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Re-pensar la obesidad desde la motricidad y la cultura

por Mauricio Meneses
Artículo publicado el 11/03/2026

La obesidad en Chile suele abordarse como una enfermedad crónica que requiere tratamiento clínico. Sin embargo, este enfoque resulta insuficiente para comprender su raíz social y cultural. Más que un problema exclusivamente metabólico, refleja una transformación en la relación entre las personas y su cuerpo, marcada por el sedentarismo y entornos que limitan la acción corporal en la vida cotidiana.

El reciente debate público sobre la obesidad en Chile ha vuelto a instalar una idea que, aunque necesaria, resulta también insuficiente: reconocer la obesidad como una enfermedad crónica. Las cifras son conocidas. Según datos de la OCDE, cerca del 74% de los adultos chilenos vive con sobrepeso u obesidad. Frente a este escenario, la respuesta institucional ha tendido a consolidar un enfoque predominantemente clínico: diagnóstico, tratamiento, seguimiento y, en los casos más severos, intervenciones farmacológicas o quirúrgicas. Sin embargo, aunque este enfoque resulta indispensable para el manejo sanitario del problema, corre el riesgo de invisibilizar una dimensión más profunda del fenómeno: su carácter cultural, corporal y social.

La obesidad no es únicamente un trastorno metabólico. Es también un síntoma de una transformación histórica en la forma en que las sociedades contemporáneas habitan el cuerpo. En este sentido, reducir el problema a una patología individual puede conducir a una comprensión incompleta del fenómeno. La filosofía fenomenológica ofrece aquí una clave interpretativa relevante. Para Maurice Merleau-Ponty , el cuerpo no es simplemente un objeto biológico susceptible de medición o intervención técnica; es, antes que nada, el medio fundamental a través del cual los sujetos se relacionan con el mundo. El cuerpo es nuestra forma primaria de existencia.

Desde esta perspectiva, la crisis contemporánea asociada al sedentarismo y al aumento sostenido de la obesidad no puede comprenderse únicamente como una acumulación excesiva de masa corporal, sino como una transformación en el modo en que los sujetos experimentan su propia corporalidad. La sociedad contemporánea ha desplazado progresivamente la acción corporal significativa —el juego, el desplazamiento activo, el trabajo físico cotidiano— por formas de movimiento instrumentalizadas y prescritas. Se promueve el “ejercicio”, pero se ha erosionado la cultura de la acción corporal.

La distinción entre movimiento y acción resulta aquí crucial. El movimiento puede ser reducido a un fenómeno fisiológico: una serie de contracciones musculares orientadas a un objetivo funcional. La acción corporal, en cambio, implica una dimensión existencial y simbólica: jugar en la calle, recorrer el barrio caminando, bailar, participar de actividades comunitarias que movilizan el cuerpo como forma de expresión y relación social. Mientras el movimiento puede prescribirse, la acción se vive.

La dificultad radica en que la cultura contemporánea ha reorganizado profundamente las condiciones materiales de la vida cotidiana. El urbanismo centrado en el automóvil, la digitalización del ocio, la progresiva desaparición del juego callejero y la expansión del trabajo sedentario han configurado entornos sociales que estructuralmente reducen las oportunidades de acción corporal. En este contexto, responsabilizar exclusivamente al individuo por su peso corporal no solo resulta simplificador, sino también políticamente problemático.

Este fenómeno ha sido analizado desde la teoría social contemporánea en términos de biopolítica. Foucault describió cómo los Estados modernos comenzaron a gestionar la vida de las poblaciones a través de mecanismos de regulación del cuerpo y la salud. Bajo esta lógica, el cuerpo se convierte en un objeto de intervención, medición y normalización. El problema de la obesidad, entonces, puede transformarse fácilmente en un problema de disciplina corporal: controlar el peso, regular el consumo, optimizar la productividad biológica de la población.

Sin embargo, una política pública centrada exclusivamente en la regulación de los cuerpos corre el riesgo de ignorar las condiciones culturales que producen el sedentarismo. El desafío, por tanto, no consiste únicamente en tratar cuerpos enfermos, sino en reconstruir una cultura del movimiento. Esto implica repensar el espacio público, fortalecer las prácticas deportivas comunitarias, recuperar el juego como experiencia social y promover formas de vida urbana que vuelvan a integrar el cuerpo en la vida cotidiana.

En otras palabras, el problema no es solo metabólico; es también civilizatorio. La obesidad aparece, así como el síntoma visible de una ruptura más profunda entre el cuerpo humano y su ecología de movimiento. Durante milenios, el movimiento formó parte constitutiva de la vida humana: cazar, caminar largas distancias, trabajar la tierra, jugar colectivamente. En pocas décadas, ese equilibrio se ha alterado radicalmente.

Si la obesidad se aborda únicamente como enfermedad, el horizonte de intervención seguirá siendo terapéutico. Pero si se comprende como un fenómeno cultural más amplio, entonces la respuesta debe ser también cultural. Más que prescribir ejercicio, se trata de reconstruir las condiciones sociales que hagan nuevamente posible una vida corporal activa.

Quizás el desafío de salud pública más importante de las próximas décadas no consista en tratar la obesidad, sino en algo más elemental y, al mismo tiempo, más radical: recuperar el cuerpo.

Mauricio Meneses
Artículo publicado el 11/03/2026

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