidó.

Final dramático, pues. No así con Juan Ramón, de uno y otro lado los dardos se multiplicaban deportivamente. En términos muy generales, uno defendía la «poesía pura» y el otro el «compromiso del escritor». La polémica no era nueva, y no faltaron, también aquí, ingredientes personales. Juan Ramón, generacionalmente anterior, sintió que Neruda lo estaba robando: los jóvenes lectores de «Platero y yo» habían pasado a ser los adultos lectores en los años cuarenta y cincuenta del Canto de amor a Stalingrado, la ciudad emblemática, cuya batalla había cambiado el curso de la Segunda Guerra Mundial. Vivíase otro momento histórico y aquellos lectores eran irrecuperables para la obra posterior de Juan Ramón, para su nueva poesía de «La estación total» o de «Dios deseado y deseante», y otros, libros que coincidentemente publicara por los años cuarenta y cincuenta.

Y en adelante, el español escribiría para viejos como la Victoria Ocampo de la revista argentina Sur, no por ello menos valiosa. O bien escribiría para chavos habitantes de la torre de marfil, como el grupo de la revista cubana Orígenes, reunidos en torno a Lezama Lima. Las multitudes se quedaban con Neruda, el polifacético. El romántico de sus comienzos, de los Veinte poemas de amor y una canción desesperada, cuya venta superó los dos millones de copias. ¿Quién no recuerda «Puedo escribir los versos más tristes esta noche»? Neruda, el romántico que no quedó ahí, vino luego su poesía metafísica -«sucede que me canso de ser hombre»- abruptamente cortada luego de su experiencia de la guerra civil española, y de la cual da cuenta en su poema Explico algunas cosas. Y sigue su «Canto General», publicado en 1950 y ampliamente difundido en los años sesenta como la épica del hombre americano, uno de cuyos ejemplares, según constata Neruda, llevaba en su mochila el Che Guevara cuando cayó en Bolivia.

Juan Ramón era el perdedor, aun cuando su Platero, imagen de la ternura, «pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón», aun cuando Platero, al trotecito, hacía entrada a las escuelas primarias de habla española como texto de clase. Y el pleito con Neruda llevó décadas. Ya éste, en 1935-1936, durante su estancia en España como cónsul chileno, había dirigido la revista «Caballo verde para la poesía», donde publicara un manifiesto titulado Sobre una poesía sin pureza, aludiendo indirectamente a Juan Ramón. Años después, el español tuvo ocasión de expresar sus puntos de vista en carta que dirigió al mexicano José Revueltas, a raíz de un artículo de éste, titulado América Sombría, publicado en «Repertorio americano», 1942. Allí Juan Ramón se batía una vez más contra «el mejor de los malos poetas», a propósito del Canto de amor a Stalingrado. Y decía: «no es de amor ese canto, que igual puede estar escrito para cualquier otra ciudad de cualquier otra parte del mundo sólo con cambiarle algunos nombres propios»

Juan Ramón estaba en lo cierto. Y no lo estaba. Cierto, el hecho. No así, el reproche. Falta en el Canto de amor a Stalingrado la ciudad como tal. Pero no se trata de eso. Neruda no le escribe el poema a ella, sino al símbolo, al emblema en que ha devenido, el de la resistencia antinazi. Y esa ciudad desde entonces universal, abstracta y heroica, se la jugaba por todos y así, a todos representaba en nombre de la libertad. Poco importaban calles, monumentos o casas, sino el viraje que la batalla de Stalingrado imprimió a la guerra mundial.

Con el tiempo, el panorama se ensombreció. Muchos de los héroes estaban muertos, se impuso la ecuación stalinismo=socialismo, despertando entre los sobrevivientes —y en sus hijos y nietos— una airada repulsa con los resultados conocidos.

¿Qué queda hoy de esa ciudad? Ni el nombre, ha sido rebautizada como Volgogrado. Así pasa, más de medio siglo después todo tiende a volver a la «normalidad» y la memoria huye del recuerdo de las horas difíciles; para preocupaciones, buenas las del presente. Y sin embargo, el ayer no calla. «Tengo el encargo de SM, el rey Jorge VI, de entregar a la ciudad de Stalingrado esta espada de honor que ha sido forjada por artesanos ingleses, la hoja tiene una inscripción que dice: A los ciudadanos con corazón de acero de Stalingrado, regalo del rey Jorge VI en testimonio de homenaje del pueblo inglés. Corre 1943, es la conferencia de Teherán, y lo relata el hijo y secretario privado de Roosevelt, allí presente; las palabras citadas son dichas por uno de los más tenaces anticomunistas del siglo, Winston Churchill, por entonces premier inglés.

El poema de Neruda responde a ese sentimiento universal. Y es tan auténtico como la historia de Juan Ramón y su burrito Platero. Puede la poesía, y la literatura en general, abordar a ambos, al hecho de la guerra, al hecho de la paz. El canto de Neruda, el relato de Juan Ramón, dos actos de amor que se dan conforme el curso de la vida de cada uno, y la lectura que cada uno hizo del ancho mundo. Por eso escribo: Neruda y Juan Ramón, ambos tenían razón.

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Requerido.

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