EN EL MUNDO DE LAS LETRAS, LA PALABRA, LAS IDEAS Y LOS IDEALES
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¿Es la literatura un agente de cambio social?

por María Elvira Luna Escudero-Alie
Artículo publicado el 26/06/2026

María-Elvira Luna Escudero-Alie, PhD.
Montgomery College, MD
Mariaelvira.lunaescuderoalie@montgomerycollege.edu

 

Mi respuesta a esta pregunta tan pertinente es un rotundo sí. La literatura es realmente un agente de cambio social; un espacio de cuestionamiento y una herramienta que contribuye a la transformación de la conciencia colectiva. Para aseverar esto me baso en los múltiples y valiosos ejemplos que la historia literaria nos ofrece. En concreto me referiré a algunos autores de nuestra literatura iberoamericana: Vargas Llosa, García Márquez, Borges, Neruda, Paz, Celaya, Hernández, Dalton, Vallejo, Arguedas, y a dos escritores y filósofos franceses; Sartre y Camus.

Me parece relevante para comprender plenamente el carácter transformador de la literatura, comentar sobre la reflexión teórica de Jean-Paul Sartre en su célebre ensayo de 1948: Qu’est-ce que la littérature?. Sartre sostiene que escribir es un acto de libertad, de pleno compromiso y de responsabilidad. Afirma que escribir no es, por tanto, un acto neutral y que el escritor siempre está tomando una posición frente al contexto histórico. Por tanto, el escritor no puede desligarse de su tiempo ni de su sociedad porque al nombrar la realidad, la revela y, en cierto modo, podemos decir que tiene el poder de influir en ella, de transformarla al denunciar, por ejemplo, injusticias sociales. El escritor tiene una responsabilidad ética y no puede evadir su contexto histórico, al contrario, de acuerdo a Sartre, siempre debe tomar partido frente a las injusticias. La literatura, entonces, no es una actividad pasiva sino al contrario; es una forma de acción. No se trata únicamente de narrar, sino de asumir una posición frente al mundo. El lector, por su parte, es convocado en libertd, a participar activamente en este proceso, a interpretarlo, completando el sentido del texto y enfrentando las implicaciones éticas de lo que lee. La literatura, según Sartre, es una manera de dialogar acaso con la intención de transformar la percepción del mundo de los lectores. Recordemos que el contexto histórico en el que se ubica Sartre es después de la Segunda Guerra Mundial y por tanto él siente la obligación moral de llamar a los intelectuales a que tomen conciencia y tengan una postura con respecto a los problemas políticos y sociales tan cruciales de su tiempo.

Ahora conviene traer a la palestra la apasionada respuesta de Mario Vargas Llosa a la inquietante pregunta abierta de Jean-Paul Sartre. En efecto, en el contexto histórico después de la Revolución Cubana, cuando Vargas Llosa tenía 31 años; pero ya se perfilaba como el insigne escritor que sería, recibió en 1967, en Venezuela, el Premio Rómulo Gallegos con su emblemático discurso titulado: “La literatura es fuego”. En dicho discurso cuyo título contiene ya la respuesta más concreta y directa de Vargas Llosa a la interrogante de Sartre, MVLl expresa vehementemente que la literatura es inconformista y subversiva, que los escritores cuestionan la realidad y el orden establecido:

“Nuestra vocación ha hecho de nosotros, los escritores, los profesionales del descontento, los perturbadores conscientes o inconscientes de la sociedad, los rebeldes con causa, los insurrectos irredentos del mundo, los insoportables abogados del diablo.”

La vocación literaria nace del desacuerdo, de la intuición de que el mundo puede y debe ser mucho mejor.

“Nadie que esté satisfecho es capaz de escribir, nadie que esté de acuerdo, reconciliado con la realidad, cometería el ambicioso desatino de inventar realidades verbales. La vocación literaria nace del desacuerdo de un hombre con el mundo, de la intuición de deficiencias, vacíos y escorias a su alrededor. La literatura es una forma de insurrección permanente y ella no admite las camisas de fuerza. Todas las tentativas destinadas a doblegar su naturaleza airada, díscola, fracasarán. La literatura puede morir pero no será nunca conformista.”

Esta idea del joven Vargas Llosa complementa la teoría de Sartre al añadir una dimensión vital y febril: la literatura no solo es compromiso, sino también energía transformadora, una fuerza que incendia la conciencia y rompe la complacencia.

En este sentido, tanto Sartre como Vargas Llosa coinciden en rechazar la neutralidad de la literatura. Escribir implica siempre una toma de posición. Incluso el silencio o la indiferencia son formas de complicidad. Por ello, la literatura auténtica incomoda, cuestiona y desestabiliza. Como es bien sabido, MVLl cambió radicalmente su postura política cuando dejó de abrazar las causas socialistas de su juventud. No obstante, en su literatura realista se reflejó siempre y de manera cabal, el contexto histórico en el cual se situaban sus novelas. Quiero referirme solamente a dos artículos periodísticos de MVLl sobre la inmigración. En estos artículos, Vargas Llosa no se limita a informar, sino que interpela al lector, lo obliga a reconsiderar sus prejuicios y a enfrentar las contradicciones de la sociedad contemporánea. A partir del análisis de los artículos “Los pies de Fataumata” y “Los inmigrantes” de Mario Vargas Llosa, en diálogo con la encíclica Sollicitudo Rei Socialis de Juan Pablo II, y complementado con las reflexiones de Jean-Paul Sartre en Qu’est-ce que la littérature? junto con el discurso “La literatura es fuego”, se configura una visión integral de la literatura como instrumento ético, político y humanizador.

Los artículos reunidos en El lenguaje de la pasión (2001) evidencian el compromiso de Vargas Llosa con los problemas más urgentes de su tiempo. En “Los pies de Fataumata”, la historia de una mujer africana que huye del hambre y la violencia se convierte en símbolo de millones de desplazados en el mundo. La descripción de sus pies —agrietados, castigados por el camino— no es un mero recurso estilístico, sino una poderosa metáfora de la resistencia humana. De igual modo, en “Los inmigrantes”, el autor aborda la experiencia de quienes, obligados por la pobreza, cruzan fronteras en busca de una vida digna. En ambos casos, la literatura cumple una función esencial: humanizar lo que muchas veces se reduce a cifras o discursos políticos abstractos.

Este proceso de humanización es clave para entender la literatura como motor de cambio. Al dar voz a los marginados, la escritura rompe la indiferencia y genera empatía. El lector ya no puede permanecer ajeno; se ve interpelado por la experiencia del otro. Vargas Llosa no solo describe la realidad de los inmigrantes, sino que la reinterpreta desde una perspectiva ética, defendiendo su derecho a buscar mejores condiciones de vida. Así, la literatura se convierte en un espacio de resistencia frente a la xenofobia y la deshumanización.

Esta dimensión ética encuentra un paralelo claro en la encíclica “Sollicitudo Rei Socialis”, donde Juan Pablo II plantea la solidaridad como un deber moral fundamental. Aunque el Papa fundamenta su llamado en la fe cristiana y Vargas Llosa en una ética laica, ambos coinciden en un punto esencial: la dignidad humana debe ser el centro de toda reflexión social. La encíclica insiste en que el desarrollo auténtico de los pueblos solo es posible a través de la solidaridad, entendida como compromiso con los más pobres y marginados. De este modo, la literatura y el discurso religioso convergen en su capacidad de sensibilizar y movilizar conciencias.

Además, la literatura posee una capacidad única para trascender fronteras y conectar realidades diversas. Los textos de Vargas Llosa, escritos desde distintas ciudades del mundo, reflejan una perspectiva global que permite comprender la interdependencia de los problemas sociales. Esta dimensión cosmopolita refuerza la idea de una responsabilidad compartida: las injusticias que afectan a unos son, en última instancia, un problema de todos. En este punto, la literatura coincide también con otras voces contemporáneas, como la del Papa Francisco, quien insistió en la necesidad de una solidaridad global frente a fenómenos como la migración, la pobreza y la crisis ambiental. Cabe resaltar que el Papa actual; León XIV ha expresado también su devoción por la justicia social, y la paz mundial, así como su solidaridad con los inmigrantes y los desplazados del mundo.

No obstante, el impacto de la literatura no es inmediato ni siempre visible. La fuerza de la literatura radica en su capacidad de transformar lentamente la conciencia, de sembrar dudas, de despertar inquietudes. A diferencia de otras formas de acción social, su influencia es profunda y duradera. La literatura no cambia el mundo de manera directa, pero puede cambiar a las personas que eventualmente podrían transformarlo.

En conclusión, la literatura se revela como un instrumento fundamental de cambio social al articular emoción, pensamiento crítico y compromiso ético. Desde la narrativa comprometida de Mario Vargas Llosa, pasando por la reflexión filosófica de Jean-Paul Sartre, hasta el llamado moral de “Sollicitudo Rei Socialis”, se configura una visión en la que la palabra escrita no solo refleja la realidad, sino que la cuestiona y la transforma. La literatura es, en efecto, fuego: una fuerza viva que ilumina las injusticias, incomoda las conciencias y mantiene abierta la posibilidad de un mundo más justo y humano.

Los discursos de Pablo Neruda y Octavio Paz al recibir el Nobel de Literatura coinciden en algo fundamental: ambos ven la literatura como una fuerza que puede incidir en la sociedad, pero lo hacen desde perspectivas distintas.

En el caso de Neruda, su discurso está profundamente marcado por su compromiso político y social. Él concibe la poesía como una herramienta de solidaridad y de lucha, capaz de dar voz a los oprimidos y de acompañar los procesos históricos de los pueblos. Para Neruda, el poeta no puede aislarse: debe integrarse en la vida colectiva y contribuir a la transformación social. La literatura, entonces, funciona como un agente activo de cambio, casi militante, que denuncia injusticias y construye conciencia.

Por otro lado, Octavio Paz adopta una postura más reflexiva y menos ideologizada. En su discurso, la literatura también tiene un poder transformador, pero no tanto por su capacidad de intervenir directamente en la política, sino por su función crítica y reveladora. Paz entiende la literatura como un espacio donde el lenguaje se cuestiona a sí mismo y donde el ser humano se reconoce, se interroga y se libera de dogmas. El cambio social, en la visión de Paz, ocurre de manera más profunda e indirecta: al transformar la conciencia individual, la literatura contribuye a una sociedad más libre y plural.

En síntesis, mientras Neruda ve la literatura como un instrumento de acción colectiva y compromiso histórico, Paz la entiende como una vía de transformación interior que repercute en lo social. Ambos coinciden en que la literatura no es un solamente un adorno estético, sino, más bien, una fuerza viva que puede influir en el mundo, ya sea desde la acción directa o desde la conciencia crítica.

El planteamiento del poeta español Gabriel Celaya parte de una idea muy clara: la literatura —y en especial la poesía— no debe ser un lujo estético ni un ejercicio individualista, sino una herramienta al servicio de la colectividad.

En su poema “La poesía es un arma cargada de futuro”, Celaya rompe con la visión tradicional de la poesía como algo bello pero inútil. Celaya propone, en cambio, una “poesía necesaria”, comprometida con su tiempo histórico. Cuando Celaya afirma que la poesía es un “arma”, no lo hace en sentido violento literal, sino simbólico: es un instrumento de lucha ideológica y de transformación social. La palabra poética tiene la capacidad de despertar conciencias, denunciar injusticias y movilizar a las personas.

Celaya además, insiste en que el poeta debe dejar de ser un individuo aislado para convertirse en “uno más” dentro del pueblo. La poesía, según Gabriel Celaya, cobra sentido cuando se hace colectiva, cuando expresa las experiencias y aspiraciones de la mayoría. Así, la literatura deja de ser un fin en sí mismo y se convierte en un medio para construir un futuro más justo.

En la obra del poeta Miguel Hernández aparece un planteamiento muy cercano, aunque con matices propios, especialmente en poemas como “Vientos del pueblo me llevan”. En este texto, Hernández también concibe la poesía como una fuerza vinculada al pueblo y a la lucha social, en el contexto de la Guerra Civil española.

Aquí la poesía no solo denuncia, sino que también exalta la dignidad, la resistencia y la identidad colectiva. El poeta se presenta como alguien arrastrado por los “vientos del pueblo”, es decir, por la historia y por la voluntad popular. La voz de Hérnandez no es individual, sino representativa de una colectividad. La poesía se convierte en energía, en impulso vital que anima a resistir y a mantener la esperanza frente a la opresión.

En Hernández, a diferencia de Celaya, hay una carga más emocional y trágica. Su poesía combina compromiso social con una intensa vivencia personal del dolor, la guerra y la injusticia. Esto hace que su función transformadora no solo sea ideológica, sino también profundamente humana: conmueve, sacude y conecta desde la experiencia vital.

En conjunto, tanto Celaya como Hernández entienden la literatura como un agente de cambio social. Celaya lo formula de manera más teórica y programática, defendiendo una poesía útil y consciente; Hernández lo encarna desde la experiencia, mostrando cómo la poesía puede ser al mismo tiempo grito, testimonio y resistencia.

La postura de Jorge Luis Borges frente a la literatura como agente de cambio social es, en cierto sentido, opuesta a la de autores como Gabriel Celaya o Miguel Hernández.

Borges fue escéptico ante la idea de que la literatura debiera tener una función política o social directa. Para él, la literatura no está obligada a transformar la sociedad ni a servir a una causa colectiva. Más bien, la concebía como un arte autónomo, cuyo valor reside en su capacidad de explorar el lenguaje, la imaginación, el tiempo, la identidad, el infinito, y los laberintos de la mente humana.

En muchos de sus textos y ensayos, Borges rechaza la noción de “literatura comprometida” tal como la defendían otros escritores del siglo XX. Consideraba que exigirle a la literatura un propósito social inmediato podía empobrecerla, reduciéndola a propaganda o a un instrumento ideológico. En ese sentido, su visión es una defensa de la libertad creativa: el escritor no debe estar subordinado a ninguna agenda externa.

Sin embargo, esto no significa que Borges negara por completo cualquier impacto social de la literatura. Más bien, pensaba que ese impacto es indirecto y sutil. La literatura transforma, sí, pero lo hace a través de la imaginación, del cuestionamiento de la realidad y de la ampliación de la experiencia del lector. Al enfrentarse a mundos posibles, paradojas o ficciones como “El Aleph”,  “La biblioteca de Babel”, “Emma Zunz”, “Las ruinas circulares”, etc. el lector no recibe un mensaje político explícito, pero sí se ve llevado a cuestionarse sobre su propia existencia, a replantearse su percepción del universo, del conocimiento y de sí mismo.

En este sentido, la “transformación” que propone Borges es más intelectual y metafísica que social en el sentido inmediato. Su literatura no busca movilizar masas en marchas políticas, ni denunciar injusticias concretas, sino quizás abrir espacios de reflexión infinita. Podría decirse que, para Borges, la literatura cambia al individuo en su manera de pensar, y ese cambio —si ocurre— es profundamente personal, y nada programático.

En síntesis, mientras Celaya y Hernández ven la literatura como un instrumento activo de transformación social, Borges defiende su autonomía y su dimensión estética e intelectual. Para él, la literatura puede influir en la realidad, pero lo hace de forma indirecta, silenciosa y, sobre todo, libre de cualquier obligación ideológica.

La visión de Albert Camus ocupa una posición intermedia muy interesante entre el compromiso militante de autores como Celaya o Hernández y el escepticismo estético de Borges.

En su discurso del Nobel, así como en sus ensayos y novelas, Camus sostiene que el escritor no puede desentenderse de su tiempo histórico. Para él, la literatura sí tiene una responsabilidad ética: debe dar testimonio de la injusticia, la violencia y el sufrimiento humano. En ese sentido, coincide con la idea de que la palabra puede y debe intervenir en la realidad.

Sin embargo, Albert Camus introduce un matiz clave: rechaza que la literatura se convierta en propaganda o en un simple instrumento ideológico. El escritor, según él, no está al servicio de una doctrina, sino de la verdad y de la dignidad humana. Esta postura se vincula con su filosofía del absurdo y de la rebelión, desarrollada en obras como El mito de Sísifo y El hombre rebelde.

Para Camus, el verdadero compromiso del escritor consiste en mantener una tensión: por un lado, denunciar la injusticia; por otro, evitar caer en dogmatismos que justifiquen nuevas formas de opresión. La literatura es, entonces, un espacio de resistencia moral. No cambia el mundo de manera directa o inmediata, pero sí contribuye a formar una conciencia crítica basada en la lucidez, la medida y el respeto por la vida humana.

Camus insiste también en que el escritor da voz a quienes no la tienen. En este sentido, la literatura actúa como un acto de solidaridad. Pero esa solidaridad no se expresa mediante consignas simplistas, sino a través de la complejidad de las obras literarias, que muestran los dilemas éticos sin reducirlos ni simplificarlos.

En resumen, para Camus, al igual que para Vargas Llosa, la literatura puede ser un agente de cambio social, pero solo si mantiene su independencia y su compromiso con la verdad. No es un arma ideológica en sentido estricto, como en Celaya, ni un arte completamente desvinculado de lo social, como en Borges. Es, más bien, una forma de resistencia ética que busca iluminar la condición humana y contribuir a una sociedad más consciente y justa.

La visión de Roque Dalton lleva la idea de la literatura como agente de cambio social a un grado aún más radical que en Celaya o Miguel Hernández, porque en su caso no hay separación entre escritura y militancia: ambas forman parte de un mismo proyecto vital.

Dalton entiende la literatura —y especialmente la poesía— como una herramienta directamente vinculada a la lucha revolucionaria. En textos como “Taberna” y otros lugares o “Poemas clandestinos”, la palabra poética no solo denuncia la injusticia social en El Salvador y América Latina, sino que busca intervenir activamente en la conciencia política del lector.

A diferencia de Borges, que defiende la autonomía del arte, Dalton rechaza la idea de una literatura “neutral”. Para él, toda literatura está inevitablemente situada en un contexto histórico y toma partido, aunque no lo declare. Por eso, el escritor debe asumir conscientemente su posición: del lado de los oprimidos. La literatura se convierte así en un instrumento de lucha, pero también de educación política y de construcción de identidad colectiva.

Lo más interesante en Dalton es que este compromiso no elimina el humor, la ironía ni la experimentación formal. Su poesía combina lo coloquial con lo político, lo cotidiano con lo revolucionario. Esto le permite llegar a un público más amplio y evitar el tono rígido o doctrinario que a veces puede tener la literatura comprometida. En ese sentido, su propuesta es eficaz: la poesía no solo convence, también seduce y promueve el pensamiento crítico.

En síntesis, Roque Dalton concibe la literatura como una forma de acción directa en la realidad histórica. Más que un medio indirecto de transformación (como en Camus y MVLL) o una herramienta simbólica (como en Celaya), en Dalton la poesía es parte integral de la lucha revolucionaria. Es palabra, pero también acción; es arte, pero inseparable de la política y del compromiso con el cambio social.

Con respecto a Gabriel García Márquez, hay que decir que aunque nunca se consideró a sí mismo, un escritor “político”, sí estaba convencido de que la literatura cumplía con un rol importante al fomentar una conciencia crítica de la sociedad. García Márquez mediante sus relatos y novelas, tales como Cien años de soledad, El otoño del Patriarca, El general en su laberinto, El coronel no tiene quién le escriba, etc.  impele a sus lectores a reflexionar sobre los valiosos temas que tocan sus obras tales como la opresión, la soledad, las desigualdades sociales, la corrupción. Una de las citas más alegóricas de GGM es: “La novela debe ser una forma de lucha social, porque si no es una forma de lucha social, no es novela”. Al afirmar esto, GGM estaba manifestando que las obras trascendentes, significativas, lógicamente, deben tener un impacto en los lectores, en tanto invitación a la reflexión sobre la sociedad y la condición humana, y en cuanto posible inspiración para la transformación social.

Podemos también hacer una comparación entre César Vallejo y José María Arguedas porque ambos comparten una profunda sensibilidad social, pero no siempre formulan de manera explícita una “teoría” de la literatura como instrumento de cambio. Más bien, su visión se expresa a través de sus obras y de su forma de entender la realidad peruana.

En el caso de César Vallejo, la idea de la literatura como agente de cambio social no aparece como un programa cerrado, pero sí como una convicción ética y humana. En su poesía, especialmente en obras como Poemas humanos, “Masa” o España, aparta de mí este cáliz, la palabra poética se convierte en testimonio del sufrimiento humano y de la injusticia histórica.

Vallejo no escribe para “dar instrucciones” de cambio social, sino para hacer visible el dolor colectivo y la condición deshumanizada del ser humano. Su poesía nace de la compasión radical: el otro sufre, y ese sufrimiento exige una respuesta ética. En ese sentido, la literatura sí tiene un potencial transformador, pero no caballito de batalla, o como propaganda o consigna, sino como sacudida de la conciencia. El lector no recibe un programa político, sino una experiencia emocional e intelectual que lo confronta con la injusticia.

En cambio, José María Arguedas tiene una relación aún más directa con la dimensión social de la literatura, aunque desde una perspectiva distinta. En novelas como Los ríos profundos o Todas las sangres, o en su relato “Warma Kuyay”, Arguedas busca representar el mundo indígena andino desde dentro, no como objeto de estudio externo, sino como una realidad viva, con su lengua, su cosmovisión y su dignidad propia.

Arguedas no formula la literatura como “arma” en sentido político directo, pero sí cree profundamente en su poder de transformación cultural. Su obra intenta romper las jerarquías sociales y culturales del Perú, especialmente la marginación de los pueblos indígenas. En ese sentido, la literatura funciona como un puente: hace visible lo invisibilizado y cuestiona la estructura social dominante.

Sin embargo, Arguedas también muestra una tensión importante: su obra no idealiza el cambio social ni cree que la literatura pueda resolver por sí sola las contradicciones históricas. Más bien, la entiende como un espacio de resistencia simbólica y de afirmación cultural, donde se preserva la voz de los sectores más marginados, de los más excluidos.

En resumen, tanto Vallejo como Arguedas coinciden en atribuir a la literatura un valor profundamente humano y social, pero no la conciben como un instrumento directo de transformación política. Vallejo la entiende como una forma de conciencia ética frente al sufrimiento humano; Arguedas, como un espacio de reconocimiento cultural y de dignificación de los pueblos marginados. En ambos casos, la literatura no cambia el mundo de manera inmediata, pero sí modifica la forma en que ese mundo puede ser visto, sentido y comprendido.

Las distintas posturas de Mario Vargas Llosa, Octavio Paz, Jorge Luis Borges, Gabriel García Márquez, Pablo Neruda, Miguel Hernández, Roque Dalton, Gabriel Celaya, Jean-Paul Sartre, Albert Camus, César Vallejo y José María Arguedas pueden unificarse entendiendo que todos reconocen, de una u otra forma, que la literatura tiene un impacto en la realidad humana, pero discrepan en el modo y la intensidad de ese impacto. Para Sartre, Celaya, Neruda, Hernández y Dalton, la literatura es explícitamente un instrumento de compromiso y transformación histórica, una forma de intervención ética y política en el mundo. En cambio, Camus y Vargas Llosa, incluso cuando defienden la responsabilidad del escritor, rechazan que la literatura deba convertirse en propaganda, privilegiando una libertad crítica que ilumina la condición humana sin subordinación ideológica. Borges representa el polo más estético e intelectual, donde el cambio social es indirecto y derivado de la expansión de la imaginación y el pensamiento. Paz, García Márquez, Vallejo y Arguedas ocupan posiciones intermedias: todos reconocen el poder transformador de la palabra, ya sea en la conciencia individual, en la memoria histórica o en la dignificación cultural de los pueblos, pero sin reducir la literatura a una función única. En conjunto, estas visiones muestran que la literatura puede ser simultáneamente testimonio, crítica, imaginación, denuncia o exploración interior, y que su capacidad de cambio social no reside en una sola fórmula, sino en la diversidad de modos en que la palabra literaria entra en diálogo con la realidad. Si bien e cierto que la literatura no cambia de inmediato las estructuras sociales; también es verdad que sí transforma las conciencias que las sostienen. Cuando este despertar de la conciencia sucede es cuando tenemos la esperanza de vislumbrar mundos posibles en un futuro no muy lejano; espacios más lúcidos, más justos y más humanos.”

María Elvira Luna Escudero-Alie
Artículo publicado el 26/06/2026

Bibliografía
Papa Juan Pablo II, Carta encíclica: “Sollicitude Rei Socialis” (1987)http://w2.vatican.va/content/john-paul-ii/es/encyclicals/documents/hf_jp-ii_enc_30121987_sollicitudo-rei-socialis.html
“Papa Francisco: el rostro de Jesús en los refugiados y discapacitados”
http://www.news.va/es/news/papa-francisco-el-rostro-de-jesus-en-los-refugiado
Vargas Llosa, Mario (2000). El lenguaje de la pasión. Ediciones El País: Madrid.
Vargas Llosa, Mario. “La literatura es fuego”
https://www.vallejoandcompany.com/2015/04/22/la-literatura-es-fuego-por-mario-vargas-llosa/

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