Editorial de la revista chilena publicada por Adolfo Pardo en París durante los años ochenta, Emergencia, número 6, de mayo de 1988.
El mundo se desmorona, se cae a pedazos, se hace polvo y se reconstruye todos los días. Los más locos sueños tocan a su fin y las peores pesadillas terminan por desvanecerse en un abrir y cerrar de ojos. Se hunde el imperio otomano. Como por milagro, de un día para otro, desaparecen millones de dólares en la bolsa de valores, sin embargo vuelve a crecer el pasto sobre las huellas de Atila. Cada día mueren miles de personas y nacen otras tantas. “El tercer mundo” se debate en la miseria y los países desarrollados no lo hacen mucho mejor. En Francia gana votos el fascismo y continúan bombardeándose entre Teherán y Bagdad. Emergencia muere en cada número y resucita en el siguiente cuando ya nadie lo esperaba, incluido nuestro personal que sufre como condenado. Una mujer se arroja al paso del Metro con su hijo recién nacido en los brazos. En Chile tres militantes del Partido Comunista mueren degollados. Imprevistamente surgen amistades inesperadas. Una muchacha de ojos azules te invita a dar la vuelta de la manzana. Un hombre se encierra durante 17 años para escribir una novela, un libro perfecto que nunca nadie leerá. Todos los amores están destinados a morir. Emergencia no cambiará el curso de la historia, pero probablemente sea indispensable sacarla. De todas maneras, la humanidad continúa sola e imperturbable su marcha, como una piedra arrojada por una mano divina contra el fondo negro del infinito.
Ahora por ejemplo se nos muere violentamente, en el medio del camino (Perú), Gabriel Parra. La Quenita, su viuda, estaba soñando con él en Chatenay Malabry (región parisina, Francia) cuando la llamaron por teléfono para avisarle. Nadie podía creerlo porque Gabriel era probablemente el que estaba más vivo de todos nosotros. Su muerte nos dejó a todos los que le conocíamos paralogizados y pone punto final , o por lo menos uno suspensivo, a una de las historia chilenas más logradas, como es la del grupo musical Los Jaivas. Ahora es casi imposible imaginarse a este grupo sin su batería desbordante, atronadora, variada y precisa. Nadie nunca podrá reemplazarlo sobre el escenario ni en nuestros corazones. Su muerte empobrece a todos los chilenos, pero el recuerdo de su entusiasmo nos empuja a obrar como si todavía nos quedaran batallas por vivir y ganar.
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